Odio y deseo - Capítulo 20
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20: Arrepentimiento 20: Arrepentimiento Severus snape/ Pasaron los días y el silencio entre nosotros se volvió más ruidoso que cualquier grito.
Al principio lo atribuí a la vergüenza.
A la humillación que yo mismo le había infligido con palabras diseñadas para herir.
Pero pronto quedó claro que no era solo vergüenza: era distancia deliberada.
Michelle dejó de mirarme a los ojos en clase.
Dejaba de responder con esa chispa insolente que antes me sacaba de quicio.
Sus respuestas eran corteses, breves, impersonales.
“Sí, profesor.” “No, profesor.” “Como ordene, profesor.” Cada sílaba mas formal que la siguiente Y lo peor: lo noté.
Lo noté demasiado.
Dejamos de pelearnos.
No hubo más réplicas ni miradas desafiantes, ni ese pulso invisible que antes hacía que el aire del aula se cargara de electricidad.
El vacío que dejó esa ausencia me irritó más que cualquier insolencia pasada.
Me descubrí buscando su rostro entre los alumnos, esperando ,contra toda lógica,que volviera a desafiarme.
Que me diera una excusa para responderle.
Para verla reaccionar.
No lo hizo.
Empecé a inventar pretextos patéticos.
La mandé a mi despacho con tareas innecesarias: revisar listas de ingredientes caducados, transcribir recetas que ya tenía memorizadas, organizar frascos que no necesitaban reorganizarse.
Cada vez que entraba, dejaba los pergaminos sobre el escritorio con cuidado, evitaba mi mirada y salía antes de que pudiera retenerla con una sola palabra más.
Era como si yo fuera contagioso de alguna enfermedad y ella no quisiera estar cerca Aquella tarde, en la sala de profesores, no aguanté más.
Minerva estaba corrigiendo exámenes de Transformaciones con esa precisión suya que siempre me había parecido irritante.
Pomona Sprout removía una taza de té con aroma a tierra húmeda.
Me senté frente a ellas sin pedir permiso y solté la pregunta antes de que mi orgullo pudiera detenerme.
—Minerva —dije, con voz neutra, como si hablara del clima—.
¿Cuál es el motivo habitual por el que una chica se vuelve fría y distante con un hombre?
Minerva alzó la vista por encima de sus gafas, sorprendida.
Pomona dejó de remover el té.
Trague saliva “Maldición no debi abrir la boca…” —¿Disculpa?
—preguntó Minerva, con una ceja arqueada —Una mujer cualquiera—aclaré, porque no iba a permitir que pensaran que era personal—.
Que ha cambiado su actitud de forma… notable.
Quiero entender por qué.
Minerva dejó la pluma sobre la mesa y se reclinó ligeramente, evaluándome.
—Hay muchas razones, Severus y depende a que clase te refieras , amigos ,parejas…etc.
Puede que se sienta herida.
Rechazada.
Humillada.
Puede que haya entendido que cualquier acercamiento será castigado con crueldad y haya decidido protegerse.
Puede que simplemente esté cansada de pelear una batalla que no gana nunca o exigir algo a lo que ha sido ignorada incontables veces, O… —hizo una pausa significativa— Aquel hombre simplemente le dijo algo que no debia..cuando una chica se distancia de un hombre es casi siempre porque ,o no es tomada en cuenta en sus deseos o se le ha dicho algo que la hizo sentir mal o hecho llorar y se elige la distancia como única forma de dignidad.
Pomona soltó una risita suave.
—¿Y desde cuándo te interesan los motivos emocionales de una chica, Severus?
—No me interesan —repliqué de inmediato, demasiado rápido—.
Es… Un conocido me comento que su mujer se distancio de el…completamente ridicula en vez de hablar las cosas solo queria entender la mente de las mujeres es todo Minerva no se lo creyó ni un segundo.
Pomona tampoco.
—¿Seguro que no es que tienes un interés en alguien?
—preguntó Pomona con esa inocencia suya que siempre me irritaba—.
Porque suena sospechosamente personal..acaso el gran severus snape esta viendo a alguien -Severus..no sera que ese “amigo” seas…
—No sea ridícula —espeté interrumpiendola, poniéndome de pie de golpe—.
Olviden que pregunté.
Salí sin mirar atrás.
Sentí sus miradas clavadas en mi espalda todo el camino hasta la puerta.
No fui directamente a las mazmorras.
Primero encontré a Alexa.
Estaba en el pasillo del tercer piso, riendo con Daphne , la mochila negra todavía colgando de su hombro como si fuera una medalla.
Cuando me vio, su sonrisa se volvió grande —Profesor —dijo cariñosamente—.
¿Me buscaba?
La tomé del brazo sin delicadeza.
No con fuerza, pero sí con decisión.
—Conmigo.
Ahora.
No esperé respuesta.
La arrastré por el pasillo, ignorando las miradas curiosas de los alumnos que pasaban.
Alexa tropezó un poco con los tacones de sus zapatos reglamentarios, pero no protestó.
Pensó que era el comienzo de algo.
Pobre ilusa.
Luego bajé al segundo piso Michelle estaba saliendo de la biblioteca, con los brazos cargados de tres tomos enormes que yo mismo le había asignado esa mañana como castigo encubierto.
Cuando me vio venir con Alexa del brazo, se detuvo en seco.
Sus ojos fueron de mí a ella, y luego de nuevo a mí.
Algo se oscureció en su expresión.
No dije nada.
Solo la tomé del otro brazo ,con menos brusquedad de la que usé con Alexa, aunque no lo admitiría jamás,y las arrastré a las dos hacia mi despacho.
Abrí la puerta de un empujón.
—Adentro.
Las dos.
Las solté una vez que estuvieron dentro.
Cerré la puerta con llave.
Michelle se frotó el brazo donde la había sujetado, aunque no había apretado.
Alexa se cruzó de brazos, confiada, esperando que esto fuera una escena de celos que la beneficiara.
Me giré hacia ellas.
—Se acabó el teatro —dije, con voz baja y cortante—.
No toleraré más rumores.
No toleraré más mentiras.
Y no toleraré más que se me utilice como trofeo ni que se me evite como si fuera plaga Miré primero a Alexa y use legeremancia para saber que demonios dijo para que la otra mocosa me hubiera hecho aquella pregunta y encontre la repugnante respuesta —Usted.
Ha estado pavoneándose por el castillo con esa mochila como si hubiera conquistado algo.
No lo ha hecho.
Nunca la toqué.
Nunca la voy a tocar.
Le di ese objeto porque no soportaba verlo después de que —mi mirada se deslizó hacia Michelle— alguien lo rechazara como si fuera basura.
Fue un error.
Un error mío.
Y usted lo ha convertido en una fantasía adolescente.
Si vuelvo a oír una sola palabra más sobre lo que supuestamente ocurrió en este despacho, la expulsaré de Slytherin y la mandaré a casa con una nota tan detallada que ni su familia podrá mirarla a la cara.
¿Queda claro?
Alexa palideció.
La seguridad se le escurrió del rostro como agua.
—Profesor, yo solo… —Silencio —la corté—.
No quiero excusas.
Quiero que salga de aquí y que deje de comportarse como si tuviera algún poder sobre mí.
Porque no lo tiene.
Nunca lo tuvo.
Y si por algun motivo sus amigas empiezan los rumores sobre que me acoste con usted le juro que usted preferira que la castigue un dementor a que yo lo haga Se quedó inmóvil un segundo.
Luego, con los labios apretados, asintió y se dirigió a la puerta.
La abrí con un movimiento de varita sin mirarla.
Salió sin decir nada más.
La puerta se cerró tras ella.
Quedamos solos Michelle y yo.
Ella seguía de pie en el centro del despacho, con los libros todavía apretados contra el pecho como escudo.
No me miraba.
Miraba el suelo.
Di un paso hacia ella.
—Y usted… —Mi voz salió más baja de lo que pretendía—.
Ha decidido que la distancia es la mejor opción.
Bien.
Lo entiendo.
Pero no finja que no sabe por qué le hablo así.
No finja que no sabe por qué le dije aquellas cosas horribles aquel día.
Levantó la vista por fin.
Sus ojos estaban brillantes, pero no de lágrimas.
De rabia contenida.
—No finjo nada —dijo en voz baja—.
No quiero volver a hablar con usted a menos de que sea estrictamente relacionado con las clases o cosas asi , ademas no tengo nada de que hablar con usted he entregado mis cosas y no he fallado en sus pedidos y vaya a hacer llorar a otra alumna con sus palabras por eso me dijo lo que me dijo no?
Esas palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba.
—No ..no era para eso—repliqué, aunque sonó menos seguro de lo que quería.
—¿No?
—preguntó ella, casi en un susurro—.
Entonces dígame que era lo que trataba de “enseñarme” al hablar asi de mis padres…el director le conto verdad Silencio.
Un silencio largo, pesado, lleno de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Di otro paso.
Esta vez más cerca.
—No sé cómo hacer esto —admití, y las palabras salieron como si me las arrancaran—.
No sé cómo controlar mi lengua.
Albus le conto a todo el personal docente todo sobre sus padres .No pretendia todo este espectaculo solo quiero…
Me detuve en seco no podia decirlo Ella tragó saliva.
—El director dijo todo sobre…y aun asi a usted no le importo hablar de ellos como si nada?
Digame entonces para que es tod este espectaculo…Entonces qué quiere?
—preguntó, y su voz tembló solo un poco.
No respondí de inmediato —Quiero que deje de evitarme —dije al fin—.
se quedo callada unos segundos mirandome fijamente sin entender porque le decia esto -No vuelva a hablarme si no es para algo relacionado a tareas…ya…tengo que irme profesor snape con permiso tengo proyectos que hacer Se dio la vuelta y se fue no la detuve no sabia que habia hecho o que no hice para que todo volviera como antes ….
No lo soporté más.
Los días se convirtieron en una tortura lenta y deliberada.
Michelle me evitaba con una precisión perfecta volvio a estar igual din importarle el mal entendido con su bulto de tels y alexa y aun asi me evitaba; cambiaba de ruta por los pasillos si me veía venir, se sentaba en la última fila del aula, respondía solo lo estrictamente necesario y desaparecía antes de que pudiera retenerla con cualquier pretexto.
Cada evasión era un nuevo corte.
Cada silencio, una bofetada.
Yo, que había perfeccionado el arte de la indiferencia durante décadas, me descubrí irritado hasta el punto de la rabia ciega.
No era solo orgullo herido.
Era algo peor: la certeza de que la había empujado tan lejos que ahora no sabía cómo traerla de vuelta.
Y lo odiaba.
Odiaba depender de su mirada, de su insolencia, de su presencia.
Odiaba que el despacho se sintiera vacío sin ella entrando a regañadientes con algún encargo inventado.Cada día que pasaba sin que Michelle me mirara a los ojos, sin que respondiera con esa chispa de desafío que antes me sacaba de mis casillas, era como si me arrancaran una capa de piel.
La había echado de su vida con palabras crueles y ahora ella me devolvía el favor con silencio.
Y el silencio, maldita sea, era peor que cualquier insulto.
Intenté ignorarlo.
Me dije que era lo mejor.
Que era lo correcto.
Que una alumna no debía ocupar ni un segundo más de mis pensamientos.
Pero cada noche, durante las rondas, mis pasos me llevaban inconscientemente hacia los lugares donde solía encontrarla: la biblioteca al cerrar, el pasillo de las mazmorras, el invernadero cuando Pomona ya se había ido.
Y cada vez que no estaba allí, la rabia crecía.
Aquella noche, durante las rondas, el castillo estaba sumido en un silencio sepulcral.
Solo el eco de mis pasos y el leve chisporroteo de las antorchas.
e una excusa tan buena como cualquier otra para seguir moviéndome, para no quedarme quieto pensando en ella.Bajé a las cocinas pasadas las dos de la madrugada, atraído por un rumor lejano de voces y risitas ahogadas.
No esperaba verla allí, Y allí estaba.
Sentada en una de las mesas largas de madera, rodeada de media docena de elfos domésticos que la miraban con ojos enormes y curiosos.
Llevaba el uniforme arrugado, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, y un cuaderno abierto frente a ella.
Estaba… entrevistándolos.
Con una pluma en la mano y esa expresión concentrada Uno de los elfos ,sooty creo, estaba respondiendo con voz temblorosa sobre cómo preparaban el pudín de Navidad.
Michelle anotaba todo Me detuve en la puerta, invisible bajo la penumbra.
—¿Qué demonios está haciendo ahora?
—murmuré para mí mismo.
Entré sin hacer ruido al principio.
Luego dejé que mis botas resonaran deliberadamente contra el suelo de piedra.
Los elfos se sobresaltaron y desaparecieron con pequeños chasquidos, dejando solo a Michelle y su cuaderno.
Ella levantó la vista.
Sus ojos se abrieron un instante de sorpresa,antes de cerrarse en esa máscara de neutralidad que había perfeccionado en las últimas semanas.
—Profesor —dijo, cerrando el cuaderno con calma—.
Buenas noches.
—No me venga con cortesías —repliqué, acercándome—.
¿Qué es esto?
¿Se cree Rita Skeeter ahora?
¿Entrevistando a los elfos para su columna de chismes?
—No es para chismes y quien la tal rita?—respondió ella, demasiado tranquila—.
Solo… quería saber más sobre ellos.
Nunca había hablado con uno de verdad.
Ella se levanto para irse y le arranqué el cuaderno de las manos antes de que pudiera protestar y marcharse.Lo abrí en la página marcada.
Mis ojos recorrieron las preguntas garabateadas con su letra redonda y apresurada: – ¿Les gusta cocinar o lo hacen porque tienen que hacerlo?
– ¿Qué sienten cuando les dan ropa?
¿Es como libertad o como si los despidieran?
– ¿Alguna vez han querido salir del castillo?
– ¿Extrañan a sus familias?
—¿Cuál es su comida favorita después de un largo día de trabajo?
-¿Prefieren los calcetines nuevos o los viejos ?
-¿Alguna vez han soñado con ser libres”?
Estúpidas.
Infantiles.
Inocentes.Alcé la vista, clavándola en ella —¿Qué mierda es esto?
—siseé, alzando la vista hacia ella.
Ella abrió los ojos como platos.
Creo que fue la primera vez que me oyó decir una grosería en voz alta.
Nunca me había oído decir groserías.
Lo noté en su cara: la sorpresa genuina, casi infantil.
—¿Qué?
—preguntó en voz baja.
—No solo usted tiene derecho a usar lenguaje soez —le espeté, cerrando el cuaderno de golpe—.
Y no me mire así.
Me tiene harto.
Harto de sus evasivas, de sus silencios, de que desaparezca cada vez que entro en una habitación.
Quiero pelearme con usted.
Quiero que me mire como antes.
Quiero… —me detuve, porque lo que quería decir a continuación era demasiado peligroso.
-No se de que habla profesor- Dijo ella con indiferencia- -Por supuesto que si sabe y estoy harto.
Harto de su silencio.
Harto de que me evite como si yo fuera una maldita plaga.
Quiero que me insulte.
Quiero que me mire como antes.
Porque esto… —señalé el espacio vacío entre nosotros— esto me está matando.
Aproveché que el castillo dormía.
Que no había testigos.
Que los elfos ya se habían esfumado.
No pensé.
y rompi mi promesa La tomé de la cintura con ambas manos, la giré y la estrellé contra la pared más cercana de las cocinas .
No con violencia real, pero sí con urgencia.
Su espalda chocó contra la piedra fría y soltó un jadeo corto.
Mis labios aplastaron los suyos como si quisiera borrar cada día de distancia que nos habíamos impuesto.
Y ella… por algún milagro incomprensible… correspondió., Su boca se abrió bajo la mía y el beso se volvió más profundo, más demandante.
Mi lengua encontró la suya saboreándola, reclamándola.
Mis manos bajaron por su cintura, por sus caderas, hasta sus muslos.
Subí la falda plisada de su uniforme con un movimiento brusco, sin pedir permiso.
La tela se arrugó en mis puños.
La levanté.
Sus piernas se abrieron instintivamente y se enroscaron alrededor de mi cintura.
La sostuve contra la pared con mi cuerpo, mis caderas encajadas entre las suyas.
Sentí el calor de su centro a través de la ropa interior.
Y ella lo sintió también: mi erección, dura, abultada, presionando dolorosamente contra la tela tensa de mis pantalones.
Empujé hacia adelante.
Solo un roce.
Un movimiento lento, deliberado.
La fricción la hizo jadear contra mi boca.
Ese sonido me prendio demasiado Volví a empujar, más fuerte esta vez, frotándome contra ella en un ritmo que no podía controlar.
Mis manos se clavaron en sus muslos, abriéndolos más, manteniéndola en su sitio mientras me mecía contra su humedad creciente.
Podía sentirla mojarse a través de la tela fina.
El calor, la humedad, la forma en que su cuerpo temblaba cada vez que mi longitud rozaba justo donde más lo necesitaba.Subi mi mano y Encontré la piel suave de su abdomen, subí más, hasta cerrar la mano sobre su seno.
Lo apreté con firmeza, el pulgar rozando el pezón ya endurecido a través del sujetador.
Un gemido fuerte escapó de su garganta alto, involuntario, desesperado Inmediatamente se tapó la boca con la mano, los ojos muy abiertos por el pánico y el placer.Sus mejillas estaban encendidas, los labios hinchados, los ojos muy abiertos ,mezcla de pánico, deseo y algo que parecía vergüenza Y entonces me empujó.
Fuerte.
Con ambas manos contra mi pecho.
Bajó las piernas, se deslizó hasta el suelo, se bajó la falda con dedos temblorosos y….
Corrió.
No miró atrás.
Salio de las cocinas rapidamente Sus pasos resonaron por el pasillo oscuro hasta que desaparecieron escaleras abajo Me quedé allí, apoyado contra la pared que acababa de tenerla a ella, respirando con dificultad.
La erección todavía dolía bajo la tela.
El sabor de su boca seguía en mis labios.
El calor de su piel seguía en mis manos.
—Maldita sea —susurré al vacío.
No la perseguí.No podía.
Porque si lo hacía, no estaba seguro de poder detenerme.
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