Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 89
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Capítulo 89: El Precio de las Telas
Margaux no llegó al showroom a las ocho.
Tampoco a las nueve.
Valentina lo notó pero no dijo nada.
Siguió trabajando.
Revisando los pedidos confirmados.
Respondiendo el correo del editor de Vogue con fechas para el editorial.
Calculando metraje para las primeras cuarenta y siete unidades.
Chaqueta: doce. Pantalón: doce. Falda: veinte. Blusa: quince.
Números reales.
Por primera vez, números reales.
Margaux llegó a las diez y veinte.
Valentina la vio desde el otro extremo del showroom y supo inmediatamente.
No era la Margaux de ayer.
La de ayer había abrazado. Había celebrado. Había propuesto champán en la brasserie de la esquina.
Esta Margaux tenía los ojos rojos.
El maquillaje rehecho a prisa.
Los hombros caídos dos centímetros.
Valentina dejó la carpeta.
Caminó hacia ella.
—¿Qué pasó?
Margaux abrió la boca.
La cerró.
Los ojos brillando otra vez.
—Ven.
La llevó al rincón más alejado del showroom.
Donde las otras diseñadoras no podían escuchar.
El mensaje era de Monsieur Durand.
Llegó anoche a las once y cuarenta.
Justo cuando Valentina sostenía el abrazo de victoria.
Durand había revisado el inventario de muestras de telas.
Faltaban dieciocho metros de seda italiana.
Doce de lino irlandés.
Siete de lana merino.
Treinta y siete metros en total.
Todos registrados como “solicitudes de Margaux para prototipos internos”.
Todos ahora colgados en maniquíes de “Cicatrices”.
El mensaje de Durand no dejaba lugar a interpretación:
“Devuelves el material o llamo a la policía. Tienes veinticuatro horas.”
Margaux terminó de leer el mensaje en voz alta.
Las manos temblando sobre el teléfono.
—No debí arrastrarte a esto.
Su voz rota.
Pequeña.
Sin el filo que tenía en la brasserie.
—Pensé que podíamos. Que nadie se daría cuenta. Que…
—Para.
Valentina habló sin alzar la voz.
Margaux levantó la vista.
—Nadie me arrastra a nada.
Pausa.
—Decidí aceptar las telas. Con toda la información. Y sabiendo el riesgo.
—Valentina…
—Y voy a arreglarlo.
Maison Durand ocupaba el tercer piso de un edificio en el Octavo Arrondissement.
Fachada de piedra blanca. Letrero dorado discreto.
El tipo de oficina que no necesitaba gritar para intimidar.
Valentina llegó a las once y media.
Sin cita.
La recepcionista la miró con la expresión entrenada de quien descarta visitas no agendadas.
—¿Tiene usted una reunión programada con Monsieur Durand?
—No.
—En ese caso me temo que…
—Dígale que soy la diseñadora de “Cicatrices”. La que salió en el video viral con tres millones de reproducciones. Y que tengo información sobre el uso no autorizado de diseños de su asistente en las últimas tres colecciones de Maison Durand.
Pausa.
La recepcionista pestañeó.
—Un momento, por favor.
Durand la hizo esperar doce minutos.
Técnica clásica.
Establecer jerarquía antes de la reunión.
Valentina esperó sentada.
Sin mirar el teléfono.
Sin cruzar los brazos.
Con la espalda recta y las manos quietas sobre las rodillas.
Cuando la secretaria abrió la puerta interior, Valentina entró sin apresurarse.
El despacho era exactamente lo que esperaba.
Moqueta gris perla. Escritorio de roble. Diplomas en la pared. Ventana con vista a los tejados de París.
Durand tenía sesenta y tantos años.
Pelo blanco peinado con precisión.
Traje azul marino.
Los ojos calculando desde el primer segundo.
—Señorita García. No sé quién le dio esta dirección, pero…
—Margaux me la dio. Hace tres semanas.
Valentina tomó asiento sin que la invitaran.
Durand cerró la boca.
Fue directo al punto.
Valentina lo dejó hablar treinta segundos.
El discurso del robo. La amenaza legal. La obligación contractual. El daño a la empresa.
Treinta segundos exactos.
Luego levantó la mano.
Suave. Sin agresión.
Solo un alto.
—Monsieur Durand. Antes de continuar.
Abrió su teléfono.
Giró la pantalla hacia él.
Una fotografía.
El catálogo de la última colección de Maison Durand, otoño pasado.
Al lado: los bocetos originales de Margaux. Con fecha. Con firma. Con el sello del archivo interno.
—Este blazer.
Señaló la primera imagen.
—Es el diseño de Margaux. Con ajustes mínimos que no alteran la autoría.
Pasó a la siguiente.
—Este vestido de corte recto. También suyo.
Siguiente.
—Y este abrigo de la colección de invierno. Margaux lo diseñó en agosto. Tengo las fotos con fecha de los bocetos que ella me mostró.
Durand no habló.
Sus dedos tamborilearon una vez sobre el escritorio.
Una sola vez.
Luego se detuvieron.
Valentina bajó el teléfono.
—Usted le roba los diseños a Margaux desde hace tres años.
Voz tranquila.
El tipo de calma que no necesita volumen para pesar.
—Ella me lo contó todo. Tengo los bocetos. Tengo las fechas. Tengo los catálogos publicados.
Pausa.
—Si usted denuncia el asunto de las telas, yo denuncio el plagio.
Durand abrió la boca.
—Eso es una acusación muy…
—¿Jugamos a quién pierde más?
El silencio que siguió duró ocho segundos.
Valentina los contó internamente.
Uno.
Dos.
Tres.
Durand mirándola.
Evaluando.
Calculando el daño.
Cuatro.
Cinco.
Una demanda de plagio en París podía destruir una marca mediana en seis meses.
Prensa especializada. Clientes que se retiran. Proveedores que dudan.
Seis.
Siete.
Frente a eso: treinta y siete metros de tela.
Ocho.
—¿Qué quiere? —dijo Durand.
Los términos fueron simples.
Durand liberaba a Margaux de su contrato laboral inmediatamente.
Sin represalias. Sin lista negra. Sin llamadas a contactos.
Valentina guardaba los bocetos.
Sin demanda. Sin prensa. Sin conversación pública sobre los últimos tres años.
Durand firmó la rescisión del contrato esa misma tarde.
Valentina observó su firma.
Controlada. Limpia. La firma de un hombre que sabía que había perdido pero no iba a mostrar cuánto.
—Tiene usted nervios.
Lo dijo en voz baja, mientras guardaba el papel.
Sin admiración. Solo constatación.
Valentina se levantó.
—No son nervios, Monsieur.
Tomó su bolso.
—Es que no tengo nada que perder. Y eso hace la negociación muy sencilla.
Caminó hacia la puerta.
En la acera del Octavo Arrondissement, el aire olía a café y gasolina.
Valentina respiró hondo.
Las manos que temblaban levemente ahora.
Adrenalina bajando.
Marcó a Margaux.
Dos tonos.
—¿Valentina?
—Revisa tu correo en diez minutos. Durand va a enviarte la rescisión firmada.
Silencio largo al otro lado.
—¿Cómo…?
—Tenía información. La usé.
—Dios. Valentina. Yo no…
—Para.
Pausa.
—¿Quieres ser socia de “Cicatrices” o no?
Otro silencio.
Más corto.
—Sí.
—Entonces esta tarde nos sentamos y firmamos algo real. No acuerdo de café. Contrato con notario.
—Sí.
—Y Margaux.
—¿Qué?
—La próxima vez que haya un problema. Me lo dices de frente. No me abraces y lo guardes en el bolsillo.
Un segundo de silencio.
—Tienes razón. Lo siento.
—No hace falta que lo sientas. Solo que no vuelva a pasar.
Colgó.
Caminó hacia el metro.
Dos cuadras.
Las manos ya quietas.
La victoria instalándose despacio.
No como euforia.
Como solidez.
Como la diferencia entre ganar por suerte y ganar porque encontraste el punto exacto donde el otro era vulnerable.
Durand era vulnerable porque robaba.
Y los que roban siempre tienen más que perder que los robados.
Bajó las escaleras del metro.
El andén lleno de martes parisino.
Turistas con maletas. Ejecutivos con maletines. Estudiantes con mochilas.
Sacó el teléfono para revisar el correo del editor de Vogue.
Vibró antes de que pudiera abrirlo.
Número desconocido.
Prefijo suizo.
Valentina frunció el ceño.
Contestó.
—¿Sí?
—Val.
La voz.
Reconocible aunque hubieran pasado meses.
—Mónica.
—Val. Necesito contarte algo.
El tono.
No era el tono de las llamadas normales.
No era el de “cuéntame cómo te va en París” ni el de “vi el video viral, qué orgullo”.
Era el tono que Valentina conocía desde niña.
El tono de las noticias que cambian la forma del mundo.
—¿Qué pasó?
Una pausa larga al otro lado de la línea.
El ruido del metro detrás de Valentina.
Gente entrando al vagón.
Las puertas a punto de cerrarse.
—Es sobre papá.
Valentina no subió al tren.
Se quedó en el andén.
Las puertas se cerraron sin ella.
El vagón se alejó hacia la oscuridad del túnel.
Y el andén quedó casi vacío.
Valentina apretó el teléfono contra la oreja.
—Dime.
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