One piece : Soy Trafalgar D. Water law - Capítulo 83
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83: 82 83: 82 [Hola que tal a todos, una disculpa por tardar tantos meses en actualizar, estuve pasando por etapas profesionales de formación en mi carrera y no tenía mucho tiempo de escribir, por lo pronto actualizaré por lo menos una vez a la semana, espero sigan al pendiente de la novela y sobre todo del destino de la misma…] Minutos antes, los mineros y sus familias huían apresurados bajo la guía de Sachi y Penguin en dirección al campamento principal.
El estruendo de la batalla retumbaba detrás de ellos, pero de pronto Penguin se detuvo en seco mientras todos corrían.
—¿Qué pasa, Penguin?
—preguntó Sachi, alarmada al ver a su hermano inmóvil.
Penguin apretó la mandíbula, con la mirada fija hacia el frente.
—Algo no está bien… tengo un mal presentimiento.
Avanza tú con la gente y reúnete con Law.
Yo apoyaré a Bepo.—respondió Penguin, antes de que Sachi pudiera responder, dio media vuelta y echó a correr en dirección al combate.
Sachi lo siguió con la mirada, sintiendo un nudo en el pecho.
Apretó el puño con determinación, y entonces retomó la marcha, liderando a los aldeanos hacia la seguridad del campamento.
Mientras penguin avanzaba cuesta arriba, esquivando raíces y ramas quebradas, sus pensamientos ardían.
El eco de la risa de Robert resonaba no muy lejos , y con cada paso el aire olía más fuerte a sangre y se notaba la destrucción de la batalla.
El bosque lo recibió con aullidos, gruñidos y golpes que estremecían la tierra, la tensión crecía en su pecho, y cuando al fin atravesó la maleza, la imagen lo impacto, Bepo estaba tendido en el suelo, con varios lobos mordiendo sus extremidades, mientras Robert —ese monstruo del que Dan hablaba con temor— lo observaba sonriendo como un verdugo.
Penguin se arrodilló, apoyando el rifle contra el hombro.
En ese instante, un recuerdo claro de su compañero, Jonny Masterson, resonó en su mente.
—“Nunca olvides esto, un buen tirador, Nunca dispara para impresionar, muchacho, Dispara para terminar el trabajo, Un solo tiro, un solo objetivo… así es como sobrevives.”— La respiración de Penguin se estabilizó.
La mira se alineó con el cuello del primer lobo.
Un disparo seco.
El animal cayó.
Otro tiro.
El segundo soltó a Bepo, aullando antes de desplomarse.
Un tercero, directo a la sien de un tercero que se preparaba para saltar.
El bosque quedó en silencio por un instante.
Penguin emergió de entre las sombras, con la mirada fija en Robert y el humo aún saliendo del cañón de su arma.
—¡Quita tus asquerosos colmillos de mi compañero, maldito perro sarnoso!
—rugió, con una furia fría que solo pocas veces dejaba ver.
———- Volviendo a la batalla Robert sonrió, escupiendo una línea de sangre que resbaló por su mentón.
Su cuerpo estaba golpeado, pero aún así perseveraba, aferrándose a seguir en pie.
—Jejeje… solo has venido a perder la vida junto a este oso chico.
Lo convertiré en mi tapete….Pero tú… tú aún puedes volverte mi aliado, puedes ser un subordinado del Rey, solo dispara a ese oso y acaba el trabajo.— dijo Robert sonriente tratando de cambiar la lealtad de penguin.
Penguin arqueó una ceja, incrédulo, y luego alzó el dedo del medio con una mueca burlona.—Vete a la mierda.
El día de Hoy es cuando llegaste a tu final.— El rostro de Robert se torció en rabia.
Con un silbido gutural, llamó a los lobos que quedaban.
Cinco bestias emergieron de entre los árboles, los ojos brillando con hambre.
Con un gruñido, Robert los lanzó contra Penguin.
El francotirador no dudó.
—Uno… dos… tres… —iba contando en voz baja.
Cada tiro fue un relámpago: un lobo recibió una bala en el ojo, otro rodó abatido con el cráneo destrozado, un tercero cayó con el pecho abierto.
Los últimos dos alcanzaron a acercarse, pero Penguin rodó hacia atrás, cambiando el cargador con precisión casi automática.
Disparó en el aire, cortando el salto de uno, y remató al otro con un tiro seco a la mandíbula.
Mientras tanto, Bepo se incorporó tambaleante, jadeando, la sangre tiñendo su pelaje blanco.
Sus ojos se encontraron con los de Robert.
El verdugo se lanzó hacia él con una ferocidad inhumana, sus garras brillando bajo la luna.
—Mírate… apenas puedes mantenerte de pie.
—rió con desprecio—.
Te haré pedazos lentamente, para que tu amigo disfrute el espectáculo, !!HOY SERÉ TU VERDUGO!!— de inmediato se abalanzó robert lanzando un zarpazo brutal.
Bepo levantó el mazo a tiempo y las garras chocaron contra la madera reforzada, levantando chispas.
El impacto hizo que las patas de Bepo se hundieran en la tierra.
Robert no dio respiro.
Lanzó un rodillazo al estómago del oso, seguido de un codazo descendente que lo obligó a retroceder.
Bepo gruñó, girando el torso y respondiendo con un barrido lateral del mazo.
El golpe obligó a Robert a saltar hacia atrás, el aire cortado por el arma resonando como un trueno.
—Eso es… ¡enséñame lo que tienes, bestia!
Lucha hasta caer—bramó Robert, relamiéndose mientras avanzaba otra vez.
Se lanzaron de frente.
El puño cerrado de Robert impactó contra la mandíbula de Bepo, haciéndole escupir sangre.
Bepo respondió con un cabezazo que lo hizo tambalear.
Acto seguido, el oso giró sobre sí mismo y descargó el mazo contra el costado de su enemigo.
El golpe lo lanzó contra un árbol, que crujió bajo el impacto, pero Robert se incorporó casi de inmediato, riendo con locura.
—¡Eso dolió!
—escupió un diente, sin perder la sonrisa—.
Pero necesitarás mucho más para matarme.
Volvió a la carga, lanzando una lluvia de garras y puñetazos.
Bepo bloqueaba como podía, el mazo sirviendo tanto de escudo como de arma, aunque cada choque hacía temblar sus brazos.
Entre tanto, Penguin disparaba a los lobos que intentaban rodearlos, cada bala manteniendo el perímetro limpio.
Robert aprovechó un descuido y logró incrustar sus garras en el hombro de Bepo, desgarrándole carne y arrancándole un rugido de dolor.
El verdugo se inclinó sobre él, presionando con su peso, intentando hundirlo en la tierra.
—¡Ríndete, oso inútil!
—gruñó, su aliento fétido sobre el rostro de Bepo.
Pero el mink resistió, con los colmillos apretados y los ojos encendidos.
—¡Jamás!— Con un esfuerzo titánico, lo empujó hacia atrás y levantó el mazo en un arco amplio.
Robert intentó esquivar, pero el arma le alcanzó en las costillas, el crujido de huesos quebrándose resonó en todo el bosque.
Robert rugió de dolor, pero en lugar de caer, respondió con un gancho directo al rostro de Bepo que lo mandó rodando varios metros por el suelo.
El silencio duró un segundo.
Bepo, jadeante, se levantó una vez más.
El mazo temblaba en sus manos, pero sus ojos ardían con determinación.
—Esto… termina… aquí.
Robert, respirando con dificultad, se lanzó en un último salto, las garras listas para atravesar el pecho de su enemigo.
Bepo dio un rugido ensordecedor, cargó hacia adelante y, en el instante exacto en que las garras descendían, levantó el mazo con ambas manos en un golpe ascendente devastador.
El impacto fue demoledor.
El pecho de Robert se hundió con el golpe, un estallido seco de huesos y carne retumbó en el aire.
El verdugo salió disparado hacia atrás, atravesando ramas y cayendo de rodillas, escupiendo sangre en un borbotón.
Intentó incorporarse, con una risa quebrada en los labios… pero sus piernas ya no lo sostuvieron.
Se desplomó, la sonrisa apagándose lentamente en su rostro.
Bepo permaneció unos segundos de pie, respirando como una bestia agotada, hasta que dejó caer el mazo al suelo.
Penguin bajó el rifle, caminando hacia él.
—Demonios… pensé que ese tipo no iba a caer nunca— dijo Sachi irónicamente.
Bepo soltó una tos cargada de sangre y esbozó una débil sonrisa.
—He peleado contra tipos duros antes… pero ese cabrón… —se interrumpió para tomar aire— …ese cabrón era distinto, Las frutas del diablo vuelven peligroso a cualquier idiota, si el es así de fuerte no quiero pensar cómo serán los dos que faltan.
Penguin lo sostuvo por el hombro para que no cayera diciendo.
—Tranquilo, terminaste el trabajo, te aseguro que si lo logramos, los demás también lo harán……..
—————- Mientras tanto en el Oeste Bellamy, Jonny Masterson y Rosseta, avanzaron lo más rápido que pudieron, pero lo que encontraron fue una escena desgarradora, como si hubiese ocurrido un desastre natural la aldea ya no existía, y peor aún cuerpos adornaban el suelo dejando una escena desgarradora —¿Qué carajos ha pasado aquí?— dijo Bellamy sorprendido, por su parte Jonny masterson dio una jalada a su cigarrillo y exhaló el humo diciendo.
— y pensar que dicen que nosotros los piratas somos los mayores bastardos sobre los mares…— Rosseta continuó caminando y explorando la aldea avanzó entre las ruinas, apartando con la bota las tablas chamuscadas de lo que alguna vez fue una casa.
El silencio era tan pesado que podía escucharse el crujir de cada brasa agonizante.
Pero entonces, un quejido leve, casi apagado, llamó su atención.
—¡Aquí!
—exclamó, apresurándose hacia una pila de maderas que se movía débilmente.
Con la ayuda de Bellamy y Jonny, retiraron los escombros y encontraron a una mujer cubierta de polvo y sangre, abrazando a dos niños pequeños.
Sus ojos estaban desorbitados, la voz quebrada.
—P-por favor… no nos maten… —balbuceó, con la respiración entrecortada.
Rosseta se agachó frente a ella, posando una mano firme en su hombro.
—Tranquila, no somos como ellos.
Estamos aquí para ayudar.
¿Qué pasó?
La mujer tragó saliva, temblando, mientras los niños lloraban contra su pecho.
—Eran… eran monstruos.
Ese hombre… ese demonio con colmillos… Tyron.
No era humano… ¡era una bestia!
Su piel se cubrió de rayas negras, y sus dientes… ¡eran como dagas!
Se movía tan rápido que nadie podía detenerlo… —sus palabras se quebraban con sollozos—.
Se llevó a los ancianos— dijo que los necesitaban en las minas.
Bellamy frunció el ceño, mirando alrededor, como si esperara encontrar todavía rastros de las bestias.—¿Y los demás?— De entre los escombros, más personas comenzaron a salir lentamente.
Viejos, mujeres y unos cuantos hombres heridos.
Todos mostraban señales de golpes, moretones y mordidas.
Un anciano, cojeando con un bastón roto, se acercó con voz ronca.
—Se llevaron las esmeraldas… todas.
Venían acompañados por dos hombres de traje.
No peleaban… solo daban órdenes.
Uno de ellos… tenía una mirada helada, casi como un cuervo acechando.
Los que intentaron resistirse… fueron destrozados por ese maldito Tyron.
Jonny Masterson apretó los dientes, echando humo de su cigarro y mascullando entre dientes.
—Mierda… sabía que Robert era un psicópata, pero este Tyron… suena como un verdugo de otro mundo.
Rosseta ayudó a la mujer a ponerse de pie, con los niños aún aferrados a ella.
Su mirada se endureció, recorriendo la aldea devastada, y luego se clavó en el horizonte donde las montañas de las minas se alzaban como sombras amenazantes.
—Los están usando como esclavos… igual que a los mineros.
—Su voz estaba cargada de una rabia fría—.
No podemos quedarnos aquí lamentando lo ocurrido.
Si Tyron se llevó a los viejos, aún están vivos… pero no por mucho tiempo.
Bellamy asintió, cerrando los puños.
—Entonces nuestra ruta ya está marcada.
Vamos por esos bastardos.
El anciano carraspeó, con un tono quebrado pero firme.
—Tengan cuidado… ese monstruo… no peleaba solo con la fuerza de un animal.
Era como si disfrutara arrancar vidas… como si su única alegría fuera vernos sangrar.
Jonny lanzó la colilla al suelo y la aplastó con la bota, mirando a sus compañeros.
—Pues le vamos a quitar la sonrisa a ese hijo de perra.
Rosseta se giró hacia los sobrevivientes.
—Escuchen, vamos a darles una salida.
No podemos prometer que todos volverán, pero sí que nadie más caerá sin que luchemos hasta el final.
Quédense juntos, escondidos en el camino del río.
Cuando sea seguro, volveremos por ustedes.
Los ojos de los aldeanos, apagados por el terror, brillaron con una chispa de esperanza.
Bellamy miró hacia el horizonte con el ceño fruncido.
—Entonces… el próximo con el que habrá que ajustar cuentas es Tyron.— El aire se tornó más pesado.
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