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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 La Huida Silenciosa
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8: Capítulo 8: La Huida Silenciosa 8: Capítulo 8: La Huida Silenciosa El teléfono cayó sobre el mármol con un sonido que pareció retumbar en todo el penthouse.

Valentina no recordaba haberlo soltado.

No recordaba nada excepto las palabras quemándose en su retina como hierro al rojo vivo: “Tengo tu ubicación exacta.

Piso, habitación, todo.

Nos vemos pronto, mi amor.” Las piernas le fallaron.

Se habría caído si dos manos firmes no la hubieran sostenido por los codos.

Karim.

Había cruzado la terraza como fantasma silencioso.

Ahora la sujetaba con fuerza que bordeaba lo doloroso pero que de alguna manera la anclaba a la realidad.

—Respire.

No era sugerencia.

Era orden.

—No puedo.

—Sí puede.

Conmigo.

Inhale.

Cuatro segundos.

Su voz grave marcaba el ritmo como metrónomo.

Valentina obedeció porque no tenía energía para hacer otra cosa.

Cuatro segundos inhalando.

Siete segundos sosteniendo.

Ocho segundos exhalando.

La técnica de respiración de algún manual de manejo de crisis que ella había leído mil años atrás cuando la ansiedad era por exámenes finales y no por narcotraficantes mexicanos con su dirección exacta.

—Otra vez.

—Karim, él sabe dónde— —Lo sé.

Lo leí.

Por supuesto que lo había leído.

Probablemente antes que ella.

—Tenemos aproximadamente treinta minutos antes de que cualquier amenaza real pueda materializarse.

Necesito que use veinte de esos minutos en hacer exactamente lo que le digo sin preguntas ni discusiones.

¿Puede hacer eso?

Sus ojos negros la taladraban con intensidad que no admitía negativas.

Valentina asintió.

No tenía voz.

No tenía opciones.

Solo tenía terror absoluto y la mano de Karim quemándole el brazo como recordatorio de que al menos no estaba sola en esto.

—Perfecto.

Vaya a su habitación.

Meta en una maleta pequeña solo lo esencial: documentos, medicamentos si tiene, ropa interior para tres días.

Nada más.

Nada de vestidos de diseñador ni zapatos caros.

Solo lo que pueda cargar corriendo.

—¿A dónde vamos?

—A un lugar donde su ex novio no pueda encontrarla aunque tenga el maldito GPS de la habitación.

La soltó con la misma brusquedad con la que la había sujetado.

Ya estaba marcando números en su teléfono.

La conversación que siguió fue en árabe tan rápido y gutural que sonaba como ametralladora verbal.

Valentina corrió hacia su habitación con piernas que apenas respondían.

El clóset organizado meticulosamente por color y ocasión ahora parecía museo de una vida que nunca le había pertenecido realmente.

Agarró la maleta más pequeña que encontró.

Ropa interior.

Tres cambios.

El cargador del teléfono.

El pasaporte que Karim le había conseguido con nombre ligeramente diferente.

Los tres mil pesos mexicanos que había guardado como amuleto de buena suerte y que ahora parecían patéticamente insuficientes para cualquier emergencia real.

La pijama de Hello Kitty.

La metió en la maleta sin pensarlo dos veces.

Si iba a morir perseguida por un narco psicópata, al menos lo haría con la única prenda que la hacía sentir como ella misma.

Doce minutos.

Tardó doce minutos en empacar una vida que de todas formas nunca había sido suya.

Cuando salió de la habitación, el penthouse había cambiado completamente.

El equipo de seguridad de Karim —los mismos seis hombres de trajes oscuros que la habían interrogado durante horas— se movían como hormigas eficientes.

Empacando laptops.

Destruyendo documentos en una trituradora portátil.

Borrando cualquier evidencia de que alguien hubiera estado ahí.

Karim estaba en el centro del caos con la calma de director de orquesta experimentado.

Traje cambiado.

Ya no vestía el de tres piezas impecable.

Ahora usaba ropa oscura, práctica, que se movía con él como segunda piel diseñada para movilidad rápida.

—Tres minutos adelantada.

Bien.

Le quitó la maleta de las manos.

Se la pasó a Ahmad, el guardia que le había bloqueado el paso a la terraza hace apenas unas horas.

—Rasheed ya preparó el coche.

Salimos por el estacionamiento de servicio.

No por el lobby.

—¿Y todo esto?

—Valentina señaló el penthouse siendo desmantelado con precisión quirúrgica—.

¿Los Rashid no van a preguntar por qué desaparecimos en medio de la noche?

—Ya están informados.

Historia oficial: usted tuvo una emergencia familiar en México que requiere mi presencia como futuro esposo solidario.

Estaremos de regreso en setenta y dos horas.

Setenta y dos horas.

Otra vez ese plazo.

Como si el universo operara en ciclos de tres días diseñados específicamente para torturarla.

—¿A dónde vamos exactamente?

—Abu Dhabi.

Propiedad de mi familia.

Nadie excepto cinco personas en todo el mundo sabe que existe.

—¿Y Santi?

¿Qué pasa cuando llegue aquí y descubra que me fui?

La expresión de Karim se endureció hasta convertirse en algo que daba genuino miedo.

—Eso ya no será su problema.

Será el mío.

No elaboró.

No necesitaba hacerlo.

El mensaje era cristalino: Karim Al-Fayed tenía planes muy específicos para Santiago García y ninguno de esos planes incluía compasión ni misericordia.

—Vámonos.

El descenso por el elevador de servicio fue surreal.

Valentina había subido y bajado por el elevador principal docenas de veces en los últimos días.

Todo mármol dorado, espejos, música suave de fondo.

Este elevador olía a cloro y aceite de máquinas.

Las paredes eran concreto desnudo.

La luz fluorescente parpadeaba con ritmo epiléptico.

Era como descender al inframundo después de vivir en el Olimpo.

Karim no hablaba.

Nadie hablaba.

El silencio era absoluto excepto por el zumbido del motor del elevador arrastrándolos hacia abajo, abajo, abajo.

Cuando las puertas se abrieron, el aire caliente del estacionamiento subterráneo golpeó como bofetada.

Tres coches esperaban con motores encendidos.

Todos negros.

Todos idénticos.

Todos Mercedes-Benz Clase S blindados que probablemente podían sobrevivir un ataque con lanzacohetes.

—Usted va en el del medio conmigo —indicó Karim—.

Los otros dos son señuelos.

Por supuesto que eran señuelos.

Porque aparentemente la vida de Valentina ahora requería tácticas de evasión dignas de película de espías.

Se subió al asiento trasero del Mercedes.

El olor a cuero nuevo y ambientador caro contrastaba violentamente con el terror que le estrujaba el estómago.

Karim se deslizó a su lado.

El chofer —un hombre que no había visto antes, con cicatriz en la mejilla y expresión de quien había visto demasiadas guerras— arrancó sin decir palabra.

Los tres coches salieron del estacionamiento en formación perfecta.

Indistinguibles.

Intercambiables.

Una concha de nuez ocultando la bolita que Santi tendría que adivinar.

Las calles de Dubai a las tres de la madrugada eran un universo diferente.

Sin el tráfico de Ferraris y Lamborghinis compitiendo por espacio.

Sin turistas fotografiando rascacielos imposibles.

Solo el zumbido constante de la ciudad que nunca dormía pero que al menos bajaba el volumen después de medianoche.

Valentina miró por la ventana polarizada.

Las luces de neón se reflejaban en el vidrio como lágrimas de colores.

—¿Está bien?

La pregunta de Karim la sorprendió.

No porque la hiciera, sino por el tono.

Genuino.

Sin la formalidad habitual.

Como si realmente le importara la respuesta.

—No.

¿Para qué mentir?

—No estoy ni remotamente bien.

Estoy aterrorizada.

Estoy harta de huir.

Y estoy cansada de que mi vida dependa de hombres que toman decisiones por mí sin consultarme.

Esperaba que se molestara.

Que la reprendiera por ingratitud cuando él estaba literalmente salvándole la vida.

Pero Karim solo asintió.

—Es justo.

—¿Solo eso?

¿Es justo?

—¿Qué esperaba que dijera?

¿Que no tiene razón?

Porque sí la tiene.

Yo tomé la decisión de evacuarla sin consultarle.

Lo haría de nuevo en este momento.

Y lo volveré a hacer cada vez que su seguridad esté en riesgo.

Giró ligeramente hacia ella.

La luz intermitente de las farolas de la autopista iluminaba su rostro en intervalos.

Sombra, luz, sombra, luz.

—Pero eso no significa que su frustración no sea válida.

Solo significa que prefiero lidiar con su enojo a lidiar con su funeral.

Valentina no tenía respuesta para eso.

¿Qué se suponía que dijera?

¿Gracias por priorizarme sin mi permiso?

¿Perdón por no agradecer suficientemente mi secuestro benevolente?

El silencio se instaló entre ellos como tercer pasajero invisible.

Incómodo.

Cargado.

Pero no hostil.

Solo…

cansado.

Salieron de Dubai aproximadamente cuarenta minutos después.

El paisaje cambió gradualmente de rascacielos iluminados a desierto oscuro interrumpido ocasionalmente por complejos residenciales que parecían oasis de lujo en medio de la nada.

Una hora más tarde, los tres coches se separaron.

Uno giró a la izquierda hacia una zona industrial.

Otro continuó recto por la autopista.

El de ellos tomó una salida sin señalización visible.

Camino de tierra.

Oscuridad absoluta excepto por las luces del coche.

—¿A dónde vamos exactamente?

—preguntó Valentina cuando llevaban veinte minutos conduciendo por lo que parecía la superficie de Marte.

—A un lugar que mi familia usaba antes de que el petróleo convirtiera todo esto en parque temático para millonarios.

Otros diez minutos.

Y entonces apareció.

Una casa.

No.

Una fortaleza.

Muros altos de piedra color arena que se confundían con el desierto.

Puertas de madera maciza que probablemente tenían siglos de antigüedad.

Una sola luz encendida en lo que parecía ser el patio interior.

El chofer tocó el claxon tres veces.

Patrón específico.

Las puertas se abrieron como boca gigante tragándolos hacia adentro.

El patio interior era un jardín imposible.

Palmeras.

Fuentes de agua.

Mosaicos geométricos que brillaban bajo la luna llena.

Como si alguien hubiera arrancado un pedazo del paraíso y lo hubiera escondido en medio del infierno del desierto.

—Bienvenida a Bait al-Qadim —dijo Karim mientras bajaba del coche—.

La Casa Antigua.

Propiedad de mi familia desde hace cuatro generaciones.

Dos hombres aparecieron desde las sombras.

Mayores que el equipo de seguridad habitual.

Con túnicas tradicionales blancas y expresiones que sugerían que habían visto pasar emperadores y mendigos con la misma indiferencia.

Karim les habló en árabe.

Rápido.

Bajo.

Ellos asintieron y desaparecieron con la maleta de Valentina.

—Ellos son Mahmoud y Hassan.

Han trabajado para mi familia desde antes de que yo naciera.

No hablan español ni inglés.

Pero entienden órdenes en ocho idiomas diferentes.

—¿Cuántas propiedades tiene su familia exactamente?

—Las suficientes para que nunca tenga que dormir dos veces en el mismo lugar si no quiero.

La llevó a través del patio hacia una puerta de madera tallada.

El interior era como viajar en el tiempo.

Nada de mármol italiano ni cristales de Swarovski.

Alfombras persas antiguas sobre piso de piedra.

Lámparas de aceite convertidas a electricidad pero manteniendo el diseño original.

Muebles de madera oscura tallada a mano con patrones geométricos hipnóticos.

Olía a incienso y a historia.

—Su habitación está arriba.

Primera puerta a la derecha.

Mahmoud ya llevó su maleta.

—¿Y usted?

—Tengo llamadas que hacer.

Gente que movilizar.

Planes que ajustar.

Se aflojó la corbata que ni siquiera llevaba puesta.

Valentina se dio cuenta de que era la primera vez que lo veía verdaderamente cansado.

No exhausto físicamente.

Sino agotado del peso de tener que controlar absolutamente todo absolutamente todo el tiempo.

—Karim.

Se detuvo a medio camino hacia lo que parecía ser un estudio.

—Gracias.

Por sacarme de ahí.

Por protegerme.

Por…

todo.

Él no se giró.

—No me agradezca todavía, Valentina.

La noche apenas empieza.

Desapareció por el pasillo oscuro.

Valentina subió las escaleras de piedra con piernas que amenazaban con fallar en cualquier momento.

La habitación era sorprendentemente simple.

Cama con dosel de madera oscura.

Sábanas de algodón blanco.

Una ventana con celosías que filtraban la luz de la luna en patrones geométricos sobre el piso.

Su maleta esperaba sobre un baúl antiguo.

Se cambió a la pijama de Hello Kitty sin pensarlo.

Se metió bajo las sábanas que olían a lavanda y desierto.

Y por primera vez en días, cerró los ojos sin temer que alguien irrumpiera por la puerta.

Pero el sueño no llegó.

No podía llegar.

Porque abajo, en el estudio, escuchaba la voz de Karim.

Hablando en árabe.

Tono que no había escuchado antes.

Frío.

Letal.

Definitivo.

No entendía las palabras.

Pero entendía perfectamente el tono de voz de alguien ordenando una ejecución.

El teléfono vibró sobre la mesa de noche.

Número francés.

Eric.

“Escuché que desapareciste del Burj.

¿Estás bien?

Dime dónde estás y voy por ti.

No tienes que quedarte con él si no quieres.

—E” Valentina miró el mensaje durante largos segundos.

La oferta era tentadora.

Seductora.

Una salida cuando todo lo demás parecía cerrarse.

Pero algo en su interior —instinto, intuición, o simple cansancio de seguir huyendo— le dijo que contestar ese mensaje sería cruzar una línea de la que no habría retorno.

Apagó el teléfono sin responder.

Abajo, la voz de Karim seguía murmurando órdenes en árabe.

Palabras que ella no entendía pero cuyas consecuencias probablemente la perseguirían por el resto de su vida.

Setenta y dos horas, había dicho.

Setenta y dos horas para que Karim “resolviera” el problema de Santiago.

Valentina se tapó con las sábanas hasta la barbilla.

Cerró los ojos.

Y rezó a un Dios en el que no estaba segura de creer para que cuando amaneciera, el monstruo mexicano que la perseguía ya no existiera.

Aunque eso significara que el hombre que la protegía se hubiera convertido en algo igual de aterrador.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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