Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Odio y deseo - Capítulo 21

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Odio y deseo
  4. Capítulo 21 - 21 Odio o deseo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

21: Odio o deseo?

21: Odio o deseo?

Corrí sin mirar atrás, los zapatos resonando contra la piedra fría del pasillo como si cada paso intentara alejarme de lo que acababa de pasar.

El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta, en las sienes, en las puntas de los dedos.

No paré hasta que llegué al baño de chicas más cercano, el que estaba en el corredor de las mazmorras, el que casi nadie usaba a esas horas porque olía un poco a humedad y a jabón viejo.

Empujé la puerta con el hombro y entré de golpe.

Me apoyé contra la madera cerrada, respirando como si hubiera corrido hasta Hogsmeade y vuelta.

El espejo frente a mí me devolvió una versión desastrosa de mí misma: el cabello revuelto, los labios hinchados y rojos, la falda todavía arrugada en los lugares donde sus manos la habían subido sin permiso.

Me veía… marcada.

Como si él hubiera dejado huellas invisibles que solo yo podía sentir.

Cerré los ojos y apoyé la frente contra la puerta fría.

¿Qué demonios acababa de pasar?

Su boca.

Su lengua.

La forma en que me había besado como si quisiera comerme entera.

No había sido tierno.

No había sido dulce.

Había sido desesperado, hambriento, casi violento.

Y yo… yo le había correspondido.

Le había abierto la boca, le había enredado los dedos en la túnica,me…enrede en el..

había gemido contra sus labios como una idiota.

Había sentido cada centímetro de su cuerpo pegado al mío, la pared fría en mi espalda y él ardiente delante.

Sus manos en mis muslos, abriéndolos, subiendo la falda sin pedir permiso Y luego… Dios.

Sentí su erección.

Grande.

Dura.

Abultada contra la tela de sus pantalones negros.

Cada vez que empujaba contra mí, la fricción era tan intensa que me hacía temblar.

Me había mojado.

Mucho.

Tanto que la humedad se sentía pegajosa e incómoda entre mis piernas, empapando la ropa interior.

Todavía la sentía ahora, caliente, insistente, recordándome que no había terminado nada.

Que me había dejado a medias.

Insatisfecha.

Dolorosamente insatisfecha.

Me deslicé hasta sentarme en el suelo, la espalda contra la puerta, las rodillas contra el pecho.

Intenté respirar hondo, pero cada inhalación traía su olor: pergamino viejo, hierbas quemadas, algo oscuro y masculino que se me había metido bajo la piel.

Era mi profesor.

Mi profesor.

Si alguien nos hubiera visto… un alumno…un orefecto…merlin…o un profesor o el director…a mí me expulsarían.

Sin dudarlo.

Una alumna de quinto año besuqueándose ,no, frotándose..

contra Severus Snape en las cocinas a medianoche.

Y a él… a él lo despedirían.

O peor.

Lo juzgarían.

Lo humillarían públicamente.

Todo por lo que acababa de pasar.

Todo por un beso que no debería haber existido.

Y sin embargo… no podía dejar de pensar en cómo se había sentido.

En cómo me había levantado contra la pared como si no pesara nada.

En cómo sus dedos se habían clavado en mis muslos, abriéndome más, manteniéndome exactamente donde él quería.

En cómo había empujado contra mí una y otra vez, rozándome justo ahí, justo donde más lo necesitaba, hasta que el placer se había vuelto casi doloroso.

Quería odiarlo por haberme dejado así.

Quería odiarme a mí por haber corrido en vez de… no sé.

¿Quedarme?

¿Pedirle más?

¿Dejar que siguiera?

Me pasé las manos por la cara, intentando borrar el calor que todavía me quemaba las mejillas.

Entre mis piernas seguía esa humedad traicionera, esa sensación hinchada y sensible que me recordaba cada roce, cada empujón.

Me moví un poco, intentando aliviar la presión, pero solo conseguí que un escalofrío me recorriera la espalda.

Gemí bajito, sin querer, y me tapé la boca con la mano como había hecho en el pasillo.

No podía volver a mi dormitorio así.

No podía caminar por los pasillos con esta cara de culpable y este… este deseo que no se iba.

Me quedé allí sentada un rato largo, escuchando el goteo lejano de un grifo mal cerrado, intentando convencerme de que había hecho lo correcto al huir.

Pero en el fondo sabía que no era cierto.

Porque una parte de mí , quería volver.

Quería encontrar la forma de que volviera a ponerme contra una pared.

Quería sentir de nuevo esa erección dura presionando contra mí.

Quería que terminara lo que había empezado.

Y eso me aterrorizaba más que cualquier castigo que pudieran ponernos si nos descubrían.

Porque ya no era solo un profesor que me irritaba lo odiaba demonios lo odiaba tanto que queria ahogarlo en el lago pero lo que hoy paso…me hace dudar, estaba confundida ,no sabia porque queria que severus me hubiera detenido y…terminar lo que inicio Severus snape/ El despacho estaba oscuro.

Solo la luz mortecina de la chimenea y una vela solitaria sobre el escritorio.

Cerré la puerta con llave, apoyé la espalda contra ella y respiré hondo, como si el aire pudiera borrar lo que aún sentía en la piel.

No funcionó.

Su sabor todavía estaba en mi boca.

Sus gemidos bajos resonaban en mi cabeza.

La forma en que sus muslos se habían abierto alrededor de mis caderas, cómo su humedad había empapado la tela entre nosotros, cómo había empujado contra ella buscando más fricción.

Todo eso se repetía en bucle Me quité la túnica con movimientos bruscos, la tiré sobre el respaldo de la silla.

La camisa seguía oliendo a ella ,un rastro leve de su champú, de su piel, de esa humedad que había sentido a través de la ropa interior cuando la había presionado contra mí, Bajé la mano por instinto, palpando la erección que no había disminuido ni un ápice desde que ella había huido.

Dolía.

Dolía de una forma que no había sentido en años.

Me dejé caer en el sillón de cuero detrás del escritorio, las piernas abiertas, la cabeza echada hacia atrás.

Cerré los ojos y la vi.

La vi contra la pared, las piernas alrededor de mi cintura, la falda arrugada en mis puños, los muslos temblando cada vez que empujaba contra ella.

Sentí de nuevo el calor húmedo que se filtraba a través de la tela fina de mi pantalon, la forma en que su centro se había abierto instintivamente para recibir la presión de mi longitud.

Recordé el gemido ahogado que había escapado de su garganta justo antes de taparse la boca, el pánico en sus ojos mezclado con deseo puro.

Mi mano bajó sola.

Desabroché el pantalón con dedos que no obedecían del todo.

Saqué mi erección dura, hinchada, la punta ya mojada de líquido preseminal.

La rodeé con la palma, apretando una sola vez, y un gruñido bajo salió de mi garganta.

Empecé lento.

Arriba y abajo, imaginando que era su cuerpo el que me envolvía en vez de mi propia mano.

Imaginé que no había huido.

Que en lugar de empujarme y correr, había bajado la mano entre nosotros, había abierto los botones de mi pantalón, había sacado mi miembro y lo había guiado contra su entrada húmeda, frotándolo sin dejarme entrar, solo rozando, torturándome.

Aceleré el ritmo se volvió más veloz, más urgente.

Mi otra mano se clavó en el brazo del sillón, los nudillos blancos.

La imaginé gimiendo mi nombre ,no “profesor”, sino Severus..

la imaginé arqueando la espalda contra la piedra fría mientras yo empujaba más fuerte, rozando su clítoris con cada movimiento de cadera, sintiendo cómo se mojaba más, cómo su humedad me cubria los pantalones cómo su aliento se entrecortaba contra mi cuello.

La imaginé viniéndose así, contra la pared, solo con la fricción de mi erección frotándose contra su sexo empapado, sus piernas temblando alrededor de mí, sus uñas clavadas en mis hombros.

El modo en que su cuerpo se había arqueado hacia mí cada vez que empujaba.

El gemido ahogado que había escapado antes de taparse la boca.

Ese sonido, ese maldito sonido, fue lo que me volvio loco Me corrí con un gruñido ronco, el placer estallando en oleadas rápidas.

El semen caliente salpicó mi abdomen, mi mano.

Me quedé allí, jadeando, la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo, el pecho subiendo y bajando con violencia.

El silencio volvió.

Abrí los ojos y miré el desastre que había hecho sobre mí mismo.

No sentí alivio.

Solo una rabia contra mí por haber cedido.

Contra ella por haber huido.

Contra los dos por haber cruzado una línea de la que ya no había vuelta atrás.

Me limpié con un movimiento brusco.

Me recompuse la ropa.

Apagué la vela de un soplido.

Pero no pude apagar la imagen de ella.

Ni su sabor.

Ni el modo en que mi cuerpo todavía la reclamaba.

Al día siguiente, clase de Pociones Entré al aula y me senté lo más lejos posible de su escritorio.

Cada vez que pasaba cerca de mi mesa para inspeccionar calderos, sentía que el aire se volvía más denso.

Evitaba mirarlo.

Él evitaba mirarme.

Pero los dos lo hacíamos de forma tan obvia que era peor que si nos hubiéramos estado gritando.

Yo ponía los ingredientes a toda prisa: raíz de valeriana, escamas de serpiente.

Las manos me temblaban.

Cada vez que él se acercaba aunque fuera a tres mesas de distancia, mi pulso se disparaba.

Podía olerlo: ese aroma a hierbas y pergamino que ahora me hacía apretar los muslos bajo la mesa sin querer.

Recordaba demasiado bien cómo se había sentido pegado a mí anoche.

Cómo había empujado.

Cómo me había dejado mojada e insatisfecha.

Cuando terminó la clase, recogí todo a la velocidad de un rayo.

Recogi los frascos sin cuidado y los acomode en los estantes,el caldero aún humeaba Necesitaba salir.

Necesitaba aire.

Necesitaba no verlo.

Corrí hacia la puerta y fui a mis demas clases despues de horas ya estaba controlada se me habian pasado un poco los nervios baje al gran comedor a comer algo junto con los demas estudiantes No vi venir el choque.

Me habia topado gon una pared de tela negra que no estaba ahi antes en el pasillo del gran comedor cuando alce la vista…vi que era El Él se giró de inmediato, la varita ya medio alzada, la boca abierta para soltar el grito que seguramente tenía preparado para cualquier alumno torpe.

Y entonces me vio.

Tragó saliva.

Visiblemente.

Su nuez de Adán subió y bajó con fuerza.

Sus ojos se oscurecieron un instante Antes de que pudiera decir nada, extendió el brazo, agarró a Remus Lupin ,que justo pasaba por ahí con su túnica raída y esa expresión cansada de siemprey lo interpuso entre nosotros como si fuera un escudo humano.

—Lupin —dijo con voz tensa, demasiado alta—.

Necesito hablar contigo.

Ahora.

Sobre… los horarios de las rondas nocturnas.

Es urgente.

Remus parpadeó, confundido.

—¿Ahora?

Pero si acabamos de… —Ahora —repitió Snape, y lo jaló del brazo con más fuerza de la necesaria, obligándolo a girarse y caminar en dirección contraria a mí.

Yo pasé de largo sin decir una palabra.

Pero alcancé a ver cómo Snape mantenía la mano en el brazo de Remus, tirando de él para que no me acercara a el Como si necesitara esa barrera física entre nosotros y yo estaba de acuerdo con jsar a remus de escudo humano Seguí caminando hacia el Gran Comedor con las piernas temblando.

Y en mi mente solo había una imagen: Severus Snape usando a Remus Lupin como escudo humano porque no se atrevía a mirarme a los ojos después de lo que me había hecho anoche.

Después de lo que ambos habíamos hecho.

Y lo peor era que, a pesar de todo, una parte de mí quería que dejara de esconderse detrás de nadie.

Quería que volviera a ponerme contra una pared.

Severus snape/ Remus y yo nos habíamos alejado lo suficiente del pasillo principal como para que Michelle ya no pudiera vernos.

Lo había arrastrado hasta el lugar más oscuro del corredor de las mazmorras, donde las antorchas apenas llegaban a iluminar las paredes húmedas.

Lo solté de golpe, como si tocarlo me diera asco Él se frotó el brazo con una mueca, pero no se quejó.

Nunca se quejaba.

—¿Estás bien, Severus?

—preguntó en voz baja, con esa maldita preocupación suya que siempre sonaba genuina y que siempre me irritaba más de lo que debería—.

Te ves… alterado.

Lo miré con desprecio puro.

—No digas estupideces, Lupin —repliqué, la voz baja y cortante—.

Estoy perfectamente.

Él inclinó la cabeza ligeramente, evaluándome como si yo fuera uno de sus malditos alumnos problemáticos.

—Claro.

Perfectamente.

Por eso te vez alterado Abrí la boca para soltarle algo venenoso, pero él levantó una mano con calma exasperante.

—No hace falta que lo niegues.

Solo… si necesitas hablar, ya sabes que… —No necesito hablar —lo interrumpí, dando un paso atrás—.

Y menos contigo.

Remus suspiró, esa exhalación larga y cansada que siempre hacía cuando sabía que estaba perdiendo la batalla pero no quería rendirse del todo.

—Está bien.

Como quieras.

—Hizo una pausa, y su expresión cambió.

Se volvió más seria, más profesional—.

Solo quería recordarte que mañana tienes que ir al Ministerio.

A las diez en punto.

Kingsley me lo confirmó esta mañana.

Ya sabes…sobre que Quieren que declares una vez más sobre… tu pasado como Mortífago.

Detalles adicionales sobre las fechas, las reuniones, los nombres que no mencionaste la última vez.

Dicen que es para cerrar algunos expedientes pendientes.

El mundo se detuvo un segundo.

Sentí cómo la sangre se me subía a la cabeza, cómo el pulso se me aceleraba en las sienes hasta volverse doloroso.

Mañana.

Otra vez.

Otra maldita sesión en esa sala fría, con esos burócratas de mirada acusadora y plumas que no paraban de garabatear, obligándome a revivir cada decisión, cada humillación, cada noche en que había fingido ser uno de ellos mientras el asco me carcomía por dentro.

Otra vez exponiendo mis cicatrices para que el Ministerio pudiera sentirse limpio.

Enfurecí.

—¿Otra vez?

—dije cortante—.

¿Otra maldita vez?

¿No tuvieron suficiente con las últimas diez declaraciones?

¿Con los interrogatorios bajo Veritaserum?

Ya no podian hacerlo y ahora resulto que de nuevo usaran veritaserum..que paso con lo acordado..¿Con las noches enteras que pasé respondiendo lo mismo una y otra vez mientras ellos fingían que no sabían quién era yo desde el principio?

Remus no retrocedió, aunque vi cómo sus hombros se tensaban.

—Severus… —No —lo corté, dando un paso hacia él, tan cerca que casi podía oler el leve aroma a chocolate y pergamino viejo que siempre lo acompañaba—.

No me digas “Severus” como si fuéramos amigos.

No me digas que es solo rutina.

No me digas que es por el bien mayor.

Estoy harto.

Harto de que me arrastren una y otra vez a esa sala para que me humillen delante de extraños que nunca arriesgaron nada.

Harto de que me recuerden que, para ellos, sigo siendo el Mortífago arrepentido, el traidor útil, el hombre que solo vale mientras siga sirviendo de testigo estrella.

Mi respiración era irregular.

Sentía el pecho apretado, como si una mano invisible me estuviera estrujando los pulmones.

—Y justo ahora… justo cuando… —Me detuve.

No podía decirlo.

No podía admitir que el motivo real de mi alteración no era el Ministerio, sino ella.

El beso en el pasillo.

La forma en que había huido dejándome con una erección dolorosa y una culpa que me quemaba más que cualquier recuerdo de la Marca Tenebrosa.

Remus me miró con esa comprensión silenciosa que odiaba.

—No tienes que ir solo —dijo en voz baja—.

Puedo acompañarte si… —No necesito niñera —espeté, girándome de golpe—.

Y no necesito tu compasión.

Vete, Lupin.

Vete antes de que olvide que no eres uno de ellos.

Se quedó quieto un segundo más.

Luego asintió lentamente.

—Como quieras.

Pero mañana a las nueve y media estaré en la entrada principal.

Si cambias de idea… ya sabes dónde encontrarme.

No respondí.

Se alejó por el pasillo con pasos tranquilos, dejándome solo con el eco de mis propios latidos y la rabia que no tenía dónde descargar.

Me apoyé contra la pared fría, cerré los ojos y respiré hondo.

Mañana tendría que enfrentarme al Ministerio.

Al dia siguiente Llegué a la entrada principal a las nueve y veintinueve minutos.

Puntual.

Siempre puntual cuando se trataba de algo que odiaba con cada fibra de mi ser.

El sol de noviembre entraba oblicuo por las ventanas altas del vestíbulo, iluminando el polvo en suspensión como si el castillo mismo estuviera conteniendo la respiración.

Llevaba la túnica más oscura que tenía, la capa más cerrada, como si eso pudiera protegerme de lo que venía.

Sabía que usarían Veritaserum.

Siempre lo usaban en estas “declaraciones adicionales”.

No era una sorpresa.

Era una humillación calculada: obligarme a abrir la boca y dejar que las palabras salieran sin filtro, sin control, mientras ellos anotaban cada detalle como si fueran coleccionistas de mis vergüenzas.

Cada vez que la poción me tocaba la lengua, sentía el mismo asco que la primera vez: la pérdida absoluta de soberanía sobre mi propia mente.

Remus ya estaba allí, apoyado contra una de las columnas, con esa expresión de preocupación serena que me daban ganas de borrarle de un golpe.

A su lado, Minerva, con el moño más apretado que de costumbre, y Pomona Sprout, que había decidido que “apoyar moralmente” era una buena idea.

Incluso Flitwick rondaba cerca, fingiendo ajustar su varita.

Los vi a todos y sentí cómo la bilis me subía por la garganta.

—¿Qué es esto?

—pregunté, deteniéndome a tres pasos de distancia—.

¿Una excursión escolar?

¿O acaso piensan que necesito una escolta para ir a que me humillen en público?

Remus se enderezó de inmediato.

—Severus, solo queríamos… —No me interesa lo que “solo querían” —lo corté, la voz baja pero afilada como una navaja—.

No necesito niñeras.

No necesito que me acompañen como si fuera un niño camino a su primera lección de vuelo.

Puedo ir solo.

Siempre he ido solo.

Minerva dio un paso adelante, los labios apretados en esa línea fina que conocía demasiado bien.

—Severus Snape —dijo, con esa mezcla de autoridad y reproche que solo ella podía usar conmigo sin que yo respondiera con veneno inmediato—.

Somos colegas.

Somos amigos.

Y no estamos aquí para escoltarte como si fueras un prisionero.

Estamos aquí porque nos importa.

Porque sabemos lo que cuesta cada una de estas visitas al Ministerio.

Y porque, te guste o no, no estás solo en esto.

La miré fijamente.

Quería gritarle que no necesitaba su compasión.

Que su “amistad” no borraba el hecho de que, para el mundo, seguía siendo el ex-Mortífago que había cambiado de bando demasiado tarde.

Que cada vez que me obligaban a repetir mi historia, era como si me arrancaran trozos de piel.

Pero no lo dije.

En cambio, solté una risa corta, amarga.

—Qué conmovedor.

Pero no estoy de humor para sentimentalismos.

Si tanto les preocupa mi bienestar, quédense aquí y déjenme ir.

Cuanto antes termine con esto, antes podré volver a mi despacho y fingir que nada de esto ha pasado.

Pomona abrió la boca para decir algo ,probablemente algo amable y maternal que me habría hecho estallar, pero Minerva levantó una mano para detenerla.

—Te acompañaremos de igual forma —dijo, con voz más suave pero no menos firme—.

Y no porque seas débil, sino porque eres uno de nosotros.

Aunque seas el más terco y el más insoportable de todos.

No respondí.

Me giré hacia la salida,discutir con minerva era igual que discutir conmigo .Nada la haria cambiar de opinion Sentí sus miradas clavadas en mi espalda todo el camino hasta la puerta principal.

Remus murmuró algo —probablemente un “ten cuidado” que no alcancé a oír del todo—.

El carruaje del Ministerio ya esperaba en el puente.

Subí .

Cerré la puerta.

Y mientras el carruaje se elevaba, solo pude pensar en dos cosas: En el interrogatorio que me esperaba, con su poción y sus preguntas interminables.

Y en ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo