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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 81

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Capítulo 81: Reinicio

DOS SEMANAS DESPUÉS

La alarma sonó a las seis de la mañana.

Como todos los días.

Valentina la apagó antes del segundo pitido.

Se levantó.

Sin pereza. Sin duda.

Solo músculo memoria de rutina que había construido día a día.

Dos semanas desde que dijo “mi propio reino”.

Dos semanas construyéndolo.

Ladrillo por ladrillo.

Puntada por puntada.

Se lavó la cara.

Café instantáneo mientras miraba por la ventana.

París despertando.

El cielo todavía gris.

Las calles todavía vacías.

Ese momento antes de que el mundo se llenara de ruido.

Era suyo.

Se sentó frente a la Singer.

Las telas esperaban donde las había dejado anoche.

Extendidas. Marcadas. Listas.

Encendió la máquina.

El zumbido familiar.

Reconfortante.

Y empezó.

A las diez en punto se detuvo.

Las manos adoloridas pero satisfechas.

Una manga terminada.

Perfecta.

O tan perfecta como podía hacerla sin ayuda.

Se cambió de ropa.

Jeans. Blusa negra simple. Zapatillas cómodas.

Nada de lo que usaba en El Cairo.

Nada que gritara dinero o estatus.

Solo ropa para trabajar.

Bajó a la calle.

La boulangerie de la esquina ya tenía fila.

Pero corta.

Los parisinos madrugadores que compraban antes de ir a trabajar.

Valentina se formó.

Esperó su turno.

—Bonjour.

—Bonjour. Un croissant et un café noir, s’il vous plaît.

El ritual diario.

Las mismas palabras.

El mismo orden.

La panadera ya la reconocía.

Le sonreía.

Un croissant extra grande.

El café en vaso para llevar.

—Merci.

—Bonne journée.

Valentina comió caminando hacia el metro.

El croissant todavía tibio.

Perfecto.

El café amargo. Fuerte.

Como lo necesitaba.

Llegó al showroom de Claire Dubois a las once menos cinco.

Puntual.

Siempre puntual.

El edificio era hermoso.

Fachada de piedra del siglo XVIII.

Puerta de madera tallada.

Escaleras angostas que crujían.

Pero adentro.

Adentro era luz.

El tercer piso completo convertido en espacio abierto.

Claraboyas enormes.

Luz natural entrando como agua.

Paredes blancas.

Piso de madera clara.

Y mesas.

Seis en total.

Una para cada diseñador.

La de Valentina era la más pequeña.

En el rincón del fondo.

Junto a la ventana que daba al callejón.

No la mejor ubicación.

Pero era suya.

Dejó el bolso.

Miró su espacio.

Tres maniquíes de diferente talla.

Uno delgado. Uno medio. Uno con curvas.

La Singer en la esquina de la mesa.

Fiel. Constante.

La mesa plegable.

Metal. Nada elegante.

Pero funcional.

Y sus cosas.

Telas dobladas. Hilos organizados por color. Tijeras. Alfileres. Cinta métrica.

Todo lo que tenía.

Todo lo que necesitaba.

—Así que tú eres la del video viral.

La voz venía de atrás.

Valentina se volteó.

Una mujer de unos treinta años.

Cabello rubio recogido en moño despeinado.

Anteojos de marco grueso.

Ropa completamente negra.

Elegante pero con manchas de tiza de sastre.

La miraba con expresión difícil de leer.

¿Curiosidad? ¿Desprecio?

—Soy Valentina.

—Margaux.

No extendió la mano.

Solo la estudió.

De arriba abajo.

Como evaluando mercancía.

—Pensé que serías más alta.

El comentario cayó plano.

No cruel. No amable.

Solo observación.

Valentina sonrió.

Pequeño. Sin dientes.

—Y yo pensé que tu última colección tendría más imaginación.

Pausa.

—Pero aquí estamos.

El silencio estiró.

Margaux parpadeó.

Luego.

Algo parecido a sonrisa.

—Touché.

Se dio vuelta.

Caminó hacia su mesa.

Al otro lado del showroom.

La mejor ubicación.

Junto a las claraboyas principales.

Valentina volvió a su rincón.

No era rivalidad.

Todavía no.

Solo establecimiento de territorio.

Las otras diseñadoras llegaron en los siguientes veinte minutos.

Cuatro mujeres. Un hombre.

Todos mayores que Valentina.

Todos con más experiencia.

Todos con mejor equipo.

Mesas más grandes. Más maniquíes. Asistentes.

Valentina tenía sus manos.

Y eso tendría que ser suficiente.

Trabajó en silencio.

El showroom llenándose de sonidos.

Tijeras cortando.

Máquinas de coser zumbando.

Conversaciones en francés que medio entendía.

Risas ocasionales.

Era raro.

Estar rodeada de gente después de semanas de soledad.

Pero no incómodo.

Solo… diferente.

A las dos de la tarde, Claire apareció.

Con tacones que anunciaban su llegada tres segundos antes.

Recorrió el showroom.

Mirando el trabajo de cada diseñador.

Haciendo preguntas.

Dando feedback.

Sin filtro. Sin suavizar.

Si algo no funcionaba, lo decía.

Directamente.

Llegó a la mesa de Valentina al final.

Miró la manga terminada.

La tomó. La volteó. Estudió las costuras.

—Bien.

Una palabra.

Pero viniendo de Claire, valía oro.

—¿Cuántas piezas llevas?

—Una manga.

—Necesitas cinco piezas completas.

—Lo sé.

Claire la miró.

No con lástima.

Con evaluación.

—Tienes tres semanas para presentar cinco piezas.

El aire saliendo de los pulmones de Valentina.

Tres semanas.

Cinco piezas.

Sola.

—Si convencen, te doy espacio permanente y acceso a mis contactos.

Claire cruzó los brazos.

—Si no, libero tu mesa.

La verdad sin adornos.

Sin segunda oportunidad.

Sin red de seguridad.

—Entiendo.

—¿Puedes hacerlo?

Valentina miró su mesa.

La Singer. Los maniquíes. Las telas.

Luego miró a Claire.

—Sí.

—Bien. Porque no doy extensiones. Y no acepto excusas.

Se dio vuelta.

Los tacones clickeando contra el piso de madera.

—Ah, Valentina.

Se detuvo sin voltear.

—No te quedes hasta tarde. La seguridad cierra a las nueve. Y necesitas dormir si vas a crear algo que valga la pena.

Siguió caminando.

Dejando el silencio detrás.

Valentina se sentó.

Las manos temblando apenas.

No de miedo.

De adrenalina.

Tres semanas.

Cinco piezas.

Veintiún días.

Ciento veinte piezas.

O nada.

Miró por la ventana.

El callejón abajo.

Gris. Estrecho. Sin glamour.

Como su vida ahora.

Pero suyo.

Completamente suyo.

Tomó la tela siguiente.

La extendió sobre la mesa.

Marcó. Cortó. Alfiler por alfiler.

Las otras diseñadoras empezaban a irse.

Cinco y media. Seis. Siete.

Hasta que solo quedaban ella y Margaux.

A las ocho y media, Margaux pasó junto a su mesa.

Se detuvo.

—Tres semanas es brutal para cinco piezas. Especialmente sola.

Valentina levantó la vista.

—Lo sé.

—Claire no da extensiones. Nunca.

—Ya me dijo.

Margaux asintió.

Luego.

Casi como pensándolo mejor.

—El mercado de telas de Saint-Pierre abre a las siete. Los mejores retazos se van antes de las ocho.

—Gracias.

—No es amabilidad. Es información.

Siguió caminando.

Pero en la puerta.

—Tu video fue bueno. Real.

—Gracias.

—El vestido de la Gala fue mejor.

Y se fue.

Valentina se quedó sola.

El showroom vacío.

Solo la luz de su lámpara.

El zumbido de la Singer.

Y París afuera.

Brillando.

Indiferente.

Hermoso.

Trabajó hasta las nueve menos cinco.

Guardó todo.

Apagó la máquina.

Bajó las escaleras.

El guardia de seguridad la saludó.

—Bonne nuit, mademoiselle.

—Bonne nuit.

Salió a la calle.

El aire frío golpeándola.

Caminó hacia el metro.

Cansada.

Adolorida.

Pero viva.

Más viva que en meses.

Porque esto.

Esto era suyo.

No regalo de Karim.

No rescate de Eric.

No jaula dorada.

Sino trabajo.

Trabajo duro. Honesto. Real.

Y si fallaba.

Si no conseguía las cinco piezas.

Si Claire liberaba su mesa.

Al menos habría fallado intentando.

Por ella misma.

No por nadie más.

Llegó a su apartamento a las diez.

Comió pan con queso.

Se duchó.

Se metió a la cama.

La alarma puesta para las seis.

Como mañana.

Como pasado mañana.

Como los próximos veintiún días.

Hasta que las cinco piezas estuvieran terminadas.

O hasta que se quedara sin tiempo.

Pero no sin luchar.

Nunca sin luchar.

Cerró los ojos.

Y por primera vez en dos semanas.

No soñó con El Cairo.

Ni con Karim.

Ni con jaulas.

Soñó con telas.

Y costuras doradas.

Y un reino pequeño.

Hecho a mano.

Con cicatrices visibles.

Completamente suyo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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