Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 85
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Fugitiva busca venganza
- Capítulo 85 - Capítulo 85: La Alianza Inesperada
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 85: La Alianza Inesperada
La brasserie estaba a dos cuadras del showroom.
Pequeña. Clásica. Espejos en las paredes.
Mesas de mármol. Sillas de mimbre.
El olor a café y mantequilla.
Margaux ya estaba sentada.
Mesa del fondo.
Dos tazas de café esperando.
Valentina se sentó.
—Pedí por las dos. Espero que te guste el café noir.
—Me gusta.
Tomó la taza.
Caliente. Amargo. Perfecto.
Margaux bebió del suyo.
La estudió.
Como evaluando cuánto decir.
Cuánto arriesgar.
—Gracias por venir.
—Dijiste que tenías propuesta.
—La tengo. Pero primero necesito contarte algo.
Valentina esperó.
Margaux puso la taza sobre el platillo.
El sonido resonando en el silencio entre ellas.
—Trabajo para Maison Durand. ¿La conoces?
—De nombre. Marca mediana. Enfoque en mercado corporativo.
—Exacto. Ropa para ejecutivas. Blazers. Vestidos de oficina. Nada revolucionario.
—¿Y?
—Y yo diseño todo. Cada colección. Cada pieza. Cada detalle.
Pausa.
—Mi jefe, Monsieur Durand, firma como diseñador principal. Yo soy “asistente de diseño” en los créditos. Si aparezco.
Valentina entendió inmediatamente.
—Te roba los diseños.
—Legalmente no es robo. Mi contrato dice que todo lo que diseño bajo su empleo le pertenece. Firmé hace cinco años cuando no tenía opciones.
—¿Por qué no renuncias?
—Porque necesito comer. Y porque Durand tiene contactos. Si me voy mal, me pone en lista negra. Nadie en París me contrataría.
Valentina tomó más café.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Margaux sonrió.
Cansada pero real.
—Vi tus piezas. Tu chaqueta con la costura dorada. Tu falda asimétrica. Tu blusa con el corte en el hombro.
—¿Y?
—Y reconozco talento real cuando lo veo. Porque yo también lo tengo. Solo que el mío lleva cinco años enterrado en blazers corporativos.
Se inclinó hacia adelante.
—Tú tienes diseño. Narrativa. Visión. Todo lo que yo quisiera hacer pero no puedo.
—Pero no tengo telas.
—Exacto. Y yo tengo acceso.
Valentina dejó la taza.
—Explícate.
—Durand tiene cuenta con todas las casas textiles importantes. Compra por volumen. Precio de mayorista. Y como “asistente de diseño”, tengo autorización para pedir muestras.
—Muestras.
—Rollos de tres a cinco metros. Oficialmente para prototipos. Nadie vigila qué hago con ellas después.
Valentina entendió.
—Quieres que use telas que tú “pides prestadas”.
—Quiero que tengamos alianza. Tú diseñas. Yo consigo material de calidad a precio de costo. Creamos algo que ninguna de las dos podría hacer sola.
—¿Y qué ganas tú?
Margaux no dudó.
—Crédito. Cuando “Cicatrices” despegue, mi nombre estará ahí. No como asistente. Como socia fundadora. Como la mujer que ayudó a construir algo real.
—Eso es riesgo enorme. Si Durand descubre…
—Que me despida. Estoy cansada de ser invisible.
Silencio.
Valentina la estudió.
Buscando mentira.
Buscando trampa.
Encontrando solo desesperación honesta.
Y ambición que reconocía.
Porque era la suya.
—¿Qué porcentaje quieres?
—Diez por ciento de “Cicatrices”. No negociable.
—Cinco.
—Ocho. Y acceso a decisiones creativas.
—Siete. Sin veto sobre diseño final.
Margaux extendió la mano.
—Trato.
Valentina la estrechó.
Firme. Rápida.
Como se sellaban alianzas entre mujeres que sabían que el tiempo era lujo.
—Empezamos mañana —dijo Margaux—. Necesito lista de telas que necesitas. Seré específica: tipo, color, metraje.
—¿Cuánto puedes conseguir?
—Suficiente para terminar tu colección. Y empezar la siguiente.
Valentina sintió algo desconocido.
Alivio.
No el alivio de ser rescatada.
El alivio de encontrar aliada.
Bebieron el resto del café.
Hablaron de logística.
De plazos.
De técnicas.
De París y sus trampas.
De México y sus cicatrices.
Cuando salieron, el sol empezaba a bajar.
Dorado sobre los edificios.
Hermoso como solo París sabía ser.
—Una cosa más —dijo Margaux en la puerta de la brasserie.
—¿Qué?
—Tu respuesta el primer día. Lo de mi colección sin imaginación.
—Lo siento, yo…
—No te disculpes. Fue la verdad. Y nadie más tuvo los ovarios para decírmela.
Sonrió.
—Por eso supe que podíamos trabajar juntas.
Se fue.
Valentina volvió al showroom.
La Singer la esperaba.
Pero ahora con plan.
Con aliada.
Con futuro tangible.
Los siguientes diez días fueron remolino.
Margaux cumplió.
Las telas llegaban en bolsas discretas.
Seda italiana. Lino irlandés. Lana merino.
Etiquetas de casas que Valentina solo había visto en revistas.
El pantalón se terminó en tres días.
Sarga de lana gris Oxford.
Con costura dorada siguiendo la línea lateral.
Como rayo atravesando tormenta.
Perfecto.
Luego empezaron la cuarta pieza juntas.
Abrigo.
Largo. Estructurado.
Color carbón con forro rojo sangre.
Margaux cortaba.
Valentina cosía.
Trabajaban en silencio.
El tipo de silencio cómodo que solo existía entre artesanas.
A las once de la noche del sexto día, el abrigo estaba terminado.
Lo colgaron.
Dieron paso atrás.
Margaux silbó bajito.
—Dios. Es hermoso.
—Lo es.
—¿Cómo le llamarás?
—”Armadura”.
—Perfecto.
Se quedaron mirándolo.
Dos mujeres.
Dos historias.
Una alianza nacida de necesidad.
Pero sosteniéndose en respeto.
Eric apareció al noveno día.
Tocó la puerta del showroom a las ocho de la noche.
Valentina seguía trabajando.
Margaux también.
—¿Eric? ¿Qué haces aquí?
—Vine a ver cómo estabas. No contestas mensajes.
—He estado ocupada.
Eric miró alrededor.
Vio a Margaux.
Las cuatro piezas colgadas.
Las telas premium apiladas.
El progreso imposible.
—¿Quién es ella?
—Margaux. Mi socia.
—¿Socia?
Valentina lo llevó afuera.
Al pasillo.
Le explicó el acuerdo.
Las telas a precio de costo.
El siete por ciento.
La alianza.
Eric escuchó.
La mandíbula tensa.
—Valentina, apenas la conoces.
—La conozco suficiente.
—¿Tres semanas? ¿Eso es suficiente para dar siete por ciento de tu empresa?
—Es suficiente para saber que sin ella no tendría empresa.
—Las alianzas rápidas en París suelen tener precio oculto.
La frase cayó fría.
Cuidadosa.
Pero cargada de desconfianza.
Valentina sintió irritación subir.
—¿Y qué propones? ¿Que rechace ayuda y fracase sola?
—Propongo que seas cuidadosa. Que investigues. Que no confíes tan rápido.
—Confío en mi instinto.
—Tu instinto confió en Karim.
El golpe bajo cayó entre ellos.
Silencio.
Valentina lo miró directo.
—Mi instinto también me sacó de México. Me trajo a París. Me hizo romper con Karim cuando tú querías que esperara.
Pausa.
—Confío en mi instinto. No en tu permiso.
Eric retrocedió.
Como si lo hubiera empujado.
—No te estoy pidiendo permiso. Te estoy cuidando.
—No te pedí que me cuidaras. Te pedí que confiaras.
—Es diferente.
—No. No lo es.
Valentina volvió adentro.
Cerró la puerta.
Eric se quedó en el pasillo.
Cinco segundos.
Diez.
Luego se fue.
Sin despedirse.
Sin volver.
Valentina respiró profundo.
Las manos temblando.
Pero no de miedo.
De certeza.
Porque esto.
Esta decisión.
Esta alianza.
Esta empresa.
Eran suyas.
Completamente suyas.
No necesitaba permiso de Eric.
Ni protección de Karim.
Ni aprobación de nadie.
Solo necesitaba instinto.
Trabajo.
Y aliadas que entendieran hambre.
Volvió a la Singer.
Margaux levantó la vista.
—¿Todo bien?
—Todo bien.
—¿Segura?
—Segura.
Margaux asintió.
Sin más preguntas.
Porque entendía.
Entendía que a veces las alianzas entre mujeres se sostenían precisamente porque los hombres dudaban.
Trabajaron hasta medianoche.
Cuando cerraron, tenían cuatro piezas terminadas.
Chaqueta. Falda. Blusa. Pantalón. Abrigo.
Cuatro de cinco.
Trece días restantes.
Y una pieza por decidir.
—¿Qué falta? —preguntó Margaux.
Valentina miró las cuatro piezas.
Todas perfectas.
Todas fuertes.
Todas hablando de ruptura y reconstrucción.
Pero faltaba algo.
Algo que cerrara la narrativa.
Algo imposible de ignorar.
—Un vestido —dijo finalmente.
—¿Qué tipo?
Valentina sonrió.
Pequeño.
Peligroso.
—Uno de novia.
Margaux parpadeó.
—¿De novia? ¿Para “Cicatrices”?
—Sí.
—Los vestidos de novia son blancos.
—El mío no.
—¿De qué color?
Valentina la miró directo.
—Negro.
Silencio.
Margaux procesó.
Luego sonrió.
Lenta. Cómplice.
—Van a odiarlo.
—Lo sé.
—Claire probablemente diga que es demasiado.
—Probablemente.
—Los compradores tradicionales se escandalizarán.
—Bien.
—¿Por qué negro?
Valentina pensó en El Cairo.
En la jaula dorada.
En el anillo de Fátima que dejó sobre la mesa.
En todas las mujeres que se casaron porque no tenían opción.
En todas las que dijeron “sí” cuando querían gritar “no”.
—Porque algunas bodas son finales felices.
Pausa.
—Y otras son duelos. Y los duelos se visten de negro.
Margaux asintió.
Entendiendo sin necesitar más explicación.
—Vas a necesitar seda. Mucha. Y encaje de Calais.
—¿Puedes conseguirlos?
—Dame dos días.
—Los tienes.
Se despidieron en la puerta del showroom.
Valentina caminó a casa.
El aire frío de marzo.
Las calles de París silenciosas.
Trece días.
Una pieza.
Un vestido de novia negro.
La pieza que definiría “Cicatrices”.
La que gritaría lo que todas las otras susurraban.
Que las rupturas también eran victorias.
Que los finales también eran comienzos.
Que el negro también era color de libertad.
Si elegías llevarlo.
El mensaje llegó tres días después de la discusión.
“Cena en mi casa esta noche. Cocino yo. Tregua. —E”
Valentina miró la pantalla.
Las cosas entre ellos habían quedado tensas.
No rotas.
Solo… tensas.
Él no había vuelto al showroom.
Ella no había llamado.
Pero Eric extendía rama de olivo.
Como siempre hacía.
Porque Eric no peleaba.
Eric resolvía.
Respondió:
“¿Qué hora?”
“Siete. Sin presión. Solo nosotros.”
El apartamento de Eric en París estaba en el Sexto Arrondissement.
Tercer piso de un edificio hausmaniano.
Ventanas altas. Pisos de parquet. Molduras en el techo.
Elegante pero discreto.
Como él.
Valentina tocó el timbre a las siete en punto.
Eric abrió inmediatamente.
Jeans. Camisa de lino arremangada. Descalzo.
Sonrisa que no llegaba completamente a los ojos.
—Bienvenida.
—Gracias por invitarme.
—Gracias por venir.
La educación cortés de dos personas reparando algo delicado.
Entró.
El apartamento olía a tomate, albahaca, ajo.
A cocina real.
No comida pedida y servida en platos bonitos.
La cocina era abierta hacia la sala.
Isla de mármol en el centro.
Verduras picadas. Hierbas frescas. Botella de vino de Provenza abierta.
—¿Qué cocinas?
—Ratatouille. Con verduras de mi huerta. Las traje esta mañana.
Señaló la ventana.
—Berenjena, calabacín, pimientos. Todo de mis manos.
Valentina sintió algo ablandarse.
Porque esto era Eric.
Cultivando. Cuidando. Nutriendo.
—Suena perfecto.
—Siéntate. Sirvo vino.
Se sentó en el taburete de la isla.
Eric llenó dos copas.
Tinto de Provenza.
Suave. Terroso.
Como días más simples.
Bebió.
El vino bajando cálido.
Reconfortante.
Seguro.
Eric volvió a los fogones.
Revolviendo la cazuela.
Probando. Ajustando sal.
—¿Cómo va la colección?
—Bien. Cuatro piezas terminadas. La quinta en proceso.
—¿El vestido de novia?
—Sí.
—¿Negro todavía?
—Negro definitivamente.
Eric sonrió.
De verdad esta vez.
—Me alegra que no cambiaras de opinión.
—¿Por qué te alegraría?
—Porque significa que confías en tu instinto. Incluso cuando yo dudé.
Pausa.
—Y tenías razón. Sobre Margaux. Sobre la alianza. Sobre todo.
Las palabras cayeron como disculpa.
Valentina las recibió.
—Gracias.
—De nada.
Cocinaron en silencio cómodo.
Bueno, él cocinaba.
Ella miraba.
Bebía vino.
Dejaba que la tensión de la semana se aflojara.
La cena estuvo lista media hora después.
Se sentaron en la mesa junto a la ventana.
Vista a los tejados de París.
Luces encendiéndose en edificios vecinos.
El cielo pasando de azul a púrpura a negro.
La ratatouille era excepcional.
Cada verdura cocida perfectamente.
Manteniendo textura pero suave.
El sabor concentrado. Honesto.
—Esto está increíble.
—Gracias. Es receta de mi abuela. Ella decía que la comida debe saber a lo que es. Sin trucos.
Comieron despacio.
Hablaron de cosas pequeñas.
Del clima. Del mercado. De París en marzo.
Conversación que flotaba en superficie.
Evitando profundidades.
Hasta que Valentina sintió el peso de la semana acumulándose.
—Claire está presionando más cada día.
Eric la miró.
Atento.
—¿Qué dice?
—Que la quinta pieza debe ser perfecta. Que un vestido de novia negro es apuesta enorme. Que si fallo, nadie recordará las otras cuatro.
—¿Tú qué piensas?
—Que tiene razón. Pero eso no hace la presión más fácil.
—¿Cuánto tiempo tienes?
—Once días.
Eric asintió.
—Es tiempo suficiente.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te he visto trabajar. Cuando te enfocas, no hay límite a lo que puedes hacer.
Las palabras eran apoyo.
Pero sonaban a cliché.
A frase que se dice porque se debe decir.
Valentina sintió irritación subir.
Pequeña.
Injusta tal vez.
Pero real.
—No es solo tiempo. Es técnica. Es concepto. Es ejecución. Es…
Se detuvo.
Respiró.
—Es que necesita ser perfecto y no sé si puedo hacerlo perfecto.
Eric dejó el tenedor.
Se inclinó hacia adelante.
—Respira.
La palabra cayó suave.
Como siempre.
—Todo va a estar bien.
Y ahí estaba.
La frase.
La que siempre decía.
La que siempre ofrecía como solución.
Valentina sintió algo romperse.
Pequeño.
Como cristal agrietándose.
—No necesito que me digas que respire.
Eric parpadeó.
—Solo intento…
—Lo sé. Pero no necesito calma. Necesito que entiendas que estoy asustada. Que la presión es real. Que once días no se sienten como suficiente.
—Entiendo.
—¿Entiendes? ¿O solo estás esperando a que termine de hablar para decirme otra vez que todo va a estar bien?
Silencio.
Eric la miró.
Sin enojo.
Sin defensa.
Solo… calma.
Esa maldita calma.
—Estoy escuchando. De verdad.
Pero no peleaba.
No discutía.
No le decía que estaba exagerando o siendo injusta.
Solo escuchaba con esos ojos tranquilos.
Y Valentina sintió frustración convertirse en algo más grande.
—¿Sabes qué? Necesito gritar. Necesito que alguien me diga que estoy equivocada. Que mi miedo es estúpido. Que deje de quejarme y trabaje.
Eric no respondió.
Solo la miraba.
—¡Di algo!
—¿Qué quieres que diga?
—¡Cualquier cosa! Pelea conmigo. Discute. Dime que estoy siendo irracional.
—Pero no estás siendo irracional. Tu miedo es válido.
—No quiero validación. Quiero confrontación.
Las palabras salieron más alto de lo planeado.
Casi gritando.
Eric no retrocedió.
No levantó la voz.
Solo siguió mirándola con esa paz zen que de pronto se sentía como muro.
Como distancia.
Como vacío.
—No puedo pelear contigo, Valentina.
—¿Por qué no?
—Porque no es quien soy.
—Entonces ¿quién eres? ¿El hombre que siempre dice que todo va a estar bien? ¿El que nunca se enoja? ¿El que nunca empuja de vuelta?
—Soy el hombre que no cree que el conflicto resuelve nada.
—A veces el conflicto es lo único que resuelve cosas.
Eric tomó su copa.
Bebió despacio.
—Creo que tenemos formas muy diferentes de procesar el estrés.
La frase cayó clínica.
Terapéutica.
Como si estuvieran en sesión de consejería matrimonial.
No en medio de conversación real.
Valentina sintió algo apagarse.
No con explosión.
Con suspiro.
—Tal vez sí.
Terminaron de comer en silencio.
Ya no cómodo.
Solo silencio.
El vino sabía diferente ahora.
Menos a días simples.
Más a algo que se estaba terminando sin que ninguno lo admitiera.
Eric recogió los platos.
Valentina ayudó.
Lavaron juntos.
Él lavaba, ella secaba.
Rutina doméstica que debería ser íntima.
Pero se sentía mecánica.
—Debería irme —dijo finalmente.
Eric asintió.
Sin protestar.
Sin pedir que se quedara.
—Te acompaño abajo.
—No hace falta.
—Quiero hacerlo.
Bajaron las escaleras.
Tres pisos.
Sin hablar.
En la puerta del edificio, Eric se detuvo.
—Lamento no poder darte lo que necesitas.
—No es tu culpa.
—Ni la tuya.
Se miraron.
Dos personas buenas.
Incompatibles en formas que recién empezaban a entender.
—Buenas noches, Eric.
—Buenas noches, Valentina.
No se besaron.
Valentina caminó hacia el metro.
Las calles de París iluminadas.
Gente saliendo de restaurantes.
Parejas riendo.
Vida sucediendo alrededor.
Y ella sintiéndose más sola que en meses.
Llegó a su apartamento pasadas las once.
Se quitó los zapatos.
La chaqueta.
Se sentó en el sofá.
La laptop sobre la mesa de centro.
La abrió sin pensarlo.
Los dedos moviéndose automáticos.
Abrió buscador.
Escribió antes de cuestionar por qué.
“Karim Al-Fayed noticias”
Enter.
Los resultados cargaron.
El primer titular:
“Heredero Al-Fayed deja la dirección de la empresa temporalmente por razones personales”
Clic.
El artículo era breve.
Dos párrafos.
Karim Al-Fayed había renunciado temporalmente a su posición como CEO de Al-Fayed Corporation. Fuentes cercanas indicaban que la decisión era por “motivos de salud personal” sin especificar más. Su padre, Tarek Al-Fayed, asumiría control directo hasta nuevo aviso.
Valentina leyó tres veces.
Karim dejó la empresa.
El hombre que vivía para el trabajo.
Que definía su identidad por su posición.
Que nunca tomaba vacaciones.
Había dejado la empresa.
Cerró la laptop.
Se quedó mirando la pantalla negra.
Su propio reflejo distorsionado en el cristal.
¿Por qué había buscado?
¿Por qué le importaba?
¿Por qué sentía esta inquietud incómoda en el pecho?
Eric le daba paz.
Eric le daba estabilidad.
Eric le daba todo lo que había dicho que quería.
Entonces ¿por qué buscaba noticias del hombre que le dio fuego?
Del que la quemó.
Del que la controló.
Del que le rompió el corazón.
No tenía respuesta.
Solo tenía la inquietud.
Y la certeza de que algo estaba cambiando.
Algo que no podía controlar.
Algo que no quería examinar muy de cerca.
Porque si lo examinaba.
Si lo nombraba.
Tendría que admitir lo que ya sabía.
Que la paz no era suficiente.
Que la calma se sentía como vacío.
Que Eric, por perfecto que fuera, no le daba lo que Karim le dio.
La sensación de estar completamente viva.
Incluso cuando dolía.
Especialmente cuando dolía.
Se fue a la cama.
Pero no durmió.
Solo miró el techo.
Pensando en ojos tranquilos que se sentían como muros.
Y ojos oscuros que alguna vez la quemaron.
Preguntándose cuándo exactamente había empezado a extrañar el fuego.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com