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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 87

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  4. Capítulo 87 - Capítulo 87: El Arrepentimiento de Karim
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Capítulo 87: El Arrepentimiento de Karim

El consultorio no tenía vista.

Karim lo notó primero.

Hombre acostumbrado a pisos 40, a ventanales que convertían las ciudades en mapas de poder. Y aquí estaba: cuarto en planta baja, cuarto piso de un edificio ordinario en el Cairo viejo, con una ventana pequeña que daba a una pared de ladrillo.

Deliberado, pensó.

Todo en ese cuarto era deliberado.

La Dra. Amira Hassan no se levantó cuando él entró.

Sesenta años. Cabello gris cortado cerca del cuello. Lentes de montura delgada. Traje color arena que no intentaba impresionar a nadie.

Lo miraba desde su sillón como si fuera un paciente cualquiera.

Como si el apellido Al-Fayed fuera solo sonido.

—Siéntese donde quiera —dijo, señalando sin urgencia el diván de cuero marrón, la silla frente a su escritorio, el pequeño sofá junto a la ventana.

Karim eligió la silla.

Por supuesto.

La silla miraba de frente. La silla era posición de negociación.

La doctora lo observó elegir sin comentario.

Anotó algo en su libreta.

—¿Por qué está aquí, señor Al-Fayed?

Pregunta directa. Sin calentamiento. Sin protocolo.

Karim cruzó las piernas. Ajustó el doblez del pantalón. Movimiento automático de hombre que siempre está presentable.

—Me recomendaron sus servicios.

—Eso no responde mi pregunta.

Pausa.

—Estoy atravesando un período de transición personal.

—¿Transición?

—Dejé la dirección de la empresa temporalmente.

—¿Por qué?

—Porque era necesario.

—¿Para la empresa o para usted?

El cuero del diván crujió cuando cambió de posición.

Karim no había cambiado de posición en una reunión en veinte años.

—Para ambos.

La Dra. Hassan anotó algo más.

El reloj en la pared marcó el silencio con su segundero constante.

Veinte minutos después, Karim había explicado la situación con Valentina, la crisis mediática, la decisión de alejarse de la empresa y el “período de reflexión personal” con la eficiencia de quien presenta informe trimestral.

Cronológico. Organizado. Sin fisuras emocionales.

La doctora lo escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, ella cerró su libreta.

—Señor Al-Fayed.

—Karim.

—Señor Al-Fayed —repitió, sin ceder—. Lleva veinte minutos describiéndome hechos. No me ha dicho nada.

Él frunció el ceño.

—Le expliqué la situación completa.

—Me explicó eventos. —Inclinó la cabeza levemente—. ¿Cómo se sintió cuando ella se fue?

Silencio.

El tipo de silencio que Karim no permitía en salas de juntas.

—Mal.

—¿Mal cómo?

—Simplemente mal.

—¿Vacío? ¿Furioso? ¿Asustado? ¿Avergonzado?

Cada palabra cayó como diagnóstico.

—Todas las anteriores —dijo finalmente—. En ese orden.

La Dra. Hassan asintió despacio.

Como si acabara de encontrar algo que buscaba.

—¿Qué esperaba que pasara cuando diseñó ese acuerdo con ella?

—Era un contrato de conveniencia mutua. Ella necesitaba protección. Yo necesitaba…

Se detuvo.

—¿Necesitaba qué?

El reloj siguió midiendo el silencio.

—Necesitaba que se quedara.

—¿Por qué?

—Porque era la primera persona en años que no quería nada de mí.

La doctora esperó.

—Todos los demás quieren algo. Contratos. Favores. Acceso. Ella llegó a Dubai sin saber quién era yo. Sin estrategia. Sin agenda. Solo era… ella.

—Y usted respondió a eso —dijo la Dra. Hassan con cuidado— diseñando un contrato para retenerla.

Karim abrió la boca.

La cerró.

El golpe de la ironía llegó tardío pero llegó completo.

—Sí —dijo.

Una sola sílaba que pesaba toneladas.

—Sí. Hice exactamente eso.

La doctora se quitó los lentes.

Los limpió con calma.

Karim reconoció la táctica: pausa deliberada para dejar espacio a la incomodidad. La usaba él mismo en negociaciones difíciles.

Le molestó que funcionara.

—Señor Al-Fayed, no vine a ser su empleada.

Lo miró fijo.

—Vine a preguntarle por qué necesita que todos lo sean.

El cuero del diván crujió de nuevo.

Esta vez Karim no notó que había cambiado de posición.

La pregunta se quedó en el cuarto.

Flotando.

Sin urgencia de respuesta.

Karim miró la ventana pequeña. La pared de ladrillo del otro lado. Sin vista. Sin ciudad que controlar desde arriba.

—Mi padre —dijo, y la voz salió diferente. Más plana. Más vieja—. Mi padre controlaba todo. La empresa. Los empleados. Mi madre.

—¿Cómo controlaba a su madre?

—Con cuidado excesivo. Itinerarios. Guardaespaldas. Decisiones tomadas antes de que ella preguntara. Siempre con argumento de protegerla.

—¿Y ella?

Karim sintió algo frío moverse en el pecho.

—Ella se apagó. Despacio. Durante años. —Pausa—. Murió cuando yo tenía veintitrés años. El médico dijo que fue el corazón.

—¿Usted qué cree?

—Que se cansó de vivir en una jaula dorada.

El reloj sonó.

Cincuenta minutos exactos.

La Dra. Hassan no se movió.

Karim tampoco.

—¿Reconoce el patrón? —preguntó ella suavemente.

Y ahí estaba.

Sin escape.

Sin ángulo corporativo que lo protegiera.

El espejo.

Karim Al-Fayed mirando el rostro de Tarek Al-Fayed en el suyo.

Los pagarés de deuda. La investigación previa. El contrato. Los guardaespaldas que “protegían” a Valentina. Las decisiones tomadas antes de que ella preguntara.

No fue amor.

No fue protección.

Fue terror al abandono disfrazado de caballerosidad.

Exactamente como Tarek.

Exactamente.

—Sí —dijo.

Sin adornos.

Sin defensa.

—Reconozco el patrón.

El teléfono vibró.

Tarek.

Karim lo miró. Luego a la doctora.

—¿Contesta? —preguntó ella, neutral.

—No durante sesión.

—Sus reglas. No las mías.

Lo dejó vibrar.

Tres veces.

Cuatro.

Se detuvo.

Karim respiró.

—Es la primera vez que no contesto a mi padre.

—¿Cómo se siente?

Una pausa larga.

—Como si el suelo fuera más sólido de lo que pensaba.

La Dra. Hassan anotó algo.

Esta vez Karim no intentó leer qué.

Al salir, el teléfono indicaba mensaje de voz.

Lo escuchó en el pasillo.

Voz de Tarek. Tono de siempre. Directo. Eficiente.

“Llámame. Hay decisiones pendientes sobre la adquisición de Estambul.”

Karim escribió respuesta de texto.

Tres intentos antes de encontrar las palabras correctas.

Finalmente envió:

“No puedo arreglar la empresa si no me arreglo yo primero. Las decisiones pueden esperar.”

Esperó.

El Cairo giraba afuera. Bocinas. Llamada a la oración distante. Olor a café y especias filtrándose desde la calle.

Tarek respondió cuatro minutos después.

Cuatro minutos que a Karim se le hicieron geológicos.

El mensaje era cinco palabras.

“Tu madre habría estado orgullosa.”

Karim guardó el teléfono.

Se quedó quieto en el pasillo del edificio ordinario.

Sin vista al Cairo.

Sin guardaespaldas en la entrada.

Sin traje de CEO.

Solo hombre de treinta y cuatro años con los ojos ardiendo en la garganta.

Caminó hasta el café más cercano.

No el lugar que habría elegido hace tres meses.

No el hotel cinco estrellas. No el restaurante donde el maître lo conocía por nombre.

Un café del barrio. Mesas de plástico. Hombres mayores jugando backgammon. Radio con música que nadie escuchaba con atención.

Se sentó solo.

Por primera vez en años, sin nadie a su derecha esperando instrucciones.

El silencio era diferente sin guardaespaldas.

Más poroso. Más real.

Ordenó café turco.

El mesero —joven, desinteresado, sin idea de a quién servía— lo trajo sin ceremonia.

Perfecto.

Karim bebió despacio.

Los posos del café oscureciendo el fondo de la taza.

Pensó en la sesión.

En el espejo.

En Valentina sentada en el escritorio de su suite en Dubái, con la carpeta de investigación entre las manos, leyendo la palabra manejable escrita con su pluma.

Sintió náusea.

La misma náusea que había sentido cuando Omar le describió su expresión al salir del despacho.

Quieta.

Completamente quieta.

Él sabía lo que esa quietud significaba en ella.

Había aprendido a leerla.

Y esa quietud específica era la de alguien que ya tomó decisión y no hay nada que discutir.

Había perdido el momento en que debía haber sido honesto.

Lo había perdido mucho antes de que ella abriera la caja fuerte.

Lo había perdido el día que contrató al detective privado.

Pidió otra taza.

El mesero la trajo.

Karim miró la servilleta de papel bajo la taza.

La sacó.

Buscó pluma en el bolsillo.

La misma Montblanc.

La que había usado para escribir manejable en la carpeta de perfil.

La miró un momento.

La guardó de vuelta.

Pidió al mesero un bolígrafo barato.

El hombre le dio uno azul con logo de farmacia.

Karim lo aceptó.

Y empezó a escribir.

No era contrato.

No era estrategia.

Solo palabras saliendo antes de que el control las editara.

Fundación para mujeres en situación de violencia doméstica.

Recursos legales gratuitos.

Alojamiento de emergencia.

Capacitación en habilidades independientes.

Fondo de arranque para microempresas.

La letra era distinta así. Sin la pluma cara. Sin la caligrafía controlada de documentos oficiales.

Solo letra de hombre escribiendo en servilleta en café de barrio.

Karim pensó en la primera vez que Valentina le habló de esto.

Noche en Dubái. Terraza. Ella con copa de vino, mirando las luces de la ciudad con algo en los ojos que él confundió con melancolía pero era visión.

“Cuando tenga suficiente dinero propio, quiero crear algo para mujeres como las que yo conocí. Que no tienen a dónde ir. Que se quedan porque no ven salida.”

Él había respondido: “Lo financio yo.”

Ella había sonreído y dicho: “No. Tiene que ser mío. Tiene que venir de mí.”

Él no había entendido entonces.

Ahora sí.

Ahora entendía perfectamente.

Siguió escribiendo.

El café se enfrió.

El backgammon continuó en la mesa de al lado.

La radio pasó de música a noticias y de vuelta a música.

Karim llenó una servilleta.

Luego pidió otra.

No para él.

Eso lo entendía con claridad terrible.

La fundación que Valentina soñaba no podía venir de él. Ella lo había dicho. Tenía que venir de ella.

Pero él podía construirla en silencio.

Podía dejarla lista.

Para cuando ella estuviera lista.

Si alguna vez lo estaba.

Si él alguna vez merecía que lo estuviera.

Guardó las servilletas en el bolsillo del saco.

Dejó dinero en la mesa.

Más del necesario, porque no tenía cambio exacto y no le importó.

Salió a la calle.

El Cairo a media tarde. Sol directo. Ruido honesto. Nadie esperándolo en la puerta.

Caminó.

Sin destino.

Sin agenda.

Sin el peso de los guardaespaldas tres pasos atrás.

Solo hombre en ciudad que lo vio crecer.

Con servilletas en el bolsillo.

Y por primera vez en mucho tiempo.

El suelo debajo de los pies sintiéndose como suelo real.

No como trampolín.

No como tablero de ajedrez.

Solo tierra.

Solo presente.

Solo el primer día de algo que todavía no tenía nombre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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