Nuevo Mundo con Cuatro Esposos - Capítulo 650
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Capítulo 650: ¿Quién?
—Tú… —Jonathan parpadeó, quitando la mano de la cabeza de Coco y poniéndose delante de ella.
Cleora enarcó una ceja y, a sus espaldas, oyó cerrarse la puerta principal. —¿A qué viene esa postura protectora, hijo mío? ¿Por qué parece que no quieres que se lleven a ese hombre horrendo para interrogarlo?
—No es eso, señora. —Jonathan tragó saliva con dificultad, y su cuerpo se puso rígido—. Está bastante claro que es usted alguien poderosa, pero no estoy seguro de quién.
—¿Cuánto te ha contado mi hija? —preguntó Cleora, ladeando la cabeza, pero rápidamente la giró para mirar hacia la puerta principal, con los ojos entrecerrados—. ¿Qué haces aquí?
Antes de que Coco o Jonathan pudieran preguntarse con quién hablaba, Sinclair apareció de repente en escena.
—Maestro. —El híbrido pasó junto a Cleora y se apresuró a arrodillarse frente a Coco—. ¿Está bien? Sentí pánico y percibí peligro. No me lo pensé dos veces, abandoné mi puesto y volé hasta aquí.
Coco examinó a Sinclair de la cabeza a los pies, pero su mirada se posó en cómo le subía y bajaba el pecho, lo que indicaba que estaba sin aliento.
—Estoy bien —le aseguró Coco a su familiar, bajando la voz a un suave susurro—. Me dieron un puñetazo, pero no me dolió tanto. Por otro lado, creo que me pasé con la defensa propia porque quedó inconsciente…
La expresión de alivio en el rostro de Sinclair fue inmediata e hizo que Coco se diera cuenta de que debía de haber estado profundamente preocupado para haber venido corriendo a su casa.
Sin embargo, lo que decía era verdad: sí que le habían dado un puñetazo y, claro, la dejó sin aliento, pero, aparte de eso, no sintió dolor. Al contrario, la enfadó un poco, lo que hizo que no pudiera evitar contraatacar.
No es que pensara que fuera necesario matar al hombre, pero tal vez hacerle algunos moratones no estaría de más…
—Ese bruto ha tenido el descaro de hacerle esto a mi Maestro —murmuró Sinclair, mientras sus ojos recorrían el cuerpo encorvado de Coco y analizaban su ropa hecha jirones por la brusquedad del hombre.
—¿Pero quién se cree que es? —gruñó el híbrido, apretando las manos alrededor de las de Coco mientras fruncía el ceño.
En lugar de ceder a la ira de Sinclair, se giró hacia su madre y le lanzó una mirada recelosa. —Mamá, ese hombre dijo algo sobre que la Baronesa le dio la orden.
Jonathan, Sinclair y Cleora se tensaron simultáneamente al oír quién era la posible autora intelectual del ataque.
Cleora frunció el ceño. —Parece que tendré que hacerle una visita yo misma.
—¿Hacerle una visita, dice? —Sinclair giró bruscamente la cabeza en dirección a la mujer mayor, con los ojos brillantes y muy abiertos de alegría—. ¿Le importaría que la acompañara? A mí también me gustaría hacerle una visita.
—Es tu decisión. —Cleora no le dio más importancia al asunto y caminó hacia el sofá.
—Pero no me iré de la ciudad hasta que sepa que mi hija está a salvo —declaró Cleora sin rodeos, con la mirada fija en el rastro de lágrimas secas en la cara de Coco—. Hablando de eso, hay algo de lo que quería hablar contigo, mi amor.
—¿Hablar de…?
Jonathan y Sinclair entendieron lo que la mujer mayor quería que hicieran, pero a ninguno de los dos le agradaba la idea de obedecerla.
—Voy a ver cómo está Renaldo un momento. —Jonathan decidió ser el más maduro y habló, dirigiéndose a grandes zancadas hacia el pasillo—. Llámeme cuando haya terminado, señora.
Cleora desvió su mirada hacia el híbrido, con una ceja enarcada.
Sinclair le devolvió la mirada, con sus ojos rojos llenos de desafío, pero al pensar en el hecho de que era la madre de su Maestro, la persona que dio a luz a un ser tan increíble…
Suspiró y se levantó lentamente. —Hablaré con Renaldo y Jonathan. Con su permiso.
Cleora observó cómo el híbrido se dirigía a la entrada de la sala de estar, pero de repente se detuvo y le lanzó una mirada por encima del hombro. —Si ella necesita algo, por favor, llámeme de inmediato.
—Lo haré, Sin —respondió Coco, curvando ligeramente los labios—. No te preocupes ahora, ¿vale?
La expresión de Sinclair se suavizó y se dio la vuelta antes de inclinarse hacia delante, bajando la cabeza hacia su Maestro. —Estaré justo afuera. No dude en llamarme si necesita algo, Maestro. Por favor.
Luego, sin esperar la respuesta de Coco, giró sobre sus talones y salió de la casa, y el clic de la puerta al cerrarse resonó tras él.
Coco parpadeó, atónita, sin esperar que Sinclair suplicara de esa manera…
—¿Cuántas veces te has guardado tus sentimientos y no has pedido ayuda a tu familiar, Coco? —preguntó Cleora, cortando bruscamente el hilo de los pensamientos de Coco.
—¿Q-Qué…? —Coco empezó a sudar y desvió la mirada a la fuerza—. Nunca he hecho eso, mamá.
—Claro que no —canturreó Cleora antes de sentarse a su lado—. En fin, ahora que estamos solas en esta casa… hay algo que quería preguntarte.
—Dispara —masculló Coco, moviéndose nerviosamente en su asiento.
—¿Recuerdas que te dije que tendría que irme pronto? —Cleora hizo memoria, buscando el día en que le habló a su hija de su partida—. Pues, sobre eso… Con lo que acaba de pasar, parece que tendré que irme mañana mismo.
Coco levantó la cabeza de golpe y abrió los ojos de par en par, incrédula. —¿Ya? ¿Pero por qué? ¡Acabas de decir que no te irías hasta que yo estuviera a salvo!
—Por eso mismo quería preguntarte si le has contado a tu marido lo que hablamos antes —suspiró Cleora, con el rostro suavizado al ver la expresión de horror de su hija.
—¿Lo que hablamos…? —repitió Coco, con los ojos ligeramente humedecidos por las lágrimas—. ¿Es por lo de irme contigo?
—Sí —masculló Cleora, desviando la mirada de la de Coco—. Tengo al capitán de los caballeros del castillo alojado en la posada cercana, pero si se lo ordeno, puede prepararse para partir esta misma noche.
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