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Novia Fugitiva busca venganza - Capítulo 98

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Capítulo 98: Accidentes que No Lo Son

Valentina no durmió.

Se quedó en el taller hasta la una de la madrugada revisando el daño. Las tres piezas arruinadas. El panel eléctrico con la caja quemada. Las costuras chamuscadas del vestido central que olían a algo sintético y amargo.

Tomó fotos de todo.

No sabía todavía para qué.

Pero algo en el estómago le decía que iba a necesitarlas.

El segundo golpe llegó cuatro días después.

Un martes. A las siete de la mañana.

Valentina entró al taller y encontró a Margaux parada frente a la puerta del almacén con los brazos cruzados y una expresión que no auguraba nada bueno.

—Hay un problema.

Valentina miró por encima de su hombro.

El suelo del almacén brillaba.

No de limpio.

De mojado.

El agua llegaba hasta los cinco centímetros en las esquinas. Las cajas de la lana italiana —la de emergencia, la que había costado casi todo el presupuesto operativo— estaban apiladas en el estante bajo. Tres de ellas con las bases empapadas.

—Tubería del baño trasero —dijo Margaux. —Rota. El fontanero dice que lleva horas así.

Valentina entró al almacén sin importarle los zapatos.

Abrió la primera caja.

La lana del fondo: húmeda. Inutilizable.

Segunda caja: igual.

Tercera: el agua había llegado hasta la mitad.

Cerró los ojos exactamente tres segundos.

Tres.

Luego los abrió.

—Llama al fontanero. Que arregle la tubería hoy. —Caminó hacia las cajas altas. —Saca todo lo que puedas salvar a las mesas del taller. Lo húmedo se tiende para secar. Lo que no tiene remedio lo separamos para el seguro.

—Valentina, esto es el segundo incidente en una semana.

—Ya lo sé.

—Primero el cortocircuito, ahora esto. Si seguimos así…

—Margaux. —La miró. —Tubería rota. Pon a alguien a secar y llama al fontanero. Lo demás lo hablo yo.

Lo demás lo habló sola.

Sentada en la única silla seca del almacén, con los pies sobre un palé de madera y el teléfono en la mano, Valentina fue haciendo la suma.

Envío desaparecido en aduana.

Cortocircuito con Amélie sola en el taller.

Tubería rota.

Tres golpes en ocho días.

Cada uno explicable por separado. Mala suerte. Edificio viejo. Burocracia lenta.

Pero juntos.

Juntos formaban un patrón que ella reconocía de sobra.

Había vivido con un hombre que sabía exactamente cómo destruir algo sin dejar huellas visibles.

Pequeños cortes. Nunca uno grande.

Hasta que la cosa sangraba sola.

El tercer golpe llegó el jueves por la tarde.

Dos funcionarios del ayuntamiento. Traje gris, carpeta manila, expresión de quien cumple procedimiento y no pide disculpas por ello.

—Señorita García. Hemos recibido una denuncia anónima por irregularidades en el permiso de operación de estas instalaciones. Hasta que se resuelva la revisión, el taller debe cesar actividades.

Valentina los miró.

—¿Qué irregularidades?

—El permiso de actividad está registrado como showroom. No como taller de producción textil. Son categorías distintas con requisitos distintos.

—Este espacio lleva operando diez meses.

—La denuncia es reciente. El procedimiento es el procedimiento.

—¿Cuánto tiempo?

—Depende de la resolución. Entre cinco y quince días hábiles.

Quince días hábiles.

Tres semanas.

Con el pedido de Céleste a doce días.

Valentina firmó el acta de notificación sin que le temblara el pulso.

Esperó a que los funcionarios se fueran.

Cerró la puerta del taller.

Y entonces sí.

Apoyó la espalda contra la pared y dejó que los pulmones hicieran lo que querían.

Diez segundos de aire cortado.

Solo diez.

Luego respiró hondo.

Luego llamó a Eric.

Él llegó en veinte minutos.

Leyó el acta. Miró el almacén todavía con manchas de humedad en el suelo. Escuchó la lista completa: aduana, cortocircuito, tubería, denuncia.

Cuando Valentina terminó, él ya tenía el teléfono en la mano.

—Hay que ir a la policía. Ahora.

—No.

—Valentina, esto es sabotaje sistemático. Hay pruebas suficientes para abrir una investigación.

—La policía tarda meses, Eric. —Se sentó en la mesa de corte. —Una investigación preliminar, luego una formal, luego un juez, luego otro juez. Para cuando tengan algo concreto, Santi habrá desaparecido tres veces.

—¿Santi? ¿Estás segura de que es él?

—No tengo pruebas. Todavía.

—Entonces necesitas la policía.

—Necesito otra solución. —Lo miró. —Una que funcione en el tiempo que tengo.

Eric cerró los ojos un momento.

Esa expresión que ella ya conocía: la de un hombre razonable intentando no discutir con alguien que tiene razón de una forma que no le gusta.

—¿Qué estás pensando hacer?

Valentina se bajó de la mesa.

—Hablar con Amélie.

La encontró doblando telas en el rincón del fondo.

Sola, como casi siempre.

Con esa eficiencia silenciosa que Valentina había confundido con profesionalismo.

—Amélie.

—¿Sí?

—Siéntate.

Una pausa muy breve. Casi imperceptible.

Pero Valentina la vio.

Amélie se sentó.

Valentina colocó una silla frente a ella. Se sentó también. Cerca. Sin mesa entre las dos. Sin distancia profesional.

—Te voy a decir lo que sé. —Voz tranquila. Temperatura de invierno. —Sé que alguien te paga. No sé cuánto ni desde cuándo, pero lo sé. El cortocircuito no fue un accidente. La tubería no se rompió sola. Y la denuncia al ayuntamiento no la presentó nadie que no supiera exactamente cómo funciona este taller por dentro.

Amélie no respondió.

Miraba sus propias manos sobre las rodillas.

—Puedo ir a la policía con lo que tengo. No es mucho, pero es suficiente para que empiecen a preguntarte cosas que van a ser incómodas de responder. —Pausa. —O puedes contarme la verdad. Ahora. Tú eliges.

El silencio duró quince segundos.

Valentina los contó.

Amélie levantó la vista.

Y se rompió.

No de golpe. Como se rompe el hilo de una costura mal tensada: primero un punto, luego otro, hasta que la línea entera cede.

—Me contactó hace tres semanas. —La voz apenas audible. —Por Instagram. Dijo que tenía información sobre irregularidades en la empresa y que si le pasaba algunos datos del taller me pagaría bien. Cinco mil euros.

—¿Qué tipo de datos?

—Los horarios. Cuándo estaba sola. Dónde guardaban los materiales. Los códigos del panel eléctrico. —Pausa. —Yo no sabía que iba a hacer… esto. Me dijo que era para una investigación periodística.

Valentina no parpadeó.

—¿Cómo se presentó?

—Con nombre francés. Pero su acento… era latinoamericano. Mexicano, creo.

El frío subió desde el estómago hasta la garganta.

Era él.

Sin ninguna duda ya.

Era él.

—¿Tienes los mensajes?

Amélie asintió. Sacó el teléfono con manos que no estaban del todo quietas. Lo desbloqueó. Lo entregó.

Valentina leyó.

Capturas de pantalla del intercambio. Transferencia bancaria. Instrucciones precisas. El lenguaje indirecto de alguien que sabe que las palabras pueden usarse como prueba.

Pero era él.

El patrón. La lógica. La crueldad quirúrgica de elegir los puntos exactos donde más dolía.

Le devolvió el teléfono.

—Mándame todo eso por correo. Cada mensaje, cada transferencia.

—¿Va a llamar a la policía?

Valentina la miró.

Sin rabia. Sin desprecio.

Algo más difícil que los dos.

—Te perdono. —Lo dijo en voz baja. —Porque sé lo que es estar desesperada y que alguien llegue con dinero en el momento exacto en que más lo necesitas. Sé cómo se siente creer que no hay otra salida.

Amélie tenía los ojos brillantes.

—Pero si me vuelves a traicionar —continuó Valentina—, no será la policía quien te busque. ¿Entendido?

Un silencio.

—Entendido.

—Bien. Entonces a partir de ahora sigues en este taller. Sigues hablando con ese hombre si te contacta. Y me cuentas todo lo que te diga. Todo. Antes de responderle.

Amélie parpadeó.

—¿Me está pidiendo que…?

—Te estoy pidiendo que arregles lo que rompiste. —Valentina se levantó. —Eso es todo.

Eric esperaba fuera.

Leyó la expresión de Valentina antes de que ella dijera una palabra.

—¿Y?

—Era Santi. —Se apoyó en la pared del pasillo. —Identidad falsa, acento mexicano, método exacto. Es él.

Eric procesó eso en silencio.

—Valentina. Ahora sí tienes que ir a la policía.

—Tengo mensajes de una cuenta sin nombre real. Una transferencia a nombre de nadie. Y el testimonio de una mujer que admite haber cobrado por sabotear su propio lugar de trabajo. —Lo miró. —¿Cuánto crees que tarda un juez en tomar eso en serio?

—Más que en dejar que un criminal opere libremente en París, desde luego.

—La policía tarda meses. Santi desaparece en semanas. —Habló despacio, para que cada palabra aterrizara. —Necesito otra solución.

—¿Qué solución?

Valentina miró el taller cerrado.

Las mesas vacías. Las máquinas en silencio. Las costuras a medias colgadas en los maniquíes como preguntas sin respuesta.

Cicatrices cerrada por denuncia anónima.

Pedido de Céleste en doce días.

Santi en algún lugar de París con identidad falsa y sin nada que perder.

Y ella sola con el presupuesto al límite, un testigo frágil como hilo mojado, y un hombre a su lado que era bueno para la paz pero no sabía qué hacer con la guerra.

—No lo sé todavía —dijo Valentina.

Y eso, por primera vez en mucho tiempo, era lo más honesto que había pronunciado en voz alta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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