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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 95

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Capítulo 95: EL INVERSOR ÁNGEL

Los números no mentían.

Valentina los había revisado tres veces esa mañana. En el apartamento antes de salir. En el metro con el teléfono. Ahora en el taller, con la hoja de cálculo abierta en la laptop y el café enfriándose al lado.

Los números decían lo mismo las tres veces.

“Cicatrices” estaba creciendo más rápido de lo que podía pagar.

El pedido de Milán. Los catorce de Tokio. La boutique de Bruselas que había llamado ayer después de ver el editorial de Vogue. Léa Moreau necesitaba el vestido para Cannes en seis semanas, lo que implicaba supervisión directa, ajustes de talla, transporte asegurado.

Cada pedido era buena noticia.

Juntos eran un problema de liquidez.

Valentina cerró la laptop.

Fatima levantó la vista desde la máquina de coser sin preguntar.

—¿Cuánto falta? —dijo Valentina.

—Para el pedido de Tokio, una semana si trabajamos las tres en paralelo. Para Milán, dos.

—¿Y si añadimos el de Bruselas encima?

Fatima calculó sin apresurarse.

—Necesitamos una costurera más. Y tela. Mucha tela.

Valentina miró la hoja de cálculo cerrada en la pantalla.

Sí. Tela. Mucha tela que no podía pagar con lo que quedaba de Liechtenstein después de cubrir el alquiler del taller, los contratos, el abogado de la marca y los primeros materiales.

Había llegado al límite exacto donde construir sola dejaba de ser virtud y empezaba a ser obstáculo.

Claire llamó a las once.

—Tengo una reunión esta tarde. Quiero que vengas.

—¿Sobre qué?

—Sobre dinero. El tipo que te hace falta.

Valentina miró a Fatima. Luego a Margaux, que estaba en el rincón de bocetos con una taza de té y cara de haber escuchado la conversación entera.

—¿A qué hora?

—Tres. Mi oficina.

El hombre ya estaba sentado cuando llegaron.

Cuarenta y tantos años. Traje gris marengo. Corbata borgoña. Los zapatos del tipo que cuestan más de lo que aparentan. Cara agradable. La sonrisa calibrada de alguien que sabe exactamente cuánta calidez transmitir en una primera reunión de negocios.

—Philippe Renard —dijo, levantándose—. Represento a Faucon Investments.

Valentina estrechó la mano.

Firme. Seca.

—Valentina García. Fundadora de Cicatrices.

Claire los sentó en la mesa pequeña de su despacho. Agua mineral. Dos carpetas de presentación ya colocadas.

Valentina abrió la suya.

Faucon Investments. Fondo especializado en moda emergente y diseño independiente. Cartera actual: ocho marcas en cinco países europeos. Dos de ellas en el top veinte de ventas de boutiques premium en Francia.

Los números eran reales.

Los antecedentes, verificables.

Philippe habló dieciséis minutos.

Sin rodeos, sin inflación verbal. La clase de presentación que hacen los que no necesitan impresionar porque los resultados hablan solos.

La propuesta era simple.

Doscientos mil euros.

A cambio del veinte por ciento de Cicatrices.

Valentina escuchó hasta el final.

Luego cerró la carpeta.

—No.

Philippe parpadeó.

Claire no.

—El veinte por ciento es demasiado —dijo Valentina—. Y doscientos mil es insuficiente para lo que necesito en los próximos seis meses si los pedidos siguen al ritmo actual.

—¿Cuánto necesita?

—Doscientos mil está bien. El porcentaje no.

—¿Cuánto propone usted?

—Doce.

Silencio.

Philippe miró a Claire. Claire no lo miró a él.

—El doce por ciento no cubre el riesgo del fondo para esta inversión —dijo Philippe.

—El riesgo del fondo se mitiga con los contratos actuales. —Valentina abrió su propio cuaderno. Giró la página hacia él—. Tengo pedidos confirmados por valor de ciento cuarenta y tres mil euros para entrega en los próximos noventa días. Con la inversión, escalo producción y entrego en plazo. Sin la inversión, entrego tarde y pierdo los contratos. El riesgo real no es mío.

Philippe estudió los números.

La sonrisa calibrada se ajustó un grado.

—Quince —dijo.

—Doce. Con cláusula de recompra a precio fijo en dieciocho meses.

—La cláusula de recompra es inusual para una inversión de este tamaño.

—Lo inusual es que una marca con tres meses de vida tenga pedidos de Milán, Tokio y Cannes simultáneamente. —Valentina cerró el cuaderno—. Faucon lo sabe. Por eso están aquí.

Philippe guardó silencio.

Cinco segundos.

Diez.

Luego sonrió.

Esta vez diferente. Sin calibración. Algo más genuino.

—Doce con cláusula de recompra —dijo—. Pero la cláusula expira a los veinticuatro meses. No dieciocho.

Valentina consideró.

Veinticuatro meses era tiempo suficiente para construir liquidez propia.

—Veinticuatro —aceptó.

Philippe abrió su maletín.

Sacó un contrato distinto al de la carpeta.

Ya preparado.

Con los términos que ella acababa de negociar.

Valentina lo miró.

Luego a él.

La sonrisa demasiado amable. Los términos demasiado rápidos. El contrato alternativo demasiado listo.

Algo raspó por un segundo en algún lugar del instinto.

Pero el contrato era limpio. Los números eran reales. Los antecedentes del fondo, verificables.

Y “Cicatrices” necesitaba esas alas ahora.

Tomó la pluma.

El papel crema grueso bajo sus dedos.

Firmó.

Philippe Renard salió veinte minutos después con el contrato firmado en el maletín y la misma sonrisa con que había entrado.

Claire esperó a que la puerta del edificio se cerrara abajo.

—Bien negociado.

—Demasiado fácil —dijo Valentina.

—¿Cómo?

—El contrato alternativo ya estaba preparado. Sabían que iba a rechazar el veinte por ciento.

Claire cruzó los brazos.

—Los fondos buenos hacen los deberes antes de reunirse. Eso no es sospechoso. Es profesionalismo.

Valentina guardó su copia del contrato en la carpeta.

—Tienes razón.

Pero guardó también la pequeña incomodidad en el mismo cajón mental donde vivía la foto anónima del taller.

El cajón de las cosas que no tenían explicación todavía.

Le contó a Eric esa noche.

Estaban en el apartamento de Valentina. Él había traído pan y queso del mercado. Una botella de Sancerre. La cena informal de dos personas que ya saben moverse en el espacio del otro sin mapa.

Eric escuchó mientras cortaba el queso.

—Doscientos mil. Doce por ciento. Cláusula de recompra.

—Sí.

—Es un buen acuerdo.

—Eso creo.

—¿Cómo se llama el fondo?

Valentina tomó su copa.

—Faucon Investments.

El cuchillo de queso se detuvo.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Valentina lo notó.

—¿Eric?

Él levantó la vista.

Algo había cambiado en su expresión. No alarma. Algo más contenido. Más frío.

—¿Faucon Investments? —repitió.

—Sí. ¿Los conoces?

Una pausa que duró exactamente un momento demasiado.

—No estoy seguro.

Dejó el cuchillo sobre la tabla.

Se limpió las manos con el paño de cocina.

Con una calma que de pronto se sentía construida.

—Necesito verificar algo.

—¿Qué cosa?

—Dame un par de días.

—Eric. —Valentina dejó la copa—. ¿Qué sabes?

—Nada todavía. —La miró—. Por eso necesito verificar.

Se puso la chaqueta.

Recogió el teléfono de la mesa.

—Come el queso —dijo—. Es bueno.

Y salió.

La puerta cerrándose suave detrás de él.

Valentina se quedó en la mesa.

El Sancerre en la copa. El queso cortado a medias. El pan sin tocar.

Faucon.

Halcón en francés.

Lo sabía. Era vocabulario básico. Había vivido en París suficiente tiempo para saberlo sin pensarlo.

Faucon.

Abrió el teléfono. Buscó imágenes de “Al-Fayed Corp logo”.

El resultado llegó inmediato.

Un halcón dorado sobre fondo negro.

Valentina miró la pantalla.

Luego el contrato en su carpeta.

Luego la pantalla de nuevo.

El queso sin tocar.

El vino calentándose.

Y en algún lugar del pecho, algo que no era sorpresa sino reconocimiento, se instaló despacio.

Como si siempre hubiera sabido que esto estaba ahí.

Esperando a que ella mirara en la dirección correcta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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