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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 86

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Capítulo 86: La Grieta del Pacifista

El mensaje llegó tres días después de la discusión.

“Cena en mi casa esta noche. Cocino yo. Tregua. —E”

Valentina miró la pantalla.

Las cosas entre ellos habían quedado tensas.

No rotas.

Solo… tensas.

Él no había vuelto al showroom.

Ella no había llamado.

Pero Eric extendía rama de olivo.

Como siempre hacía.

Porque Eric no peleaba.

Eric resolvía.

Respondió:

“¿Qué hora?”

“Siete. Sin presión. Solo nosotros.”

El apartamento de Eric en París estaba en el Sexto Arrondissement.

Tercer piso de un edificio hausmaniano.

Ventanas altas. Pisos de parquet. Molduras en el techo.

Elegante pero discreto.

Como él.

Valentina tocó el timbre a las siete en punto.

Eric abrió inmediatamente.

Jeans. Camisa de lino arremangada. Descalzo.

Sonrisa que no llegaba completamente a los ojos.

—Bienvenida.

—Gracias por invitarme.

—Gracias por venir.

La educación cortés de dos personas reparando algo delicado.

Entró.

El apartamento olía a tomate, albahaca, ajo.

A cocina real.

No comida pedida y servida en platos bonitos.

La cocina era abierta hacia la sala.

Isla de mármol en el centro.

Verduras picadas. Hierbas frescas. Botella de vino de Provenza abierta.

—¿Qué cocinas?

—Ratatouille. Con verduras de mi huerta. Las traje esta mañana.

Señaló la ventana.

—Berenjena, calabacín, pimientos. Todo de mis manos.

Valentina sintió algo ablandarse.

Porque esto era Eric.

Cultivando. Cuidando. Nutriendo.

—Suena perfecto.

—Siéntate. Sirvo vino.

Se sentó en el taburete de la isla.

Eric llenó dos copas.

Tinto de Provenza.

Suave. Terroso.

Como días más simples.

Bebió.

El vino bajando cálido.

Reconfortante.

Seguro.

Eric volvió a los fogones.

Revolviendo la cazuela.

Probando. Ajustando sal.

—¿Cómo va la colección?

—Bien. Cuatro piezas terminadas. La quinta en proceso.

—¿El vestido de novia?

—Sí.

—¿Negro todavía?

—Negro definitivamente.

Eric sonrió.

De verdad esta vez.

—Me alegra que no cambiaras de opinión.

—¿Por qué te alegraría?

—Porque significa que confías en tu instinto. Incluso cuando yo dudé.

Pausa.

—Y tenías razón. Sobre Margaux. Sobre la alianza. Sobre todo.

Las palabras cayeron como disculpa.

Valentina las recibió.

—Gracias.

—De nada.

Cocinaron en silencio cómodo.

Bueno, él cocinaba.

Ella miraba.

Bebía vino.

Dejaba que la tensión de la semana se aflojara.

La cena estuvo lista media hora después.

Se sentaron en la mesa junto a la ventana.

Vista a los tejados de París.

Luces encendiéndose en edificios vecinos.

El cielo pasando de azul a púrpura a negro.

La ratatouille era excepcional.

Cada verdura cocida perfectamente.

Manteniendo textura pero suave.

El sabor concentrado. Honesto.

—Esto está increíble.

—Gracias. Es receta de mi abuela. Ella decía que la comida debe saber a lo que es. Sin trucos.

Comieron despacio.

Hablaron de cosas pequeñas.

Del clima. Del mercado. De París en marzo.

Conversación que flotaba en superficie.

Evitando profundidades.

Hasta que Valentina sintió el peso de la semana acumulándose.

—Claire está presionando más cada día.

Eric la miró.

Atento.

—¿Qué dice?

—Que la quinta pieza debe ser perfecta. Que un vestido de novia negro es apuesta enorme. Que si fallo, nadie recordará las otras cuatro.

—¿Tú qué piensas?

—Que tiene razón. Pero eso no hace la presión más fácil.

—¿Cuánto tiempo tienes?

—Once días.

Eric asintió.

—Es tiempo suficiente.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te he visto trabajar. Cuando te enfocas, no hay límite a lo que puedes hacer.

Las palabras eran apoyo.

Pero sonaban a cliché.

A frase que se dice porque se debe decir.

Valentina sintió irritación subir.

Pequeña.

Injusta tal vez.

Pero real.

—No es solo tiempo. Es técnica. Es concepto. Es ejecución. Es…

Se detuvo.

Respiró.

—Es que necesita ser perfecto y no sé si puedo hacerlo perfecto.

Eric dejó el tenedor.

Se inclinó hacia adelante.

—Respira.

La palabra cayó suave.

Como siempre.

—Todo va a estar bien.

Y ahí estaba.

La frase.

La que siempre decía.

La que siempre ofrecía como solución.

Valentina sintió algo romperse.

Pequeño.

Como cristal agrietándose.

—No necesito que me digas que respire.

Eric parpadeó.

—Solo intento…

—Lo sé. Pero no necesito calma. Necesito que entiendas que estoy asustada. Que la presión es real. Que once días no se sienten como suficiente.

—Entiendo.

—¿Entiendes? ¿O solo estás esperando a que termine de hablar para decirme otra vez que todo va a estar bien?

Silencio.

Eric la miró.

Sin enojo.

Sin defensa.

Solo… calma.

Esa maldita calma.

—Estoy escuchando. De verdad.

Pero no peleaba.

No discutía.

No le decía que estaba exagerando o siendo injusta.

Solo escuchaba con esos ojos tranquilos.

Y Valentina sintió frustración convertirse en algo más grande.

—¿Sabes qué? Necesito gritar. Necesito que alguien me diga que estoy equivocada. Que mi miedo es estúpido. Que deje de quejarme y trabaje.

Eric no respondió.

Solo la miraba.

—¡Di algo!

—¿Qué quieres que diga?

—¡Cualquier cosa! Pelea conmigo. Discute. Dime que estoy siendo irracional.

—Pero no estás siendo irracional. Tu miedo es válido.

—No quiero validación. Quiero confrontación.

Las palabras salieron más alto de lo planeado.

Casi gritando.

Eric no retrocedió.

No levantó la voz.

Solo siguió mirándola con esa paz zen que de pronto se sentía como muro.

Como distancia.

Como vacío.

—No puedo pelear contigo, Valentina.

—¿Por qué no?

—Porque no es quien soy.

—Entonces ¿quién eres? ¿El hombre que siempre dice que todo va a estar bien? ¿El que nunca se enoja? ¿El que nunca empuja de vuelta?

—Soy el hombre que no cree que el conflicto resuelve nada.

—A veces el conflicto es lo único que resuelve cosas.

Eric tomó su copa.

Bebió despacio.

—Creo que tenemos formas muy diferentes de procesar el estrés.

La frase cayó clínica.

Terapéutica.

Como si estuvieran en sesión de consejería matrimonial.

No en medio de conversación real.

Valentina sintió algo apagarse.

No con explosión.

Con suspiro.

—Tal vez sí.

Terminaron de comer en silencio.

Ya no cómodo.

Solo silencio.

El vino sabía diferente ahora.

Menos a días simples.

Más a algo que se estaba terminando sin que ninguno lo admitiera.

Eric recogió los platos.

Valentina ayudó.

Lavaron juntos.

Él lavaba, ella secaba.

Rutina doméstica que debería ser íntima.

Pero se sentía mecánica.

—Debería irme —dijo finalmente.

Eric asintió.

Sin protestar.

Sin pedir que se quedara.

—Te acompaño abajo.

—No hace falta.

—Quiero hacerlo.

Bajaron las escaleras.

Tres pisos.

Sin hablar.

En la puerta del edificio, Eric se detuvo.

—Lamento no poder darte lo que necesitas.

—No es tu culpa.

—Ni la tuya.

Se miraron.

Dos personas buenas.

Incompatibles en formas que recién empezaban a entender.

—Buenas noches, Eric.

—Buenas noches, Valentina.

No se besaron.

Valentina caminó hacia el metro.

Las calles de París iluminadas.

Gente saliendo de restaurantes.

Parejas riendo.

Vida sucediendo alrededor.

Y ella sintiéndose más sola que en meses.

Llegó a su apartamento pasadas las once.

Se quitó los zapatos.

La chaqueta.

Se sentó en el sofá.

La laptop sobre la mesa de centro.

La abrió sin pensarlo.

Los dedos moviéndose automáticos.

Abrió buscador.

Escribió antes de cuestionar por qué.

“Karim Al-Fayed noticias”

Enter.

Los resultados cargaron.

El primer titular:

“Heredero Al-Fayed deja la dirección de la empresa temporalmente por razones personales”

Clic.

El artículo era breve.

Dos párrafos.

Karim Al-Fayed había renunciado temporalmente a su posición como CEO de Al-Fayed Corporation. Fuentes cercanas indicaban que la decisión era por “motivos de salud personal” sin especificar más. Su padre, Tarek Al-Fayed, asumiría control directo hasta nuevo aviso.

Valentina leyó tres veces.

Karim dejó la empresa.

El hombre que vivía para el trabajo.

Que definía su identidad por su posición.

Que nunca tomaba vacaciones.

Había dejado la empresa.

Cerró la laptop.

Se quedó mirando la pantalla negra.

Su propio reflejo distorsionado en el cristal.

¿Por qué había buscado?

¿Por qué le importaba?

¿Por qué sentía esta inquietud incómoda en el pecho?

Eric le daba paz.

Eric le daba estabilidad.

Eric le daba todo lo que había dicho que quería.

Entonces ¿por qué buscaba noticias del hombre que le dio fuego?

Del que la quemó.

Del que la controló.

Del que le rompió el corazón.

No tenía respuesta.

Solo tenía la inquietud.

Y la certeza de que algo estaba cambiando.

Algo que no podía controlar.

Algo que no quería examinar muy de cerca.

Porque si lo examinaba.

Si lo nombraba.

Tendría que admitir lo que ya sabía.

Que la paz no era suficiente.

Que la calma se sentía como vacío.

Que Eric, por perfecto que fuera, no le daba lo que Karim le dio.

La sensación de estar completamente viva.

Incluso cuando dolía.

Especialmente cuando dolía.

Se fue a la cama.

Pero no durmió.

Solo miró el techo.

Pensando en ojos tranquilos que se sentían como muros.

Y ojos oscuros que alguna vez la quemaron.

Preguntándose cuándo exactamente había empezado a extrañar el fuego.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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