Nuevo Mundo con Cuatro Esposos - Capítulo 655
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Capítulo 655: Brochetas
Quizen salió del edificio donde trabaja, con los hombros tensos y doloridos de haber cargado la guitarra todo el día.
Por alguna razón, el bar estuvo extrañamente concurrido hoy, pero Quizen no se quejó porque también recibió muchas propinas de los clientes a los que les gustó su voz y su música.
Soltó un tarareo, con un sonido un poco rasposo, mientras sus pies lo llevaban por la concurrida calle de la plaza al anochecer.
Hoy había ganado suficientes monedas de plata; las suficientes como para pasar por la tienda de ropa a comprarle a su esposa una camisa o una bata nueva, o pantalones, o ropa interior y dárselo en cuanto llegara a casa.
Pero antes de que pudiera centrarse solo en ese pensamiento, recordó el estado de Coco antes de haberse ido por la mañana.
Tengo que ir a casa. El mediador suspiró por la nariz, forzando a sus piernas a moverse más rápido para acelerar el paso y llevarlo hasta la siguiente calle, por donde pasaría frente a la casa de Jacques.
«¿O quizá debería pasar por algún puesto de comida y comprarle algo para picar? Estoy bastante seguro de que Heiren no podrá cocinar algo lo suficientemente rápido para que Coco coma…», pensó, mientras sus ojos recorrían los puestos de comida por los que estaba a punto de pasar.
Mientras lo hacía, vio a alguien muy conocido en el puesto que vendía brochetas a sus clientes.
Quizen resopló y se abrió paso entre la multitud, con las manos extendidas para apartar con cuidado a la gente de su camino.
—¡Renaldo! —llamó el mediador al mediador con cicatrices.
Renaldo se detuvo a medio pagar las brochetas que había comprado y se giró para mirar a la persona que lo había llamado, con las cejas disparadas hasta el nacimiento del pelo.
—Quizen. —El mediador parpadeó, un poco sorprendido de verlo—. Justo a tiempo.
Quizen se detuvo justo al lado de Renaldo y sonrió. —Desde luego, justo a tiempo. Estaba pensando en comprar algo para que Coco coma mientras Heiren o Zaque cocinan. ¿Se te ocurre algo?
—Sí, compra el resto de estas brochetas de cocodrilo y de intestinos de cerdo —afirmó Renaldo, señalando las que quedaban en el puesto.
—No sé… —Quizen no dudó en mostrar su reticencia al acercarse al puesto, examinando con el ceño fruncido el aspecto de las brochetas—. No creo que mi esposa vaya a comer algo así.
—Claro que lo hará —insistió el mediador con cicatrices, dándole un codazo en el brazo—. Además, no es como si fuera a tener otra opción.
—¿Qué se supone que significa eso? —Quizen enarcó una ceja, pero hizo lo que le decían.
Se giró hacia el vendedor, que esperaba su decisión final, y cuando este vio que Quizen iba a comprarle el resto de la comida, se animó y empezó a poner las brochetas en la parrilla.
—Me lo llevo todo, señor —canturreó Quizen, sonriendo con dulzura—. ¿Cuánto sería todo?
El vendedor tragó saliva y miró las brochetas. —Las brochetas de intestino de cerdo cuestan quince monedas de plata y ahora mismo me quedan veinte… Las de cocodrilo están a diez monedas de plata y aquí hay quince.
El vendedor empezó a murmurar por lo bajo, calculando el total del pedido de Quizen.
—Serían cuatrocientas cincuenta monedas de plata, buen señor —anunció el vendedor en voz baja, con los labios curvados en una agradable sonrisa.
Quizen asintió y sacó la bolsa de monedas del bolsillo. —Por favor, deme un momento.
Quizen se apartó del puesto y se encaró con Renaldo, reparando en las dos bolsas de plástico que colgaban de la mano derecha de este. —¿Puedes echarme una mano? Tengo aproximadamente quinientas cincuenta monedas de plata conmigo.
—Claro —canturreó Renaldo y extendió la mano que tenía libre—. Deja caer las monedas aquí y empieza a contar.
Una vez más, Quizen hizo lo que le decían y empezó a sacar monedas de plata de la bolsa para ponerlas en la palma abierta de Renaldo. Se aseguró de contar correctamente y sacó cien monedas antes de entregarle la bolsa al vendedor.
—Dentro hay cuatrocientas cincuenta monedas de plata —informó Quizen al hombre, que asintió y sonrió.
—Confiaré en su palabra, señor —afirmó el vendedor y agarró la bolsa.
Quizen y Renaldo observaron cómo el hombre vertía todas las monedas en el recipiente que tenía al lado; el sonido de las monedas al chocar entre sí resonó ligeramente en la concurrida calle de la plaza.
—Aquí tiene la bolsa, señor. El hombre le tendió la bolsa a Quizen mientras su compañero le entregaba la bolsa de plástico a Renaldo.
—Qué rápido —comentó Quizen, mirando la bolsa de plástico llena con las brochetas que había pedido—. Espero que las haya calentado lo suficiente para que mi esposa y mis amigos las disfruten.
—Por supuesto. —El hombre sonrió y se despidió de ellos con la mano—. Gracias por su compra. Vuelvan pronto.
Quizen le dedicó una última mirada antes de girarse hacia Renaldo y cogerle la bolsa de las manos.
—Gracias —murmuró el mediador y suspiró—. En fin, vamos.
—Voy justo detrás de ti —canturreó Renaldo, mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en sus labios al ver al mediador más bajo caminar hacia su casa.
—Por cierto, creo que sería mejor que nos acompañaras de vuelta a tu casa —añadió, haciendo que Quizen se detuviera en seco y estirara el cuello para mirarlo.
—¿Para qué? —inquirió Quizen, enarcando una ceja.
Renaldo no le respondió; no es que pudiera hacerlo, porque ya se estaban acercando a su casa y pudo ver que su esposa, junto con Jonathan, no estaban solos.
—¡Mi amor! —llamó Jacques cuando los vio a él y a Quizen—. La tía Cleora decidió venir a buscarnos ella misma.
—Ya veo —murmuró Renaldo, asintiendo hacia Cleora—. Compré comida.
Cleora soltó una risita y agitó la mano. —Oh, cielos. No deberías haberte molestado, ¡pero gracias! Eres un encanto.
—Vale… ¿Qué está pasando?
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