Odio y deseo - Capítulo 22
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
22: CIM 22: CIM Severus Snape/ El carruaje descendió con un suave balanceo frente al Ministerio de Magia.
El Atrio estaba más concurrido de lo habitual: aurores con capas oscuras cruzando a paso rápido, empleados de bajo rango cargando pergaminos, y ese olor persistente a pergamino quemado y magia estancada que nunca cambiaba.
No me detuvieron en la recepción.
Dos aurores uno con la cara marcada por una cicatriz que parecía hecha por un Cruciatus mal lanzado, el otro con ojos que no parpadeaban lo suficiente, se acercaron en cuanto puse un pie en el suelo y me flanquearon sin decir palabra.
No era una escolta.
Era una contención.
Bajamos por el ascensor dorado en silencio absoluto.
Nadie me miró a los ojos.
Nadie habló.
Solo el chirrido metálico y el ocasional tintineo de monedas en los bolsillos de los aurores Cuando las puertas se abrieron en el nivel nueve ,el Departamento de Misterios y, más abajo, las salas de interrogatorio de alto riesgo, supe exactamente a dónde me llevaban.
No era la sala pequeña y fría donde había declarado las veces anteriores.
Era la Sala de Audiencias Número Uno.
La que usaban para los casos que no podían permitirse filtraciones.
La que tenía asientos en gradas altas, como un anfiteatro romano, y un estrado central que parecía diseñado para ejecuciones públicas disfrazadas de interrogatorios.
Entré.
El aire era más denso allí.
Más pesado.
Olía a cera de vela, a metal Las gradas estaban casi llenas.
Magos y brujas de rostros que reconocía de los periódicos, de los archivos del Ministerio, de las listas de “personas de interés” que yo mismo había ayudado a compilar en otra vida.
Algunos eran antiguos aliados de Dumbledore.
Otros, ex-Mortífagos que habían comprado su libertad con información.
Y en el lado izquierdo, ocupando toda una sección como si fueran una especie de jurado maldito, estaban ellos: la Lista del CIM.
Los 200 magos más peligrosos de Europa, clasificados por poder letal, influencia residual y probabilidad de reincidencia.
La mayoría ya había pasado por interrogatorios similares semanas atrás.
Rostros pálidos, miradas vacías, algunos con grilletes mágicos sutiles en las muñecas que brillaban tenuemente bajo las mangas.
Yo figuraba en el tercer lugar.
Tercer lugar.
Y como los dos primeros de esa lista estaban muertos se pasaron al siguiente que era yo No me sorprendió.
Solo me enfureció de una forma fría y contenida.
Me llevaron al estrado.
Una silla de madera oscura, respaldo alto, brazos tallados con runas de contención.
Me senté sin que me lo pidieran.
El jefe del Departamento de la Lista ,un hombre alto, de cabello plateado y ojos que parecían grises ,se levantó de su asiento en la primera fila.
Kingsley Shacklebolt no estaba allí; esto era demasiado sucio incluso para él.
El hombre se acercó con una botella pequeña de cristal negro en la mano.
—Severus Snape —dijo, voz resonante, sin emoción—.
Tercero en la Lista del CIM.
Ex-Mortífago.
Doble agente confirmado.
Has sido convocado para una declaración complementaria bajo Veritaserum.
¿Aceptas?
No tenía opción.
Nunca la tenía.
Asentí una sola vez.
Me tendió la botella.
Bebí.
El líquido era espeso, amargo, con un regusto metálico que se extendía por la lengua como sangre fría.
Sentí cómo se filtraba en mi mente, cómo aflojaba los nudos que yo había tejido durante décadas para proteger mis secretos.
No luché.
Luchar solo prolongaba el dolor.
El hombre regresó a su asiento.
Las runas del estrado brillaron una vez, sellando el espacio.
Nadie podía entrar ni salir hasta que terminaran.
—Comencemos —dijo.
La primera pregunta fue suave.
Siempre empezaban así.
—¿Confirmas tu participación en la reunión del 2 de noviembre de 1981 en la mansión Malfoy, donde se discutió el asesinato de los Potter?
—Sí.
La palabra salió sin esfuerzo.
Sin filtro.
Sin control.
—¿Confirmas que entregaste la profecía a lord Voldemort sabiendo que implicaba la muerte de Lily Evans?
—No Me quede helado al recordar su nombre de nuevo.El murmullo en las gradas creció.
Sentí las miradas clavadas en mí como agujas.
No bajé la vista.
Miré al frente, al vacío, como si estuviera solo en mi despacho.
Las preguntas siguieron.
Fechas.
Nombres.
Reuniones que había olvidado deliberadamente.
Detalles que había enterrado tan profundo que dolía desenterrarlos.
Cada “sí” era una puñalada.
Cada silencio entre preguntas era un respiro que no duraba.
—¿Has mantenido contacto con antiguos Mortífagos después de la caída de Voldemort en 1998?
—No.
Ninguno activo.
Mentira.
La poción no me permitía mentir, pero la verdad era más complicada.
Había contactos.
Vigilancia.
Amenazas que había neutralizado en silencio.
Pero no contactos “activos”.
La poción lo aceptó.
—¿Has utilizado magia oscura desde entonces sin autorización del Ministerio?
—Sí.
En defensa propia.
En misiones clasificadas.
Más murmullos.
—¿Consideras que tu posición en el tercer lugar de la Lista del CIM es merecida?
La pregunta me tomó por sorpresa.
Miré directamente al jefe del departamento.
—Sí —respondí, y la palabra salió con una claridad que me heló la sangre—.
Porque el poder que tengo no desaparece con el arrepentimiento.
Porque sé cómo matar.
Porque sé cómo manipular.
Porque, incluso ahora, si decidiera ser el siguiente lord oscuro que el CIM tanto teme, pocos podrían detenerme.
Hubo un silencio absoluto.
El hombre asintió una sola vez.
—¿Sigue usted en contacto con algún Mortífago no capturado?
—No.
—¿Ha considerado alguna vez retomar actividades oscuras por iniciativa propia?
—No.
—¿Qué nivel de lealtad siente actualmente hacia el Ministerio de Magia?
—Ninguno.
Cumplo órdenes porque juré hacerlo.
No por lealtad.
Por deuda.
Un murmullo recorrió la sala.
—Última pregunta por hoy.
¿Hay algo que no hayas declarado y que consideres relevante para tu clasificación en esta lista?
Ppr alguna razon pense en ella La poción tiró de la verdad.
—No —dije—.
Nada que afecte mi peligrosidad.
No era mentira.
Lo que sentía por ella no me hacía menos peligroso.
Al contrario.
Me hacía más impredecible.
.
Y eso, en esta sala, era lo más peligroso de todo.La interrogación duró tres horas.
Cuando por fin me liberaron de la poción , me quedé sentado un segundo más, sintiendo cómo mis pensamientos volvían a pertenecerme.
La barrera se disolvió.
Me puse de pie lentamente.
El jefe del departamento cerró su pergamino.
—Sesión concluida.
Puedes retirarte.
Me levanté.
Las runas se apagaron.
Los aurores volvieron a flanquearme.
Caminé hacia la salida con la cabeza alta, el sabor del Veritaserum todavía en la lengua, la mente llena de ecos Tercer lugar.
Y sin embargo, lo que más me aterrorizaba no era esa clasificación.
Era volver al castillo y enfrentarme a ella sabiendo que, después de todo esto, todavía la deseaba.
Todavía la necesitaba.
Y que eso, más que cualquier interrogatorio, era lo que realmente podía destruirme.
Y que, después de hoy, después de que me recordaran una vez más quién había sido, quién seguía siendo para el mundo, no sabía si alguna vez me atrevería a acercarme de nuevo.
Porque el mago mas peligroso número tres de Europa no merecía tocarla.
Y sin embargo… no podía dejar de desearlo.
El carruaje aterrizó en el césped frente al castillo.Bajé sin esperar que la puerta se abriera del todo, El aire frío de Escocia me golpeó la cara, pero no fue suficiente para disipar el sabor amargo del Veritaserum que todavía sentía en la lengua.
Caminé directo hacia la entrada principal, ignorando las miradas de los alumnos que salían de clases vespertinas.
No quería hablar.
No quería ver a nadie.
Pero la sala de profesores estaba llena cuando entré.
Sinistra, Pomfrey, Hagrid (que apenas cabía en el sofá demasiado pequeño), Trelawney (con su chal de gasa y una expresión de preocupación etérea) y los demás que se habían quedado en el castillo.
Minerva ,remus ,pomona , y filius entraron despues de mi y todos los demas se giraron al verme.
—¿Cómo le fue, Severus?
—preguntó Pomfrey con esa voz suave que usaba para pacientes graves.
Hagrid se inclinó hacia adelante, haciendo crujir el sofá.
—¿Te dieron duro, amigo?
¿Te preguntaron por… ya sabes?
Trelawney se llevó una mano al pecho.
—Las estrellas me avisaron que hoy sería un día de revelaciones Me acerque a la licorera y me servi un poco de wiskhy —No fue un picnic en Hogsmeade —repliqué, seco—.
Preguntas.
Veritaserum.
La misma humillación de siempre.
Nada nuevo.
Minerva tomo una taza de te —No necesitas fingir que no te afecta, Severus.
Todos sabemos lo que cuesta.
—No necesito compasión —espeté—.
Solo quiero un momento de silencio.
Tragué el whisky de un solo trago.
El fuego me bajó por la garganta y no calmó nada.
el silencio no duró.
Minerva cruzó los brazos.
—Tal vez necesitemos algo que disuelva esta tensión que se respira en todo el castillo.
No solo tú estás irritable.
Los alumnos también lo estan.
La atmósfera está cargada desde hace semanas.
—Hizo una pausa, mirando a cada uno—.
Propongo una dinámica.
Un concurso.
Algo que los saque de las aulas y los obligue a interactuar de forma… menos hostil.
Hagrid soltó una risita.
—¿Una cacería del tesoro?
—Algo así —dijo Minerva—.
Un pergamino mágico encantado que se esconde en algún lugar del castillo y los terrenos .
Todos contra todos: alumnos de todos los cursos, profesores incluidos si quieren participar.
El que lo encuentre primero gana el premio.
Pomfrey arqueó una ceja.
—¿Y qué premio sería tan irresistible como para que los alumnos se maten entre ellos buscándolo?
Minerva sonrió levemente, esa sonrisa suya que siempre precedía a algo astuto.
—El premio es… acceso ilimitado durante un mes entero a la Sección Prohibida de la Biblioteca.
No solo la parte restringida por edad.
La Sección Prohibida completa.
Incluyendo los tomos que están bajo llave triple, los que Dumbledore guardaba personalmente, los que contienen hechizos que ni siquiera el Ministerio permite mencionar.
Cualquier libro.
Cualquier pergamino.
Sin supervisión.
Sin preguntas.
Solo el ganador y quien él decida llevar consigo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Sentí cómo mi pulso se aceleraba.
La Sección Prohibida.
Los grimorios que había intentado leer a escondidas durante años.
Los tratados de pociones antiguas que solo se mencionaban en susurros.
Los volúmenes que contenían variaciones de pociones de juventud eterna, de invisibilidad permanente, de control mental que iban más allá de Imperius.
Libros que Dumbledore me había negado una y otra vez con esa mirada suya de “no estás listo”.
Libros que podrían cambiarlo todo.
Que podrían darme respuestas sobre… sobre mí mismo.
Sobre lo que quedaba de mi alma después de todo esto.
No pude evitarlo.
Tragué saliva.
Minerva me miró directamente.
—Y sí, Severus.
Tú también puedes participar.
Todos contra todos.
Sin excepciones.
Reglas simples: el pergamino estará encantado para cambiar de lugar cada hora.
No se permite dañar a otros concursantes.
No se permite usar magia que pueda herir.
Pero todo lo demás… vale.
Mentiras, alianzas temporales, engaños, trampas sutiles.
El castillo es el tablero.
El ganador se lleva el premio.
Minerva continuo -Y no solo eso , tendran una recompensa por sus habilidades , albus aprobo que se dieran 10,000 galeones..ya lo habia hablado con el y esta de acuerdo Hagrid soltó un silbido bajo.
—Merlín bendito… eso es… —Irresistible —terminó filius, con los ojos brillantes—.
Hasta yo lo querría.
Sinistra sonrió por primera vez.
—Me apunto.
Hace años que quiero leer el Codex Umbrarum sin que me miren mal y un buen bono no me vendria nada mal…
Trelawney se llevó las manos a las sienes.
—Veo… veo auras de competencia feroz.
Minerva ignoró el comentario y miró alrededor.
—¿Qué dicen?
¿Lo aprobamos?
Pomfrey asintió.
—Podría ser bueno para todos.
Desahogarse un poco.
Hagrid se frotó las manos.
—¡Yo me apunto!
Aunque sea pa’ ver el jaleo.
Minerva se volvió hacia mí.
—¿Severus?
La miré fijamente.
Sabía que era una trampa.
Sabía que ella lo había diseñado así a propósito: un cebo irresistible para mí.
Para que participara.
Para que me obligara a mezclarme con los alumnos.
Con ella.
Y lo peor: funcionaba.
—Bien —dije, la voz baja y controlada, aunque por dentro ya estaba planeando cada rincón del castillo donde podría esconderse un pergamino.
Lo apruebo.
Minerva sonrió de nuevo, satisfecha.
—muy bien Lo anunciaremos en la cena de esta noche.
El concurso empieza mañana al amanecer.
Salí de la sala de profesores sin decir nada más.
Pero en mi mente ya no estaba el Ministerio, ni el Veritaserum, ni la Lista.
Estaba el premio.
Y estaba ella.
Porque si iba a participar ,y maldita sea, iba a participar,no iba a ser solo por los libros.
Iba a ser por la oportunidad de cruzarme con ella en los pasillos oscuros, de competir contra ella, de verla usar esa inteligencia suya que tanto me irritaba y tanto me atraía.
Y si tenía que hacer trampas para ganar… las haría.
Sin remordimientos.Estaba fascinado por competir contra la mocosa insolente y No sabía si eso me aterrorizaba o me excitaba más.
Pero una cosa era segura: no iba a perder.
y menos contra ella porque aun seguia odiandola por insubordinada y una competencia abierta seria perfecto para vengarme de todas sus estupideces y para que ella empezara a respetarme y supiera cual es su lugar tenia ventaja en esto la mocosa no sabia usar magia..pobre tonta.
Horas despues/Cena en el gran comedor La cena ya había empezado cuando entré al Gran Comedor.
El murmullo habitual de cubiertos y conversaciones se amortiguó apenas un poco al verme cruzar el umbral.
No me importó.
Me dirigí directamente a la mesa de profesores sin mirar a nadie en particular, aunque sentí perfectamente dónde estaba ella: en la mesa de slytherin segunda fila desde la cabecera, con la cabeza inclinada sobre su plato como si el pastel de calabaza fuera lo más interesante del mundo.
No levantó la vista.
Mejor.
No estaba listo para que nuestros ojos se cruzaran después de lo del Ministerio y lo del pasillo.
Minerva se puso de pie en cuanto me senté.
Todos los alumnos ,y algunos profesores, se giraron hacia ella.
—Buenas noches a todos —dijo con esa voz clara y autoritaria que hacía que hasta los más revoltosos se callaran—.
Esta noche no solo venimos a comer.
Tenemos un anuncio importante.
Hizo una pausa teatral.
Sabía exactamente cómo mantener la atención.
—Debido a la… atmósfera algo tensa que se ha respirado en el castillo últimamente -miró brevemente hacia mí, luego hacia los alumnos,- hemos decidido organizar un concurso especial.
Un juego que involucrará a todo el colegio: alumnos de todos los cursos , profesores ,elfos y fantasmas que deseen participar.
Todos contra todos.
Sin equipos.
Sin alianzas oficiales.
Un murmullo de excitación recorrió las mesas.
Algunos Slytherin ya intercambiaban miradas calculadoras.
En Gryffindor, varios chicos se inclinaban hacia adelante con sonrisas ansiosas.
—El objetivo es simple —continuó Minerva—.
Un pergamino mágico encantado ha sido escondido en algún lugar del castillo o los terrenos.
El pergamino cambia de escondite cada hora exacta, y solo el primero que lo encuentre y lo traiga a esta mesa gana.
No se permite dañar a otros concursantes física o mágicamente.
No se permite usar hechizos que causen daño directo a personas.
Pero todo lo demás… está permitido: encantamientos de localización, ilusiones, pistas falsas, engaños, trampas sutiles.
El castillo es el tablero.
El concurso dura tres días completos solo en caso de que nadie mo encuentre el dia de mañana ni el siguiente, el reto inicia empezando mañana al amanecer.
Hizo otra pausa.
El silencio era absoluto ahora.
—Y el premio… —aquí su voz bajó un poco, como si estuviera revelando un secreto— es el siguiente: el ganador recibirá acceso ilimitado durante un mes entero a la Sección Prohibida completa de la Biblioteca de Hogwarts.
Todos los tomos bajo llave triple, todos los grimorios que Dumbledore guardaba personalmente, todos los textos que el Ministerio prohíbe mencionar en voz alta.
Sin supervisión.
Sin preguntas.
Y podrá llevar consigo a una persona de su elección durante ese mes.
Un jadeo colectivo recorrió el salón.
Vi cómo los ojos de varios alumnos ,y de algunos profesores, se iluminaban de codicia pura.
—Y no es todo —añadió Minerva, alzando una mano para calmar el creciente bullicio—.
Albus Dumbledore, antes de su partida, dejó aprobado un fondo especial.
El ganador también recibirá 10.000 galeones en efectivo.
Directo a su bóveda de Gringotts.
Sin condiciones.
El Gran Comedor estalló.
Gritos.
Aplausos.
Silbidos.
Algunos Slytherin ya estaban planeando en voz baja.
En Ravenclaw, varias cabezas se juntaron para discutir estrategias.
En Hufflepuff, más de uno parecía debatir si valía la pena arriesgarse tanto.
En Gryffindor tambien planeaban… Minerva alzó la voz por encima del ruido.
—Reglas finales: el pergamino será encantado para que solo el que lo toque primero pueda reclamarlo.
Si alguien lo encuentra y lo pierde de vista antes de traerlo aquí, el encantamiento lo moverá de inmediato.
No hay segundas oportunidades.
Y repito: nada de violencia física ni hechizos dañinos directos contra personas.
Quien rompa esa regla será descalificado de inmediato y recibirá detención indefinida.
Se sentó.
El ruido no paró.
A mi lado, Flitwick ya estaba murmurando emocionado con Sinistra.
—Diez mil galeones… y la Sección Prohibida… —decía ella—.
Voy a encontrar el pergamino aunque tenga que usar mis tacones como armas.
Hagrid soltó una carcajada que hizo temblar los cubiertos.
—¡Yo también!
Aunque sea pa’ buscar en los terrenos.
¡Mi cabaña tiene rincones que ni los elfos conocen!
Pomfrey suspiró, pero sonreía.
—Esto va a ser un desastre…
Yo no dije nada.
Pero por dentro ya estaba trazando el mapa mental del castillo: los pasadizos olvidados detrás de las estatuas el hueco bajo la escalera de caracol que lleva a la torre de Astronomía, la cripta abandonada bajo el lago que solo yo conozco.
Sabía exactamente dónde escondería yo un pergamino si fuera el encargado.
Y sabía exactamente dónde buscaría ella, porque la conocía demasiado bien: la biblioteca primero, luego los pasillos menos transitados, luego los sótanos.
Predecible.
Inteligente, pero predecible.
Y eso era perfecto.
Porque yo no iba a jugar limpio.
Iba a usar cada ventaja que tenía: mi conocimiento del castillo, mi experiencia en pociones de rastreo, mis hechizos de ocultamiento que nadie más dominaba.
Iba a hacer trampas sutiles.
Iba a dejar pistas falsas que la llevaran en círculos.
Iba a cruzarme con ella en los pasillos oscuros y fingir que la ayudaba, solo para desviarla en el último segundo.
Porque la odiaba.
Todavía la odiaba por su insolencia, por haberme rechazado la mochila, por haberme hecho sentir débil en ese pasillo cuando me empujó y huyó.
Y porque, al mismo tiempo, la deseaba con una intensidad que me avergonzaba.
Este concurso era la venganza perfecta.
La obligaría a respetarme.
La obligaría a reconocer que yo tenía ventaja en todo: en magia, en astucia, en oscuridad.
La mocosa no sabía usar la magia como yo.
Pobre tonta.
Y cuando ganara ,porque iba a ganar, cuando tuviera esos libros en mis manos y esos 10.000 galeones en mi cuenta, ella entendería cuál era su lugar.
Aunque una parte de mí ,la parte que más odiaba, ya estaba imaginando cómo sería si ella me vencía.
Cómo sería verla entrar al Gran Comedor con el pergamino en la mano, triunfante, mirándome a los ojos por primera vez desde el beso.
Cómo sería tener que inclinarme ante su inteligencia.
No.
No iba a pasar.
ni en sus mas locos sueños iba a reconocer su inteligencia solo por encontrar un pergamino magico Me levanté de la mesa sin terminar la cena.
Salí del Gran Comedor Y en mi mente solo había una cosa: el amanecer.
Y ella.
Y la certeza absoluta de que no iba a perder.
No contra la mocosa insolente y grosera..seria una herida al orgullo si me vence la mocosa
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com