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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 79

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Capítulo 79: Los Escombros

— Karim —

El despacho olía a whisky y fracaso.

Karim llevaba tres días sin dormir realmente.

Cabezadas en el sofá de cuero entre reuniones de crisis.

Ducharse. Afeitarse. Cambiarse de camisa.

Repetir.

La ventana daba al Nilo.

El agua moviéndose indiferente mientras su mundo se desmoronaba.

Hermoso.

Cruel.

Como todo lo demás.

La laptop abierta mostraba Bloomberg.

“AL-FAYED CORP PIERDE TRES SOCIOS PRINCIPALES EN VEINTICUATRO HORAS”

“AUDITORÍA GUBERNAMENTAL EGIPCIA ENTRA A FASE INTENSIVA”

“HEREDERO AL-FAYED: ¿GENIO DE NEGOCIOS O CRIMINAL CORPORATIVO?”

Los titulares cambiaban.

Los números bajaban.

Las acciones cayendo como piedras.

Y a Karim.

A Karim le importaba menos de lo que debería.

Porque lo que realmente lo estaba matando.

No estaba en Bloomberg.

Estaba en su teléfono personal.

En el video que había visto setenta y tres veces.

Setenta y cuatro ahora.

Presionó play otra vez.

La cara de Valentina llenando la pantalla.

Sin maquillaje. Ojeras marcadas. Cabello despeinado.

Real.

Completamente real.

“Mi nombre es Valentina García.”

La voz firme.

Más firme de lo que él la había escuchado nunca.

“No huí de un escándalo. Me fui de una relación donde mi libertad no existía.”

El pecho apretándose.

“Soy diseñadora. No cazafortunas. No cómplice. No lo que sea que los titulares digan hoy.”

Dios.

Ahí estaba.

La fuerza que lo había enamorado.

La espina dorsal de acero bajo piel suave.

La mujer que enfrentó a Tarek.

Que caminó entre primas venenosas sin quebrarse.

Que diseñó vestido de guerra cuando todos esperaban sumisión.

Esa mujer.

No la que él había intentado moldear.

No la que había intentado proteger hasta asfixiarla.

La real.

“Y estoy empezando de cero. Completamente de cero.”

La sonrisa al final.

Cansada. Verdadera.

Devastadora.

Karim cerró la laptop.

Se frotó los ojos.

Cuando los abrió, el anillo estaba ahí.

Sobre el escritorio.

El anillo de Fátima.

Devuelto por la seguridad del aeropuerto que lo encontró sobre la mesa de noche de ella.

Oro blanco. Esmeraldas. Diamantes pequeños formando el símbolo protector.

Lo había elegido personalmente.

Había pensado en cada detalle.

En cómo se vería en su dedo.

En cómo la marcaría como suya.

Suya.

Ese había sido el problema desde el principio.

¿Verdad?

La puerta se abrió sin que tocaran.

Solo una persona entraba así.

Tarek.

En traje gris. Perfectamente planchado.

Como si el mundo no estuviera colapsando.

Caminó hacia el bar.

Sirvió dos whiskys.

Dejó uno frente a Karim.

Tomó el otro.

Se sentó en la silla frente al escritorio.

No donde se sentaban los empleados.

Donde se sentaban los iguales.

Bebió.

Karim también.

El silencio estirándo se.

Después de un minuto completo, Tarek habló.

—¿Cuántas veces has visto el video?

Karim no fingió no saber de qué hablaba.

—Muchas.

—Yo también.

Eso sorprendió.

—¿Tú?

—Setenta y ocho veces en los últimos dos días.

Tarek giró el vaso entre sus manos.

—Es extraordinaria.

—Lo sé.

—Y la perdiste.

Las palabras sin crueldad.

Solo hechos.

—Lo sé.

—¿Sabes por qué?

Karim levantó la vista.

Los ojos de su padre mirándolo.

No con decepción.

Con algo peor.

Reconocimiento.

—Porque hiciste exactamente lo que yo hice.

El aire saliendo de los pulmones de Karim.

—¿Qué?

Tarek se reclinó.

—Tu madre. Tu madre real, no las esposas posteriores.

Pausa.

—Era como Valentina. Fuerte. Independiente. Con sueños propios.

Karim nunca había escuchado a su padre hablar así.

Tarek no hablaba de su madre.

Nunca.

—La conocí en Londres. Estudiaba arquitectura. Quería diseñar mezquitas modernas. Fusionar tradición con innovación.

El vaso girando otra vez.

—Me enamoré de esa fuerza. De esa visión.

—¿Qué pasó?

—La traje a El Cairo. Le di todo lo que el dinero podía comprar. Excepto lo único que necesitaba.

—¿Qué?

—Libertad para ser ella misma.

El peso de esas palabras.

—La controlé. La rodeé de reglas. De expectativas. De lo que una esposa Al-Fayed debía ser.

Tarek tomó otro trago.

—Y un día. Se fue.

—¿Se fue?

—A Londres. Con maletas pequeñas. Sin confrontación. Solo una nota.

Silencio.

—¿Qué decía?

—”Te amo. Pero no puedo amarte si no me respetas como igual. Y no puedes respetarme si necesitas controlarme.”

Las mismas palabras.

Exactamente las mismas que Valentina había escrito en su carta.

Como si las mujeres fuertes hablaran el mismo idioma a través del tiempo.

—¿La buscaste?

—Por supuesto. Con todo. Dinero. Detectives. Abogados.

—¿Y?

—Y me dijo que si la forzaba a volver, nunca me perdonaría. Y que si la dejaba ir, tal vez algún día podríamos ser amigos.

—¿Lo fueron?

—No. Murió tres años después. Accidente de auto en París.

La voz de Tarek quebrándose apenas.

Apenas.

Pero quebrándose.

—Y nunca volví a verla. Porque fui demasiado orgulloso para dejarla ir bien. Y demasiado cobarde para cambiar realmente.

Karim miraba a su padre.

El hombre que había construido imperio.

Que nunca mostraba debilidad.

Que era piedra viviente.

Llorando.

Silenciosamente.

Por mujer que perdió hace treinta años.

—No repitas mi historia, Karim.

—¿Cómo la recupero?

La pregunta saliendo antes de poder detenerla.

Tarek lo miró.

—No la recuperas.

El corazón hundiéndose.

—Te reconstruyes. Y si ella decide volver, será porque vio a un hombre nuevo.

—Pero…

—Si vas ahora, solo demostrarás que no puedes vivir sin controlarla.

Tarek se inclinó hacia adelante.

—Dale espacio. Arréglate a ti mismo.

—El negocio…

—El negocio sobrevivirá. O no. Pero tú necesitas sobrevivir como hombre, no solo como CEO.

Karim tomó el anillo.

El metal frío contra su palma.

—No sé cómo.

—Nadie sabe. Por eso existe la terapia.

—¿Terapia?

—¿Crees que los hombres como nosotros nacen sabiendo controlar imperios? Aprendemos. Estudiamos. Contratamos expertos.

Pausa.

—¿Por qué sería diferente con esto?

Karim nunca había considerado terapia.

Los hombres Al-Fayed no iban a terapia.

Los hombres Al-Fayed no admitían debilidad.

Pero.

Mierda.

Los hombres Al-Fayed tampoco perdían a mujeres como Valentina.

Excepto que sí.

Su padre la había perdido.

Él la había perdido.

El patrón repitiéndose.

A menos que alguien lo rompiera.

—¿Tú fuiste?

Tarek asintió.

—Después de que murió tu madre. Diez años tarde. Pero fui.

—¿Ayudó?

—Me ayudó a entender lo que perdí. No a recuperarlo. Pero a hacer las paces con ello.

Tarek se levantó.

Dejó el vaso.

Caminó hacia la puerta.

Se detuvo.

—Karim.

—¿Sí?

—Ella no te odia. Vi el video completo. Analicé cada palabra. Cada pausa.

—¿Y?

—No hay odio. Hay dolor. Hay decepción. Hay determinación.

Miró a su hijo.

—Pero no hay odio. Lo cual significa que todavía hay oportunidad.

—¿Qué hago?

—Conviértete en el hombre que merece esa oportunidad.

Salió.

La puerta cerrándose suave.

Karim se quedó solo.

Con el anillo.

Con el video pausado en la sonrisa de Valentina.

Con la elección.

Podía volar a París mañana.

Aparecer con flores y disculpas y promesas.

Como siempre.

Como su padre.

Repetir el ciclo.

O.

Podía hacer algo que ningún hombre Al-Fayed había hecho.

Admitir que estaba roto.

Pedir ayuda.

Arreglarse.

No por ella.

Por él.

Y tal vez.

Solo tal vez.

Si se convertía en hombre diferente.

Ella vería.

Y decidiría.

Porque esa era la diferencia.

¿No?

No forzarla.

Dejarla decidir.

Tomó el teléfono.

Marcó a su asistente.

—Omar.

—Señor Al-Fayed.

—Necesito que busques algo.

—¿Qué necesita?

—Al mejor terapeuta en El Cairo.

Silencio del otro lado.

—¿Señor?

—Escuchaste bien. Al mejor. No importa el costo. No importa la lista de espera.

—Entendido. ¿Algo más?

—Sí. Cancela mi agenda.

—¿Por cuánto tiempo?

—El que sea necesario.

—¿Todas las reuniones?

—Todas.

—Pero señor, la auditoría gubernamental…

—Los abogados pueden manejarla. Para eso les pago.

—¿Y la junta directiva?

—Que Tarek la presida.

Otra pausa.

—¿Está seguro?

Karim miró el video pausado.

La sonrisa de Valentina.

—Completamente.

—¿Puedo preguntar… por qué?

—Porque tengo trabajo que hacer, Omar.

—¿En qué proyecto?

Karim sonrió.

Amargo. Verdadero.

—Pero no en la empresa.

Colgó.

Guardó el anillo en el cajón del escritorio.

Con llave.

No lo necesitaba mirándolo.

Ya estaba grabado en su memoria.

Abrió la laptop otra vez.

No Bloomberg esta vez.

Google.

Escribió: “Cómo dejar de controlar a las personas que amas”

Los resultados llenando la pantalla.

Artículos. Libros. Foros.

Empezó a leer.

Y por primera vez en tres días.

Karim Al-Fayed no pensó en acciones cayendo.

O socios huyendo.

O imperios tambaleándose.

Pensó en hombre mirándose al espejo.

Y no reconociendo lo que veía.

Y decidiendo.

Finalmente.

Cambiarlo.

Afuera, El Cairo brillaba.

El Nilo seguía fluyendo.

El mundo seguía girando.

Y Karim.

Karim finalmente dejaba de correr.

Para poder aprender.

A caminar.

Como hombre.

No como rey.

¿Les gustó el capítulo?

¡Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo al escribirlo! Si quieren ver más de Valentina y Eric, asegúrense de dejar sus Power Stones hoy. Cada voto cuenta y ayuda a que la novela llegue a más lectoras.

Y si eres nueva por aquí, ¡bienvenida! No olvides agregar el libro a tu biblioteca para no perderte nada. ¡Gracias por su increíble apoyo!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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