Novia Sacrificial para el Temido Lord Hastings - Capítulo 159
- Inicio
- Todas las novelas
- Novia Sacrificial para el Temido Lord Hastings
- Capítulo 159 - Capítulo 159: Durmiendo (1)
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 159: Durmiendo (1)
Ofelia se deslizó del caballo para ir al lado de Dante. Tenía los ojos cerrados, pero no parecía que se hubiera golpeado la cabeza.
A Ofelia le entró el pánico.
Estaban solos, y ella no podría subirlo de nuevo al caballo sin ayuda.
—¿Por qué tienes que hacer esto justo cuando no estamos cerca del castillo? —murmuró Ofelia mientras levantaba la cabeza de Dante para colocársela en el regazo.
Ofelia miró hacia atrás, en dirección al jardín de Ester, de donde venían. Era el único lugar al que podría arrastrar a Dante.
La atención de Ofelia pronto se centró de nuevo en el caballo, que se marchaba al galope, dejándolos completamente solos.
—Lo que me faltaba. Lamento esto —dijo Ofelia, decidiéndose a arrastrar a Dante de vuelta con Ester.
Ofelia colocó con cuidado la cabeza de Dante en el suelo y le sujetó los brazos, pero le bastó una mirada para preocuparse por si le hacía daño en la cabeza al arrastrarlo.
—Puedo hacerlo —susurró Ofelia, mirando hacia el lugar donde habían dejado a Ester.
Si corría rápido, Dante no estaría solo mucho tiempo.
—¿De verdad podrías? —oyó Ofelia la voz de Ester.
Ofelia dio un respingo, sobresaltada por la voz de Ester. —¿Cómo lo sabías? ¿Sabías que esto iba a pasar?
—No lo sabía. Os seguí un poco para asegurarme de que os marchabais de mi casa, y ya volvía cuando oí tu grito. ¿Qué le ha pasado a este? —preguntó Ester, empujando a Dante con un palo—. ¿Qué le has hecho?
—¿Yo? Estábamos hablando y se cayó del caballo. ¿Puedes ayudarlo?
—No soy médico, y no esperarás que las dos carguemos con este hombre tan grande. Quizá tu caballo vuelva al castillo y los guardias vengan a buscaros. O, cuando no aparezcáis esta noche, iniciarán una búsqueda. Solo espera —aconsejó Ester a Ofelia.
—No puedo dejarlo al sol hasta que nos encuentren. ¿Puedes, por favor, ayudarme a arrastrarlo hasta un árbol por lo menos? No te molestaré más —prometió Ofelia.
Ester se agachó para ponerse al nivel de Ofelia. —¿Por qué no estás huyendo? ¿No es este el mejor momento para que escapes? Él no puede perseguirte.
—¿Puedes, por favor, dejar de decirme que voy a morir? Ya he dicho que no me voy, así que, ¿por qué insistes? Ya estoy preocupada por su bienestar, así que no me añadas más preocupaciones. ¿Puedes ayudarme? —preguntó Ofelia por última vez.
—Tú, ¿lo amas? —inquirió Ester.
Ofelia suspiró, cansada de las preguntas de Ester. —¿Acaso importa eso ahora?
—Sí, importa. Estás molesta porque crees que no te he dado la respuesta, pero sí lo he hecho. Todos buscáis la respuesta en los lugares equivocados cuando siempre ha estado ante vosotros. La maldición es bastante simple, y, sin embargo, ninguno habéis podido romperla —dijo Ester.
—¿Para romper la maldición debo amarlo? ¿Cómo puede ser esa la solución cuando Cecilia parece amar a su esposo, y qué hay de las otras esposas antes que ella? —preguntó Ofelia, escéptica ante la respuesta de Ester.
—¿Cómo de segura estás de que amaban a sus maridos? Pequeña, yo sé más de los Hastings que tú. Esta maldición podría haberse roto hace mucho tiempo, pero nunca he visto a nadie estar cerca de lograrlo. Todo el mundo ama de forma diferente. No todo el mundo ama a su pareja a pesar de sus defectos.
—Forzarte a amarlo no romperá la maldición —dijo Ester, pues sabía que Ofelia lo consideraría—. Digo la verdad cuando afirmo que va a haber una muerte en el castillo, y veo que estará vinculada a ti.
—Confío en que se pueda evitar. Gracias por la respuesta, pero ahora debo centrarme en mantenerlo a salvo. Si le pasa algo ahora, entonces sí que estaré muerta. ¿Puedes buscar a alguien que avise en el castillo de dónde estamos? —preguntó Ofelia, con la esperanza de que Ester la ayudara.
Ester negó con la cabeza.
Ofelia soltó un suspiro de frustración. —¿Qué puedes hacer tú?
—Querida, vivo escondida no solo porque quiero, sino porque debo. Mira lo que le hicieron a la otra que se dejó ver. La mataron, y no correré la misma suerte. Tu marido es amable, pero los Hastings solo me perdonaron la vida porque buscaban respuestas. Tus guardias vendrán —dijo Ester, segura de que el caballo estaba volviendo al castillo.
—No hay ningún peligro por aquí, ya que me he deshecho de todos ellos, a menos que os hayan seguido —continuó Ester—. La buena noticia es que no está muerto, así que al final se despertará. Aprovecha este tiempo para pensar en tu futuro y en la maldición, ya que tanto te preocupa.
—¿Por qué no les dijiste a las otras esposas que enamorarse podría ayudar a sus maridos? —inquirió Ofelia, curiosa por saber por qué Ester había decidido hablar ahora.
—Porque no me habrían escuchado. Todas creen que aman a sus maridos, incluso con la maldición. Si dijeras que Cecilia no ama a su esposo, intentaría que te mataran, así que lo dejé estar. Además, ¿no deberíais amar a vuestros esposos sin que nadie tenga que decíroslo? —preguntó Ester.
—Existen los matrimonios concertados. Es lo que tuvimos Dante y yo —respondió Ofelia.
—Ya veo. Las otras no tuvieron matrimonios concertados. Se eligieron mutuamente y, aun así, nunca rompieron la maldición. Llevo un tiempo pensando que Cecilia no quiere a su hijo tanto como dice.
Ofelia se rio, ya que Cecilia quería matarla precisamente por el amor que le profesaba a su hijo. —Cecilia no me cae bien, pero sé que ama a su hijo. ¡Ay! —se quejó después de que Ester la golpeara con el palo—. ¿Puedes parar, por favor? No me gusta que me peguen.
—Ya has olvidado lo que te dije. El hombre y la bestia no son lo mismo —le recordó Ester a Ofelia—. Aman al hombre que tienes en tus brazos, pero ¿dónde están cuando la bestia se manifiesta? No has estado presente en la primera luna llena, así que no has visto quién está a su lado.
—Puede que no visite el castillo, pero sí sé que no hay ningún retrato del difunto Lord Hastings por allí. Ella puede afirmar que ver el rostro de su difunto esposo es difícil de soportar porque lo echa de menos, pero sé que esa no es la verdad —dijo Ester, segura de que Cecilia tenía miedo.
Ofelia comprendió mejor por qué Dante se despreciaba a sí mismo si su propia madre no era capaz de aceptarlo.
—Gracias por compartir esto conmigo. Lo tendré todo en cuenta —dijo Ofelia.
—No lo compartas con otros. No necesito que Cecilia venga a buscarme por lo que he dicho. Ahora ven, levantemos a este bruto —dijo Ester, sujetando el brazo de Dante para ayudar a levantarlo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com