Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 80
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Capítulo 80: Mi Propio Reino
La oficina de Claire Dubois no parecía oficina.
Parecía galería de arte con escritorio accidental.
Paredes blancas. Luz natural entrando por ventanales enormes.
Maniquíes con piezas de diseñadores que Valentina solo había visto en revistas.
Y Claire.
Sentada detrás de mesa minimalista.
Cincuenta y tantos. Cabello gris corto. Anteojos de montura negra.
Sin sonrisa. Sin performance.
Solo presencia.
—Siéntate.
Valentina se sentó.
La silla de cuero frío contra sus piernas.
Claire la estudió.
No de arriba abajo.
Solo a los ojos.
Como si todo lo demás fuera ruido.
—Vi tu video.
—¿Y?
—Y vi algo que no veo seguido. Verdad.
Abrió una carpeta sobre el escritorio.
Fotos.
Del vestido de la Gala de Primavera.
Desde ángulos que Valentina no había visto.
Primer plano de las costuras doradas.
El corte asimétrico de la manga.
El vuelo de la falda.
—Este vestido. ¿Quién te ayudó a diseñarlo?
—Nadie.
—¿A coserlo?
—Nadie. Tengo una Singer de 1960. La traje de México.
Claire levantó la vista.
—¿Todo lo hiciste sola?
—Todo.
Silencio.
Luego, algo parecido a sonrisa.
—Perfecto.
Cerró la carpeta.
—Dirijo una incubadora de diseñadores emergentes. Tengo un showroom en el Marais. Seis diseñadores actualmente. Hay espacio para uno más.
El corazón acelerándose.
—Te ofrezco mesa. Maniquíes. Acceso a mis contactos en boutiques. Espacio en eventos de moda.
—¿A cambio de qué?
—De nada. Todavía.
Claire se reclinó.
—Si vendes, me quedo con quince por ciento de la facturación. Si no vendes, no me debes nada.
—¿Sin inversión?
—Sin inversión. No compro talento. Lo cultivo.
Valentina procesó.
Era demasiado bueno.
Tenía que haber trampa.
—¿Por qué yo?
—Porque tu video tuvo tres millones de reproducciones. Porque ese vestido es mejor que la mitad de lo que vi en la última Fashion Week. Y porque no vienes rogando.
Claire se inclinó hacia adelante.
—Vienes lista para trabajar. Y eso es lo único que necesito.
—¿Cuándo empiezo?
—Trae tus diseños. Si son tan buenos como ese vestido de la Gala, el resto lo hacemos juntas.
Valentina extendió la mano.
Claire la estrechó.
Firme. Seca. Definitiva.
—Bienvenida a Atelier Dubois.
Valentina salió a la calle.
El aire frío de París golpeándola.
Pero no como castigo.
Como abrazo.
Caminó.
Sin prisa. Sin dirección específica.
Solo caminó.
Las calles del Marais desplegándose.
Adoquines antiguos. Fachadas de piedra.
Cafés con mesas afuera aunque hiciera frío.
Gente viviendo.
Normal. Simple.
Libre.
Giró hacia la Rue du Faubourg Saint-Honoré.
La calle de las boutiques.
Chanel. Hermès. Saint Laurent.
Vitrinas perfectas.
Vestidos que costaban lo que ella ganaba en un año.
Antes.
Cuando trabajaba para otros.
Se detuvo frente a una.
Un vestido negro. Seda. Corte recto.
Elegante. Impecable.
Aburrido.
Seis meses atrás lo habría mirado con deseo.
Con hambre de tenerlo.
De usarlo.
De ser la mujer que podía permitírselo.
Ahora.
Ahora lo miraba diferente.
—Yo puedo hacer algo mejor.
Lo dijo en voz alta.
Sin arrogancia.
Solo certeza.
Siguió caminando.
El teléfono vibró.
Eric.
—Chérie. ¿Cómo fue la reunión?
—Bien. Muy bien.
—¿Te dieron el espacio?
—Sí.
—Eso es maravilloso. Tenemos que celebrar. Cena esta noche. Eliges el lugar.
Valentina se detuvo.
La calle continuando sin ella.
—Eric.
—¿Sí?
—Cena de amigos. Nada más.
Silencio del otro lado.
—¿Valentina?
—Ahora mismo lo que necesito es a mí misma.
Otro silencio.
Más largo.
—Entiendo.
—¿De verdad?
—No. Pero lo respeto.
Ella sonrió.
—Gracias.
—¿Seguimos siendo amigos?
—Siempre.
—Entonces cenamos como amigos. 8 PM. Bistrot de la esquina.
—Perfecto.
Colgó.
Y por primera vez.
Por primera vez desde que conoció a Eric.
No sintió culpa.
No sintió deuda.
Solo gratitud.
Y límites claros.
Llegó a su apartamento cuando el sol empezaba a caer.
Naranja contra gris.
París preparándose para la noche.
Subió las escaleras.
Abrió la puerta.
El apartamento pequeño esperándola.
Suyo.
Completamente suyo.
Dejó el bolso.
Se quitó el abrigo.
Caminó hacia la mesa.
Las telas todavía desplegadas desde anoche.
Los planos marcados con correcciones.
La Singer en su lugar.
Fiel. Constante.
La encendió.
El zumbido llenando el espacio vacío.
Ese sonido.
El sonido de posibilidad.
De trabajo.
De construcción.
Las luces de París empezaban a encenderse afuera.
Entrando por la ventana como promesas pequeñas.
Naranjas. Amarillas. Blancas.
Valentina se acercó al espejo de la entrada.
Pequeño. Con marco dorado desgastado.
Se miró.
Sin maquillaje. Cabello recogido. Ojeras todavía ahí.
Pero los ojos.
Los ojos diferentes.
Claros.
Decididos.
Vivos.
Habló en voz alta.
Al espejo. A sí misma. Al universo.
—¿Y ahora qué?
Pausa.
Respiró.
—Ahora yo construyo mi propio reino.
Las palabras resonando.
No como promesa vacía.
Como declaración.
Como ley.
Se sentó frente a la Singer.
Tomó la primera tela.
Oscura. Fuerte. Lista para cicatrices doradas.
Y empezó.
A coser.
A construir.
A crear.
El zumbido de la Singer llenando el apartamento.
Las luces de París entrando por la ventana.
Y Valentina.
Valentina finalmente sola.
Finalmente libre.
Finalmente ella.
— Santi —
Marruecos. Tánger.
El cuarto olía a humedad y cigarrillos viejos.
Las paredes descascaradas.
La cama sin hacer desde hace días.
Una ventana pequeña dando a callejón oscuro.
Santi estaba sentado en la única silla.
Frente a laptop vieja con pantalla agrietada.
El teléfono en la mano.
La pantalla iluminando su cara.
El video de Valentina reproduciéndose.
Otra vez.
Y otra.
Y otra.
No podía parar de verlo.
“Soy una mujer que tomó decisión difícil. Que dejó seguridad por libertad.”
La sonrisa de ella al final.
Esa maldita sonrisa.
De victoria.
De libertad.
Como si hubiera ganado.
Como si él no existiera.
Los nudillos blanqueándose alrededor del teléfono.
La rabia subiendo.
Caliente. Ciega.
No.
No así.
No podía terminar así.
Con ella brillando.
Con ella construyendo.
Con ella siendo feliz.
Mientras él se pudría en cuarto de mierda en Tánger.
Esperando que los rusos decidieran si lo mataban o le daban más tiempo.
—¿Tu propio reino?
Habló al teléfono.
Como si ella pudiera escucharlo.
—Vamos a ver cuánto dura, princesa.
Dejó el teléfono.
Abrió la laptop.
Los dedos moviéndose sobre teclado sucio.
Búsqueda de Google.
“Cicatrices diseñadora París”
Los resultados llenando la pantalla.
Artículos.
Redes sociales.
Y entonces.
Oro.
Un artículo de blog de moda.
“Nuevos Diseñadores Emergentes en Atelier Dubois”
Una foto del showroom.
La dirección.
Y mención de una diseñadora mexicana que acababa de unirse.
Santi sonrió.
No sonrisa alegre.
Sonrisa de lobo.
Abrió otra pestaña.
Búsqueda diferente.
“Fábricas textiles París suburbios”
Resultados.
Docenas.
Nombres. Direcciones. Fotos.
Lugares donde se imprimían etiquetas.
Donde se cortaban telas.
Donde se producían colecciones.
Lugares inflamables.
Lugares vulnerables.
Lugares donde accidentes pasaban.
Todo el tiempo.
Descargó los planos.
Las ubicaciones.
Las rutas de acceso.
Todo archivado.
Todo listo.
Se reclinó en la silla.
El crujido roto del respaldo.
Encendió un cigarrillo.
El humo subiendo lento.
Miró la pantalla.
Los planos brillando.
Las direcciones esperando.
Y la sonrisa de Valentina.
Todavía en su cabeza.
Todavía quemando.
—Construye tu reino, amor.
Inhaló profundo.
—Yo me encargaré de quemarlo.
La laptop brillando en la oscuridad.
Los planos abiertos.
París esperando.
Y Santi.
Santi planeando.
DOS SEMANAS DESPUÉS
La alarma sonó a las seis de la mañana.
Como todos los días.
Valentina la apagó antes del segundo pitido.
Se levantó.
Sin pereza. Sin duda.
Solo músculo memoria de rutina que había construido día a día.
Dos semanas desde que dijo “mi propio reino”.
Dos semanas construyéndolo.
Ladrillo por ladrillo.
Puntada por puntada.
Se lavó la cara.
Café instantáneo mientras miraba por la ventana.
París despertando.
El cielo todavía gris.
Las calles todavía vacías.
Ese momento antes de que el mundo se llenara de ruido.
Era suyo.
Se sentó frente a la Singer.
Las telas esperaban donde las había dejado anoche.
Extendidas. Marcadas. Listas.
Encendió la máquina.
El zumbido familiar.
Reconfortante.
Y empezó.
A las diez en punto se detuvo.
Las manos adoloridas pero satisfechas.
Una manga terminada.
Perfecta.
O tan perfecta como podía hacerla sin ayuda.
Se cambió de ropa.
Jeans. Blusa negra simple. Zapatillas cómodas.
Nada de lo que usaba en El Cairo.
Nada que gritara dinero o estatus.
Solo ropa para trabajar.
Bajó a la calle.
La boulangerie de la esquina ya tenía fila.
Pero corta.
Los parisinos madrugadores que compraban antes de ir a trabajar.
Valentina se formó.
Esperó su turno.
—Bonjour.
—Bonjour. Un croissant et un café noir, s’il vous plaît.
El ritual diario.
Las mismas palabras.
El mismo orden.
La panadera ya la reconocía.
Le sonreía.
Un croissant extra grande.
El café en vaso para llevar.
—Merci.
—Bonne journée.
Valentina comió caminando hacia el metro.
El croissant todavía tibio.
Perfecto.
El café amargo. Fuerte.
Como lo necesitaba.
Llegó al showroom de Claire Dubois a las once menos cinco.
Puntual.
Siempre puntual.
El edificio era hermoso.
Fachada de piedra del siglo XVIII.
Puerta de madera tallada.
Escaleras angostas que crujían.
Pero adentro.
Adentro era luz.
El tercer piso completo convertido en espacio abierto.
Claraboyas enormes.
Luz natural entrando como agua.
Paredes blancas.
Piso de madera clara.
Y mesas.
Seis en total.
Una para cada diseñador.
La de Valentina era la más pequeña.
En el rincón del fondo.
Junto a la ventana que daba al callejón.
No la mejor ubicación.
Pero era suya.
Dejó el bolso.
Miró su espacio.
Tres maniquíes de diferente talla.
Uno delgado. Uno medio. Uno con curvas.
La Singer en la esquina de la mesa.
Fiel. Constante.
La mesa plegable.
Metal. Nada elegante.
Pero funcional.
Y sus cosas.
Telas dobladas. Hilos organizados por color. Tijeras. Alfileres. Cinta métrica.
Todo lo que tenía.
Todo lo que necesitaba.
—Así que tú eres la del video viral.
La voz venía de atrás.
Valentina se volteó.
Una mujer de unos treinta años.
Cabello rubio recogido en moño despeinado.
Anteojos de marco grueso.
Ropa completamente negra.
Elegante pero con manchas de tiza de sastre.
La miraba con expresión difícil de leer.
¿Curiosidad? ¿Desprecio?
—Soy Valentina.
—Margaux.
No extendió la mano.
Solo la estudió.
De arriba abajo.
Como evaluando mercancía.
—Pensé que serías más alta.
El comentario cayó plano.
No cruel. No amable.
Solo observación.
Valentina sonrió.
Pequeño. Sin dientes.
—Y yo pensé que tu última colección tendría más imaginación.
Pausa.
—Pero aquí estamos.
El silencio estiró.
Margaux parpadeó.
Luego.
Algo parecido a sonrisa.
—Touché.
Se dio vuelta.
Caminó hacia su mesa.
Al otro lado del showroom.
La mejor ubicación.
Junto a las claraboyas principales.
Valentina volvió a su rincón.
No era rivalidad.
Todavía no.
Solo establecimiento de territorio.
Las otras diseñadoras llegaron en los siguientes veinte minutos.
Cuatro mujeres. Un hombre.
Todos mayores que Valentina.
Todos con más experiencia.
Todos con mejor equipo.
Mesas más grandes. Más maniquíes. Asistentes.
Valentina tenía sus manos.
Y eso tendría que ser suficiente.
Trabajó en silencio.
El showroom llenándose de sonidos.
Tijeras cortando.
Máquinas de coser zumbando.
Conversaciones en francés que medio entendía.
Risas ocasionales.
Era raro.
Estar rodeada de gente después de semanas de soledad.
Pero no incómodo.
Solo… diferente.
A las dos de la tarde, Claire apareció.
Con tacones que anunciaban su llegada tres segundos antes.
Recorrió el showroom.
Mirando el trabajo de cada diseñador.
Haciendo preguntas.
Dando feedback.
Sin filtro. Sin suavizar.
Si algo no funcionaba, lo decía.
Directamente.
Llegó a la mesa de Valentina al final.
Miró la manga terminada.
La tomó. La volteó. Estudió las costuras.
—Bien.
Una palabra.
Pero viniendo de Claire, valía oro.
—¿Cuántas piezas llevas?
—Una manga.
—Necesitas cinco piezas completas.
—Lo sé.
Claire la miró.
No con lástima.
Con evaluación.
—Tienes tres semanas para presentar cinco piezas.
El aire saliendo de los pulmones de Valentina.
Tres semanas.
Cinco piezas.
Sola.
—Si convencen, te doy espacio permanente y acceso a mis contactos.
Claire cruzó los brazos.
—Si no, libero tu mesa.
La verdad sin adornos.
Sin segunda oportunidad.
Sin red de seguridad.
—Entiendo.
—¿Puedes hacerlo?
Valentina miró su mesa.
La Singer. Los maniquíes. Las telas.
Luego miró a Claire.
—Sí.
—Bien. Porque no doy extensiones. Y no acepto excusas.
Se dio vuelta.
Los tacones clickeando contra el piso de madera.
—Ah, Valentina.
Se detuvo sin voltear.
—No te quedes hasta tarde. La seguridad cierra a las nueve. Y necesitas dormir si vas a crear algo que valga la pena.
Siguió caminando.
Dejando el silencio detrás.
Valentina se sentó.
Las manos temblando apenas.
No de miedo.
De adrenalina.
Tres semanas.
Cinco piezas.
Veintiún días.
Ciento veinte piezas.
O nada.
Miró por la ventana.
El callejón abajo.
Gris. Estrecho. Sin glamour.
Como su vida ahora.
Pero suyo.
Completamente suyo.
Tomó la tela siguiente.
La extendió sobre la mesa.
Marcó. Cortó. Alfiler por alfiler.
Las otras diseñadoras empezaban a irse.
Cinco y media. Seis. Siete.
Hasta que solo quedaban ella y Margaux.
A las ocho y media, Margaux pasó junto a su mesa.
Se detuvo.
—Tres semanas es brutal para cinco piezas. Especialmente sola.
Valentina levantó la vista.
—Lo sé.
—Claire no da extensiones. Nunca.
—Ya me dijo.
Margaux asintió.
Luego.
Casi como pensándolo mejor.
—El mercado de telas de Saint-Pierre abre a las siete. Los mejores retazos se van antes de las ocho.
—Gracias.
—No es amabilidad. Es información.
Siguió caminando.
Pero en la puerta.
—Tu video fue bueno. Real.
—Gracias.
—El vestido de la Gala fue mejor.
Y se fue.
Valentina se quedó sola.
El showroom vacío.
Solo la luz de su lámpara.
El zumbido de la Singer.
Y París afuera.
Brillando.
Indiferente.
Hermoso.
Trabajó hasta las nueve menos cinco.
Guardó todo.
Apagó la máquina.
Bajó las escaleras.
El guardia de seguridad la saludó.
—Bonne nuit, mademoiselle.
—Bonne nuit.
Salió a la calle.
El aire frío golpeándola.
Caminó hacia el metro.
Cansada.
Adolorida.
Pero viva.
Más viva que en meses.
Porque esto.
Esto era suyo.
No regalo de Karim.
No rescate de Eric.
No jaula dorada.
Sino trabajo.
Trabajo duro. Honesto. Real.
Y si fallaba.
Si no conseguía las cinco piezas.
Si Claire liberaba su mesa.
Al menos habría fallado intentando.
Por ella misma.
No por nadie más.
Llegó a su apartamento a las diez.
Comió pan con queso.
Se duchó.
Se metió a la cama.
La alarma puesta para las seis.
Como mañana.
Como pasado mañana.
Como los próximos veintiún días.
Hasta que las cinco piezas estuvieran terminadas.
O hasta que se quedara sin tiempo.
Pero no sin luchar.
Nunca sin luchar.
Cerró los ojos.
Y por primera vez en dos semanas.
No soñó con El Cairo.
Ni con Karim.
Ni con jaulas.
Soñó con telas.
Y costuras doradas.
Y un reino pequeño.
Hecho a mano.
Con cicatrices visibles.
Completamente suyo.
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