One Piece: El Hada de la Justicia - Capítulo 86
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86: 86 86: 86 “Este es un resumen algo extenso de los dos años, pero siendo honestos, es una novela con un estilo de comedia, así que no planeo volverme loco llenándola de eventos.
Me tomaré una semana de descanso con esta historia.
¿La razón?
Ni idea de qué cosas nuevas agregar, jajaja.” Pasaron apenas unos meses desde la retirada oficial de Sengoku como almirante general de la Marina.
Su salida dejó un vacío que solo un hombre con convicciones férreas, poder abrumador y una visión firme del equilibrio podía ocupar.
Fue entonces cuando Kuzan, conocido como Aokiji, asumió la responsabilidad como nuevo almirante general, una decisión que dejó boquiabiertos a muchos dentro del Gobierno Mundial y de la propia Marina.
Con este cambio, el puesto de almirante que durante años había sido ocupado por Aokiji quedó libre.
Y no pasó mucho tiempo antes de que una figura emergiera para ocuparlo con determinación y sin titubeos: Kara.
Su ascenso no fue una sorpresa para quienes la conocían, pero para el resto del mundo fue una noticia que sacudió las bases de la justicia.
Kara, imponente, hábil y temida, se convirtió en la nueva almirante de la Marina.
Al mismo tiempo, el puesto que dejó vacante Akainu, el feroz portador del magma, fue ocupado por un hombre de justicia equilibrada y mirada firme: Issho, mejor conocido como Fujitora.
Su nombramiento fue bien recibido por muchos dentro de la Marina, pero lo que realmente marcó un punto de inflexión fue la sorpresiva reacción de Akainu.
Después de meses en coma, Sakazuki Akainu despertó en una sala del cuartel general con el rostro endurecido y el cuerpo mutilado: había perdido un brazo y una pierna.
Al enterarse de que Aokiji era ahora el almirante general, su ira fue silenciosa pero absoluta.
Sin decir palabra, renunció a la Marina ese mismo día, marchándose con un puñado de leales que aún creían en su visión de la justicia absoluta.
Su retirada fue tan impactante como su presencia en la guerra de Marineford.
Sin embargo, Kara no se mostró ni sorprendida ni conmovida.
Ya había anticipado que el ego de Sakazuki no soportaría ver a su rival como líder.
Tampoco la tomaron desprevenida las quejas del Gobierno Mundial, quienes desde el nombramiento de Aokiji empezaron a reducir drásticamente los fondos destinados a la Marina, con la clara intención de ponerle trabas a su administración.
Pero lo que nadie vio venir fue la aparición pública de una figura legendaria, hasta entonces solo conocida en rumores y susurros entre los círculos del inframundo y el alto mando.
El líder del gremio de cazarrecompensas reveló su rostro al mundo: un anciano de baja estatura y sonrisa sabia, pero cuya fuerza era incuestionable.
Era el mismo hombre que, con un solo golpe, había expulsado a Kaido de Marineford en medio del caos de la guerra.
Su nombre: Makarov Dreyar.
Y no solo eso: parecía tener un vínculo personal con Kara.
Su interacción fue tan natural, tan cargada de cercanía, que para muchos fue evidente que se trataban como familia.
El nombre de Makarov Dreyar se extendió como fuego salvaje por los mares.
Cuando su gremio aceptó entregar una porción de sus acciones a la Marina, sellando un tratado de ayuda mutua y cooperación táctica, el mundo cambió.
El acuerdo era claro: el gremio de cazarrecompensas actuaría en coordinación con la Marina en situaciones de amenaza, y la Marina haría lo mismo en apoyo al gremio.
Dos fuerzas distintas, pero ahora trabajando como dos caras de una misma moneda, unidas en su objetivo de erradicar el caos pirata del mundo.
Lo interesante era que el gremio no solo cazaba criminales; también ayudaba a comunidades necesitadas mediante encargos legales y misiones de protección, ganándose así el respeto del pueblo.
Económicamente, esta alianza fue un renacimiento para la Marina.
Lo que antes eran restricciones impuestas por el Gobierno Mundial, ahora se convertía en ganancias indirectas.
Las recompensas por piratas seguían viniendo del Gobierno, pero parte de esos fondos ahora iban a parar a las arcas de la Marina gracias al nuevo acuerdo.
Y lo mejor de todo: el Gobierno no podía quejarse.
Después de todo, los piratas capturados eran aquellos que ellos mismos habían clasificado como amenazas.
El gremio “Fairy Tail”, liderado por Makarov, se convirtió rápidamente en leyenda dentro del Paraíso y el Grand Line.
Aunque seguía siendo parte del gremio central de cazarrecompensas, operaba bajo su propio nombre y con una identidad única.
Inspirados por este ejemplo, otros grupos de cazadores de recompensas fundaron sus propios gremios con nombres distintos, todos afiliados al gremio madre.
De esta forma, el Gremio de Cazarrecompensas se transformó en una suerte de Consejo de Gremios, una federación poderosa y descentralizada…
con el respaldo de la Marina detrás.
Muy pocos podían competir con esa clase de poder.
Sin embargo, Makarov no era ingenuo.
Sabía que el Gobierno Mundial no se quedaría de brazos cruzados.
Detectó rápidamente a varios nuevos miembros que, a pesar de intentar pasar desapercibidos, llevaban el hedor de la manipulación y el espionaje.
Estaba claro que eran infiltrados enviados para intentar tomar el control desde adentro.
Pero Makarov no era alguien que se dejara sorprender fácilmente.
Mientras tanto, en el Nuevo Mundo, un nombre comenzaba a resonar con fuerza: Gildarts Clive.
En tan solo unos meses, había dominado el Haki de armadura y se lanzaba de isla en isla, desafiando a poderosos piratas y consolidando su reputación como uno de los guerreros más temidos del gremio.
Su estilo destructivo y su confianza arrolladora lo hacían destacar entre los suyos.
Y entonces sucedió lo impensable: la Marina, junto a los gremios afiliados, ingresó legalmente al Nuevo Mundo.
Era un movimiento ambicioso y arriesgado, pero planificado hasta el último detalle.
Los gremios ocupaban territorios, eliminaban la amenaza pirata, y luego la Marina establecía bases permanentes en esos lugares, consolidando así una red de control y orden nunca antes vista.
El equilibrio del mundo comenzaba a cambiar.
Las fuerzas del caos retrocedían.
Y una nueva alianza, poderosa y sin precedentes, emergía desde las sombras para traer una nueva era de justicia.
Gracias al ascenso del gremio de cazarrecompensas y su inesperada alianza con la Marina, las islas conquistadas en el Nuevo Mundo dejaron de ser solo puntos estratégicos de control para convertirse en verdaderos núcleos de desarrollo sostenible.
Cada territorio que era liberado de la influencia pirata se transformaba rápidamente en un centro de producción y comercio.
Los miembros del gremio, junto a la Marina, analizaban el ecosistema y las condiciones particulares de cada isla.
Si un terreno era fértil para ciertos cultivos, se traían plantas adaptadas.
Si los mares cercanos eran ricos en fauna, se instalaban criaderos y redes de pesca controladas.
Incluso los animales locales eran domesticados o reubicados para fomentar la agricultura, la ganadería o el turismo.
Poco a poco, las islas dejaban de ser focos de conflicto para convertirse en civilizaciones prósperas y autosustentables.
Los comerciantes, al ver esta estabilidad, comenzaron a invertir en esas tierras.
Se fundaron puertos, almacenes, mercados y rutas comerciales protegidas por el propio gremio.
La economía floreció.
Cada embarcación comercial era escoltada por cazadores de recompensas o marines asignados especialmente.
Surgió una red logística jamás vista, con tiempos de entrega precisos y rutas protegidas incluso de los climas más traicioneros del Grand Line.
Sin embargo, había una línea que el gremio no podía cruzar: la administración directa de estos comercios.
Si bien eran los principales responsables de la seguridad y logística, si el gremio tomaba control absoluto de la economía, eso encendería alarmas dentro del Gobierno Mundial.
Ya estaban siendo vigilados.
Manejar una fortuna descomunal no solo llamaría la atención: sería considerado un acto de traición.
Y fue entonces cuando, como si lo hubiera planeado desde las sombras, apareció él: un miembro de Rango S que jamás había mostrado su rostro en público.
Silencioso, elegante, y con una sonrisa que parecía esconder un mundo entero de secretos, su nombre volvió a resonar en los mares: Gild Tesoro.
Tessoro, como lo llamaban algunos, no era solo un excéntrico multimillonario.
Era el patrocinador oculto del gremio.
Un inversor maestro.
Dueño de una fortuna inimaginable, había financiado desde las primeras armas hasta los primeros barcos del gremio sin que nadie se percatara.
Su influencia en la economía global era tal que podía colapsar o impulsar mercados con un solo chasquido de dedos.
Kara lo había conocido años atrás, en una de sus tantas aventuras.
Y como era costumbre en ella, la relación comenzó con una pelea.
Una paliza, para ser más precisos.
Sin embargo, tras la batalla, vino la propuesta: unirse al gremio con una visión más allá del dinero.
Kara no le ofreció solo una posición, le ofreció un propósito.
Y como gesto de buena fe, le entregó parte del oro de Skypiea para crear su ciudad flotante, un paraíso de oro y lujos conocido como Gran Tesoro.
Issho, aún como parte del gremio antes de volverse almirante, fue quien originalmente protegía ese lugar.
Pero con su ascenso dentro de la Marina, esa tarea pasó a Laxus y el Equipo Raijin, un grupo de poderosos miembros del gremio que se turnaban con otras unidades para mantener la seguridad del lugar.
Ya habían pasado dos años desde la Gran Guerra de Marineford.
Los mares se habían calmado…
pero solo en la superficie.
Porque debajo, las corrientes del destino comenzaban a agitarse.
Los Sombrero de Paja estaban por volver al mar, más fuertes que nunca.
Y con ellos, una nueva era de caos y libertad estaba a punto de sacudir el Nuevo Mundo.
Misiones impredecibles, enfrentamientos épicos y una cadena de sucesos que pondría en jaque el equilibrio entre la Marina, los Yonkou y el gremio de cazarrecompensas.
Kaido y Big Mom, tras la caída de Barbablanca, habían formado una alianza aterradora.
Sin embargo, tras la captura de tres de los comandantes de Kaido “quienes no fueron devueltos pese a las presiones del Gobierno Mundial”, su influencia comenzó a tambalear.
Aokiji, ahora como almirante general, no temía a las órdenes del Gobierno.
Si los enemigos eran capturados, se quedaban encerrados.
Y punto.
Esto, sumado al movimiento creciente del Ejército Revolucionario liderado por Monkey D.
Dragon, tensaba aún más las relaciones entre la Marina y el Gobierno Mundial.
Los revolucionarios no solo estaban en movimiento: estaban ganando apoyo.
Apoyo que, para el Gobierno, venía de fuentes aún desconocidas.
En ese escenario, una guerra directa entre la Marina y el Gobierno era una posibilidad aterradora.
Si los revolucionarios lograban poner a la Marina de su lado, el Gobierno estaría acabado.
Por eso, aunque les disgustaba profundamente la figura de Aokiji y el nuevo camino que tomaba la Marina, aceptaron una paz superficial.
Una tregua llena de espionaje y manipulaciones desde las sombras.
Pero Kara, la nueva almirante, no era ingenua.
Sabía perfectamente que espías del Gobierno se infiltraban día a día.
Por eso los enviaba a misiones suicidas, imposibles, donde sus verdaderas lealtades quedaban rápidamente expuestas.
Pese a todo eso, era normal ver a Kara comportarse con despreocupación.
A veces se la veía caminando por islas aleatorias, explorando nuevos mercados, comiendo dulces o molestando a algún recluta.
Como una sombra caprichosa.
Como una diosa de la guerra que, entre batalla y batalla, decidía jugar con el mundo.
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