Nuevo inicio - Capítulo 18
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18: Capítulo 17 18: Capítulo 17 🎬 Capítulo 17: El Brillo en la Oscuridad (Punto de Vista de Zooey) 28 de Mayo de 2008 – El Último Suspiro de Tom y Summer El aire de Los Ángeles ese 28 de mayo tenía una densidad especial, como si la ciudad misma supiera que algo irrepetible estaba llegando a su fin.
Zooey Deschanel estaba sentada en su tráiler, mirándose al espejo.
Se ajustó el vestido azul claro, el color que se había convertido en su piel durante los últimos meses, y soltó un suspiro largo.
A sus 28 años, Zooey ya no era una novata.
Había rodado con veteranos, con directores de culto y en sets de todo tipo.
Pero este rodaje de 500 Days of Summer había sido una experiencia…
casi mística.
Y mientras se retocaba el lápiz labial, sabía perfectamente quién era el responsable: Miguel De Boeck.
—Es solo un chico de diecisiete años, Zooey.
Por favor, compórtate —se susurró a sí misma con una sonrisa nerviosa.
Pero la verdad era que Miguel no se sentía como un adolescente.
Había una gravedad en él, una sabiduría antigua que se filtraba a través de sus ojos oscuros.
Y luego estaba esa extraña energía.
Cada vez que Miguel entraba en el set, el aire parecía espesarse, volviéndose más vibrante, más real.
Trabajar con él no era solo actuar; era como ser arrastrada por una corriente eléctrica que la obligaba a ser mejor, a sentir más profundamente, a olvidar que había cien personas mirando tras las cámaras.
La escena final que rodarían juntos era una de las más delicadas: un momento de cercanía en el pasillo, justo después de una de las pocas escenas donde Tom cree que realmente ha descifrado el misterio de Summer.
Zooey salió al set y vio a Miguel hablando con Marc Webb.
Él vestía su camisa de oficina, con la corbata ligeramente floja.
Cuando Miguel la vio, le dedicó esa sonrisa de lado, una que no era de Tom Hansen, sino puramente de Miguel.
Zooey sintió un vuelco en el estómago que intentó disimular con una broma.
—¿Listo para que te rompa el corazón por última vez, “Tommy”?
—preguntó ella, acercándose.
—Siempre estoy listo para ti, Summer —respondió él, y su voz bajó una octava, volviéndose más profunda.
En cuanto Zooey entró en su espacio personal, a menos de dos metros, sintió que el mundo exterior se desvanecía.
Era el Campo de Resonancia de Rango 2 de Miguel, aunque ella no conocía el término.
Solo sabía que, de repente, ya no era Zooey; era una mujer que estaba a punto de besar al hombre que la hacía sentir más viva que nadie, a pesar de que sabía que no podía quedarse con él.
—¡Acción!
—gritó Marc Webb.
La cámara se acercó en un movimiento fluido.
Miguel tomó su mano y la atrajo hacia él.
Gracias a la Resonancia Emocional, Zooey no tuvo que fingir la chispa.
Sintió una calidez real extendiéndose por su pecho.
Sus micro-expresiones se sincronizaron con las de él.
Cuando él inclinó la cabeza, ella cerró los ojos, no porque el guion lo dijera, sino porque la intensidad que emanaba de Miguel era irresistible.
Se besaron.
Fue un beso de cine, pero para Zooey, se sintió como una colisión de realidades.
Podía sentir el pulso de Miguel en su cuello.
En ese momento, Zooey se dio cuenta de algo peligroso: le gustaba.
Le gustaba mucho más de lo que debería gustarle un compañero de reparto diez años menor.
Ese sentimiento de “prohibido” se filtró en su actuación; Summer besaba a Tom con la desesperación de alguien que sabe que este momento es hermoso pero efímero.
—Corte…
—dijo Marc Webb, pero su voz era apenas un susurro.
Nadie en el set se movió durante varios segundos.
Marc Webb se acercó a Zooey con los ojos brillantes de emoción una vez que la escena fue validada.
—Zooey, lo que has hecho en toda esta película…
es el mejor trabajo que has hecho en toda la película —dijo Marc, abrazándola—.
No sé qué te pasó, pero hay una verdad en tu actuación que nunca antes había visto.
Vas a ser nominada a todo por esto.
Zooey sonrió, pero sus ojos buscaron a Miguel, que estaba saludando a los técnicos de sonido con una humildad que no encajaba con su inmenso talento.
—No fui solo yo, Marc —admitió Zooey con sinceridad—.
Fue Miguel.
Hay algo en él…
saca cosas de mí que yo ni siquiera sabía que tenía.
Es como si me retara a ser más real con solo mirarme.
Nunca he trabajado con nadie así.
Ni siquiera con los veteranos de cincuenta años.
Marc asintió, mirando hacia donde estaba el joven actor.
—Es un prodigio, Zooey.
A veces olvido que tiene diecisiete años.
Tiene el control de un maestro.
Zooey guardó silencio.
No podía decir que cuando Miguel la tocaba, ella olvidaba las líneas y simplemente vivía.
No podía decir que su actuación era mejor simplemente porque él la obligaba a serlo con esa aura invisible que lo rodeaba.
—¡Eso es todo, señores!
¡HEMOS TERMINADO EL RODAJE PRINCIPAL!
—gritó el primer asistente de dirección.
El set estalló en aplausos, gritos y abrazos.
El equipo técnico empezó a recoger, pero el ambiente ya no era de trabajo, sino de celebración.
—¡Nos vemos todos en el bar de la planta baja del Standard Hotel!
—gritó Marc—.
¡La primera ronda de la fiesta de despedida va por mi cuenta!
Zooey se retiró a su tráiler para cambiarse.
Se puso un vestido negro sencillo pero elegante.
Mientras se miraba al espejo, pensó en Miguel.
Sabía que él iría a la fiesta.
Se sentía como una adolescente emocionada por su baile de graduación, lo cual le parecía ridículo, pero no podía evitarlo.
Al llegar a la fiesta en el hotel, el lugar estaba lleno.
La música indie-pop sonaba a un volumen perfecto y el equipo de producción ya estaba celebrando con copas en la mano.
Zooey buscó entre la multitud hasta que lo vio.
Miguel estaba allí, rodeado de gente, pero se veía extrañamente solitario incluso en medio del ruido.
Llevaba una chaqueta oscura y sostenía un vaso con agua, observando la escena con esa calma glacial que tanto la intrigaba.
Zooey se abrió paso entre la gente y se acercó a él.
En cuanto entró en su radio de acción, esa sensación de paz y enfoque volvió a envolverla.
—¿No bebes en tu propia fiesta de despedida, De Boeck?
—preguntó ella, poniéndose a su lado.
Miguel se giró y le dedicó una sonrisa genuina.
—Tengo que mantener la cabeza despejada, Zooey.
Pero para ti, haré una excepción.
¿Quieres bailar?
Zooey sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Me encantaría.
Pero recuerda que aquí no hay cámaras, Miguel.
No tienes que actuar.
—Ese es el secreto, Zooey —respondió él, tomándola de la mano para guiarla hacia la pequeña pista de baile—.
Esta noche, soy la persona más real que vas a conocer.
Mientras caminaban hacia la pista, Miguel sintió una notificación en su mente.
> [SISTEMA]: Rodaje de “500 Days of Summer” Finalizado.
> Sincronización de Plantilla Rango 2: 50%.
> Reconocimiento del Director y Co-protagonista: Máximo.
Miguel sonrió.
Sabía que esta noche no se trataba solo de celebrar la película.
Era la última noche de calma antes de que junio trajera la tormenta financiera que él mismo había sembrado.
Pero por ahora, solo quería disfrutar del momento con la mujer que lo había ayudado a consolidar su rango como actor.
La fiesta en el Standard Hotel de West Hollywood estaba en ese punto donde la música se vuelve un zumbido eléctrico y las luces de neón se desdibujan en la retina.
El equipo de 500 Days of Summer celebraba el fin del rodaje como si el mundo fuera a acabarse mañana.
El alcohol fluía, las risas eran ruidosas y el humo de los cigarrillos flotaba en la terraza.
Miguel, con la guardia baja por primera vez en meses, sintió que el Rango 2 de su plantilla ya no estaba enfocado en el análisis técnico, sino en la pura Resonancia Emocional.
Zooey estaba a su lado, y la distancia de seguridad de dos metros se había reducido a cero.
Sus manos se rozaban “accidentalmente” mientras compartían una copa de whisky que ninguno de los dos necesitaba.
—Hace demasiado ruido aquí, ¿no crees?
—susurró Zooey al oído de Miguel.
Su aliento cálido le erizó la piel.
Miguel la miró.
El alcohol había suavizado los bordes de su habitual disciplina.
Por un momento, no fue el tiburón de Wall Street ni el prodigio del cine; era un joven embriagado por la presencia de una mujer magnética.
—Vámonos —respondió Miguel de forma escueta.
Salieron a hurtadillas por la puerta de servicio, esquivando a Marc Webb que bailaba en el centro de la pista con una corbata atada en la frente.
El aire fresco de la noche de Los Ángeles los golpeó, pero no apagó el fuego que crecía entre ambos.
Caminaron dos calles, riendo de nada, tropezando con sus propios pasos hasta que el letrero de un hotel boutique de diseño apareció frente a ellos.
Entraron como dos fugitivos, con Miguel usando una de sus tarjetas de crédito negras bajo un nombre falso del fideicomiso, y subieron al ascensor en un silencio cargado de una tensión que casi se podía cortar.
En cuanto la puerta de la habitación se cerró, la realidad quedó fuera.
No había cámaras, no había guiones, no había un sistema de rangos notificando progresos.
Solo estaban ellos dos, pasados de tragos, con la honestidad que solo el exceso y la atracción prohibida pueden forjar.
Zooey se lanzó a sus brazos, y Miguel la recibió con una urgencia que lo sorprendió a él mismo.
Se besaron con una desesperación que no era de Tom y Summer, sino de dos personas que habían estado conteniéndose durante meses.
El beso sabía a whisky y a deseo acumulado.
Las manos de Miguel recorrieron la espalda de Zooey, sintiendo la suavidad de su vestido negro, mientras ella se aferraba a su nuca, perdiéndose en la intensidad que emanaba del chico.
Se movieron hacia la cama, cayendo sobre las sábanas blancas.
Miguel se detuvo un segundo, mirando esos ojos azules que lo habían hipnotizado en el set.
—Zooey…
—dijo él con la voz ronca, acariciándole la mejilla—.
Si fuera un poco mayor…
si tuviera tu edad, te pediría de una que tuviéramos una relación.
Te juro que no te dejaría ir.
Zooey soltó un suspiro trémulo, entrelazando sus dedos con los de él.
La vulnerabilidad en el rostro de Miguel la desarmó.
—Lo sé —respondió ella en un susurro—.
Pero no tenemos esa edad, Miguel.
Tú eres un meteorito que apenas está empezando a arder, y yo…
yo ya estoy en otra etapa.
Esto solo puede ser de una sola vez.
—Una sola vez —repitió Miguel, aceptando la sentencia del destino—.
Entonces hagamos que valga por una vida entera.
Se sumergieron en una danza de caricias y besos lentos.
Miguel usó cada pizca de su sensibilidad desarrollada para leer el cuerpo de Zooey.
No era algo mecánico; era una conexión eléctrica.
Sus labios recorrieron su cuello, sus hombros, mientras ella emitía sonidos bajos que lo volvían loco.
No había nada explícito, solo el roce de la piel, el calor de los cuerpos entrelazados bajo la luz tenue de las lámparas de noche y la sensación de que el tiempo se había detenido.
Zooey se sentía abrumada.
Nunca un hombre la había hecho sentir tan vista, tan deseada no como un objeto, sino como un alma.
Miguel, a pesar de sus 17 años, poseía una maestría en el tacto que la hacía olvidar quién era ella y dónde estaban.
Se decían cosas al oído que nunca se atreverían a decir bajo la luz del sol: secretos de sus miedos, deseos inconfesables y esa admiración mutua que había nacido en las trincheras del rodaje.
Fue una noche de una intensidad devastadora, una burbuja de perfección en medio de un mundo que estaba a punto de colapsar.
La luz de la mañana se filtró por las cortinas, pintando rayas doradas sobre la alfombra.
Miguel abrió los ojos y sintió el peso suave de Zooey durmiendo a su lado.
Se veía hermosa, con el cabello despeinado y una expresión de paz absoluta, una satisfacción que se notaba incluso en su respiración tranquila.
Miguel se quedó mirándola unos minutos.
Su mente, ahora despejada del alcohol, volvió a su estado analítico habitual.
Miguel suspiró.
Sabía que esto era el final.
En el Hollywood de 2008, un actor de 17 años en una relación con una mujer de 28 no sería visto como un romance, sino como un escándalo que destruiría sus carreras antes de empezar.
Él necesitaba ser intocable para ejecutar sus planes financieros y artísticos.
Zooey merecía estabilidad, no el caos que él traía consigo.
Se levantó con cuidado de no despertarla.
Se vistió en silencio, recuperando su armadura de hombre de negocios y estrella en ascenso.
Antes de salir, se acercó a la cama, se inclinó y le dio un beso suave y prolongado en la frente.
—Adiós, Summer —susurró, con un deje de tristeza que no pudo evitar.
Salió de la habitación sin mirar atrás.
En el pasillo, su rostro volvió a ser una máscara de piedra.
Tenía una cita con Julian Vane en unas horas.
El mercado no esperaba a nadie, ni siquiera a los amantes.
(Punto de Vista de Zooey) Zooey abrió los ojos poco después de que la puerta se cerrara.
Ya estaba despierta, pero no había querido abrir los ojos para no enfrentar el momento de la partida.
Se quedó sola en la cama, sintiendo aún el calor de Miguel en las sábanas.
Una sonrisa triste se dibujó en sus labios.
Había sido, sin duda alguna, la mejor noche de su vida.
No solo por el sexo, sino por la conexión.
—Se siente como en la película —pensó con ironía—.
Ahora soy yo la que se queda y él es el que se va.
Me siento como Tom Hansen después de que Summer lo deja.
Se levantó pesadamente, sintiendo la resaca física y emocional.
Se metió en la ducha, dejando que el agua caliente borrara el rastro de la noche anterior, aunque sabía que los recuerdos se quedarían grabados.
Se vistió con la misma ropa de la fiesta, sintiéndose un poco fuera de lugar bajo la luz del día.
Su teléfono comenzó a vibrar sobre la mesita de noche.
Era su agente.
—¿Zooey?
¡Por Dios!
¿Dónde estás?
Marc te ha estado buscando para un par de cosas de post-producción y nadie sabía de ti.
—Tranquila —dijo Zooey, tratando de sonar normal—.
Me pasé de tragos anoche y preferí quedarme en un hotel cerca del Standard para no conducir.
Acabo de despertarme, tomé un poco de agua y voy directo a casa.
Dame una hora.
—Está bien, pero date prisa.
Los rumores en la fiesta decían que te fuiste con Miguel, espero que no sea cierto, sería un desastre para la prensa.
Zooey guardó silencio un segundo, mirando su reflejo en el espejo del hotel.
—No, no es cierto.
Me fui sola.
Solo necesitaba aire.
Colgó el teléfono.
Mintió con una facilidad que la asustó.
Salió del hotel y pidió un taxi.
Mientras el coche avanzaba por Sunset Boulevard, Zooey miraba por la ventana, viendo a los jóvenes caminar por la calle.
Dentro de ella, un pensamiento se repetía como un mantra doloroso: Ojalá fuera diez años menor.
Ojalá el tiempo no fuera tan cruel.
Sabía que Miguel De Boeck no era un chico normal.
Era un hombre atrapado en el cuerpo de un adolescente, un genio que estaba destinado a cosas mucho más grandes que una simple comedia romántica.
Y ella, por una noche, había sido parte de su mundo.
Se prometió a sí misma que guardaría ese secreto para siempre, no por miedo al escándalo, sino para proteger la pureza de lo que habían sentido en esa habitación 404.
El verano había terminado oficialmente.
El rodaje había acabado.
Y ahora, mientras el taxi la llevaba a su vida normal, Zooey sabía que nada volvería a ser igual.
Miguel se había ido a conquistar el mundo, y ella se quedaba con el recuerdo de un beso que sabía a un futuro que nunca podría tener.
Miguel cerró la puerta de su mansión en Malibú y el silencio lo recibió como un manto pesado.
El eco de sus pasos sobre el mármol era lo único que interrumpía la calma de la tarde.
Se desplomó en el sofá de cuero, aún sintiendo el rastro del perfume de Zooey en su cuello y el ligero mareo de la fiesta de despedida.
Por primera vez en meses, no tenía que despertarse al amanecer para ir a un set.
Se quedó mirando el techo, dejando que su mente procesara la velocidad de su nueva vida.
Hace nada era un desconocido en una vida mediocre; ahora, era el protagonista de la película más esperada de la temporada y un fantasma que acechaba Wall Street.
Miguel se levantó para servirse un vaso de agua y se quedó mirando su reflejo en el ventanal que daba al océano.
Sus pensamientos volaron hacia las mujeres que habían marcado su ideal de belleza en su vida pasada.
—Cameron Diaz…
—murmuró con una sonrisa melancólica.
En su vida anterior, siempre había pensado que si hubiera nacido en la época correcta, ella habría sido su perdición.
Le fascinaba esa Cameron de los 90, la de The Mask.
No era solo su físico, era esa sonrisa eléctrica y genuina que parecía iluminar toda la pantalla, una energía vibrante que te hacía sentir que todo era posible.
Luego, su mente saltó a Elizabeth Olsen.
A diferencia de la energía explosiva de Cameron, Elizabeth tenía algo más profundo.
Miguel siempre había sentido debilidad por la forma en que ella sonreía: una mezcla de dulzura extrema y una elegancia natural.
En este 2008, Elizabeth era solo una estudiante, lejos del fenómeno global que llegaría a ser.
—Algún día —se prometió Miguel—.
Pero ahora el mundo es diferente.
Miguel caminó hacia su despacho y encendió su terminal privada.
Sabía que faltaba un mes exacto para que sus posiciones en corto contra Lehman Brothers y Merrill Lynch llegaran a su fecha de liquidación, el 1 de julio.
Al revisar los gráficos, una satisfacción fría recorrió su espina dorsal.
No era una caída estrepitosa todavía, pero el porcentaje bajaba de forma constante, goteando como una herida que no se puede cerrar.
El mercado inmobiliario estaba podrido y los cimientos de los bancos estaban cediendo.
Todo iba exactamente como en sus recuerdos.
Su capital no solo estaba seguro; estaba engordando silenciosamente en las sombras de Lazard & Co.
—Todo está en orden —pensó—.
El sistema no falla.
A pesar del lujo de Malibú, Miguel sintió una punzada de soledad.
Necesitaba reconectar con su origen antes de que la fama total lo devorara.
Revisó una cuenta secundaria donde mantenía unos $500 mil dólares líquidos, fuera de sus grandes inversiones, para gastos personales y emergencias.
Sin dudarlo, entró en un sitio web de viajes y compró dos boletos de avión.
Uno de ida para el día de mañana y otro de regreso para dentro de exactamente dos semanas.
Destino: Guayaquil, Ecuador.
Miguel sabía que no podía permitirse el lujo de desaparecer por meses.
Su estatus legal en Estados Unidos dependía de su visa de talento (O-1), y aunque Ryan y Vane habían blindado sus papeles, estar fuera del país por mucho tiempo podría generar banderas rojas innecesarias ante el Departamento de Estado, especialmente ahora que su nombre empezaba a sonar en las altas esferas.
—Dos semanas —se dijo a sí mismo—.
Tiempo suficiente para abrazar a mi familia, comer algo de mi tierra y recordar por qué estoy haciendo todo esto.
Regresaría justo a tiempo para el 1 de julio.
Regresaría para recoger los frutos del colapso financiero más grande de la historia moderna.
Pero por ahora, el “Tom Hansen” de Hollywood y el tiburón de Wall Street iban a descansar.
Mañana, volvería a ser simplemente Miguel, el chico que regresaba a casa con un secreto de medio billón de dólares en el bolsillo.
Cerró la laptop, se dirigió a su habitación y empezó a empacar una maleta pequeña.
El Pacífico rugía afuera, pero su mente ya estaba escuchando el bullicio de las calles de Guayaquil.
El sol de California apenas empezaba a despuntar sobre el horizonte cuando Miguel terminó de cerrar su maleta de mano.
En la pantalla de su teléfono, el cursor parpadeaba.
Antes de salir hacia el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles (LAX), redactó un mensaje rápido para Ryan Mitchell.
> “Ryan, el rodaje ha terminado y necesito un respiro antes de que empiece la locura de la postproducción y las promociones.
Me voy a Ecuador a visitar a mi familia por dos semanas.
Tengo el teléfono encendido, si surge algo crítico con Vane o con los estudios, avísame de inmediato.
Volveré antes de que termine junio.
No le digas a la prensa dónde estoy.” Miguel envió el mensaje y sintió cómo un peso se levantaba de sus hombros.
Hollywood era una jaula de oro que te exigía estar “encendido” las veinticuatro horas del día.
Necesitaba el anonimato de las calles de Guayaquil para recordar quién era Miguel antes de convertirse en la inversión más rentable de Julian Vane.
El vuelo fue largo, un espacio suspendido en el tiempo donde Miguel alternó entre dormir y observar las nubes.
Al aterrizar en el Aeropuerto José Joaquín de Olmedo, el calor húmedo y pesado de Guayaquil lo golpeó como un abrazo familiar.
Era el olor de su infancia: una mezcla de río, asfalto caliente y comida callejera.
Miguel no quería llegar con las manos vacías, pero tampoco quería aparecer con un séquito de seguridad y trajes de marca que asustaran a sus vecinos.
Quería ser el Miguel de siempre, pero con la capacidad de cambiarles la vida paso a paso.
Antes de tomar un taxi hacia su barrio, hizo un par de paradas estratégicas.
Primero, se dirigió a una ferretería industrial de prestigio.
Su padre siempre había sido un hombre trabajador, un gasfitero que hacía milagros con herramientas oxidadas y remiendos.
Miguel compró el kit de herramientas de gasfitería más completo que encontró: llaves de presión alemanas, cortatubos de precisión, sensores de humedad digitales y una caja de herramientas de acero reforzado que pesaba lo suficiente como para durar tres vidas.
Luego, entró en un centro comercial cercano.
Se dirigió a una de las boutiques de ropa más elegantes y preguntó por una tarjeta de regalo.
—¿Cuál es el monto máximo que puedo cargar?
—preguntó Miguel.
—El que usted desee, señor —respondió la dependienta, mirando con curiosidad al joven que, pese a su ropa sencilla, desprendía un aura de confianza inusual.
Miguel cargó $500 dólares en la tarjeta.
Para los estándares de Guayaquil en 2008, era una fortuna para gastar solo en ropa.
Quería que su madre experimentara por primera vez el placer de elegir lo que quisiera sin mirar la etiqueta del precio.
Finalmente, revisó su mochila: allí estaban los tres teléfonos inteligentes de última generación que había traído de Estados Unidos para su hermana y sus sobrinos, dispositivos que en Ecuador tardarían meses en llegar a las vitrinas.
El taxi se detuvo frente a la casa familiar.
Miguel pagó y se quedó un momento parado en la acera.
La fachada seguía igual, tal vez un poco más desgastada por el sol ecuatoriano, pero con las mismas flores que su madre cuidaba con esmero.
Respiró hondo y golpeó la puerta.
Fue su madre quien abrió.
Se quedó paralizada, con un trapo de cocina en la mano, parpadeando como si estuviera viendo un espejismo.
—¡Miguel!
¡Mi niño!
—el grito de alegría rompió el silencio de la tarde.
El abrazo fue largo y cargado de lágrimas.
Pronto, la casa se llenó de ruido.
Su padre llegó del patio trasero, su hermana salió de la cocina y su sobrina corrio para rodearle la pierna.
Miguel sentía que su corazón, que se había vuelto un poco de piedra en el frío mundo de las finanzas de Los Ángeles, se derretía por completo.
—No nos dijiste que venías, hijo —dijo su padre, estrechándole la mano con fuerza, con los ojos vidriosos—.
Pensamos que estarías ocupado con tus películas.
—Siempre hay tiempo para la familia, papá —respondió Miguel, sonriendo.
Sacó los regalos como quien entrega tesoros.
La reacción fue exactamente lo que esperaba.
Su padre acariciaba las herramientas de acero como si fueran joyas, maravillado por la calidad que nunca había podido costear.
Sus sobrinos gritaban de emoción al ver los teléfonos, encendiéndolos y explorando una tecnología que parecía sacada de una película de ciencia ficción.
—Y esto es para ti, mamá —dijo Miguel, entregándole el sobre con la tarjeta de regalo—.
Mañana vamos a ir al centro comercial.
Quiero que te compres todo lo que te guste.
No acepto un “no” por respuesta.
Su madre miró la tarjeta y luego a él, con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Hijo, esto es mucho…
—Es poco, mamá.
Es solo el comienzo de todo lo que les voy a dar —sentenció Miguel con una suavidad que no admitía discusión.
Esa noche, Miguel se retiró a su antigua habitación.
Al entrar, se sorprendió.
Todo estaba exactamente igual que el día que se fue: sus pocos libros, sus pósters viejos, su cama estrecha.
Lo único diferente era que no había ni una pizca de polvo.
Su madre la había mantenido impecable, como un santuario esperando el regreso del guerrero.
Se sentó en la cama y miró sus manos.
En este cuarto, hace no mucho, él solo era un chico con sueños imposibles.
Ahora, era un hombre que estaba haciendo caer bancos y construyendo una leyenda en la gran pantalla.
“Lo estoy haciendo”, pensó.
“El dinero es poder, y el poder es la seguridad de que mi familia nunca más tendrá que preocuparse por una tubería rota que no pueden arreglar o una factura de luz que no pueden pagar”.
Recordó su vida pasada, la sensación de impotencia ante la escasez.
Pero también recordó por qué había elegido este camino.
Siempre quiso ser actor.
Quería vivir mil vidas, y en esta reencarnación, estaba viviendo la más extraordinaria de todas.
Los siguientes catorce días fueron un bálsamo para el alma de Miguel.
Se desconectó del mundo.
No hubo llamadas de Vane, ni correos de Ryan.
Acompañó a su madre al centro comercial, tal como prometió.
Fue una tarde que Miguel atesoraría siempre.
Ver a su madre caminar por los pasillos, dudando al principio en tocar las telas finas, y luego verla sonreír mientras se probaba vestidos que la hacían ver como la reina que él sabía que era.
Gastaron la tarjeta de regalo completa y Miguel terminó pagando un extra, cargado de bolsas y de una felicidad que ningún Oscar podría igualar.
Se fueron de paseo a la playa, a Salinas.
Miguel alquiló una casa frente al mar por unos días, permitiendo que su sobrina jugara en la arena mientras él conversaba con su padre bajo el sol.
Hablaron de cosas simples: de fútbol, de la comida, de los vecinos.
Su padre no preguntaba mucho por el dinero; para él, lo importante era que su hijo seguía siendo el mismo chico respetuoso de siempre.
Sin embargo, Miguel sabía que su tiempo se agotaba.
Cada vez que revisaba las noticias locales, veía los ecos de la crisis financiera global llegando a las costas de Sudamérica.
Sabía que en Nueva York, los hombres de traje estaban sudando frío mientras él comía un encebollado en una esquina de Guayaquil.
La última noche, Miguel se quedó en el balcón de la casa, mirando las luces de la casas.
El 15 de junio estaba cerca.
El 1 de julio, el día de la gran liquidación, se aproximaba como un tren de carga.
—Hijo —dijo su madre, acercándose con una taza de café—.
¿Cuándo tienes que irte?
—Mañana temprano, mamá.
Mi visa no me permite estar fuera mucho tiempo y tengo compromisos que no pueden esperar.
—Te vas a volver una estrella muy grande, ¿verdad?
—preguntó ella, acariciándole el cabello.
—Eso parece.
Pero no importa cuán grande sea, siempre voy a volver aquí.
Este es mi anclaje.
Miguel sabía que el descanso había terminado.
Estas dos semanas le habían devuelto la humanidad que Hollywood intenta arrebatarte.
Había recargado energías para lo que venía: el estreno de 17 Otra Vez, el caos de 500 Days of Summer y, sobre todo, el momento en que sus apuestas en corto lo convertirían en uno de los hombres más poderosos del planeta.
Al día siguiente, tras una despedida llena de promesas de volver pronto, Miguel subió al avión.
Mientras Guayaquil se hacía pequeña bajo el ala del aparato, Miguel cerró los ojos.
El “descanso normal” había terminado.
“Prepárate, Wall Street”, pensó.
“Miguel De Boeck está regresando.
Y esta vez, no voy a dejar prisioneros”.
El avión puso rumbo al norte, hacia Los Ángeles, hacia el 1 de julio, hacia el destino que él mismo había escrito con sangre, sudor y algoritmos financieros.
📝 +——————————-+ Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir.
Intentaré subir dos capitulos por semana, si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com