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16: Capítulo 15 16: Capítulo 15 📉 Capítulo 15: El Sudor Frío de Wall Street (Punto de Vista de Julian Vane) Sábado de Caos (15 de Marzo de 2008) Julian Vane no estaba en su club de golf, ni disfrutando de un brunch en Malibú.

Estaba encerrado en su oficina de Century City, con la corbata desanudada y la mirada clavada en la terminal Bloomberg.

Los sábados suelen ser días de calma, pero este fin de semana el aire de Wall Street olía a quemado.

Los rumores sobre el colapso total de Bear Stearns habían pasado de ser susurros a ser gritos de pánico en los mercados internacionales.

Vane tomó un sorbo de café frío y abrió la carpeta de posiciones de alto riesgo.

Sus ojos se fijaron en el nombre: Miguel De Boeck.

—Ese maldito niño —susurró Vane para sí mismo, sintiendo un nudo en el estómago.

Vane revisó los datos del cierre del viernes y las proyecciones de los mercados de futuros.

Bear Stearns, la quinta mayor casa de inversiones de Estados Unidos, se estaba desintegrando.

Las noticias reportaban que la liquidez de la empresa se había esfumado.

El viernes, la acción había caído en picado, pasando de unos $60 a $30 dólares en una sola sesión de agonía.

Vane hizo el cálculo mental por décima vez.

Miguel había apostado $56 millones con un apalancamiento de x9.

* Exposición al mercado: $504 millones de dólares.

* Caída del precio: Alrededor del 50% desde que Miguel abrió la posición.

En el mundo del apalancamiento, una caída del 50% con un factor de x9 no significa una ganancia del 50%.

Significa que el capital inicial se ha multiplicado de forma obscena.

—Por cada 1% que baja la acción, él gana un 9% —murmuró Vane, frotándose las sienes—.

Si la acción cayó un 50%…

este chico ha multiplicado su inversión por 4.5 veces en menos de 24 horas.

Solo con Bear Stearns, los $56 millones de Miguel se habían transformado en $252 millones de dólares brutos.

Vane sintió un escalofrío.

En sus 20 años de carrera, nunca había visto a alguien “entrar” en una posición con tanta precisión quirúrgica justo antes de una ejecución.

Vane desvió la mirada hacia la segunda apuesta de Miguel: Morgan Stanley.

Aquí, el panorama era distinto.

Miguel había puesto $20 millones con un apalancamiento de x6.

—Aquí no ha tenido tanta suerte —pensó Vane con un deje de alivio profesional—.

Al menos no todavía.

Morgan Stanley estaba sufriendo la volatilidad del sector, pero sus acciones solo habían bajado un 2% o 3%.

De hecho, los informes de inteligencia de mercado que Vane tenía sobre la mesa sugerían que Morgan Stanley era mucho más resistente que Bear.

Había indicadores de que el precio podría rebotar el lunes si el gobierno anunciaba un rescate general.

—Si Morgan Stanley sube un 5%, la posición de Miguel se verá golpeada —analizó Vane—.

Por ahora, esos $20 millones están casi estancados, perdiendo un poco por el margen y la comisión.

Vane se reclinó en su silla, mirando el techo.

La oficina estaba en silencio, excepto por el zumbido de los servidores.

Recordó la cara de Miguel en la sala de juntas.

No recordaba a un joven impulsivo; recordaba a alguien que parecía estar leyendo un periódico de la semana siguiente.

El chico no había pestañeado al arriesgar su fortuna.

—Si Bear Stearns amanece el lunes con el anuncio de una venta por migajas o una quiebra total…

—Vane hizo la proyección—.

Ganará más del doble de lo que puso.

De hecho, ganará lo suficiente como para comprar media productora mediana.

Pero lo de Morgan Stanley…

eso me dice que es humano.

O quizás…

—Vane entrecerró los ojos— quizás solo está esperando a que caiga la siguiente ficha del dominó.

Vane sabía que su comisión del 10% sobre las ganancias iba a ser la más grande de su vida.

Pero por primera vez, el dinero no le importaba tanto como la respuesta a una pregunta: ¿Cómo diablos sabía ese chico de 17 años que Bear Stearns iba a morir este fin de semana?

Vane volvió a la pantalla.

El reloj avanzaba.

El lunes 17 de marzo de 2008 estaba destinado a ser un baño de sangre para muchos, pero para Miguel De Boeck, sería el día en que se convertiría en uno de los hombres más poderosos del planeta.

(Domingo, 16 de Marzo de 2008) El silencio en el piso 24 de la torre de Lazard & Co.

en Century City era casi ensordecedor.

No era el silencio relajado de un domingo cualquiera; era el aire denso y cargado de electricidad que precede a un terremoto.

Julian Vane estaba allí, solo en su oficina, con la luz de la mañana filtrándose por las persianas, iluminando las motas de polvo que flotaban sobre su escritorio de caoba.

Vane no había vuelto a su casa en Bel-Air.

Había dormido apenas tres horas en el sofá de su oficina.

Tenía la camisa arrugada y el café en su mano se había enfriado por tercera vez.

Su mirada estaba clavada en tres pantallas de Bloomberg y un televisor sintonizado en CNBC con el volumen bajo.

A las 9:00 AM, el mundo financiero se fracturó.

El titular que cruzó la pantalla en rojo brillante hizo que Vane soltara su taza de porcelana, que se hizo añicos contra el suelo, derramando el líquido oscuro sobre la alfombra.

> “URGENTE: JP Morgan Chase adquiere Bear Stearns por $2 dólares por acción en un rescate histórico orquestado por la FED.” > Vane se quedó helado.

No podía respirar.

Abrió la carpeta de Miguel De Boeck con manos temblorosas.

Sus dedos buscaban desesperadamente la calculadora.

Vane recordó el cierre del viernes.

Bear Stearns (BSC) había cerrado alrededor de los $30.

Todo el mundo en Wall Street, desde los analistas de Goldman hasta los reporteros de Forbes, pensaba que $30 era el suelo, que el banco sobreviviría con la ayuda del gobierno.

Pero Miguel no.

Miguel había apostado a la aniquilación.

—Dos dólares…

—susurró Vane, con la voz rota—.

¡Dos malditos dólares!

La caída de $60 a $2 representaba una pérdida de valor del 96.6% en un solo fin de semana.

Era, sencillamente, una ejecución.

Vane comenzó a escribir los números en su bloc de notas, su mente de gestor trabajando a toda marcha.

Cálculo de la posición en Bear Stearns: * Inversión inicial: $56,000,000.

* Apalancamiento: x9.

* Exposición total al mercado: En una posición en corto, el beneficio se calcula sobre el capital expuesto multiplicado por el porcentaje de caída.

Vane miró la cifra.

Cuatrocientos setenta millones de dólares.

Sus ojos le ardían.

Miguel no solo había protegido su capital; había extraído una fortuna de las cenizas de una de las instituciones más antiguas de América.

La “suerte” ya no era una palabra suficiente.

Esto era clarividencia.

Vane desvió la mirada hacia la segunda pantalla.

Morgan Stanley (MS).

El viernes, la acción había bajado un 3%.

Pero el efecto dominó de la caída de Bear Stearns estaba asfixiando a todo el sector financiero.

En los mercados de futuros de este domingo, Morgan Stanley estaba siendo castigada sin piedad.

El miedo se estaba contagiando.

—Ha bajado otro 5% —observó Vane, viendo los gráficos en tiempo real—.

Un total del 8% de caída acumulada desde que el chico firmó ese papel ayer sábado.

Miguel había sido más cauteloso aquí, o quizás menos “profético”, pero aun así, la ganancia era masiva.

Cálculo de la posición en Morgan Stanley: * Inversión inicial: $20,000,000.

* Apalancamiento: x6.

* Exposición total al mercado: Nueve millones seiscientos mil dólares.

En cualquier otro día, esa sería la mayor victoria del año para cualquier cliente de Vane.

Hoy, al lado del monstruo de Bear Stearns, parecía un simple cambio de bolsillo.

Vane se reclinó en su silla de cuero, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza inusual.

Cerró los ojos y se permitió sonreír por primera vez en cuarenta y ocho horas.

No era solo por Miguel.

Era por él.

Como gestor principal, su contrato con Miguel estipulaba una comisión por transacción y, lo más importante, un 10% sobre las ganancias netas.

El Cálculo de la Gloria para Julian Vane: * Ganancia Total Bruta de Miguel: * Comisión de Gestión (10% de las ganancias): * Comisión por Transacción (1.5% de los $76M iniciales): Total para Julian Vane: $49,138,320.

—Casi cincuenta millones de dólares —dijo Vane en voz alta, su risa resonando en la oficina vacía—.

En un fin de semana.

¡Por una sola transferencia!

Se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro.

Ese dinero significaba la libertad absoluta.

Podía comprar su propio fondo de cobertura, retirarse a una isla en el Mediterráneo, o comprarse un yate que hiciera palidecer al de sus jefes en Nueva York.

Estaba eufórico.

Miguel De Boeck no era un cliente; era un milagro envuelto en una sudadera de adolescente.

Sin embargo, tras la euforia, volvió la duda.

Vane regresó a la pantalla de Bloomberg.

Revisó los informes de noticias.

Nadie, absolutamente nadie, había previsto que Bear Stearns caería a $2 dólares.

Los analistas más pesimistas hablaban de $10 o $15.

—Apostó $56 millones a un apalancamiento de x9 a que el precio colapsaría por debajo de toda lógica —murmuró Vane, sintiendo un escalofrío de nuevo—.

Y puso menos en la empresa que “parecía” que iba a caer, Morgan Stanley.

Lo hizo al revés de lo que dicta la razón.

Vane se dio cuenta de que Miguel no era un “suertudo”.

Un suertudo gana la lotería una vez.

Pero Miguel ya había ganado el Powerball, había escrito un guion que todos querían, había actuado como un veterano de 40 años siendo un chico de 17, y ahora esto.

—Este chico sabe algo.

No sé si es un genio de las matemáticas, si tiene información privilegiada que ni siquiera la CIA posee, o si simplemente el universo está conspirando para hacerlo el hombre más rico de la tierra —pensó Vane mientras limpiaba los restos de la taza rota—.

Pero una cosa es segura: a partir de mañana, yo soy su perro faldero.

No dejaré que ningún otro broker se acerque a él.

Vane miró el reloj.

Eran las 11:30 AM del domingo.

El lunes, cuando abrieran los mercados, el mundo lloraría por Bear Stearns.

Los ahorros de miles de personas se habrían esfumado.

Pero en una cuenta de custodia en Lazard & Co., el nombre de un joven ecuatoriano brillaría con una cifra que superaba los $550 millones de dólares totales (sumando el capital inicial y las ganancias netas).

—Mañana a primera hora le llamaré —dijo Vane, sentándose de nuevo—.

“Señor De Boeck, su mundo ha cambiado”.

No…

“Señor De Boeck, usted ha cambiado nuestro mundo”.

Vane se sirvió un vaso de agua, intentando calmar su pulso.

El 17 de marzo de 2008 sería el día en que Hollywood y Wall Street tendrían un nuevo dueño, aunque todavía no lo supieran.

Lunes, 17 de Marzo de 2008 El amanecer en Century City no trajo la calidez habitual de la primavera californiana.

Para el sector financiero, el aire estaba cargado de un frío sepulcral.

Mientras las noticias de televisión mostraban a empleados de Bear Stearns saliendo de sus oficinas con cajas de cartón y rostros desolados, Julian Vane se encontraba en su oficina de la torre Lazard & Co., rodeado de pantallas que parpadeaban en un rojo violento.

Vane no había dormido.

Sus ojos, inyectados en sangre, no se apartaban de la terminal Bloomberg.

Los números definitivos estaban allí, grabados en código binario, representando una de las transferencias de riqueza más rápidas y brutales que jamás hubiera ejecutado.

Revisó los detalles una última vez.

La caída de Bear Stearns a $2 dólares por acción —un precio que era poco más que un insulto para una institución de ochenta años— había disparado la posición en corto de Miguel hasta la estratosfera.

Sin embargo, no todo era una línea recta hacia la gloria.

El mercado era una bestia caprichosa.

—Maldita sea, Morgan Stanley —murmuró Vane, frotándose las sienes.

A diferencia de Bear, Morgan Stanley (MS) había mostrado una resiliencia inesperada esa mañana.

Tras el anuncio del rescate de Bear Stearns por parte de JP Morgan y el respaldo de la Reserva Federal, el pánico inicial se había transformado en una esperanza volátil.

Las acciones de Morgan Stanley, que habían caído durante el fin de semana en los mercados de futuros, rebotaron un 4% al abrir la sesión del lunes.

Vane hizo los cálculos finales.

La posición de Miguel en Morgan Stanley, apalancada x6, había sufrido un golpe.

La subida del precio de la acción obligó a cerrar una parte de la posición para cubrir el margen de mantenimiento, resultando en una pérdida neta de $3 millones de dólares de los 20 iniciales.

Pero cuando Vane desvió la mirada hacia el balance de Bear Stearns, la pérdida de Morgan Stanley pareció una simple gota de agua en un océano de oro.

Sumando el capital inicial de $76.8 millones, las ganancias brutas de Bear Stearns y restando la pérdida de Morgan Stanley y su propia comisión, la cifra final era astronómica.

Vane tomó el teléfono con mano temblorosa.

Marcó el número de Ryan Mitchell.

—Ryan…

—la voz de Vane sonó ronca—.

Dile a tu cliente que lo hizo.

Bear Stearns ha muerto y él es el heredero de sus cenizas.

Vengan a la oficina de inmediato.

No es seguro discutir estas cifras por teléfono, pero dile…

dile que su mundo ha cambiado para siempre.

+—————————-+ En su oficina de ICM, Ryan Mitchell soltó el teléfono.

Se quedó mirando a la nada, con el corazón martilleando contra sus costillas.

Aunque había estado siguiendo las noticias todo el fin de semana, escuchar la confirmación oficial de un tiburón como Vane le provocó un vértigo físico.

Ryan recordaba cómo, hace apenas una semana, Miguel era un chico que vivía bajo el radar, un joven de 17 años que apenas estaba legalizando su situación en el país.

Ahora, según las palabras de Vane, era poseedor de una fortuna que rivalizaba con los presupuestos de producción de estudios enteros.

—Setenta y seis millones convertidos en…

¿cuánto?

—susurró Ryan, sintiendo que el aire le faltaba.

Salió de su oficina casi en trance.

Subió a su coche y condujo hacia Malibú.

Durante el trayecto, vio las vallas publicitarias de películas de Hollywood y pensó que Miguel ya no necesitaba actuar por dinero.

Podría comprar el cartel, el edificio y el estudio que puso la publicidad.

Estaba asustado, eufórico y profundamente intrigado por la calma de su cliente.

Al llegar a la residencia de Miguel en Malibú, Ryan esperaba encontrar una escena de caos o celebración.

Quizás botellas de champán abiertas o a Miguel pegado a la televisión.

Pero la casa estaba en un silencio absoluto.

Siguiendo el sonido de un impacto rítmico, Ryan se dirigió al gimnasio privado de la propiedad.

Allí estaba Miguel.

El sol de la mañana entraba por los grandes ventanales, iluminando las partículas de polvo que bailaban alrededor del chico.

Miguel estaba suspendido en la barra de dominadas, realizando repeticiones lentas y controladas con un chaleco lastrado de 20 kilos.

Su piel estaba bañada en sudor, y sus músculos se tensaban con una definición que hablaba de una disciplina militar.

No había rastros de ansiedad en su rostro, solo una concentración absoluta en el presente.

Ryan se detuvo en el umbral.

No se atrevió a interrumpir.

Observó cómo Miguel completaba su serie, bajaba de la barra con gracia felina y comenzaba inmediatamente una rutina de estiramientos profundos.

Pasaron treinta minutos.

Miguel no se detuvo hasta que su cuerpo estuvo completamente relajado.

Finalmente, Miguel tomó una toalla blanca, se secó el rostro y vio a Ryan parado en la entrada.

—Ryan —dijo Miguel, con una respiración constante, sin el jadeo que cualquier otro tendría tras semejante entrenamiento—.

Llegas temprano.

Te ves como si hubieras visto un fantasma.

Ryan soltó una carcajada nerviosa que casi sonó como un sollozo.

—¡Un fantasma no, Miguel!

¡He visto un milagro!

—exclamó Ryan, acercándose y agitando los brazos—.

¡Vane llamó!

Bear Stearns se hundió.

JP Morgan la compró por $2 dólares la acción.

Perdiste unos $3 millones en Morgan Stanley porque rebotó un poco al abrir, pero eso es…

¡es nada!

¡Miguel, las ganancias netas después de la comisiones superan los $468 millones de dólares!

¡Tienes casi medio billón de dólares en tu cuenta de custodia!

Miguel se pasó la toalla por el cuello, escuchando la cifra.

Para Ryan, era el final de una epopeya; para Miguel, era simplemente la confirmación de una variable que ya había calculado.

—Entiendo —dijo Miguel, con una sonrisa orgullosa pero contenida—.

Así que Morgan Stanley resistió.

Es lógico, el mercado siempre intenta aferrarse a una balsa cuando un barco se hunde.

Ryan lo miró con incredulidad.

—¡¿”Entiendo”?!

¡Miguel, eres millonario!

¡Eres más rico que la mayoría de los CEOs de esta ciudad!

¡Tienes 17 años y has vencido a Wall Street!

Miguel caminó hacia la jarra de agua con electrolitos y se sirvió un vaso, mirando hacia el océano Pacífico.

Su mente no estaba en el dinero, sino en el sistema.

Sabía que su plantilla de River Phoenix al 88% le daba una claridad mental que superaba la de cualquier analista.

—Esa es mi suerte, Ryan —respondió Miguel, volviéndose hacia su agente—.

Así que tranqui.

Este es solo el comienzo.

El dinero es solo una herramienta para lo que viene después.

Todavía falta mucho por hacer.

Ryan se apoyó en una máquina de pesas, intentando procesar la frialdad de su cliente.

—A veces me das miedo, chico.

El comienzo…

¿qué más quieres?

—Todo este fin de semana, mientras estudiaba el guion de 500 Days of Summer y memorizaba los matices de Tom Hansen, también estuve revisando los folletos que me dio Vane —explicó Miguel—.

La crisis financiera de este año parece que apenas está en sus primeras etapas.

Bear Stearns fue solo el primer dominó.

Hay otras empresas que caerán eso decía en la lista de Vane, y hay otras que, cuando toquen fondo, serán las dueñas del futuro.

Quiero seguir apostando en corto, Ryan.

Pero esta vez, lo haremos de forma más estructurada.

Miguel dio un trago a su vaso y lo dejó sobre la mesa.

—Pero bueno, deja que me bañe y te acompaño.

Quiero ver a Vane a los ojos cuando me entregue el estado de cuenta.

Necesitamos formalizar nuestra propia firma de gestión privada para que este dinero no se quede sentado.

Tenemos que prepararnos para el rodaje del 20 de marzo y para las inversiones que vendrán.

Ryan asintió, sintiendo que su papel como agente estaba evolucionando hacia algo mucho más grande.

—Iré por el coche.

No tardes.

Miguel se dirigió a la ducha.

Mientras el agua caliente golpeaba sus hombros, cerró los ojos y visualizó el sistema.

Sabía que con este capital, ya no solo era un actor buscando un papel; ahora, él era el dueño del escenario.

Su segunda vida no era una casualidad, era una conquista.

El Audi R8 de Miguel se detuvo frente a la imponente estructura de cristal de Century City.

Al bajar, Miguel ajustó su gorra.

A su lado, Ryan Mitchell caminaba con una rigidez casi cómica, como si temiera que alguien pudiera oler los cientos de millones que estaban a punto de reclamar.

Subieron por el ascensor privado hasta las oficinas de Lazard & Co.

El ambiente había cambiado desde el sábado; ya no había duda en el aire, sino una reverencia casi religiosa.

Cuando las puertas se abrieron, Julian Vane ya los esperaba en el vestíbulo, ignorando su agenda habitual.

—Señor De Boeck —dijo Vane, estrechando la mano de Miguel con una fuerza renovada—.

Felicidades.

Lo que hizo este fin de semana será estudiado en los libros de finanzas, aunque nadie sepa quién fue el autor.

Caminaron hacia la sala de juntas.

Sobre la mesa había una carpeta negra con el sello de la firma.

Vane fue directo al grano, abriendo el estado de cuenta.

—Sus posiciones han sido liquidadas tras el cierre del trato de JP Morgan.

El beneficio neto, tras cubrir la pérdida de Morgan Stanley y nuestras comisiones, es de $468 millones de dólares.

Vane hizo una pausa para dejar que la cifra flotara en la habitación.

Ryan soltó un suspiro largo.

—Ahora, Miguel —continuó Vane—, tengo que preguntarte: ¿qué sigue?

Si decides retirar el capital ahora, debo advertirte que el Tío Sam vendrá a por su parte inmediatamente.

Estamos hablando de un 40% de impuestos federales sobre las ganancias.

El resto sería tuyo para llevarlo a tu banco personal.

Sin embargo, hay una alternativa.

Miguel se recostó en la silla, escuchando con atención.

—Si mantienes el dinero dentro del vehículo de inversión y lo reinviertes en nuevas posiciones en corto, técnicamente no has “realizado” la ganancia total para efectos fiscales inmediatos ante el IRS.

El dinero sigue trabajando.

Claro, el riesgo es que si el mercado se recupera, podrías perderlo.

O, en el peor de los casos, si te vuelves demasiado exitoso “shorteando” a los gigantes, los reguladores de arriba podrían empezar a hacer preguntas o intentar bloquear las cuentas.

Miguel guardó silencio.

Se tomó un momento, fingiendo que analizaba las variables, aunque en su mente las fechas y los nombres ya estaban grabados a fuego desde su vida anterior.

—Señor Vane —comenzó Miguel, inclinándose hacia adelante—, una duda técnica.

¿Esos $468 millones son la ganancia pura o ya incluyen mi capital inicial de $76.8 millones?

—Es la ganancia neta, Miguel —respondió Vane con una sonrisa casi incrédula—.

Tu capital inicial está intacto en la cuenta de margen.

En total, tienes aproximadamente $544.8 millones de dólares de poder adquisitivo real.

Miguel asintió.

La cifra era mareante para cualquiera, pero para él era el tamaño de su armadura.

—Bien.

No voy a retirar el dinero.

No todavía.

Quiero que el mercado siga financiando mi carrera —dijo Miguel, y Ryan sintió un escalofrío—.

Esto es lo que vamos a hacer.

Quiero abrir tres nuevas posiciones masivas.

Vane tomó su bolígrafo, listo para anotar.

* ETF del Sector Financiero (XLF): —Quiero poner $100 millones de dólares en cortos contra el índice general.

Apalancamiento x6.

Si el sector cae en bloque, ganamos todos.

* Merrill Lynch: —Otros $100 millones de dólares en corto.

Apalancamiento x7.

Están heridos, y el mercado lo sabe.

* Lehman Brothers: —Miguel hizo una pausa dramática—.

El resto del capital, los $304.8 millones restantes, irán en corto contra Lehman Brothers.

Apalancamiento x8.

Los $40 millones puedes utilizarlo como liquidez si todo sale mal.

Vane dejó de escribir.

Miró los números y luego a Miguel.

—Lehman Brothers…

es una apuesta agresiva, Miguel.

Es el cuarto banco de inversión más grande.

Y el apalancamiento de x8 para ese monto es…

—Vane buscó la palabra— astronómico.

Estamos hablando de una exposición de más de $2,400 millones de dólares contra un solo banco.

Si suben un 15%, estás acabado.

—No subirán —sentenció Miguel—.

Y quiero que estas posiciones se mantengan abiertas hasta el 1 de julio.

—¿Hasta julio?

—preguntó Vane sorprendido—.

Es mucho tiempo para mantener un apalancamiento así.

El costo del préstamo de las acciones será alto y la volatilidad podría sacarte del juego antes de tiempo.

—Confío en mi análisis, Julian.

El sistema financiero tiene grietas que el público aún no ve.

Bear Stearns fue solo la primera ficha.

Merrill y Lehman son las siguientes.

¿Puedes ejecutarlo o es demasiado para Lazard?

Vane miró a Ryan, quien estaba pálido pero firme, y luego regresó a Miguel.

La ambición de ese chico era contagiosa, o quizás era su seguridad lo que daba miedo.

—Podemos hacerlo —respondió Vane—.

Pero prepárate.

Si el 1 de julio esto sale bien, no solo serás millonario.

Serás una de las personas más ricas de California antes de cumplir los 18.

Miguel se puso de pie y estrechó la mano de Vane.

—Perfecto.

Llámame si hay algún movimiento fuera de lo común.

Ahora, si me disculpan, tengo una película que preparar y un guion que terminar de pulir.

Al salir de la oficina, Ryan finalmente habló: —Miguel…

si esto sale bien en julio…

¿qué vas a hacer con tanto dinero?

Miguel miró hacia el horizonte, donde el sol brillaba sobre los edificios de Los Ángeles.

📝 +——————————–+ Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir.

Intentaré subir un capitulo por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso.

Like si te gusta y like si no 😂

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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