Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 96
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Capítulo 96: EL DESCENSO DE SANTI
— POV: Santiago Domínguez —
Lisboa olía a sal y a derrota.
O quizás era el cuarto.
Santi llevaba once días en el mismo motel de las afueras de Almada. Paredes color crema que habían sido blancas en alguna década anterior. Moqueta sintética con manchas de origen desconocido. Una ventana que daba al estacionamiento y que él mantenía con la persiana bajada desde que llegó.
El desinfectante barato que usaban para limpiar los baños se filtraba bajo la puerta cada mañana a las siete.
Era lo más puntual del lugar.
Santi estaba sentado en el borde de la cama.
La laptop abierta sobre la mesita de noche. La pantalla mostrando el Instagram de Cicatrices.
Cuarenta y dos mil seguidores.
Ayer eran treinta y ocho mil.
Sacó la billetera.
Doblez rígido de cuero marrón barato. La compró en un mercado de Tánger hace seis meses con nombre falso y efectivo.
Abrió el compartimento del fondo.
Ahí estaba.
La foto.
Pequeña. Doblada dos veces. Los bordes gastados de tanto abrirla y cerrarla.
Valentina en México. Años atrás. Antes de todo.
Sonriendo a la cámara con esa sonrisa que tenía cuando todavía no sabía que él era el problema.
La falda de flores baratas. El cabello suelto. Los ojos que todavía le creían.
Santi la miró un segundo.
Luego la dobló de nuevo.
La guardó.
El teléfono vibró.
Número ruso. Prefijo de Moscú.
Conocía ese número.
Lo conocía como se conocen las cosas que dan miedo.
Contestó.
—Domínguez.
—Arkady. —La voz al otro lado era plana. Sin entonación. El tipo de voz que no necesita amenazar porque lleva la amenaza incorporada—. Llevas once días sin contacto.
—Estaba reorganizando.
—Reorganizando. —Una pausa—. Nos debes ciento veinte mil dólares. La identidad falsa. La documentación. El acceso a los archivos de Al-Fayed que te proporcionamos.
—El trabajo está hecho. Al-Fayed está bajo investigación. Los documentos salieron en Al Jazeera.
—El trabajo que te pedimos, sí. El que tú mismo nos encargaste, no.
Santi cerró los ojos.
—Necesito más tiempo.
—No te queda tiempo, Domínguez. —La voz siguió plana. Eso era lo peor. Sin rabia. Sin drama. Solo contabilidad—. Tienes tres semanas de identidad válida. Cuando expire, no puedes comprar otra sin nosotros. Y sin nosotros, eres un mexicano sin pasaporte válido en Europa con órdenes de arresto en dos países.
—Lo sé.
—Entonces sabes lo que necesitas hacer.
Silencio.
—Páganos o nos pagamos nosotros. Con lo que tengas disponible.
La amenaza no necesitaba ser más explícita que eso.
Santi miró la pantalla de la laptop.
Cuarenta y dos mil seguidores.
El vestido negro en la portada de Vogue.
Cicatrices: La Diseñadora que Convierte el Dolor en Oro.
—Dame dos semanas —dijo.
—Una.
La llamada terminó.
Santi dejó el teléfono sobre la cama.
Miró el techo.
El ruido del estacionamiento afuera. Un motor arrancando. Voces en portugués que no entendía.
Una semana.
Necesitaba ciento veinte mil dólares en una semana.
No los tenía.
No los tendría.
A menos.
Cerró la laptop.
La imagen de Cicatrices desapareciendo en negro.
Había una historia que Santi nunca le contó a nadie.
Tenía doce años.
Su padre llegó a casa con dos camisas nuevas. Una para Miguel, su hermano mayor. Una para él.
La de Miguel era azul. Más grande. De mejor tela.
La de Santi era blanca. Más pequeña. Con un botón que ya venía flojo de fábrica.
No dijo nada.
Pero su padre lo notó mirando.
Y dijo, con la naturalidad de quien no entiende el daño que hace:
—La azul es para tu hermano. Él tiene que verse bien para la entrevista.
Pausa.
—La blanca está bien para ti. No tienes nada importante que hacer.
Miguel recibió la camisa sin mirar a Santi.
Sin disculparse.
Porque para Miguel era normal.
Siempre había sido normal.
Santi era el segundo.
El repuesto.
El que estaba ahí por si acaso el primero fallaba.
Años después, cuando conoció a Valentina, entendió por qué la quería tanto.
No porque fuera la mujer más hermosa que había visto.
Sino porque era la primera persona que lo miraba como si fuera suficiente.
Como si no hubiera camisa azul reservada para alguien más importante.
Como si él fuera el favorito.
Por primera vez en su vida.
El favorito.
Y cuando empezó a tener miedo de perderla, hizo lo único que sabía hacer.
Lo mismo que su padre.
Apretó.
Controló.
Decidió antes de que ella pudiera preguntar.
Porque si la dejaba elegir.
Si la dejaba ver todas las opciones.
Ella elegiría la camisa azul.
Siempre elegiría la camisa azul.
Y él volvería a ser el blanco.
Con el botón flojo.
Sin nada importante que hacer.
Santi se levantó de la cama.
Fue al baño.
El espejo sobre el lavabo estaba empañado de la ducha de antes.
Lo limpió con la manga.
Se miró.
Treinta y cuatro años.
Ojeras profundas. Tres semanas sin cortarse el cabello. La barba irregular de quien no tiene razón para afeitarse.
No reconoció al hombre del espejo de forma inmediata.
Luego sí lo reconoció.
Y fue peor.
La decisión llegó sin drama.
Sin momento cinematográfico.
Solo la lógica fría de alguien que ha agotado todas las otras opciones.
No podía pagarle a los rusos con dinero que no tenía.
Pero podía pagarles con algo que valía más que dinero.
Información. Acceso. Daño.
El tipo de daño que destruye reputaciones, contratos, pedidos confirmados.
El tipo de daño que hace que una marca emergente pierda todo en una semana.
Cicatrices tenía pedidos de Milán, Tokio y Bruselas.
Contratos firmados con boutiques.
Un editorial de Vogue que los había puesto en el mapa.
Todo eso era frágil.
Todo eso dependía de confianza.
Y la confianza se destruía fácil.
Con un envío perdido.
Con un cortocircuito.
Con una queja anónima al ayuntamiento sobre irregularidades en el permiso de operación.
Con pequeños accidentes que se acumulaban hasta que los compradores empezaban a dudar.
No necesitaba destruir a Valentina la mujer.
Eso nunca había funcionado.
Necesitaba destruir a Valentina el imperio.
Que era lo único que ella tenía que él nunca podría quitarle de otra forma.
Su identidad.
Su prueba de que era suficiente.
Sola.
Sin él.
Abrió la laptop de nuevo.
No Instagram esta vez.
El correo encriptado que los rusos le habían configurado.
Tenía un contacto en París.
Lo había plantado hace tres semanas, antes de que las cosas con Arkady se pusieran críticas.
Una mujer joven. Necesitada. Con una hija pequeña y un alquiler que no podía pagar.
El tipo de persona que dice que nunca haría ciertas cosas hasta que alguien le ofrece cinco mil euros y una razón para convencerse de que no es tan grave.
Le había dicho que era investigador periodístico.
Que necesitaba información sobre las prácticas laborales de una diseñadora famosa.
Nada violento.
Solo pequeños favores.
Abrió el hilo de mensajes.
Escribió.
“Necesito activar el plan. Esta semana. Empieza con el envío de telas.”
Esperó.
La respuesta llegó en cuatro minutos.
“Entendido.”
Dos palabras.
Santi cerró la laptop.
Tomó el teléfono.
Buscó vuelos a París.
Con la identidad de Thomas Marchetti, ciudadano belga, nacido en Lieja en 1989.
Identidad válida por veintidós días más.
Suficiente.
Encontró un vuelo para el día siguiente.
Tac Aer Portugal, escala en Madrid, llegada a Charles de Gaulle a las 14:40.
Precio: doscientos cuarenta euros.
Lo que le quedaba en la tarjeta prepago que los rusos no sabían que tenía.
Compró el billete.
La confirmación llegó inmediata.
Thomas Marchetti. Asiento 24C. Embarque a las 9:15.
Santi miró la confirmación.
Luego cerró el teléfono.
Se recostó en la cama sin desvestirse.
Mirando el techo con el desinfectante barato filtrándose de nuevo bajo la puerta.
Pensó en Valentina.
En el editorial de Vogue.
En el vestido negro.
En la mujer que él había intentado romper durante años y que seguía de pie.
Que seguía construyendo.
Que seguía siendo suficiente sin que nadie se lo dijera.
Y algo en el pecho se apretó.
No arrepentimiento.
No exactamente.
Algo más parecido al dolor de reconocer que la camisa azul siempre iba a ser para otro.
Y que eso no era culpa de la camisa.
Era de quien la entregaba.
Pero ese pensamiento duró tres segundos.
Luego llegó la rabia.
Y la rabia era más fácil.
Siempre había sido más fácil.
Cerró los ojos.
Mañana, París.
Y Valentina García iba a aprender que los imperios también se quemaban.
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