Odio y deseo - Capítulo 17
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17: Obsequio 17: Obsequio Severus snape/ Ella obedeció…
o al menos lo intentó.
La mochila cayó con un golpe sordo y amortiguado contra la hojarasca húmeda.
Michelle dio un paso hacia mí, luego otro, con la rigidez de quien camina sobre vidrio quebrado.
Sus ojos seguían fijos en los míos, buscando alguna pista, alguna confirmación de que esto no era otro de mis juegos crueles de profesor.
El tercer paso fue el error.
bota se enganchó en una raíz oculta bajo la fina capa de nieve y hojarasca.
Perdió el equilibrio hacia adelante, los brazos se abrieron en un intento inútil de estabilizarse.
Cayó de rodillas con un grito ahogado que no llegó a ser grito, pero que fue suficiente.
La Acromántula reaccionó rapidamente Las patas delanteras se alzaron, los quelíceros se abrieron del todo mostrando las gotas de veneno que caían…y Saltó.
No hacia mí.
Hacia ella.
El tiempo se fracturó en fragmentos absurdamente lentos.
Vi el terror puro inundar su rostro cuando por fin entendió, cuando giró apenas la cabeza y captó el movimiento negro y veloz en su periferia.
Abrió la boca para gritar o para maldecirme, quién sabe pero el sonido nunca llegó a salir.
La furia me llego rapidamente —Maldita sea —mascullé entre dientes No pensé.
No calculé el riesgo,solo actué.
Corrí hacia ella.
Tres zancadas largas.
La alcancé justo cuando la araña estaba a menos de un metro, las patas delanteras ya extendidas para inmovilizarla.
La agarré por la cintura con un brazo con fuerza y sin delicadeza alguna la levanté del suelo como si no pesara nada.
Su mochila quedó abandonada, los frascos tintineando necesitaba actuar lo mas rapido posible ,la cargué contra mi pecho, un brazo bajo sus rodillas, el otro sujetando su espalda.
Su peso era ridículo comparado con el pánico que me recorría las venas.
Giré sobre mis talones y eché a correr con ella en brazos Detrás de nosotros, la Acromántula soltó un chillido furioso, un sonido que helaba la sangre, y comenzó a perseguirnos.
El suelo temblaba con cada paso de sus ocho patas.
—¡Profesor!
—jadeó Michelle contra mi hombro, aferrándose a mi capa con dedos temblorosos—.
¡QUE ES ESO!?— -Callese!
Solo callese- gire y Con la otra mano lancé un Incendio sin apuntar apenas.
Una rafaga de fuego naranja brotó de mi varita, creando una cortina de fuego no para herir de muerte ..eso habría atraído a toda la colonia, sino para cegar y enfurecer lo suficiente como para ganar segundos.
La Acromántula retrocedió con un chillido furioso, las cerdas de su cuerpo chisporroteando.
fue una carrera desesperada, torpe por el peso extra, por el terreno irregular, por la adrenalina que me hacía temblar los músculos.
Las ramas me azotaban la cara, la capa se enganchaba en arbustos, pero no me detuve.
la respiración me quemaba los pulmones y el corazón me martilleaba en los oídos como si quisiera salirse del pecho.
la mocosa se aferraba a mi capa con ambas manos, el rostro enterrado contra mi hombro, temblando pero milagrosamente callada Detrás de nosotros, la Acromántula soltó un chillido furioso, un sonido que helaba la sangre.
Oí sus patas golpeando el suelo, persiguiéndonos, pero el bosque era denso aquí, los árboles viejos y retorcidos le dificultaban el avance.
Gané metros.
Luego otros.
No paré hasta que llegamos a un claro pequeño, rodeado de sauces llorones cuyas ramas formaban una cortina casi impenetrable.
Allí me detuve.
a la mocosa la solte dejandola caer en el suelo sobre un lecho de hojas húmedas.
di tres pasos atrás, jadeando, me doblé hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas, jadeando con violencia.
La varita aún en mi mano temblaba ligeramente.
Michelle se quedó sentada donde la había depositado, los ojos muy abiertos, la cara pálida, el cabello pegado a la frente por el rocío.
Por un largo segundo ninguno dijo nada.
Solo se oía nuestra respiración entrecortada…
y, a lo lejos, el chasquido furioso de la araña que ya no nos encontraba.
Finalmente levanté la cabeza y la miré.
Mi voz salió ronca, llena de una furia que ya no podía ni quería contener.
—¿En qué demonios estaba pensando?
—escupí—.
¿Tropezar?
¿En ese momento?
¿Con una Acromántula a cinco pasos?
¿Es usted incapaz de seguir la instrucción más básica o simplemente disfruta tentando a la muerte?
Ella tragó saliva, todavía temblando.
—Yo…
no vi…
la raíz…
—¡No me interesa la maldita raíz!
—Mi voz subió de volumen antes de que pudiera controlarla—.
¡Le dije que no hiciera movimientos bruscos!
¡Le dije que caminara hacia mí sin mirar atrás!
¿Y qué hace?
¡Se convierte en carnada perfecta!
Me enderecé, pasándome una mano temblorosa por el cabello.
Sentía la adrenalina todavía recorriéndome las venas —Y sin embargo…
—continué, más bajo, casi para mí mismo— aquí está.
Viva.
Porque yo…
—Me detuve.
Las palabras se atoraron—.
Porque decidí cargar con usted como si fuera un saco de papas y correr como un idiota por el bosque prohibido.
Silencio.
Ella me miró fijamente.
No con miedo esta vez.
Con algo más peligroso: comprensión.
—Profesor…
—susurró—.
Usted…
me salvó.
La fulminé con la mirada.
—No dramatice.
Evité un incidente.
Un cadáver de alumna genera informes.
Informes que el C.I.M.
usaría para clavarme otra medalla de “sospechoso permanente”.
o peor aun…papeleo con albus —Si tanto me desprecia debio dejar que me tragara esa araña panzona y no lo hizo solo por no tener que firmar unos papeles?
Cerré los ojos un segundo, respirando hondo.
—Cállese, señorita Michelle —dije, sin fuerza ya—.
Recoja lo que queda de su dignidad .Nos vamos.
Y si vuelve a mencionar esto…
a cualquiera…
le juro que encontraré un castigo que hará que la araña parezca una mascota cariñosa.
Me di la vuelta y empecé a caminar hacia la salida del bosque.
Ella se levanto y me siguio el paso pasaron minutos estaba muy callada gire hacia atras para verla se veia pensativa —¿Está…
herida?
—pregunté, y mi voz salió ronca Negó con la cabeza, muda por primera vez en toda la mañana.
—Bien —dije, y giré la cara, odiando el alivio que me inundaba como algo sucio—.
Si vuelve a poner mi vida en peligro solo porque usted..no sabe caminar le juro que la dejaré atras para que por lo menos sirva de alimento a las criaturas hambrientas del bosque Ella tragó saliva.
Por fin habló, la voz baja —…Gracias una palabra que nunca pensé oír de su boca.
La ignoré.
O lo intenté.
—Camine Sin hablar.
Sin preguntas.
Y cuando lleguemos a las mazmorras va a transcribir usted misma la receta completa del antídoto contra el veneno de Acromántula…
tres veces.
De memoria.
Y si se equivoca en un solo ingrediente, la haré empezar de nuevo hasta que le sangren los dedos.
Eché a andar, más lento esta vez, la varita aún en la mano.
Detrás de mí, sus pasos me siguieron.
Vacilantes al principio, luego más firmes.
No dijo nada más.
Y yo…
yo tampoco…
Seguimos caminando en silencio durante varios minutos.
El sendero se había vuelto más ancho, la luz del mediodía ya se filtraba entre las copas de los árboles en haces pálidos y fríos, y el bosque parecía haber decidido darnos un respiro después del caos.
Mis pasos eran deliberados, medidos, como si cada uno fuera un intento de recuperar el control que se me había escapado en esa carrera desesperada.
Michelle caminaba a mi lado ,no detrás, no delante: a mi lado, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el suelo, todavía procesando lo que acababa de ocurrir.
Su respiración ya no era entrecortada, pero había una tensión nueva en sus hombros, como si esperara que en cualquier momento yo volviera a estallar.
Finalmente, rompió el silencio.
—Profesor Snape… —dijo con voz baja, casi cautelosa—.
¿Y qué va a pasar con las plantas y los hongos que habíamos recogido?
Y los frascos… y mi mochila.
Se detuvo un segundo, mirando hacia atrás como si esperara ver la mochila abandonada materializarse entre los árboles.
—La mochila se quedó allá… cuando usted me cargó y… bueno, ya sabe.
Me detuve también.
Lentamente.
Giré la cabeza lo justo para mirarla de reojo.La pregunta era tan… mundana.
Tan ridículamente práctica después de haber estado a punto de ser devorada viva.
Por un instante, consideré ignorarla.
Dejar que la pregunta se disolviera en el aire.
Pero algo quizá el cansancio, quizá la adrenalina que todavía me zumbaba en las venas me hizo responder.
—Las plantas y los hongos —dije con voz fria sin emoción aparente— están perdidos.
La Acromántula no es conocida por su delicadeza al husmear entre los restos de sus presas potenciales.
Probablemente ya los habrá pisoteado, o los habrá usado para acolchar su nido.
Los frascos… —Hice una pausa breve, calculando—.
Algunos se habrán roto al caer la mochila.
Los demás… estarán esparcidos por el suelo Y su mochila… —Mi mirada se endureció—.
Supongo que ahora forma parte del decorado del Bosque Prohibido.
Un bonito recordatorio de lo que pasa cuando uno tropieza en el momento equivocado.Asi que mejor Vaya comprando otra Ella hizo una mueca, pero no protestó.
Solo bajó la vista a sus zapatos embarrados —Entonces… ¿todo para nada?
Perdi mi tiempo y mo mochila sin mas…?—preguntó, casi en un susurro.
La miré de frente esta vez.
—No todo —respondí, y mi voz salió más baja de lo que pretendía—.
Usted sigue respirando.
Eso ya es más de lo que muchos han conseguido en este bosque.
Silencio.
Ella parpadeó, sorprendida.
No esperaba eso.
Ni yo esperaba haberlo dicho.
Carraspeé, incómodo con el peso de mis propias palabras, y volví a caminar.
—Además —continué, recuperando el tono frio y cortante que me era más familiar—, no es la primera vez que pierdo ingredientes en una expedición.
Ni será la última.
Tengo reservas en el laboratorio.
Los hongos se pueden cultivar de nuevo.
Las alas de hada… —Hice un gesto vago con la mano—.
Las hadas son irritantes, pero abundantes.
Volveremos otro día.
Con menos charla.
Y con usted atada a una correa si es necesario para evitar nuevos tropiezos.
—¿Me va a poner una correa?
¿En serio?
—No tiente su suerte, señorita Michelle —repliqué sin mirarla—.
Ya he corrido bastante por hoy.
Mi dignidad tiene límites.Y si…puede que para la proxima le ponga una correa Ella se quedó callada un momento, pero no pudo resistirse.
—Profesor… gracias.
Por… ya sabe.
Por no dejarme ahí.
No respondí de inmediato.
Seguí caminando, la capa rozando las hojas caídas.
Finalmente, sin detenerme, dije: —No me dé las gracias.
Solo… evite morir en mi presencia.
Genera demasiados formularios.
Seguimos avanzando hacia la salida del bosque.
El castillo ya se veía a lo lejos, recortado contra el cielo grisáceo.
La mochila perdida, los ingredientes arruinados, la araña… todo eso podía esperar.
Por ahora, lo único que importaba era que ambos seguíamos caminando.
Y que, por primera vez en mucho tiempo, el silencio entre nosotros no era hostil.
Solo… estaba ahí.
Llegamos a las puertas del castillo cuando el sol ya estaba alto, El viento traía olor a nieve lejana y a piedra húmeda.
Mis botas dejaban huellas fangosas en el pasillo principal mientras caminábamos en silencio hacia las mazmorras.
Michelle me seguía a unos pasos de distancia, sin decir nada, pero su presencia era como un zumbido constante en mi nuca.
No la miré ni una vez durante el trayecto.
No podía.
Cada vez que intentaba ordenar mis pensamientos, volvía la imagen de ella tropezando, la araña saltando, mi propio cuerpo moviéndose sin permiso, cargándola como si fuera algo frágil.
Era ridículo.
Peligroso.
Inaceptable.
Cuando llegamos al corredor que conducía a mi despacho, aceleré el paso sin darme cuenta.
Quería encerrarme, cerrar la puerta con llave, desaparecer detrás de frascos y pergaminos y fingir que nada había pasado.
Pero ella seguía ahí, pisándome los talones.
Llegué a la puerta.
Me detuve en seco.
Michelle chocó contra mi espalda – ¡ay!- Giré sobre mis talones —¿Por qué carajos me está siguiendo?
—espeté, la voz baja pero cortante —.
¿No tiene nada mejor que hacer?
Lárguese.
Vaya a… leer algo.
O a molestar a otro profesor.
O a escribir el maldito ensayo que le asigné.
—mi voz era baja, cortante, pero había algo nuevo en ella: una nota de incomodidad que no podía disimular del todo—.
¿No tiene nada mejor que hacer?
Lárguese a hacer algo productivo.
Vaya a clase.
O a la biblioteca.
O al infierno.
Me da igual.
Fuera de mi vista.Haga algo productivo por una vez en su vida.
Ella se frotó la nariz donde había chocado, pero no retrocedió.
En cambio, levantó la barbilla con esa expresión obstinada que ya empezaba a reconocer demasiado bien.
—Se supone que iba a estar todo el día con usted —dijo, cruzando los brazos—.
Usted mismo me lo dijo.
Me sacó arrastrándome de la sala común a las cuatro de la mañana, me hizo su asistente personal, me obligó a cargar medio laboratorio en la mochila… y ahora, ¿qué?
¿Me echa porque se aburrió?
El castigo no termina hasta que usted diga que termina.
Y no lo ha dicho.
y al rato no quiero que me haga una de sus tonterias solo para expandir mi castigo como “venga de nuevo a tal hora para concluir su tarea” ni loca asi que de una vez hago todas mis tareas como asistente Tenía razón.
Por supuesto que tenía razón.
Y eso me enfureció aún más.
La miré fijamente, buscando alguna grieta en su lógica, alguna excusa para mandarla a volar sin contradecirme a mí mismo.
Pero no la encontré.
El recuerdo de esa orden matutina —“Vendrá conmigo al bosque, hará lo que le diga y no discutirá”— seguía fresco.
Y después de lo que había pasado… después de haberla cargado y corrido con ella en brazos como un idiota desesperado… la idea de pasar el resto del día encerrado con ella en el laboratorio me producía una sensación física de ahogo.
—No sea ridícula —dije al fin, con voz fria—.
El castigo sigue vigente, sí.
Pero su presencia aquí ya no es necesaria.
Escriba el pergamino de tres pies sobre el antidoto de acromantula En su sala común.
En la biblioteca.
En el Gran Comedor.
Donde sea.
Pero no aquí.
Hice un gesto brusco hacia el pasillo.
—Lárguese.
Michelle no se movió.
Me miró con esos ojos que, maldita sea, se la vivian desafiando mi autoridad —Está raro desde lo del bosque —dijo en voz baja, casi como si lo estuviera constatando para sí misma—.
No quiere que me quede porque… ¿le da miedo tenerme en su despacho, eh ?
¿acaso le incomodo tanto salvarme la vida?
Sentí cómo la mandíbula se me tensaba hasta doler.
—Está loca —escupí—.
Completamente loca.
Y si no se va en los próximos tres segundos, le juro que encontraré una forma de hacer que ese ensayo se conviertan en diez.
Y lo escribirá mientras levita cabeza abajo.
¿Está claro?
Por un segundo pensé que insistiría.
Que soltaría otra de sus observaciones disfrazadas de broma.
Pero algo en mi expresión o quizás en la forma en que mi mano apretaba la varita sin darme cuenta la hizo retroceder un paso.
—Está bien —murmuró finalmente—.
Me voy.
Escribiré el estúpido pergamino.
De seguro esto me va a costar un precio alto y con intereses…ya conozco sus mañas y en cualquier momento me va a cobrar Dio media vuelta y empezó a caminar por el pasillo.
Entré al despacho y cerré la puerta de un golpe seco.
El eco resonó por todo el corredor.
Me quedé allí, de espaldas a la madera, respirando con dificultad.
El silencio del laboratorio me envolvió “¿Porque la salve?
…debi dejarla ahi sin pensarlo dos veces y darle mis condolensias a albus…
La salve porque…soy su profesor y ella mi estudiante, si, pero pude solo correr con ella…no era necesario…cargarla…” No quería estar cerca de ella.
No porque me molestara su insolencia ,eso ya lo manejaba, sino porque empezaba a molestarme lo que su presencia hacía conmigo Me dejé caer en la silla detrás del escritorio, pasándome las manos por la cara.
—Maldita sea —susurré al vacío.
Solo me recordó que, ahí fuera, en algún lugar del castillo, una chica estaba escribiendo un ensayo sobre veneno… y probablemente pensando en mí más de lo que yo quería admitir que pensaba en ella.
Horas después, el castillo había recuperado su ritmo habitual: el bullicio de los alumnos cambiando de clases, los retratos murmurando críticas a los que pasaban corriendo, el eco distante de risas y portazos.
Yo había regresado a mis rondas, a mis pociones a medio terminar, a la rutina que siempre me servía de escudo.
Pero la mañana seguía clavada en algún lugar debajo de las costillas, como una astilla que no terminaba de salir.
Estaba cruzando el pasillo del tercer piso cuando la vi.
La insolente bajaba las escaleras hacia el ala de Encantamientos, cargando una torre inestable de libros contra el pecho.
Sin mochila.
Por supuesto que sin mochila.
La imagen era ridícula: los volúmenes más gruesos se le resbalaban, el de Runas Antiguas amenazaba con caer primero, y ella intentaba mantener el equilibrio con los codos y una concentración feroz que casi me arrancó una mueca.
Parecía un elfo doméstico sobrecargado después de una limpieza en las cocinas Me detuve un segundo detrás de una estatua de algún mago barbudo que no recordaba el nombre.
La observé.
No sé por qué.
Tal vez porque la alternativa era seguir caminando y fingir que no la había visto.
Tal vez porque todavía sentía el peso fantasma de su cuerpo en mis brazos Y entonces tomé una decisión estúpida.
Me di la vuelta, bajé las escaleras de servicio hasta la salida lateral más cercana y salí al terreno.
El viento helado me golpeó la cara .
No me importó.
Caminé directo al Bosque Prohibido, siguiendo el mismo sendero que habíamos tomado esa mañana, hasta el claro donde la Acromántula nos había emboscado.
La mochila no estaba en el suelo.
La encontré enredada en telarañas gruesas a unos metros del nido principal.
La araña no estaba a la vista probablemente durmiendo despues de su frustración, pero el mensaje era claro: había reclamado su trofeo.
La mochila colgaba allí como un adorno , con los fragmentos del vidrio de los frascos quebrado cayendo en la nieve, los hongos aplastados y las hierbas desperdigadas como confeti la mochila nisiquiera era util estaba rasgada Me quedé mirando aquello un momento demasiado largo.
Luego giré sobre mis talones y me marché sin tocar nada.
No iba a arriesgarme a despertar a la bestia por un puñado de cuero y tela.
No valía la pena.
y menos por una mochila igual de inutil que la dueña En lugar de regresar al castillo, tomé el camino hacia Hogsmeade.
No entré en Las Tres Escobas ni en el Caldero Chorreante.
Fui directo a la pequeña tienda de artículos escolares al final de la calle principal la que manejaba la viuda de un antiguo auror , Compré la mochila más sencilla que tenían: negra, resistente, sin adornos, sin iniciales bordadas ni insignias de casas.
Exactamente el tipo de cosa que yo usaría.
Pagé en efectivo, ignoré la mirada curiosa de la tendera y volví a Hogwarts sin cruzar palabra con nadie.
Cuando entré en la sala de profesores una hora después, la mochila colgaba de mi antebrazo como si fuera un paquete más de ingredientes exóticos.
La dejé sobre la mesa larga, junto a mi taza de té ya frío, y me senté a revisar un montón de ensayos de quinto curso que había pospuesto demasiado tiempo.
Remus Lupin estaba allí, por supuesto.
Siempre estaba en los momentos menos oportunos.
Levantó la vista del libro que fingía leer un tratado sobre licantropía que probablemente ya se sabía de memoria y sus ojos se posaron en la mochila.
Arqueó una ceja.
—¿Eso es tuyo, Severus?
—preguntó con esa media sonrisa suya que nunca terminaba de ser del todo inocente—.
No sabía que te habías pasado al estilo… juvenil.
¿Vienes de comprar tu primer kit de supervivencia adolescente?
McGonagall soltó una risa breve desde el otro extremo de la mesa.
Flitwick, que removía algo en una taza con la varita, soltó un gorjeo divertido.
Remus continuó, claramente disfrutando el momento.
—Te queda bien el negro liso.
Muy… tú.
Aunque creo que te falta un pin de Slytherin para completarlo.
No levanté la vista del pergamino que tenía delante.
—No sea imbecil lupin .Es para una alumna —dije, seco, sin dar más explicaciones.
Remus parpadeó.
La sonrisa se le ensanchó un poco más, pero esta vez no había malicia en ella.
Solo sorpresa genuina y algo que se parecía peligrosamente a la diversión —¿Una alumna?
—repitió, inclinándose hacia adelante—.
¿Tú, comprando una mochila para una alumna?
¿Voluntariamente?
¿A que alumna se la vas a dar?
—No voluntariamente —repliqué, girando una página con más fuerza de la necesaria—.
Obligatoriamente.
Por pura practicidad.Es para mi asistente..Su mochila anterior… se extravió.
En el bosque.
No voy a tenerla cargando libros como una mula de carga el resto del curso…ademas necesitamos un nuevo equipaje para que cargue mis utensilios para recolectar ingredientes en el bosque McGonagall dejó su pluma.
—¿En el Bosque Prohibido?
—preguntó, con ese tono que usaba cuando sospechaba que había más historia de la que se contaba.
—No es relevante —corté—.
Ya está hecho.
La entregaré después y asunto cerrado.
Remus se recostó en la silla, cruzando los brazos.
—Severus Snape….Quién lo diría —Que insinua lupin?—espeté, mirándolo por fin—.
Soy un profesor que evita tener que tener mas problemas con esa mocosa.
Y ahora, si han terminado de divertirse a mi costa, tengo ensayos que corregir.
Remus levantó las manos en rendición, todavía sonriendo.
—Tranquilo.
No es una burla.
Es… inesperado.
Pero en el buen sentido.
No respondí.
Volví a los ensayos.
Pero mientras garabateaba correcciones en rojo sangre sobre un párrafo particularmente idiota, sentí sus miradas.
No hostiles.
Solo… curiosas.
Al dia siguiente El silencio de la mazmorra siempre ha sido un aliado fiable.
Las paredes de piedra, el aire denso con restos de vapores de pociones antiguas, la luz verde filtrándose constantemente: todo obedecía.
Todo, salvo ella.
Eran las 9AM faltaban 15 minutos antes de que la clase de pociones comenzara Antes de que los estudiantes llegaran, dejé la mochila en el lugar de la insplente.
La deposité como se deja una evidencia incómoda: sin nombre, sin anuncio, con la esperanza de que fuera reconocida por quien debía reconocerla.
Un gesto mínimo, estrictamente práctico.
Eso me repetí.
Ella llegó, se sentó… y tomó la mochila para colocarla en el suelo, como si fuera un estorbo un objeto ajeno.la clase comenzó con la habitual coreografía de torpeza juvenil.
Instrucciones claras, errores previsibles.
Yo hablaba; ellos obedecían.
La miré.
Nada.
Ni una duda.
Ni una sospecha.
Solo esa desconcertante capacidad para no entender lo evidente.
Continué la lección con la mandíbula tensa.
Cada palabra que pronunciaba llevaba adherida una irritación creciente.
El caldero hervía.
El aula también.
La mochila permanecía ahí, en el suelo, frente a su asiento, ignorada como si no tuviera dueño.
“Insoportable.” Cuando el último estudiante salió, cerré la puerta con un gesto seco.
—Quédese —ordené, sin elevar la voz.
Ella se giró, confundida.
Ese desconcierto perpetuo que parecía seguirla Me acerqué.
Tomé la mochila del suelo y la levanté con un movimiento brusco, dejándola caer de golpe sobre su escritorio.
—¿De verdad es usted tan incapaz de captar lo obvio?
—dije, cada palabra afilada—.
¿O simplemente disfruta fingiendo una incompetencia crónica?Diez puntos menos para su casa —dije de pronto, con voz fría— por ser incapaz de reconocer lo que está frente a usted.
Alzo la vista, confundida.
—¿Perdón?
mis labios se curvaron apenas, en una mueca de desprecio.
—Por Merlin… —murmure—.
La estupidez es su mejor amiga acaso?
-Ahora de que demonios habla?- Dijo enfurecida ya La mochila quedó ahí, entre nosotros.
—No sea tonta…hablo de la mochila.Es suya —añadí—.
Y la próxima vez que algo aparezca en su asiento, le sugiero que use lo que tiene entre las orejas antes de tratarlo como basura abandonada.
-No me regañe yo que iba a saber que era para mi…ademas porque usted dejaria algo asi en mi lugar?- Dijo enojada como si la hubiera insultado Mocosa patetica -¿De verdad pensó —dije en voz baja, cortante— que alguien más habría dejado esto en su asiento?
Tome la mochila y se la solte de golpe contra el pecho.
El impacto la hizo retroceder un paso.
—Preste atención —añadi acercándome aún más—.
Porque no volveré a cometer el error de intentar hacer algo… discretamente.
Sus ojos se clavaron en los míos la habia hecho enojar reconoceria esa mirada donde fuera El golpe fue torpe.
Previsible.
Vi como la mochila se estrello contra mi pecho y cayo al suelo con un sonido seco No me moví.
No parpadeé.
Dejé que el silencio absorbiera el gesto .mi mandibula se tenso, aprete los puños a mis costados haciendo que mis nudillos se tornaran de color blanco —No quiero su estúpida mochila —escupió—.
No se la pedí.
Yo iré a recuperar la mía al bosque donde se quedó.
No necesito su estúpida ayuda… estúpido… imbécil… tarado.
Cada palabra fue una chispa inútil.
Cada insulto, una confirmación.
La miré.
No con furia.
Con esa calma peligrosa que solo aparece cuando la paciencia se ha agotado y queda, en su lugar, desprecio —Modere su lenguaje —dije al fin, con voz baja—.
Está en una institución académica, no en un callejón.
Avancé un paso.
Ella no retrocedió.
Error.
—Usted no va a ningún bosque —continué—.
No sin autorización.
Y desde luego no en su estado actual de juicio, que es inexistente.
Recogí la mochila del suelo, despacio esta vez, como quien levanta un objeto frágil solo para demostrar control.
—No fue un favor —añadí—.
Fue una corrección a su incompetencia logística.
Confundir eso con caridad es otra muestra de su alarmante tendencia a dramatizar.
-Pues sea lo que sea no quiero nada que venga de usted…yo puedo arreglar mis propios asuntos no necesito un metiche no confio en usted para que me este dando algo de seguro me la queria vender a millones de como se llaman…ah si..galeones eso…De seguro tiene un monton de ideas en su cabezota para sacarme de hogwarts o algo asi de seguro puso una bomba magica en mi mochila para que me explote cuando vaya bajando por la gran escalera -Tan mal opinion tiene de mi?..Usted es una mas del monton que cree que un gesto practico suele resultar en una emboscada -Dije friamente mi mandibula se tenso ella no dijo nada solo se quedo mirandome seria —Puede salir —ordené—.
Y le aconsejo que, antes de volver a abrir la boca, recuerde que mis límites son considerablemente más estrechos que su comprensión.
Y para su informacion no necesito recurrir a bombas magicas si deseara…lastimarla se lo aseguro, la mochila solo era..un obsequio para que no anduviera paseandose por todo el colegio con la pila de libros ,usted es una insesata mal agradecida …
Sin embargo, incluso mientras fingía indiferencia, una parte de mí se preguntaba con amarga claridad cómo era posible que alguien pudiera ser tan desesperadamente ciega… y, aun así, alterar el equilibrio de mi aula..o mas bien de mi.
Me acerque a la puerta y la abri señalando con el dedo hacia el pasillo -Larguese- Ella quiso decir algo se veia arrepentida por primera vez en su vida , levante una mano cortandola de golpe tomo su pila de libros y salio ,cuando se marchó,cerre la puerta de golpe detras de ella y dejé la mochila sobre mi escritorio.
Y porque, aunque no lo admitiría ni bajo Veritaserum, sabía exactamente dónde había quedado la suya en el bosque… y lo peligroso que era permitir que una imprudente creyera que podía enfrentar de nuevo a la acromantula solo para recuperar una mochila inservible
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