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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 CAPÍTULO 9 La Llamada
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9: CAPÍTULO 9: La Llamada 9: CAPÍTULO 9: La Llamada El insomnio no era nuevo.

Pero este tipo de insomnio —el que venía con el peso de saber que un narcotraficante tenía tu ubicación exacta y probablemente estaba planeando tu funeral mientras tú mirabas el techo— ese sí era una novedad.

Valentina llevaba tres horas acostada.

Cero minutos dormida.

El reloj en la mesita de noche marcaba las 4:17 AM con números rojos que parecían burlarse de ella.

La cama era cómoda.

Demasiado cómoda, en realidad.

Como si alguien hubiera diseñado específicamente un colchón para que tu cuerpo se relajara mientras tu cerebro se derretía en un charco de pánico existencial.

Se levantó.

Los pies descalzos tocaron la piedra fría del piso y el contraste con el calor del desierto afuera fue casi violento.

La Casa Antigua no se parecía en nada al Burj Al Arab.

Nada de mármol italiano brillante ni cristales de Swarovski colgando de techos imposibles.

Aquí todo era piedra, madera oscura tallada a mano, y un silencio tan profundo que parecía tener peso físico.

Abrió la puerta de su habitación con cuidado.

El pasillo estaba a oscuras excepto por una luz tenue que venía de abajo.

Las escaleras crujieron bajo sus pies como advertencias antiguas.

El olor a incienso muerto impregnaba las cortinas pesadas.

Olor a historia.

A secretos guardados durante generaciones en cajas de cedro que nadie abría.

Afuera, el desierto no hacía ruido.

Ni viento.

Ni insectos.

Ni nada.

Solo silencio que pesaba como manta de plomo sobre el pecho.

O sea, güey, ¿qué se supone que haga?

¿Llamar a mi mamá y decirle “Hola, ma, solo checando que no te hayan mandado sicarios mientras comprabas jitomates”?

Seguro Santi tiene su teléfono intervenido.

Seguro está esperando que ella llame.

Seguro todo esto es una trampa.

Pero también seguro su mamá estaba aterrorizada.

Sola.

Sin saber dónde estaba su hija.

Sin saber si seguía viva.

La culpa le retorció el estómago como trapo exprimido.

Necesitaba llamarla.

Aunque fuera peligroso.

Aunque Karim se enojara.

Aunque todo explotara en su cara como siempre.

La luz venía del estudio.

Valentina bajó el último escalón y se asomó por la puerta entreabierta.

Karim estaba sentado frente a tres pantallas que brillaban en la oscuridad como ojos de depredador nocturno.

No llevaba el traje impecable de siempre.

Solo una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos.

Sin corbata.

El primer botón desabrochado.

Parecía…

humano.

Cansado.

Pero humano.

—No podías dormir.

No era pregunta.

Valentina dio un salto que probablemente se escuchó hasta en Dubai.

—La cama es muy dura.

—Es una cama del siglo XVIII.

No fue diseñada para comodidad burguesa moderna.

Se acercó a las pantallas sin que él la invitara a pasar.

Puntos rojos parpadeaban sobre el mapa de la Ciudad de México como constelación de sangre.

—¿Qué es eso?

—Las propiedades de Santiago García.

Diecisiete en total.

Ocho registradas a tu nombre.

El estómago se le contrajo.

—¿Ocho?

—Departamentos de inversión.

Bodegas.

Un local comercial en Polanco.

Todos adquiridos con efectivo en los últimos tres años.

—Yo no sabía.

—Lo sé.

El tono era neutro.

Clínico.

Como si estuviera leyendo un informe meteorológico y no destruyendo su vida con cada palabra.

—¿Desde cuándo sabes todo esto?

—Desde antes de conocerte en Cancún.

El aire abandonó sus pulmones.

—¿Qué?

Karim no se giró hacia ella.

Seguía mirando las pantallas con esa concentración absoluta que usaba para todo.

—Mi equipo rastrea personas de interés relacionadas con operaciones de lavado en América Latina.

Santiago García apareció en nuestro radar hace seis meses.

Cuando empezó a registrar propiedades a nombre de una mujer sin historial crediticio.

—Yo.

—Tú.

Valentina se dejó caer en el sillón de cuero que había junto al escritorio.

Las piernas no la sostenían.

—¿El encuentro en el hotel fue casualidad o planeado?

—Fue casualidad.

Pausa.

—Pero reconocí tu cara de las fotografías del expediente.

Y reconocí la situación.

—¿Qué situación?

—La de alguien atrapado en una jaula que no construyó.

Se giró finalmente hacia ella.

Los ojos negros la estudiaban con esa intensidad que siempre la hacía sentir como especimen bajo microscopio.

—¿Por qué me ayudas realmente?

—preguntó Valentina.

Karim no respondió inmediatamente.

Se quedó mirando los mapas como si contuvieran respuestas que ni él mismo conocía.

—Porque reconozco a alguien atrapado en una jaula que no construyó.

Pausa larga.

—Y porque nadie me ayudó a mí cuando estuve en la tuya.

Algo en su voz se rompió por una fracción de segundo.

Tan breve que Valentina casi lo imaginó.

Pero lo escuchó.

—Karim, necesito llamar a mi mamá.

—Lo sé.

Por eso preparé esto.

Sacó un teléfono satelital de uno de los cajones del escritorio.

Negro.

Grueso.

Con antena desplegable que parecía de película de espías de los noventa.

—Tienes diez minutos.

Después de eso, apagas el teléfono y lo destruyes.

Le entregó el aparato con ceremonia extraña.

Como si estuviera pasándole un arma cargada.

Que probablemente era exactamente lo que estaba haciendo.

—¿Puedo…

hablar a solas?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Si algo sale mal, necesito escucharlo en tiempo real.

No es negociable.

Valentina tragó saliva.

Marcó el número de su mamá con dedos temblorosos.

5:30 AM en Abu Dhabi.

10:30 PM en México.

Tres tonos.

Cuatro.

Cin— —¿Mamá?

—…Valentina.

La voz sonaba rara.

Plana.

Como cuando ensayaba su papel en las pastorelas de la iglesia y leía del guion sin entonación.

—¿Estás bien?

No habías contestado mis mensajes.

—Estoy perfecta, mija.

Ocupada.

—¿Ocupada a las diez de la noche?

—Ya sabes.

Cosas de la casa.

Su mamá nunca decía “cosas de la casa”.

Decía “estoy fregando los platos” o “limpiando el cochinero que dejó tu hermana”.

—Mamá, ¿hay alguien ahí contigo?

—No, mija.

Estoy solita.

Tranquila.

Mentira.

Valentina escuchaba respiración de fondo que no era de su mamá.

—¿Te visitó alguien?

¿Un amigo de Santi?

—…No sé de qué hablas.

—Mamá, por favor.

Necesito saber si estás en peligro.

Silencio largo.

Demasiado largo.

—Valentina, mija.

Deberías volver a casa.

—¿Qué?

—Ya hablé con Santiago.

Está muy preocupado por ti.

Dice que todo fue un malentendido.

Que pueden arreglarlo.

El piso se inclinó bajo sus pies.

—¿Hablaste con Santi?

—Vino a visitarme.

Muy amable el muchacho.

Trajo flores.

Y un regalo.

—¿Qué clase de regalo?

—Dinero, mija.

Para ayudarme con las deudas de tu hermana.

La habitación giró como trompo descontrolado.

—¿Qué hermana?

Yo no tengo hermana.

—Tu media hermana.

Por parte de tu papá.

La que…

bueno.

Ya sabes.

No.

No sabía.

—Mamá, ¿de qué estás hablando?

—Ay, mija.

Tu papá tuvo otra familia antes de nosotros.

Una niña.

Se llama Mónica.

Ahora tiene problemas y Santiago me está ayudando a solucionarlos.

Las palabras cayeron como piedras en agua helada.

—Mamá, no aceptes nada más de él.

Por favor.

—Ya es tarde para eso, mija.

Click.

La línea murió.

Valentina se quedó con el teléfono muerto en la mano.

Karim la observaba desde el otro lado del escritorio.

Sus ojos negros leían cada microgesto de su rostro como si fuera libro abierto en idioma que solo él dominaba.

—Tu madre está comprometida —dijo con voz clínica.

No era pregunta.

Era diagnóstico.

—Santi la compró.

—Santi encontró su punto débil.

Y lo explotó.

Karim se levantó del escritorio.

Se acercó dos pasos.

No lo suficiente para invadir su espacio.

Lo suficiente para que ella sintiera el peso de su presencia.

—Tienes dos opciones, Valentina.

La voz era profesional de nuevo.

Como si no acabara de escuchar cómo su vida familiar se desmoronaba en tiempo real.

—Opción A: Mi equipo extrae a tu familia de México.

Operación de rescate coordinada.

Las traemos a territorio neutral donde Santiago no puede tocarlas.

—¿Y el costo?

—Cumples TODOS los términos de nuestro contrato sin cuestionar.

Sin escapadas con Eric.

Sin desviaciones.

Total cooperación.

—¿Y la opción B?

—Regresas a México.

Negocias con Santiago directamente.

—Eso es muerte segura.

—Probablemente.

Pero tu familia quedaría fuera del conflicto.

Valentina apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.

—No son opciones reales.

—Son las únicas que tienes.

—¿Y si no elijo ninguna?

—Entonces Santiago eventualmente encontrará esta casa.

Y cuando lo haga, tu familia seguirá en México.

Sola.

Vulnerable.

Y culpable por asociación contigo.

Karim extendió la mano.

Por un segundo, Valentina pensó que iba a tocarla.

Pero solo señaló el reloj en la pared.

—Tienes veinticuatro horas para decidir.

Después de eso, yo tomo la decisión por ti.

Se dio la vuelta para salir.

—Karim.

Se detuvo sin girarse.

—¿Qué le pasó a esa “media hermana” que mi mamá mencionó?

—No lo sé.

Pero lo averiguaremos.

Desapareció por el pasillo oscuro.

Valentina quedó sola con el teléfono satelital muerto en la mano.

Su teléfono personal vibró en el bolsillo de su pijama.

Número desconocido mexicano.

Su corazón se detuvo.

Abrió el mensaje con dedos que temblaban tanto que casi deja caer el aparato.

“Hola, Valentina.

Soy tu hermana.

Bueno, tu media hermana por parte de papá.

La que nunca conociste porque tu mami nos corrió cuando tenías 5 años.

¿No te acuerdas de mí?

No importa.

Santi dice que si no vuelves en 48 horas, él va a ayudarme a cobrar la herencia que me debes.

Tu mamá ya firmó los papeles.

Besos.

💋 PD: Mamá dice que te extraña.” Valentina leyó el mensaje tres veces.

Cuatro.

Cinco.

Hasta que las palabras perdieron significado y solo quedó la certeza absoluta de que Santi no solo había llegado a su familia.

Se había casado con ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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