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One piece : Soy Trafalgar D. Water law - Capítulo 81

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81: 80 81: 80  — Hola a todos, tal vez soy un extraño para ti, quizá otros pocos me conozcan, por eso me gustaría presentarme..

mi nombre es Trafalgar D.

Water law, y soy el capitán de los piratas Heart, no creas que busco hacerte daño, al contrario eh venido a liberarte.— al hacer una pequeña pausa Law pudo escuchar los sonidos de sorpresa y una sonrisa se dibujó en Su rostro.

—Buscó que me apoyes en solicitar que los demás pueblos se reúnan aquí, esto con el propósito de obligar a el rey Kairon y a sus secuaces a atacar justo en esta ciudad, se que eso puede asustarlos, pero eso será una trampa, y ellos serán nuestra presa.— ———— —Nos estás pidiendo que arriesguemos nuestra vida, ¿solo por que crees que puedes derrocar a nuestros opresores?

Puede que necesitemos ayuda y estemos necesitados de ayuda…..¡PERO TAMPOCO SOMOS IDIOTAS!

¡NO CORREREMOS A UNA MUERTE SEGURA!— gritó un minero con la expresión molesta y la voz quebrada.

—¡PERO UNA MUERTE NO SERÁ ALGO DISTINTO A VIVIR COMO ESCLAVO!— Dijo El anciano imponiéndose a todos con la voz en alto frente a la multitud.

El anciano observó su alrededor y suspirando y cerrando los ojos se decidió y abrió los ojos con una fuerte voluntad gritando—¡YO LO HE PERDIDO TODO, MI FAMILIA PERECIÓ A MANO DE ESOS BASTARDOS QUE SE HACEN LLAMAR NOBLES DE LA ISLA ESMERALDA, NO IMPORTA SI YO MUERO, PERO SI NO HACEMOS NADA MI DESTINO NO SERÁ DIFERENTE AL TUYO.— La mirada del hombre que había hablado se congeló en el anciano, claramente le conocía, no era nadie más que el viejo Dan, un hombre que en efecto hacía tiempo que había perdido todo, así como muchos ancianos de esta isla que habían perdido a sus hijos, y lo entendió.

— no somos diferentes— concluyó en su mente.

— y como pretendes que vayamos a los pueblos, seguramente el idiota de Magnus ya se reportó con el Rey Kairon y su ejército ya estará alerta.— gritó una mujer asustada.

—No viajarás solo, mi tripulación les acompañará y proporcionará protección mientras que yo protegeré este lugar.— dijo law calmando a la multitud, quienes después de algunas deliberaciones su determinación y desesperación por cambiar su situación comenzó.

Horas más tarde el cielo se había teñido de un rojo intenso, y las no pudo evitar pensar en sus adentros.

—como si el propio horizonte sangrara en anticipación de lo que estaba por acontecer.— Los hombres y mujeres que, apenas hacía unas horas, dudaban de sí mismos y de su causa, ahora caminaban con el pecho erguido, guiados por una chispa de esperanza que hacía tiempo se creían incapaces de volver a sentir.

Law, aún con el mapa extendido sobre la mesa improvisada en medio de la plaza, observaba con atención a su tripulación.

No necesitaba palabras para saber que estaban listos.

El fuego en sus ojos hablaba más alto que cualquier grito de batalla.

Les dio un último vistazo, y asintió diciéndoles.

—Vayan ahora, actuen con cautela y defiéndanse y ataquen con todas sus fuerzas, el tiempo juega en nuestra contra.- —¡Sí, Capitán!

—respondieron todos al unísono, con un respeto que era mezcla de lealtad y fe ciega en aquel hombre de mirada cortante y corazón oculto.

Bellamy, Jonny Masterson y Rosseta partieron hacia el este.

Sus siluetas se fueron perdiendo entre el polvo del camino y la bruma del ocaso.

Penguin, Sachi y Bepo, por su parte, tomaron el sendero norte, cubierto por espesos árboles y el murmullo inquietante del bosque.

Bepo caminaba con la naturalidad de quien pertenece al entorno; su nariz olfateaba el aire, atento a cualquier amenaza.

Mientras tanto, en el centro de la aldea, Law y Luigui se dedicaban a entrenar a los mineros.

No era una tarea fácil: la mayoría eran ancianos, jóvenes desnutridos o mujeres que nunca habían sostenido un arma.

Pero todos compartían algo poderoso: rabia, memoria, y una profunda sed de justicia.

Luigui organizaba pequeños grupos.

Con bastones, palas, y herramientas de trabajo convertidas en armas improvisadas, los aldeanos repetían los movimientos una y otra vez.

No era entrenamiento militar, pero sí suficiente para plantar resistencia.

Y a veces, eso era lo único que hacía falta.

El viejo Dan, erguido como un pilar en medio del caos, se convirtió rápidamente en un símbolo para los suyos.

A cada golpe que daba, a cada instrucción que gritaba, sus cicatrices contaban la historia de lo que habían perdido.

Nadie se atrevía a quejarse cuando Dan hablaba.

Pero lejos de ahí, en los muros fríos del castillo del Rey Kairon, el ambiente era otro.

El Rey caminaba en círculos mientras se comía las uñas de la mano izquierda, el sudor invadía su ropa y se dibujaba en su rostro, la ansiedad y el estrés eran evidentes en el Rey, pero frente a los ojos de sus ejecutores era indiferente su problema, después de todo ellos seguían sus órdenes por el simple hecho de que les gusta vivir como reyes con los privilegios que les da Kairon.

Desde las grandes puertas del castillo, dos figuras cruzaron el umbral en absoluto silencio, no hubo anuncio ni ceremonia, solo el sonido de sus pasos resonando con ecos fríos sobre el puente de piedra que conectaba la fortaleza con el resto de la isla.

El primero era alto y delgado, caminaba con las manos en los bolsillos, como si no tuviera prisa alguna.

Su piel era pálida, y sus ojos, alargados y oscuros, parecían no parpadear.

Su nombre era Robert y su reputación estaba manchada de leyendas oscuras, y sus manos de sangre.

A su lado caminaba un hombre mucho más corpulento, de hombros anchos y una mandíbula cuadrada cubierta de cicatrices Tyron, lo llamaban.

Ambos descendieron por el camino empedrado, iluminados por la tenue luz de las antorchas del castillo.

A medida que se alejaban de las murallas, sus cuerpos comenzaron a cambiar.

Primero fue Robert.

Su silueta delgada se estiró aún más.

Un crujido seco, como ramas partiéndose bajo una gran presión, llenó el aire.

Sus extremidades se alargaron y se cubrieron de un pelaje negro azabache.

Sus pupilas se rasgaron verticalmente.

Un hocico lupino emergió de su rostro, y un aullido corto, grave y seco anunció su transformación en un lobo negro.

Tyron no tardó en seguirlo.

Cerró los puños, se inclinó levemente hacia adelante, y dejó que la furia que llevaba dentro tomara el control.

Su cuerpo se expandió, sus huesos tronaron como el eco de un tambor de guerra.

El vello creció con velocidad imposible, y las rayas comenzaron a aparecer sobre su piel, como si alguien las hubiese pintado con fuego.

Un rugido gutural brotó de su garganta mientras su forma humana era reemplazada por la de un gigantesco tigre de bengala con un pelaje Blanco y garras Negras como cuchillas de obsidiana.

En un instante el lobo negro y el tigre de bengala se dividieron y emprendieron caminos diferentes, los caminos eran accidentados y complicados para la tripulación de Law, después de todo ellos debían proteger a los aldeanos y mineros que les acompañaban y no podían movilizarse muy rápido, mientras que Robert y Tyron se movían ágilmente por el bosque con sus formas hibridadas de fruta del diablo.

Rápidamente transcurrió un día de viaje, el sol yno calentaba, solo iluminaba con un brillo pálido y distante mientras amanecía, a la par que el grupo de Bepo finalmente llegó a la primera aldea.

Penguin, Sachi y Bepo se detuvieron en seco al ver el humo elevarse, espeso y oscuro, serpenteando hacia el cielo como un presagio de lo inevitable.

La aldea ya no era una aldea.

Las casas estaban reducidas a cenizas humeantes, los cultivos pisoteados, y los árboles cercanos se alzaban como esqueletos chamuscados.

El silencio era abrumador.

No se oían voces, ni pasos, ni siquiera el viento que solía acariciar los campos.

Todo estaba quieto… muerto.

Bepo olfateó el aire, con los ojos entrecerrados por la furia contenida.

—Llegamos tarde —murmuró Penguin, con la mandíbula apretada.

Sachi bajó la mirada y apretó los puños.

—No hay cadáveres visibles… eso significa que se los llevaron —dijo, más como una esperanza desesperada que como un hecho.

—es posible que estén en las minas—respondió Bepo, su voz grave, con un temblor de rabia.

Se adentraron en lo que quedaba del poblado.

Encontraron huellas de arrastre, rastros de sangre seca y símbolos extraños tallados en las paredes de piedra aún de pie.

—E…esto es obra de Robert, sin duda alguna.— dijo uno de los aldeanos que les giraba señalando aquellas marcas de garra rara no eran solo marcas, eran advertencias.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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