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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 84

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Capítulo 84: La Cuenta Misteriosa

Tres días después, la blusa estaba terminada.

Valentina la colgó junto a las otras piezas.

Chaqueta. Falda. Blusa.

Tres de cinco.

Diecisiete días restantes.

Las piezas funcionaban.

Las costuras doradas brillaban bajo las claraboyas del showroom.

Los cortes asimétricos se veían intencionales.

Como cicatrices que eligieron ser arte.

Valentina dio paso atrás.

Las estudió con ojos críticos.

Buscando errores.

Buscando debilidades.

Encontrando solo una.

Las telas.

Los retazos del mercado de Saint-Pierre eran buenos para bocetos.

Para prototipos.

Para probar conceptos.

No para vender.

La chaqueta era lino egipcio.

Pero lino de segunda.

Con irregularidades en la trama.

La falda era algodón mercerizado.

Decente.

No excepcional.

La blusa era lo mejor que había conseguido.

Seda salvaje.

Pero con pequeños defectos que solo ojo entrenado notaría.

Y los compradores profesionales tenían ojos entrenados.

Valentina lo sabía.

Lo había sabido desde el principio.

Pero había esperado.

Que el diseño compensara.

Que la narrativa fuera suficiente.

Que la ejecución técnica superara el material.

Había apostado mal.

El reloj del showroom hacía tic-tic.

Grande. Redondo. Vintage.

Colgado en la pared del fondo.

Cada segundo audible en el espacio de techos altos.

Tic-tic.

Tic-tic.

Como metrónomo marcando tiempo que no volvería.

Claire Dubois apareció a las once de la mañana.

Como siempre.

Puntual como el reloj que dominaba el espacio.

Tacones contra el piso de madera.

Vestido negro impecable.

Collar de perlas.

La personificación del profesionalismo parisino.

Caminó directo hacia el rincón de Valentina.

Sin saludar a las otras diseñadoras.

Sin detenerse a revisar otros trabajos.

Valentina enderezó la espalda.

Preparándose.

Claire estudió las tres piezas.

Sin tocarlas todavía.

Solo mirando.

Los ojos entrenados recorriendo cada línea.

Cada costura.

Cada detalle.

El silencio se extendió.

Treinta segundos.

Cuarenta.

Un minuto.

Valentina esperó.

El estómago apretado.

Las manos húmedas.

Finalmente, Claire extendió la mano.

Tocó la chaqueta.

Los dedos siguiendo la costura dorada.

Probando la resistencia.

Evaluando la técnica.

Luego la falda.

Revisando el dobladillo.

La caída.

El peso.

Finalmente la blusa.

La levantó contra la luz.

Examinando la transparencia.

La consistencia del tejido.

Valentina dejó de respirar.

Claire bajó la blusa.

La colgó cuidadosamente.

Se volteó.

—El diseño es extraordinario.

Valentina respiró.

—Gracias.

—Las proporciones, impecables. El concepto, fuerte. La ejecución técnica, profesional. Tus costuras son mejores que las de diseñadoras con diez años más experiencia.

Pausa.

Valentina supo lo que venía.

Lo sintió en el aire.

En el “pero” que colgaba invisible.

—Pero las telas te están traicionando.

Ahí estaba.

La verdad que había evitado enfrentar.

Claire tomó la manga de la chaqueta otra vez.

La dobló hacia la luz que entraba por la claraboya.

—Mira esto. ¿Ves estas irregularidades en la trama? El lino es bueno. Pero no es excepcional. Un comprador profesional lo notará en tres segundos.

Señaló la falda.

—El algodón está bien. Pero es el tipo que usan las marcas de fast fashion. No las marcas que quieren construir legado.

Luego la blusa.

—La seda salvaje es linda. Tiene carácter. Pero estos pequeños nudos, estos engrosamientos, le dicen al comprador que compraste lo que estaba en oferta. No lo que era perfecto.

Cada palabra era cuchillo.

Preciso.

Necesario.

Doliendo de todas formas.

—Es lo que puedo pagar —dijo Valentina.

—Lo sé. Y respeto eso. Respeto que estés haciendo esto sin dinero de familia. Sin crédito corporativo. Sin padrinos ricos.

Claire soltó la blusa.

La miró directo a los ojos.

—Pero necesitas entender algo fundamental.

Valentina asintió.

—Cuando presentes estas piezas en tres semanas, no estarás sola en esa sala. Habrá treinta diseñadores. Algunos con patrocinadores que les dan presupuestos de cincuenta mil euros por colección. Otros con crédito en las mejores casas textiles de Italia y Francia.

Pausa.

—Estarás compitiendo contra gente que puede comprar el mejor lino de Irlanda, la mejor seda de Como, la mejor lana de Biella. Sin parpadear.

—Entiendo.

—No estoy segura de que lo hagas.

Claire cruzó los brazos.

—Porque si presentas con estas telas, el mensaje que envías no es “soy talentosa pero tengo presupuesto limitado.” El mensaje es: “No estoy lista.”

—¿Entonces qué propones?

—Que inviertas en telas de verdad. Seda italiana. Lino irlandés. Algodón egipcio de primera. Lana merino superfina. Las que harán que tu diseño extraordinario tenga el vehículo que merece.

—No tengo ese presupuesto.

Claire inclinó la cabeza.

—¿Cuánto tienes?

Valentina calculó mentalmente.

Lo que quedaba del dinero que Eric le había dado antes de irse de Provenza.

Después de tres semanas de alquiler.

De comida.

De transporte.

De materiales básicos.

Mil doscientos euros.

Suficiente para sobrevivir dos semanas más.

No suficiente para telas de lujo.

—Mil doscientos.

Claire suspiró.

No sorprendida.

Solo confirmando lo que sospechaba.

—Necesitas al menos tres mil para telas decentes. Cuatro mil para estar segura. Cinco para competir de verdad.

—No los tengo.

—¿No tienes o no quieres usar?

La pregunta cayó como bomba.

Afilada.

Intencional.

Valentina la miró.

—¿Qué significa eso?

—Significa que llevas tres semanas trabajando dieciséis horas diarias. Comiendo pan con queso. Durmiendo cuatro horas. Y no has pedido ayuda a nadie.

—Porque no necesito ayuda.

—Todos necesitamos ayuda.

—Yo no.

Claire la estudió.

Larga. Silenciosa.

—Orgullo es lujo que diseñadoras emergentes no pueden pagar.

—No es orgullo. Es principio.

—A veces son la misma cosa.

Valentina no respondió.

Porque tal vez Claire tenía razón.

Tal vez el orgullo y el principio se parecían demasiado.

Especialmente cuando tenías cincuenta mil euros sentados en cuenta bancaria.

Intocables.

Envenenados.

—Piénsalo —dijo Claire—. Tienes diecisiete días. Si decides invertir en material de calidad, tengo contactos en casas textiles. Puedo conseguirte descuento. Veinte, tal vez veinticinco por ciento. No mucho, pero algo.

Se acercó más.

Bajó la voz.

—Valentina, tu diseño es de los mejores que he visto en cinco años. Tienes instinto comercial y narrativa emocional. Tienes técnica y visión. Todo lo que necesitas para triunfar.

Pausa.

—No dejes que las telas equivocadas maten algo extraordinario.

Se fue.

Tacones alejándose.

Dejando silencio.

Y verdad incómoda.

Valentina se quedó sola.

Mirando las tres piezas.

Hermosas pero limitadas.

Como pájaros con alas de papel.

Podían volar.

Pero no muy lejos.

El reloj seguía.

Tic-tic.

Tic-tic.

Once y media.

Seis horas y media hasta cerrar.

Diecisiete días hasta presentación.

Valentina se sentó.

Sacó su teléfono.

Abrió la aplicación bancaria.

Los cincuenta mil euros seguían ahí.

€50,000.00

Brillando en la pantalla.

Tentación con números.

Con un solo clic podía transferir.

Cinco mil a su cuenta corriente.

Comprar las mejores telas de Europa.

Terminar la colección perfecta.

Presentar algo que dejara sin aliento.

Nadie tendría que saber.

Solo ella.

Y quien fuera que puso el dinero.

Karim.

Probablemente Karim.

Otra jugada de control disfrazada de generosidad.

O tal vez Eric.

Eric con su silencio.

Eric con su servicio discreto.

Eric que ponía dinero en cuentas anónimas para que ella no sintiera obligación.

Pero esa era la trampa.

Porque si usaba ese dinero.

Si construía su marca con eso.

Siempre sabría.

Que lo primero que hizo “sola”.

No fue tan sola.

Que alguien más pagó la fundación.

Que alguien más decidió que ella merecía oportunidad.

Y toda la independencia que reclamaba.

Toda la libertad por la que peleaba.

Sería ficción.

Sería jaula más bonita.

Barrotes de seda italiana en vez de hierro.

Pero jaula igual.

Cerró la aplicación.

Guardó el teléfono.

El reloj seguía.

Tic-tic.

Tic-tic.

Mediodía.

Valentina volvió a la Singer.

Sacó las telas para la cuarta pieza.

El pantalón.

Retazos de sarga de algodón.

Color carbón.

No los mejores.

Pero los que tenía.

Empezó a medir.

A cortar.

A marcar con tiza blanca.

Las manos moviéndose automáticas.

Pero la mente calculando.

Mil doscientos euros.

Menos quinientos de alquiler próximo mes.

Setecientos.

Menos doscientos de comida.

Quinientos.

Menos cien de transporte y materiales básicos.

Cuatrocientos.

Cuatrocientos euros para dos piezas.

Imposible comprar telas de lujo.

Apenas suficiente para telas decentes.

¿Podía comer menos?

¿Caminar en vez de metro?

¿Trabajar más horas para otros diseñadores a cambio de retazos?

Tal vez.

Pero el tiempo.

El tiempo era el recurso que no podía comprar.

Diecisiete días.

No se recuperaban.

El reloj seguía.

Tic-tic.

Tic-tic.

Una de la tarde.

Dos.

Valentina trabajó sin parar.

El pantalón tomando forma.

Las piezas saliendo de la tela como esculturas de tela plana.

A las tres, Margaux pasó junto a su mesa.

Se detuvo.

Miró las tres piezas colgadas.

Luego miró a Valentina.

—Claire vino hoy.

No era pregunta.

Era observación.

—Sí.

—¿Te dio el discurso de las telas?

—Sí.

Margaux asintió.

Como si hubiera apostado consigo misma.

—Lo da a todas. Es brutal pero honesta.

—Lo sé.

—¿Vas a comprar telas mejores?

—No tengo presupuesto.

—Nadie tiene presupuesto al principio. Por eso el noventa por ciento fracasa antes de presentar primera colección.

Valentina no respondió.

Solo siguió cortando.

La sarga cayendo en piezas geométricas.

Margaux observó en silencio.

Treinta segundos.

Cuarenta.

—Tienes manos buenas. Cortes limpios. Sin dudar.

—Gracias.

—¿Dónde aprendiste?

—México. Talleres. Calles. Donde fuera que me pagaran.

—Se nota. Tienes técnica de alguien que cosió por necesidad. No por hobby.

Valentina levantó la vista.

—¿Eso es cumplido o insulto?

—Cumplido. Las mejores diseñadoras no vienen de escuelas de arte. Vienen de necesidad.

Margaux señaló sus propias piezas al otro lado del showroom.

—Yo vengo de Marsella. Barrio obrero. Mi madre cosía uniformes de hospital para mantener tres hijos. Le robaba retazos. Aprendí antes de leer.

—No lo sabía.

—No lo cuento. Pero lo reconozco cuando lo veo.

Silencio.

Cómodo.

Entre mujeres que entendían hambre.

—¿Café? —preguntó Margaux.

Valentina parpadeó.

—¿Qué?

—Café. Tú y yo. En veinte minutos. La brasserie de la esquina.

—Estoy trabajando.

—Todos estamos trabajando. Siempre. Pero necesito hablar contigo.

—¿Sobre qué?

—Sobre cómo sobrevivir en París sin dinero de papá.

Valentina dejó las tijeras.

—¿Por qué?

Margaux sonrió.

Pequeño.

Cansado.

Real.

—Porque hace tres semanas me miraste y dijiste que mi colección necesitaba más imaginación.

—Lo siento, yo…

—No te disculpes. Tenías razón. Y nadie más tuvo huevos para decírmelo.

Pausa.

—Así que ahora te debo una. Y pago mis deudas.

Se dio vuelta.

Caminó tres pasos.

Se detuvo.

Sin voltear.

—Tengo una propuesta. No vas a querer rechazarla.

Se fue.

Desapareciendo entre los maniquíes y las mesas de trabajo.

Valentina se quedó inmóvil.

Las tijeras en una mano.

La tela en la otra.

El reloj seguía.

Tic-tic.

Tic-tic.

Tres y cuarto.

¿Qué tipo de propuesta?

¿Qué podía ofrecer Margaux?

¿Telas?

¿Contactos?

¿Trampa?

No había forma de saber sin ir.

Valentina miró sus tres piezas.

Luego la cuarta a medio cortar.

Luego el reloj.

Diecisiete días.

Dos piezas por terminar.

Cuatrocientos euros.

Cincuenta mil intocables.

Y propuesta de mujer que podía ser aliada.

O enemiga.

Solo había una forma de averiguar.

Guardó las tijeras.

Cubrió la tela con sábana protectora.

Tomó su chaqueta raída.

Su bolso gastado.

Y caminó hacia la puerta.

El reloj la despidió.

Tic-tic.

Tic-tic.

Contando segundos que no volverían.

Midiendo el tiempo entre quien era.

Y quien podía ser.

Si elegía bien.

Si confiaba correctamente.

Si el orgullo no la mataba antes que el pragmatismo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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