Novia Sacrificial para el Temido Lord Hastings - Capítulo 204
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Capítulo 204: En tus brazos (5)
¡Atención! Contenido para adultos.
Ofelia se retorcía bajo Dante. Se aferraba a él, sin querer soltarlo.
Las puntas de las orejas de Ofelia se enrojecieron mientras el chirrido de la cama con cada embestida llenaba sus oídos. Tenía las mejillas sonrojadas mientras participaba en un acto que nunca pensó que podría excitarla, pero que ahora deseaba volver a intentar.
—Dante —susurró Ofelia su nombre. Su aliento, debido a la cercanía, le hizo cosquillas en las orejas.
Ofelia gimió cuando Dante le mordió el cuello, y supo que le estaba dejando otra marca, pero en ese preciso instante, no era algo que le preocupara.
Dante continuó cubriendo de besos las viejas cicatrices, dándole a cada una un poco de su amor.
Dante mordió a Ofelia y consiguió la reacción que buscaba cuando ella le clavó las uñas en la espalda.
Él apretó los dientes mientras el interior de Ofelia lo atenazaba, casi como si su cuerpo se rebelara para castigarlo.
Sin ser consciente de lo que le provocaba a Dante, Ofelia le acarició el rostro con la palma de la mano, guiándolo hacia ella mientras el chasquido de la piel contra la piel se hacía más fuerte en la cámara.
Sus gemidos fueron acallados por su beso ardiente. Sus voces se mezclaron hasta volverse ininteligibles.
La mano de Ofelia dejó el rostro de Dante para recorrer su cuerpo y familiarizarse con él. Para cuando amaneciera, no quedaría una parte de su cuerpo que ella no hubiera visto.
Lo que quedaba del muro que habían erigido para protegerse el uno del otro en el pasado se había desmoronado, dejándolos a ambos vulnerables ante el otro.
Ofelia sintió un revoloteo en el pecho mientras una sensación desconocida pero placentera crecía en la boca de su estómago.
Cada vez que Dante embestía y alcanzaba cierto punto que le hacía encoger los dedos de los pies, esa sensación se intensificaba aún más.
Con una embestida en la que Dante enterró su grueso miembro tan profundo como pudo dentro de ella, el cuerpo de Ofelia se tensó, preparándose para una liberación que anunciaba su clímax.
Dante mantuvo un ritmo constante, llenando a Ofelia con todo lo que ella podía recibir, antes de alcanzar su propio clímax poco después.
Su cuerpo se relajó, pero Dante se mantuvo apoyado sobre los brazos para no aplastar a Ofelia mientras disfrutaba de las últimas oleadas de su orgasmo.
Ofelia se sonrojó al darse cuenta de lo que había faltado en su primera noche. También fue consciente de las posibles consecuencias de su descuido.
Aun así, Ofelia no quiso sacar el tema en el fragor del momento.
Su pecho subía y bajaba mientras la adrenalina se disipaba.
Ofelia levantó la mano para acariciarle el rostro a Dante y se dio cuenta de que le empezaban a brotar gotas de sudor.
En la cámara hacía calor debido a la chimenea y a que no había ninguna ventana abierta.
—¿Ha sido mejor que la primera vez? —preguntó Dante, seguido de un beso en la mejilla de Ofelia.
—Lo ha sido. Te habría detenido si no fuera así. Me has hecho darme cuenta de por qué tenías tantas ganas de que tuviéramos intimidad —dijo Ofelia mientras apartaba el pelo de la cara de Dante. Por fin comprendía la emoción de la intimidad entre un hombre y una mujer cuando se aman.
Lo que les había faltado en su noche de bodas era amor.
Dante inclinó el rostro para apoyarlo en la palma de la mano de Ofelia.
—No lo anhelaba por el placer en sí. Lo anhelaba porque eras tú la que estabas ante mí. Eres preciosa —dijo Dante, continuando con su lluvia de besos por el cuerpo de Ofelia.
—Y tú… ¡¿Estás erecto otra vez?! —exclamó Ofelia, sorprendida por su miembro cuando él se movió.
—Es culpa tuya. Estoy así porque eres demasiado preciosa. No puedo evitarlo. ¿Estás cansada? —preguntó Dante, para quien la noche aún era joven.
Aún había muchas más formas de disfrutar, sobre todo porque Dante pronto se vería obligado a separarse de Ofelia.
—Debes recordar que no soy como tú. No tengo fuerzas para aguantar toda la noche. Tienes que ser indulgente conmigo —dijo Ofelia, aunque no pudo ocultar su emoción.
Ahora que Ofelia había sentido lo bien que sentaba hacer el amor con el hombre que amaba, no quería parar después de una sola vez.
Ofelia sintió que le arrancaban una parte de sí misma cuando Dante se retiró de su interior.
—Como desees —respondió Dante, levantando a una entusiasta Ofelia con él mientras se incorporaba.
El miembro erecto de Dante se erguía imponente entre él y Ofelia.
Sintiéndose audaz, Ofelia bajó la mirada para observarlo bien.
Fue un acto inocente, pero el que Ofelia examinara su cuerpo hizo que Dante la deseara aún más.
Dante le puso la mano en la parte baja de la espalda para alzarla y sentarla sobre su miembro. Necesitaba volver a sentir su calor.
Con Ofelia en sus brazos, Dante no quería ir a la guerra, pero debía hacerlo por la seguridad de ella.
Ofelia le había dado a Dante una nueva razón para salir a proteger la ciudad con su vida. Tenía que ganar para que Ofelia pudiera tener la vida que se merecía.
Dante sonrió mientras Ofelia apoyaba la cabeza en el hombro de él y se acomodaba en su regazo, con su miembro completamente engullido por su cuerpo.
Ofelia solo podía describir la sensación de tener a Dante anidado en su interior como si le hubieran sacado todo el aire de los pulmones.
La voz se le quedó atascada en la garganta mientras el miembro caliente y palpitante de Dante no dejaba espacio libre en su interior.
Ofelia le dio un golpecito juguetón en el hombro con la mano.
¿De verdad era una bestia o es que todos los hombres eran así?
—¿Tenemos que pasarnos toda la noche así? No me importa, pero me encantaría moverme. Me aprietas como si no hubiera un mañana —dijo Dante, apretando los dientes.
No era tarea fácil quedarse quieto mientras estaba enterrado en lo más profundo de Ofelia.
Para ser una mujer que no estaba lista para tener hijos, las paredes de Ofelia lo apresaban como si no quisieran que él se retirara hasta haberla llenado con todo lo que tenía.
Ofelia fue la primera en mover las caderas para cabalgar a Dante. Necesitaba sentirlo entrar más y más profundo con cada embestida.
Ofelia jadeó cuando Dante igualó su movimiento, embistiéndola en el preciso instante en que ella ondulaba las caderas para cabalgarlo. No se dijeron palabras; no eran necesarias mientras sus cuerpos se movían sincronizados.
—Todavía no —oyó Ofelia susurrar a Dante en su oído.
Por desgracia, Ofelia no podía prometer que aguantaría tanto como Dante.
Sus piernas ya flaqueaban y sus uñas se clavaban en la espalda de él.
Los gemidos de Ofelia llenaron la cámara, seguidos de cerca por los gruñidos sordos de Dante.
—Justo ahí —susurró Ofelia, animando a Dante a quedarse donde le gustaba.
Ofelia cerró los ojos y dejó que la pasión la guiara. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no eran, ni de lejos, de dolor.
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