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Nuevo inicio - Capítulo 20

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20: Capítulo 19 20: Capítulo 19 🏛️ Capítulo 19: El Saldo del Juicio Final La Perspectiva de Julian Vane: El Centinela del Caos Nueva York, 1 de julio de 2008.

Las oficinas de Lazard & Co.

no se sentían como un centro de negocios; se sentían como un centro de mando militar en medio de una invasión silenciosa.

Julian Vane, un hombre que había sobrevivido a tres crisis sistémicas, estaba de pie frente a su terminal Bloomberg.

El reflejo de los números rojos bailaba en sus cristales, pero sus manos no temblaban.

—Es una masacre —susurró Vane.

Se giró hacia su escritorio, donde reposaban los contratos de Miguel De Boeck.

Durante meses, desde aquel 17 de marzo donde el joven apareció con una convicción aterradora, Vane había observado cómo el capital se movía con una precisión que desafiaba la teoría del caos.

No era suerte; era como si Miguel estuviera leyendo un periódico del futuro.

Vane tomó su pluma y terminó de cuadrar el informe de los apalancamientos masivos que Miguel había ordenado.

El Informe del Desastre: Los Pilares del Corto Vane revisó los datos impresos sobre su mesa.

El éxito de Miguel se basaba en haber identificado los puntos de ruptura del sistema financiero estadounidense en el momento exacto.

Los contratos habían llegado a su fecha de ejecución y, por órdenes previas de seguridad, el sistema los había liquidado automáticamente al tocar los objetivos de caída.

| Activo / Instrumento | Fecha Inicio | Capital Inicial | Apalancamiento | Caída del Activo (Liquidación) | Beneficio Neto (Ya Liquidado) | |—|—|—|—|—|—| | Lehman Brothers (Short) | 17 de Marzo | $304,000,000 | x8 | -52% | $1,264,640,000 | | Merrill Lynch (Short) | 17 de Marzo | $100,000,000 | x6 | -45% | $270,000,000 | | ETFs Sector Financiero | 17 de Marzo | $100,000,000 | x7 | -35% | $241,000,000 | Vane suspiró, sintiendo que el aire le faltaba.

El beneficio bruto de las operaciones cerradas era de $1,775,640,000.

Sumando el capital inicial de Miguel, el saldo en la cuenta de custodia era una cifra que mareaba a cualquiera.

—Señor Vane —la voz de su secretaria, Sarah, sonó a través del intercomunicador—, el señor De Boeck y el señor Mitchell han llegado.

Miguel estaba sentado en la pulcra sala de espera.

A su lado, Ryan Mitchell parecía haber envejecido diez años.

Ryan miraba la pantalla de noticias del televisor, donde los titulares gritaban sobre el pánico en Wall Street.

—Miguel, la gente está perdiendo todo —susurró Ryan—.

Y nosotros estamos aquí sentados…

—No te confundas, Ryan —respondió Miguel con una voz gélida—.

Yo no empujé a nadie.

Los bancos construyeron sus propios rascacielos sobre arena.

Yo solo aposté a que la gravedad haría su trabajo.

La puerta se abrió y Julian Vane apareció.

Su rostro, usualmente impasible, mostraba una mezcla de reverencia y un cansancio profundo.

—Pasen, por favor.

Al entrar, Vane no perdió tiempo.

Cerró la puerta y les entregó una carpeta de cuero.

Miguel la abrió y leyó los números que Vane había calculado meticulosamente.

—Miguel, ya está hecho —dijo Vane, sentándose con pesadez—.

Tal como ordenaste por protocolo de seguridad, las posiciones se liquidaron al cierre de la sesión de ayer y la apertura de hoy.

Los cortos han terminado.

El dinero ya no está “en juego”; está en tu cuenta.

Vane hizo una pausa para dejar que la magnitud de la cifra se asentara en la habitación.

—Tu saldo total disponible, después de capitalizar las ganancias y deducir mis comisiones de gestión, es de $1,775,640,000.00.

Eres, oficialmente, uno de los hombres más líquidos del mundo en este momento.

Ryan soltó un sonido ahogado, como si se hubiera quedado sin oxígeno.

Miguel, por el contrario, ni siquiera parpadeó.

Sus ojos recorrieron la cifra de mil seiscientos millones con una frialdad analítica, todo gracias a su plantilla.

—Bien —dijo Miguel simplemente—.

El capital está seguro.

Vane se inclinó hacia adelante, entrelazando los dedos.

Sus ojos brillaban con la curiosidad de un hombre que sabe que tiene a un genio frente a él.

—Ahora que los cortos han terminado y tienes el efectivo, la pregunta es: ¿qué sigue?

—Vane deslizó una segunda hoja por el escritorio—.

Como veo que tienes un instinto…

o una suerte que escapa a mi comprensión, me he tomado la libertad de listar los posibles próximos cortos si decides que quieres seguir apostando a la caída.

Porque, créeme, esto aún tiene espacio para bajar más.

Vane señaló los nombres en la lista: * AIG (American International Group): El gigante de los seguros está podrido por dentro.

Si los bancos no pueden pagar, ellos colapsarán.

* Washington Mutual: Tienen una fuga de depósitos masiva.

Es el próximo banco minorista en caer.

* Fannie Mae & Freddie Mac: El mercado hipotecario los va a devorar antes de que el gobierno pueda siquiera pensar en un rescate.

—Ahí tienes, Miguel —continuó Vane—.

Mil setecientos millones de dólares.

Puedes retirarte ahora mismo, comprar una isla y desaparecer del mapa.

O puedes usar este saldo como pólvora para la siguiente fase.

¿Seguimos con los cortos?

¿O tienes otro plan en esa cabeza tuya?

Miguel se recostó en la silla de cuero, dejando que el silencio se apoderara de la oficina.

Miró la lista de Vane, luego miró por la ventana hacia el horizonte de Manhattan, donde el sistema financiero que todos conocían se estaba desmoronando ladrillo a ladrillo.

Tenía el dinero para comprar cualquier estudio de cine mediano y quedarse con dinero, para financiar cualquier película de su cuaderno, para ser el dueño de su propia narrativa.

Pero también sabía que el pánico apenas estaba comenzando, y que en el caos absoluto, el que tiene el efectivo es el rey.

Miguel se quedó en silencio, con la mirada perdida en los nombres de AIG y Washington Mutual, calculando las variables de su próximo movimiento.

El silencio en la oficina de Julian Vane era denso, casi sólido.

Ryan Mitchell miraba a Miguel como si estuviera viendo a un extraño, alguien que hablaba de billones de dólares con la misma naturalidad con la que se pide un café.

Miguel, por su parte, tenía la vista clavada en el informe de mercado, pero su mente estaba meses adelante, visualizando el colapso que el mundo aún se negaba a aceptar por completo.

Miguel se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio de caoba.

—Julian, con estos 2.279 billones de dólares ya sé exactamente cómo moverme —comenzó Miguel, su voz era un hilo de acero—.

He estado observando la tendencia todos estos meses y, viendo que todo va de bajada, quiero posicionarme agresivamente antes de que ocurra un evento de estrés crediticio masivo.

Los próximos meses van a ser determinantes.

Vane asintió, tomando una libreta para anotar.

Sabía que Miguel no improvisaba.

—He investigado por mi cuenta y he cruzado datos con tus informes —continuó Miguel—.

De lo que tenemos, vamos a utilizar 1.279 mil millones de dólares exclusivamente para comprar CDS (Credit Default Swaps) sobre Lehman Brothers, AIG y el índice ABX.

Con el nivel de capital que manejo ahora, ¿cuál es el máximo apalancamiento que Lazard me puede ofrecer?

Vane se frotó la barbilla, calculando los riesgos regulatorios.

—Miguel, eres un cliente VIP de primer nivel.

Has generado beneficios históricos en tiempo récord.

Normalmente no pasamos de x20 para operaciones de este volumen sobres los CDS, pero dadas tus garantías y tu historial…

podemos ofrecerte entre x20 y x25.

Tú eliges el nivel de riesgo.

Miguel no dudó.

—Vamos con un x20 para los CDS.

Quiero una posición masiva.

Si el sistema se tensa, esos seguros de impago van a valer oro.

Julian tragó saliva.

Un apalancamiento de x20 sobre 1.2 mil millones significaba que Miguel estaba controlando una posición nocional de 24 mil millones de dólares.

—Entendido —dijo Vane con la mano temblorosa—.

¿Y el resto?

—800 Millones de dólares —prosiguió Miguel con frialdad— los utilizaremos para abrir nuevas posiciones en corto (short) contra las acciones de los bancos que están en la cuerda floja: Merrill Lynch, WaMu, Lehman, Citigroup y Goldman/Morgan.

Para esto, usaremos un apalancamiento de x8.

Miguel dictó la distribución con una precisión quirúrgica: * 25% en corto contra Lehman Brothers.

* 25% contra Citigroup.

* 20% contra Washington Mutual (WaMu).

* 15% contra Merrill Lynch.

* 15% contra Goldman Sachs/Morgan Stanley.

—El dinero restante que queda en la cuenta —añadió Miguel— se mantendrá como liquidez de reserva.

Si el mercado tiene un rebote inesperado o si mi “suerte” se acaba, utilizaremos eso para cubrir los márgenes y evitar que nos cierren las posiciones.

Miguel se recostó en la silla, mirando fijamente a Vane.

—Este es el plan de seguimiento, Julian.

Desde hoy, 1 de julio, quiero que ejecutes todo.

El 1 de agosto me das el primer informe de cómo van los cortos y los CDS.

Luego, el 7 de agosto, quiero que me llames de nuevo con una actualización detallada.

Si para entonces no hemos perdido capital y la tendencia sigue a nuestro favor, mantendremos la inversión hasta el 5 de septiembre.

Vane anotó las fechas con rigor.

—Es un calendario apretado, Miguel.

¿Planeas cerrar todo en septiembre?

—Posiblemente —respondió Miguel—.

Los informes dicen que estos bancos podrían seguir a la baja hasta inicios del próximo año, enero o febrero, si es que nadie los rescata.

¿Tú qué piensas, Julian?

Vane suspiró, mirando sus propias proyecciones.

—Honestamente, coincido.

El contagio es sistémico.

A menos que la Reserva Federal intervenga de una manera nunca antes vista, el desangre continuará hasta el primer trimestre de 2009.

—Si ambos pensamos lo mismo, entonces mi estrategia es conservadora —concluyó Miguel—.

Cerraré como máximo en septiembre.

A partir de esa fecha, estaré a full con mi carrera de actor.

Tendre posiblemente un trabajo.

No tendré tiempo para seguir investigando noticias bancarias cada hora.

Así que, Julian, tú serás mis ojos.

Llámame e intentaremos cerrar las posiciones en el momento exacto que yo te indique.

Julian Vane cerró su libreta y se puso de pie, extendiendo la mano hacia el joven que acababa de rediseñar el mapa de su fortuna.

—Acepto los términos, Miguel.

Ejecutaré las órdenes de inmediato.

Para cuando salgas de este edificio, estarás posicionado en la mayor apuesta individual que he visto en mi carrera.

Miguel estrechó su mano con un apretón firme.

Ryan Mitchell, que había permanecido en silencio tratando de procesar que Miguel ahora manejaba posiciones de miles de millones, se puso de pie mecánicamente, todavía un poco pálido .

—Vamos, Ryan —dijo Miguel, guardando su teléfono—.

Tenemos una película que buscar y una industria que conquistar.

Ambos salieron de la oficina.

Al caminar por el pasillo de Lazard & Co., Miguel notó que los corredores de bolsa ya no lo miraban con curiosidad, sino con un respeto teñido de miedo.

Sabían que el chico del traje impecable era el que estaba ganando mientras el mundo ardía.

Al salir a la calle, el calor de julio en Nueva York los recibió.

Miguel se puso sus gafas de sol y miró hacia el cielo, entre los rascacielos.

—¿Estás bien, Ryan?

—preguntó Miguel mientras caminaban hacia el coche que los esperaba.

—Solo estoy intentando recordar cómo se respira, Miguel —respondió Ryan con una risa nerviosa—.

Acabas de apostar más dinero del que existe en la mayoría de los países pequeños.

Si esto sale bien…

—Saldrá bien, Ryan.

El sistema está construido sobre mentiras, y yo solo estoy comprando la verdad.

Miguel entró en el coche y cerró la puerta.

Mientras el vehículo se alejaba de Wall Street, él sabía que el reloj ya estaba corriendo.

De aquí al 5 de septiembre, su vida dejaría de ser la de un simple actor para convertirse en la de un hombre con el poder de comprar Hollywood entero.

El 1 de agosto sería la primera prueba de fuego, pero Miguel no tenía miedo.

Él ya conocía el final de esta historia.

+————————+ En los niveles superiores del edificio de 20th Century Fox en Century City, el aire acondicionado zumbaba con una eficiencia silenciosa que contrastaba con la tensión productiva de la sala de juntas.

Sobre la mesa de cristal, varios informes de postproducción y cortes preliminares de 17 Otra Vez descansaban junto a tazas de café humeante que nadie parecía tocar.

Thomas Rothman, copresidente de Fox Filmed Entertainment, observaba la pantalla gigante al final de la sala.

Acababan de ver una secuencia editada: el momento en que el personaje de Miguel, habitando el cuerpo joven de Mike O’Donnell, tiene una confrontación emocional con su hija en la ficción.

La actuación era tan orgánica, tan cargada de una madurez que no correspondía a su rostro adolescente, que la sala permaneció en un silencio sepulcral durante varios segundos después de que la pantalla se fuera a negro.

—Es fascinante —rompió el silencio uno de los productores ejecutivos, ajustándose las gafas—.

Ese chico, Miguel…

no actúa como un principiante a sus 17 años.

Tiene una presencia en pantalla que recuerda a los grandes de los setenta.

No es solo un “rompecorazones” para adolescentes; tiene una profundidad que te hace olvidar que es su primer papel protagónico.

Rothman asintió, tamborileando los dedos sobre la mesa de caoba.

—Fue el mayor acierto de casting de este año.

Al principio, muchos en la junta pensaron que darle el papel principal a un desconocido, incluso con el respaldo de Matthew Perry, era un riesgo innecesario.

Pero después de ver el corte casi final, queda claro: Miguel De Boeck es el alma de esta película.

Su química con el resto del elenco es lo que la eleva de una simple comedia de instituto a algo mucho más sólido.

La directora de marketing, una mujer de mirada afilada llamada Karen, intervino desplegando un gráfico de proyecciones sobre la mesa.

—Lo que más me intriga es el “factor misterio” —dijo Karen—.

Aunque no lo hemos promocionado activamente, el interés por él en los círculos internos está creciendo.

Es un lienzo en blanco.

El público no tiene prejuicios sobre él, lo que nos permite moldear su imagen desde cero como la próxima gran estrella de Hollywood.

—Bien —dijo Rothman, enderezándose y tomando el control de la reunión—.

Hablemos de logística.

El proceso de edición está al 50%.

Los efectos visuales de transición de edad están listos y la banda sonora está en su fase final de mezcla.

Necesitamos una fecha que nos permita dominar la taquilla antes de que el mercado de verano se sature con las secuelas de siempre.

Tras revisar el calendario de estrenos de la competencia —analizando los movimientos de Warner Bros y Disney—, Rothman señaló una fecha específica con su bolígrafo plateado.

—La fecha oficial de estreno será el 17 de abril de 2009.

Queremos que sea el gran estreno de primavera.

Pero antes de lanzar la maquinaria de marketing de millones de dólares, necesitamos datos empíricos.

Programen una proyección de prueba (test screening) para el próximo mes.

Quiero a un grupo de control de jóvenes, entre 15 y 25 años.

Si ellos reaccionan como nosotros, tenemos un fenómeno global entre manos.

La reunión terminó con una nota de optimismo cauteloso.

Los ejecutivos salieron de la sala con la certeza de que tenían un producto ganador.

Antes de retirarse a su oficina, el jefe de producción llamó directamente a la agencia ICM para comunicarse con el representante de Miguel.

Ryan Mitchell estaba en su oficina, rodeado de guiones que ya no le parecían lo suficientemente buenos para su cliente, cuando su teléfono personal sonó.

Al ver el identificador de llamadas de Fox, sintió esa descarga de adrenalina que solo los grandes negocios provocan.

—¿Ryan Mitchell?

Hablamos de Fox.

Tenemos humo blanco sobre el proyecto de Miguel.

Durante los siguientes quince minutos, Ryan escuchó con atención, tomando notas rápidas en un bloc de notas legal.

Cuando colgó, se quedó mirando el teléfono durante un momento, procesando la información.

La maquinaria de Hollywood finalmente se ponía en marcha para Miguel De Boeck, y las fechas encajaban de una manera casi poética con sus planes financieros.

Sin perder un segundo, marcó el número privado de Miguel.

Sabía que su cliente valoraba la eficiencia por encima de las formalidades.

—¿Miguel?

Tengo noticias frescas de Fox —dijo Ryan, tratando de mantener un tono profesional, aunque la emoción era evidente—.

Acaban de terminar la reunión de ejecutivos de alto nivel.

Ya han fijado el destino de 17 Otra Vez.

Miguel, que estaba en su casa de Malibú, probablemente aprovechando la soledad para estudiar o para seguir de cerca las caóticas gráficas de Wall Street que tanto le interesaban, respondió con su habitual calma: —Te escucho, Ryan.

¿Cuál es el veredicto del estudio?

—Están eufóricos, Miguel.

Dicen que tu interpretación es lo que realmente sostiene el peso emocional de la cinta.

Han fijado la fecha de estreno oficial para el 17 de abril de 2009.

Es una fecha estratégica, justo antes de los grandes blockbusters de mayo, lo que te da espacio para dominar la conversación durante semanas.

Fox va a poner toda su maquinaria publicitaria detrás de ti.

Ryan hizo una pausa, pasando a la parte más crítica del proceso inmediato.

—Pero, como es habitual, antes de que empiecen a imprimir los carteles, hay un paso obligatorio: el Test Screening.

El próximo jueves van a realizar una prueba de audiencia.

Van a meter a un grupo de jóvenes en una sala de cine, gente que no sabe nada de ti ni de la película.

Van a proyectar el corte preliminar para medir sus reacciones reales.

Van a cronometrar las risas, observar los momentos de distracción y evaluar qué tanto se conectan contigo.

Miguel permaneció en silencio un segundo.

Ryan sabía que Miguel no temía a las críticas; el chico tenía una confianza casi gélida en su trabajo, una seguridad que Ryan nunca había visto en alguien tan joven.

—El 17 de abril…

—repitió Miguel—.

Es una fecha sólida.

Da tiempo suficiente para que la postproducción sea perfecta.

¿Y qué esperan de mí para esa prueba?

—Nada, por ahora —respondió Ryan—.

Los productores quieren que sea una prueba “ciega”.

No quieren que el público sepa que eres un nuevo talento que el estudio está protegiendo; quieren ver si tu carisma funciona por sí solo, sin ayudas externas.

Pero yo estaré ahí, en la parte de atrás de la sala, observando cada gesto de esos chicos.

Si esto explota como creo que lo hará, prepárate.

Porque después de agosto, tu anonimato se va a evaporar.

—Entendido, Ryan.

Gracias por el aviso.

Mantente cerca de los editores, quiero saber qué feedback dan esos jóvenes en la prueba —dijo Miguel antes de colgar.

Ryan dejó el teléfono y se reclinó en su silla de cuero.

Miró por la ventana hacia las colinas de Hollywood.

Miguel De Boeck no era un actor normal.

Mientras otros jóvenes de su edad estarían celebrando la noticia yéndose de fiesta a Sunset Strip, Miguel probablemente estaba restando los días para que su apuesta contra los bancos se liquidara o practicando en ese nuevo piano que había comprado.

A Ryan le divertía el hecho de que el estudio estuviera tan intrigado por el “misterio” de Miguel.

Lo que ellos no sabían era que ese misterio era real y mucho más profundo de lo que podían imaginar.

Nadie en Fox asociaba a Miguel con los videos musicales de YouTube o la animación del chico caminando hacia la ciudad; Miguel había sido extremadamente cuidadoso en mantener esas dos facetas separadas.

Para el mundo, el “Sr.

M” era un fantasma musical, y Miguel De Boeck era una promesa actoral.

—Abril de 2009 —susurró Ryan—.

Para esa fecha, entre los estrenos y los billones que está moviendo con Vane, este chico no va a ser solo una estrella.

Va a ser una institución.

Ryan sabía que la prueba de audiencia sería un éxito rotundo.

Lo había sentido en el set.

La forma en que Miguel se movía frente a la cámara, esa extraña mezcla de juventud física y sabiduría antigua en su mirada…

era algo que el público devoraría.

Pero lo que más le inquietaba a Ryan no era la fama que venía, sino la escala de lo que Miguel estaba construyendo en las sombras.

Un actor con talento es peligroso, pero un actor con talento y dos billones de dólares en el banco es algo que Hollywood nunca ha visto y para lo que definitivamente no está preparado.

Ryan tomó su agenda y marcó el próximo jueves con letras grandes.

El juego estaba entrando en su fase más crítica, y Miguel De Boeck estaba moviendo las piezas con una precisión que rozaba la perfección.

+—————-+ La mañana en Malibú era inusualmente fresca.

Ryan Mitchell llegó a la mansión de Miguel poco después del amanecer, con el sonido de las olas rompiendo contra las rocas como banda sonora de fondo.

Traía consigo una carpeta llena de planes de prensa tradicionales: entrevistas en programas de entrevistas, sesiones de fotos para revistas de adolescentes y un cronograma de apariciones en alfombras rojas.

Se sentaron en la terraza, con la brisa marina revolviendo las hojas de los documentos de Ryan.

—Miguel, ayer te di la fecha de estreno —comenzó Ryan, quitándose las gafas de sol—.

Ahora viene la parte difícil.

Fox quiere empezar con la maquinaria.

Necesitamos que el público te conozca, que pongan un nombre a ese rostro antes de que vean el primer tráiler oficial de 17 Otra Vez.

El marketing tradicional dicta que deberíamos empezar con una exclusiva en People o Entertainment Weekly.

Miguel escuchaba con calma, con la mirada fija en el horizonte.

Se recostó en su silla, dejando que un silencio reflexivo se apoderara del espacio antes de responder.

—Eso es lo que todos esperan, Ryan —dijo Miguel finalmente—.

Pero si hacemos lo que todos hacen, seré solo otro actor joven del montón.

Quiero que la gente me busque, no que yo les suplique atención.

Como te dije antes, ya tengo la infraestructura lista.

Vamos a usar mi canal de música.

Ryan frunció el ceño, cerrando la carpeta de prensa.

—Hablas de “M”, el canal de YouTube.

¿Quieres revelar que eres tú ahora mismo?

—No de golpe —corrigió Miguel—.

Vamos a jugar con la curiosidad.

La semana que viene subiré un nuevo video.

Pero esta vez no será una animación.

Estaré yo, tocando la guitarra en esta misma sala, pero llevaré una máscara.

Quiero que vean mi cuerpo, mi estilo, mi forma de tocar, pero que el rostro siga siendo una incógnita.

Eso mantendrá a los fans del Sr.

M teorizando durante semanas.

Ryan asintió lentamente, visualizando el impacto visual.

—Es arriesgado, pero genera una mística que el marketing tradicional no puede comprar.

—Hay más —continuó Miguel—.

La siguiente semana haré un video en directo.

Un Q&A (preguntas y respuestas).

No diré mi nombre, solo diré que soy un actor debutante y que mi primera película se estrena en abril.

No daré el título de la película, solo la fecha.

Quiero que los usuarios empiecen a unir los puntos por su cuenta.

La gente ama resolver misterios; si les das la respuesta masticada, se aburren.

Miguel se levantó y empezó a caminar por la terraza, detallando la fase dos de su plan estratégico.

—Para principios de septiembre, lanzaré una cuarta canción.

En ese video, me verán tocando, todavía con máscara o con sombras, pero usaré la misma camisa a cuadros que usa mi personaje, Mike O’Donnell, en las escenas clave de la película.

Un guiño sutil.

Y para octubre…

—Miguel hizo una pausa con una sonrisa enigmática—, invitaré a Matthew Perry.

Ryan casi suelta su café.

—¿Matthew?

¿Quieres que él se revele contigo?

—No.

Quiero que aparezca en el fondo, desenfocado, caminando casualmente por la habitación mientras yo toco.

Los fans de Friends y de Matthew lo reconocerán al instante.

El video se volverá viral en segundos.

La prensa empezará a preguntar qué hace Matthew Perry con el músico más misterioso de internet.

Y para cuando Fox lance el tráiler oficial de la película en noviembre, el público ya estará obsesionado con saber quién es el chico detrás de la máscara que Matthew Perry apadrina.

Miguel miró a Ryan con intensidad.

—Lleva estas ideas a Fox.

Diles que es una campaña de guerrilla digital.

Si ellos tienen mejores ideas o quieren ajustar los tiempos, estoy dispuesto a escucharlos, pero la base es esta: el misterio es nuestro mayor activo.

Ryan Mitchell permaneció en silencio, asimilando la magnitud de la jugada.

Miguel no solo estaba planeando su carrera como actor, estaba diseñando un fenómeno cultural interconectado.

—Es brillante, Miguel.

Realmente brillante —admitió Ryan, poniéndose de pie—.

Fox podría estar asustado al principio porque no tienen el control total, pero cuando vean los números de visualizaciones que estás manejando, no tendrán otra opción que aceptar.

Me voy ahora mismo a Century City para hablar con Rothman.

Ryan se despidió, dejando a Miguel solo en la inmensidad de su mansión.

Con la partida de su agente, el silencio regresó, pero la mente de Miguel no descansaba.

Ahora que el rodaje había terminado y sus finanzas estaban en manos de Vane, tenía algo que rara vez un actor de su calibre posee: tiempo libre y libertad creativa absoluta.

Miguel se dirigió a su despacho y encendió su computadora.

No entró en redes sociales ni en sitios de noticias de celebridades.

Entró en las bases de datos de la industria, investigando qué proyectos estaban en fase de preproducción en los grandes estudios.

—Veamos qué está cocinando la competencia —murmuró.

Sus dedos volaban sobre el teclado.

Revisó los anuncios de Warner Bros., Universal y Paramount.

Sabía que la crisis financiera de 2008 pronto obligaría a muchos estudios a cancelar proyectos o a buscar financiación externa.

Encontró menciones sobre un proyecto de Christopher Nolan que aún estaba en las sombras, algo llamado provisionalmente “Oliver’s Arrow”, que él sabía que terminaría siendo Inception.

También vio notas sobre una película biográfica sobre Facebook que David Fincher estaba empezando a considerar.

Miguel tomó su cuaderno de cuero y empezó a hacer anotaciones.

“Septiembre: Cerrar cortos bancarios.

Octubre: Lanzamiento viral con Matthew.

Noviembre: Preparar audición para Fincher o Nolan.” Su mirada se endureció.

Sabía que su éxito en 17 Otra Vez le abriría las puertas de la fama comercial, pero su verdadera meta era la excelencia artística y el control total de la industria.

Con los billones que estaba acumulando en Wall Street, pronto no tendría que pedir permiso para actuar en las películas que quería; podría comprarlas antes de que el guion terminara de escribirse.

Se levantó y caminó hacia el ventanal.

El sol de California brillaba con fuerza, pero sus pensamientos estaban en la oscuridad de las salas de cine y en la frialdad de las hojas de cálculo.

—El marketing de la curiosidad —susurró Miguel para sí mismo—.

Primero que se pregunten quién soy.

Luego, que se pregunten cómo es que soy dueño de todo.

Cerró los ojos, visualizando el video de la próxima semana.

Podía verse a sí mismo con la máscara, tocando la guitarra, siendo el centro de atención del mundo sin que nadie supiera su nombre.

El juego apenas comenzaba, y Miguel De Boeck no tenía intención de perder un solo movimiento.

📝 +——————————-+ Ojalá le guste está historia la verdad es que no sabía que escribir, y como en los anteriores no parecía que les gusta o no había comentarios los dejé y me puse a pensar que sería bueno escribir.

Intentaré subir dos capitulos por semana (Lunes si no pasa nada), si les gusta comenten y si no también, igual no soy escritor y siempre quise escribir una historia de regresión, hacer todo lo que no me atrevi en mi vida por miedo al fracaso.

Like si te gusta y like si no 😂

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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