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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 88

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Capítulo 88: Cinco Piezas

El showroom olía a café frío y nervios.

Las ocho de la mañana.

Valentina había llegado a las seis.

Sola.

Para ver las cinco piezas una última vez antes de que llegara el mundo.

La chaqueta de lino.

La falda de seda con cortes en el dobladillo.

La blusa de manga asimétrica.

El pantalón con el parche de seda cosido a puntadas grandes.

Y el vestido.

El vestido negro con la grieta dorada cruzando el torso como relámpago congelado.

Valentina los miró en silencio.

Cinco maniquíes blancos en el espacio de techos altos.

Luz de marzo entrando por las claraboyas.

Cada pieza proyectando su propia sombra sobre el piso de madera.

Margaux llegó a las ocho y cuarto.

Sin maquillaje. Con café en una mano y un espejo de mano en la otra.

—Están perfectas —dijo, sin saludar.

—Sí.

—¿Dormiste?

—No.

—Yo tampoco.

Silencio.

El reloj vintage marcando las ocho y dieciséis.

Tic-tic.

Tic-tic.

Claire llegó a las diez en punto.

Tacones. Vestido negro. Collar de perlas.

Detrás de ella: tres hombres y una mujer.

Los compradores.

Valentina los estudió en tres segundos.

El primero: traje gris oscuro, carpeta de cuero. Boutique tradicional. Conservador.

El segundo: lentes de montura roja, bufanda azul marino. Más joven. Más abierto.

La tercera: mujer de unos cincuenta, pelo blanco cortado en línea recta. Compradora veterana. La más difícil.

El cuarto: cámara al cuello, cuaderno en la mano. Éste no compraba ropa. Compraba historias.

El editor de Vogue.

Claire hizo las presentaciones.

Valentina estrechó cada mano.

Firme. Seca. Sin disculparse por nada.

Los compradores recorrieron el espacio.

Silencio profesional.

El tipo de silencio que no significa nada bueno ni nada malo. Solo evaluación.

El comprador de traje gris se detuvo frente a la chaqueta.

La tocó.

Un dedo recorriendo la costura dorada.

Su cara no dijo nada.

La mujer de pelo blanco se paró frente al vestido negro.

Lo miró desde tres ángulos diferentes.

Luego, sin volverse:

—¿Un vestido de novia negro?

No era pregunta. Era veredicto.

Valentina no respondió todavía.

El comprador de lentes rojos se inclinó hacia la falda.

Estudió los cortes del dobladillo. Los bordes bordados en hilo dorado.

—¿Ropa con cicatrices visibles? —dijo el de traje gris, en voz baja, pero suficientemente alta—. El mercado de boutiques premium busca perfección. No imperfección.

Claire miró a Valentina.

El momento.

Valentina no abrió la boca.

Caminó.

Directo al maniquí del vestido negro.

Tomó las tijeras de la mesa de trabajo.

Las tijeras grandes.

Las de cortar seda.

El sonido de los pasos deteniéndose.

Alguien contuvo la respiración.

Valentina puso las tijeras en la manga derecha del vestido.

Y cortó.

El sonido de la seda rasgándose cruzó el showroom como un disparo.

Nadie habló.

Nadie se movió.

La mujer de pelo blanco abrió la boca.

La cerró.

Claire apretó el collar de perlas.

Margaux, desde el fondo, no parpadeó.

Valentina dejó las tijeras sobre la mesa.

Tomó el carrete de hilo dorado.

Enhebró la aguja en cuatro segundos.

Y empezó a coser.

Puntadas grandes. Visibles. Deliberadas.

Cada una brillando bajo la luz de las claraboyas.

Treinta segundos.

El corte desapareció.

No se llenó.

Se transformó.

Una grieta nueva cruzando la manga.

Dorada. Viva.

Valentina dio un paso atrás.

El vestido era diferente.

Más.

—Las cicatrices no se esconden.

Su voz en el espacio vacío.

Pausa.

—Se iluminan.

Silencio.

Cinco segundos.

Diez.

El comprador de lentes rojos se acercó al vestido.

Lo estudió de cerca.

Su nariz casi tocando la tela.

Luego el de traje gris.

Después la mujer de pelo blanco.

Sin decir nada todavía.

Pero mirando diferente.

Como si el vestido hubiera cambiado.

Como si ellos hubieran cambiado.

Fue el editor de Vogue el que habló primero.

Se levantó de donde estaba apoyado contra la pared.

Cruzó el espacio.

Se paró frente al vestido.

Lo miró largo.

Valentina aguantó el impulso de explicar más.

No iba a explicar nada.

El editor se volvió hacia ella.

—Esto no es moda.

Pausa.

—Es un manifiesto.

Abrió el cuaderno.

—Quiero hacer un editorial.

La cámara subió.

Flash.

Flash.

Flash.

El sonido del obturador llenando el showroom.

La mujer de pelo blanco habló en voz baja con Claire.

El comprador de traje gris revisó la chaqueta de nuevo.

Esta vez con los dedos abiertos. Probando la resistencia de la costura.

El de lentes rojos tomó fotografías con su teléfono.

Valentina se quedó de pie.

Sin moverse de donde estaba.

Las manos quietas.

El pecho apretado.

No de miedo.

De algo que todavía no tenía nombre pero que empujaba hacia arriba.

Margaux se acercó.

Despacio. Discreta.

—El de lentes rojos trabaja con Colette —susurró—. Si él quiere la falda, la boutique la compra.

—¿Y la mujer?

—Dirige Le Bon Marché. Si ella dice sí, somos reales.

Valentina no respondió.

Siguió esperando.

La mujer de pelo blanco volvió al vestido.

Lo miró una vez más.

Luego miró a Valentina.

—El vestido negro no puedo venderlo.

Pausa.

—Mis clientas no entienden un vestido de novia negro.

Valentina asintió.

—Entiendo.

—Pero la chaqueta.

La mujer señaló el primer maniquí.

—Y el pantalón. Quiero doce unidades de cada uno para otoño.

El estómago dando un salto.

—¿Precio?

—Claire y yo lo hablamos.

El comprador de lentes rojos se volvió desde la falda.

—Veinte unidades de la falda. Y me interesa la colección completa para primavera si el editorial de Vogue sale bien.

El de traje gris tardó más.

Era el más difícil.

Valentina lo sabía desde el principio.

Fue hacia él.

Sin esperar.

—¿Qué pieza le interesa? —preguntó directamente.

Él la miró.

Evaluando.

—La blusa —dijo finalmente—. Tengo clientas que buscan exactamente esto. Fuerza sin esfuerzo visible.

—La fuerza siempre se ve —dijo Valentina—. La diferencia es si la esconden o la muestran.

El comprador no sonrió.

Pero algo en su expresión cedió.

—Quince unidades.

Claire los acompañó a la salida.

Valentina se quedó en el showroom.

Sola con las cinco piezas.

Y con el vestido negro que nadie compró.

Pero que el editor de Vogue iba a fotografiar.

Que iba a vivir en páginas.

Que iba a cruzar el mundo en papel brillante.

Que iba a encontrar a todas las mujeres que alguna vez usaron blanco cuando querían gritar.

Margaux volvió del fondo del showroom.

Los ojos brillantes.

Le puso los brazos alrededor y la apretó fuerte.

—Lo lograste.

Valentina dejó que el abrazo durara.

Tres segundos.

Cuatro.

Luego respiró.

—Lo logramos.

Margaux se separó.

Sonriendo.

Pero en su mano, el teléfono vibró.

Valentina lo vio de reojo.

Margaux miró la pantalla.

Algo cambió en su cara.

Pequeño. Casi invisible.

Pero Valentina llevaba meses leyendo rostros.

—¿Todo bien?

Margaux levantó la vista.

Sonrisa inmediata.

—Sí. Perfecto.

Guardó el teléfono en el bolsillo.

Giró hacia las piezas.

—¿Celebramos?

Valentina la estudió un segundo más.

—Claro.

Pero guardó lo que vio en algún lugar del pecho.

El cambio mínimo en los ojos de Margaux.

La velocidad con que guardó el teléfono.

La sonrisa que llegó un segundo tarde.

Afuera, París seguía su ritmo de martes.

Adentro, el reloj vintage marcaba las once y cuarenta y tres.

Tic-tic.

Tic-tic.

Y en el bolsillo de Margaux, sin que Valentina lo supiera todavía, un mensaje esperaba:

Tenemos un problema. Mi jefe vio las telas que te di.

Sabe.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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