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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 97

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Capítulo 97: El Primer Sabotaje

El lunes empezó con café frío y buenas noticias.

Boutique Céleste había confirmado su pedido. Doce piezas de la nueva colección otoño. Doce. No tres como al principio, no seis como en la segunda ronda. Doce piezas con nombre bordado en la etiqueta interior: Cicatrices by V.G.

Valentina leyó el correo dos veces.

Luego una tercera, solo para asegurarse de que no lo estaba soñando.

Le dio un sorbo al café. Ya estaba frío. No le importó.

El taller olía a tela nueva y a pegamento industrial.

Cuatro costureras inclinadas sobre sus mesas. Las máquinas cantando ese ritmo constante que a Valentina le parecía la mejor música del mundo. Mejor que cualquier cosa que hubiera sonado en la residencia Al-Fayed.

Amélie, la costurera nueva, trabajaba en el rincón del fondo.

Llegó hace dos semanas con referencias impecables y manos rápidas. Valentina la había contratado en veinte minutos. Necesitaba refuerzo para cumplir los plazos y Amélie sabía hacer ojales a máquina con una precisión que daba envidia.

—Los forros del vestido siete están listos —dijo sin levantar la vista.

—Bien. Pásalos cuando termines.

Todo normal.

Todo en orden.

La llamada llegó a las once y cuarto.

Aduana del aeropuerto Charles de Gaulle.

—Señorita García, tenemos un problema con su envío procedente de Lyon.

Valentina dejó la tijera sobre la mesa.

—¿Qué tipo de problema?

—Los documentos de despacho… no aparecen en el sistema.

Silencio.

—¿Cómo que no aparecen?

—El envío llegó el viernes. Consta en el registro de entrada. Pero los formularios de aduana no tienen número de tramitación. Sin ese número, la mercancía no puede salir de la zona de carga.

El pecho se le apretó.

Ese envío eran doscientos metros de lana merino y seda cruda. El material central de la nueva colección. Lo había encargado hace tres semanas, negociado personalmente con el proveedor en Lyon, pagado por adelantado con parte del dinero de Liechtenstein.

—¿Cuánto tiempo para resolver el trámite?

Una pausa que duró demasiado.

—Depende de cuándo aparezcan los documentos. Podría ser… días.

Días.

Con fecha de entrega a Céleste en dieciséis jornadas.

—Dígame qué necesita. Los firmo hoy si hace falta.

Lo que siguió fueron tres días que Valentina intentaría olvidar.

Tres días de llamadas que no contestaban.

De formularios que “ya se habían enviado” pero nunca llegaban.

De funcionarios que la derivaban a otros funcionarios que la derivaban de vuelta al primero.

La burocracia francesa no era hostil. Era peor: era indiferente. Un laberinto construido sin maldad y sin salida, donde cada ventanilla tenía horario diferente y cada horario tenía excepción no publicada.

El miércoles a las seis de la tarde, Valentina estaba sentada en la sala de espera de una oficina de aduanas en el aeropuerto con el número doscientos siete en la mano y el cartel marcando el doscientos dos.

Llamó a Eric.

—¿Cómo vas?

—Llevo tres días persiguiendo documentos que existen pero que nadie puede localizar.

—¿Quieres que vaya?

—No. Quiero que alguien me explique cómo un papel firmado en Lyon desaparece en un sistema informatizado en París.

Una pausa.

—Valentina, esto pasa. La aduana francesa es…

—Ya sé lo que es. No te preocupes.

Colgó antes de que él pudiera ofrecerse a resolver algo que no necesitaba que nadie le resolviera.

El jueves por la mañana tomó la decisión.

Los documentos podían seguir extraviados. El envío podía esperar en aduanas hasta que la burocracia se dignara encontrarse a sí misma. Pero la fecha de entrega no esperaba.

Llamó a tres proveedores de emergencia en París.

El primero no tenía lana merino en stock.

El segundo la tenía pero a precio un cuarenta por ciento más alto.

El tercero tenía algo mejor: una partida de lana italiana con caída diferente, más densa, que Valentina desechó en un principio para esta colección pero que al tocarla con los dedos entendió que podía funcionar. Diferente. No peor. Diferente.

A veces el material equivocado terminaba siendo el correcto.

Firmó el pedido de emergencia.

Vació casi todo lo que quedaba en la cuenta operativa de “Cicatrices”.

Los números en la pantalla del banco la miraron con honestidad brutal: margen de maniobra casi cero hasta que llegara el pago de Céleste.

Cerró la aplicación.

Margaux apareció en la puerta del taller a las cuatro.

Sin avisar. Como siempre.

Margaux era el tipo de mujer que consideraba la cortesía un defecto de carácter.

—Escuché lo del envío. —Se apoyó en el marco con esa postura estudiada que le salía natural. —Mala suerte con la aduana.

—Resuelta. —Valentina no levantó la vista del patrón. —El pedido de Céleste sale en fecha.

—¿Con qué dinero?

—Con el mío.

Margaux se quedó en silencio un momento.

—Faucon Investments tiene liquidez. No sería complicado ampliar la línea de financiación. Podrías tener diez mil euros en tres días.

Valentina dejó la tiza sobre la mesa.

Lo miró.

—No.

—Valentina, el margen operativo que tienes ahora mismo no…

—Dije que no, Margaux. —Sin rabia. Sin cortesía innecesaria. Solo la respuesta. —No quiero más deuda con nadie. Ni con Faucon. Ni con Claire. Ni con nadie.

—Eso no es gestión empresarial, es orgullo.

—Puede ser las dos cosas. —Valentina volvió al patrón. —Cierra al salir.

Margaux esperó.

Probablemente esperando que Valentina añadiera algo. Una duda, una grieta, una apertura.

No la hubo.

La puerta se cerró sola.

Las costureras se fueron a las siete.

Valentina se quedó.

Tenía tres vestidos que necesitaban ajuste de cintura y dos blusas con el cuello torcido que nadie había detectado a tiempo. Las corrigió ella misma, con las manos, con paciencia, con ese estado de concentración casi meditativo que le llegaba cuando la fatiga pasaba cierto umbral y el cerebro dejaba de discutir.

Amélie recogió su puesto con la misma eficiencia silenciosa de siempre.

—Buenas noches, Valentina.

—Buenas noches. Buen trabajo hoy.

Una sonrisa breve. Correcta. La salida.

Valentina se quedó sola con el zumbido de las luces fluorescentes y el olor a tela nueva que nunca terminaba de disiparse.

Quince días para Céleste.

Sin margen de error.

Sin margen de nada.

Pero de pie.

Siempre de pie.

La llamada de Eric llegó a las nueve y media.

—¿Sigues en el taller?

—Terminando.

—Valentina, son las nueve y media.

—Lo sé leer en el reloj, Eric.

Una pausa.

—¿Cenamos?

—Mañana. Esta noche necesito terminar los ajustes de la falda siete o mañana no hay tiempo.

Otro silencio. De esos que decían más de lo que él estaba dispuesto a pronunciar.

—Está bien. Cuídate.

—Siempre.

Colgó.

Se quedó mirando el teléfono un segundo.

Luego volvió a la falda siete.

A las once y cuarto, el taller se fue a negro.

No gradual. No como cuando se va la luz en una tormenta.

Instantáneo.

Todo apagado de golpe.

Y luego un chasquido seco desde el panel eléctrico del fondo. El olor inconfundible a plástico quemado.

Valentina se quedó inmóvil en la oscuridad.

Cinco segundos.

Diez.

Buscó el teléfono a tientas. Encendió la linterna.

El haz de luz encontró primero el suelo, luego las mesas, luego las tres piezas que había dejado colgadas en los maniquíes del fondo para que aireasen durante la noche.

El maniquí dos tenía una mancha oscura en el costado.

El tres tenía el bajo chamuscado.

El primero, el vestido de presentación. El central. El que Valentina había cosido con sus propias manos durante veintidós horas seguidas.

Arruinado.

Completamente arruinado.

Un cortocircuito. En el panel más antiguo del taller, el que había pedido revisar dos veces sin que nadie lo hiciera todavía.

El frío subió desde los pies.

No era miedo.

Era rabia de la que no quema. De la que congela.

Encendió las luces de emergencia.

Y entonces lo vio.

Amélie estaba junto a la puerta de servicio.

Con el abrigo puesto.

Con la bolsa en el hombro.

Como si acabara de llegar. O como si no hubiera llegado a irse.

—Creí que te habías ido —dijo Valentina.

—Me olvidé el bufón. —Una pausa demasiado corta. —¿Qué pasó?

—Cortocircuito.

Amélie miró las tres piezas dañadas.

Su expresión era correcta. Preocupada. Apropiada.

—Qué mala suerte. ¿Puedo ayudar en algo?

—No. Ya me encargo.

—Lo siento mucho. Fue un accidente.

Valentina la miró.

Amélie sostuvo la mirada.

Sin parpadear.

—Buenas noches —dijo Valentina.

La puerta de servicio se cerró.

Y Valentina se quedó sola con el olor a plástico quemado, tres piezas destruidas, una cuenta bancaria al límite y una costurera que había dicho “fue un accidente” antes de que nadie le preguntara qué había pasado.

Fue un accidente.

Sus ojos no habían parpadeado ni una sola vez.

Valentina no durmió.

Se quedó en el taller hasta la una de la madrugada revisando el daño. Las tres piezas arruinadas. El panel eléctrico con la caja quemada. Las costuras chamuscadas del vestido central que olían a algo sintético y amargo.

Tomó fotos de todo.

No sabía todavía para qué.

Pero algo en el estómago le decía que iba a necesitarlas.

El segundo golpe llegó cuatro días después.

Un martes. A las siete de la mañana.

Valentina entró al taller y encontró a Margaux parada frente a la puerta del almacén con los brazos cruzados y una expresión que no auguraba nada bueno.

—Hay un problema.

Valentina miró por encima de su hombro.

El suelo del almacén brillaba.

No de limpio.

De mojado.

El agua llegaba hasta los cinco centímetros en las esquinas. Las cajas de la lana italiana —la de emergencia, la que había costado casi todo el presupuesto operativo— estaban apiladas en el estante bajo. Tres de ellas con las bases empapadas.

—Tubería del baño trasero —dijo Margaux. —Rota. El fontanero dice que lleva horas así.

Valentina entró al almacén sin importarle los zapatos.

Abrió la primera caja.

La lana del fondo: húmeda. Inutilizable.

Segunda caja: igual.

Tercera: el agua había llegado hasta la mitad.

Cerró los ojos exactamente tres segundos.

Tres.

Luego los abrió.

—Llama al fontanero. Que arregle la tubería hoy. —Caminó hacia las cajas altas. —Saca todo lo que puedas salvar a las mesas del taller. Lo húmedo se tiende para secar. Lo que no tiene remedio lo separamos para el seguro.

—Valentina, esto es el segundo incidente en una semana.

—Ya lo sé.

—Primero el cortocircuito, ahora esto. Si seguimos así…

—Margaux. —La miró. —Tubería rota. Pon a alguien a secar y llama al fontanero. Lo demás lo hablo yo.

Lo demás lo habló sola.

Sentada en la única silla seca del almacén, con los pies sobre un palé de madera y el teléfono en la mano, Valentina fue haciendo la suma.

Envío desaparecido en aduana.

Cortocircuito con Amélie sola en el taller.

Tubería rota.

Tres golpes en ocho días.

Cada uno explicable por separado. Mala suerte. Edificio viejo. Burocracia lenta.

Pero juntos.

Juntos formaban un patrón que ella reconocía de sobra.

Había vivido con un hombre que sabía exactamente cómo destruir algo sin dejar huellas visibles.

Pequeños cortes. Nunca uno grande.

Hasta que la cosa sangraba sola.

El tercer golpe llegó el jueves por la tarde.

Dos funcionarios del ayuntamiento. Traje gris, carpeta manila, expresión de quien cumple procedimiento y no pide disculpas por ello.

—Señorita García. Hemos recibido una denuncia anónima por irregularidades en el permiso de operación de estas instalaciones. Hasta que se resuelva la revisión, el taller debe cesar actividades.

Valentina los miró.

—¿Qué irregularidades?

—El permiso de actividad está registrado como showroom. No como taller de producción textil. Son categorías distintas con requisitos distintos.

—Este espacio lleva operando diez meses.

—La denuncia es reciente. El procedimiento es el procedimiento.

—¿Cuánto tiempo?

—Depende de la resolución. Entre cinco y quince días hábiles.

Quince días hábiles.

Tres semanas.

Con el pedido de Céleste a doce días.

Valentina firmó el acta de notificación sin que le temblara el pulso.

Esperó a que los funcionarios se fueran.

Cerró la puerta del taller.

Y entonces sí.

Apoyó la espalda contra la pared y dejó que los pulmones hicieran lo que querían.

Diez segundos de aire cortado.

Solo diez.

Luego respiró hondo.

Luego llamó a Eric.

Él llegó en veinte minutos.

Leyó el acta. Miró el almacén todavía con manchas de humedad en el suelo. Escuchó la lista completa: aduana, cortocircuito, tubería, denuncia.

Cuando Valentina terminó, él ya tenía el teléfono en la mano.

—Hay que ir a la policía. Ahora.

—No.

—Valentina, esto es sabotaje sistemático. Hay pruebas suficientes para abrir una investigación.

—La policía tarda meses, Eric. —Se sentó en la mesa de corte. —Una investigación preliminar, luego una formal, luego un juez, luego otro juez. Para cuando tengan algo concreto, Santi habrá desaparecido tres veces.

—¿Santi? ¿Estás segura de que es él?

—No tengo pruebas. Todavía.

—Entonces necesitas la policía.

—Necesito otra solución. —Lo miró. —Una que funcione en el tiempo que tengo.

Eric cerró los ojos un momento.

Esa expresión que ella ya conocía: la de un hombre razonable intentando no discutir con alguien que tiene razón de una forma que no le gusta.

—¿Qué estás pensando hacer?

Valentina se bajó de la mesa.

—Hablar con Amélie.

La encontró doblando telas en el rincón del fondo.

Sola, como casi siempre.

Con esa eficiencia silenciosa que Valentina había confundido con profesionalismo.

—Amélie.

—¿Sí?

—Siéntate.

Una pausa muy breve. Casi imperceptible.

Pero Valentina la vio.

Amélie se sentó.

Valentina colocó una silla frente a ella. Se sentó también. Cerca. Sin mesa entre las dos. Sin distancia profesional.

—Te voy a decir lo que sé. —Voz tranquila. Temperatura de invierno. —Sé que alguien te paga. No sé cuánto ni desde cuándo, pero lo sé. El cortocircuito no fue un accidente. La tubería no se rompió sola. Y la denuncia al ayuntamiento no la presentó nadie que no supiera exactamente cómo funciona este taller por dentro.

Amélie no respondió.

Miraba sus propias manos sobre las rodillas.

—Puedo ir a la policía con lo que tengo. No es mucho, pero es suficiente para que empiecen a preguntarte cosas que van a ser incómodas de responder. —Pausa. —O puedes contarme la verdad. Ahora. Tú eliges.

El silencio duró quince segundos.

Valentina los contó.

Amélie levantó la vista.

Y se rompió.

No de golpe. Como se rompe el hilo de una costura mal tensada: primero un punto, luego otro, hasta que la línea entera cede.

—Me contactó hace tres semanas. —La voz apenas audible. —Por Instagram. Dijo que tenía información sobre irregularidades en la empresa y que si le pasaba algunos datos del taller me pagaría bien. Cinco mil euros.

—¿Qué tipo de datos?

—Los horarios. Cuándo estaba sola. Dónde guardaban los materiales. Los códigos del panel eléctrico. —Pausa. —Yo no sabía que iba a hacer… esto. Me dijo que era para una investigación periodística.

Valentina no parpadeó.

—¿Cómo se presentó?

—Con nombre francés. Pero su acento… era latinoamericano. Mexicano, creo.

El frío subió desde el estómago hasta la garganta.

Era él.

Sin ninguna duda ya.

Era él.

—¿Tienes los mensajes?

Amélie asintió. Sacó el teléfono con manos que no estaban del todo quietas. Lo desbloqueó. Lo entregó.

Valentina leyó.

Capturas de pantalla del intercambio. Transferencia bancaria. Instrucciones precisas. El lenguaje indirecto de alguien que sabe que las palabras pueden usarse como prueba.

Pero era él.

El patrón. La lógica. La crueldad quirúrgica de elegir los puntos exactos donde más dolía.

Le devolvió el teléfono.

—Mándame todo eso por correo. Cada mensaje, cada transferencia.

—¿Va a llamar a la policía?

Valentina la miró.

Sin rabia. Sin desprecio.

Algo más difícil que los dos.

—Te perdono. —Lo dijo en voz baja. —Porque sé lo que es estar desesperada y que alguien llegue con dinero en el momento exacto en que más lo necesitas. Sé cómo se siente creer que no hay otra salida.

Amélie tenía los ojos brillantes.

—Pero si me vuelves a traicionar —continuó Valentina—, no será la policía quien te busque. ¿Entendido?

Un silencio.

—Entendido.

—Bien. Entonces a partir de ahora sigues en este taller. Sigues hablando con ese hombre si te contacta. Y me cuentas todo lo que te diga. Todo. Antes de responderle.

Amélie parpadeó.

—¿Me está pidiendo que…?

—Te estoy pidiendo que arregles lo que rompiste. —Valentina se levantó. —Eso es todo.

Eric esperaba fuera.

Leyó la expresión de Valentina antes de que ella dijera una palabra.

—¿Y?

—Era Santi. —Se apoyó en la pared del pasillo. —Identidad falsa, acento mexicano, método exacto. Es él.

Eric procesó eso en silencio.

—Valentina. Ahora sí tienes que ir a la policía.

—Tengo mensajes de una cuenta sin nombre real. Una transferencia a nombre de nadie. Y el testimonio de una mujer que admite haber cobrado por sabotear su propio lugar de trabajo. —Lo miró. —¿Cuánto crees que tarda un juez en tomar eso en serio?

—Más que en dejar que un criminal opere libremente en París, desde luego.

—La policía tarda meses. Santi desaparece en semanas. —Habló despacio, para que cada palabra aterrizara. —Necesito otra solución.

—¿Qué solución?

Valentina miró el taller cerrado.

Las mesas vacías. Las máquinas en silencio. Las costuras a medias colgadas en los maniquíes como preguntas sin respuesta.

Cicatrices cerrada por denuncia anónima.

Pedido de Céleste en doce días.

Santi en algún lugar de París con identidad falsa y sin nada que perder.

Y ella sola con el presupuesto al límite, un testigo frágil como hilo mojado, y un hombre a su lado que era bueno para la paz pero no sabía qué hacer con la guerra.

—No lo sé todavía —dijo Valentina.

Y eso, por primera vez en mucho tiempo, era lo más honesto que había pronunciado en voz alta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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