OSHIKURA - Capítulo 1
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1: ¿Es esta mi vida?
(1/5) 1: ¿Es esta mi vida?
(1/5) Han pasado dos años.
Ahora creo que tengo un hobby.
Sí, trabajar en casa.
Suena aburrido, ¿no?
Pero mamá dice que es lo mejor para una mujer.
Limpiar, cocinar, ordenar… dicen que todo eso mantiene la paz del hogar.
Yo lo repito todos los días como si fuera un mantra.
Pero a veces, mientras froto el suelo, me pregunto si de verdad me hace feliz.
Papá era fuerte.
Dicen que imponía respeto, que en el campo de batalla nadie se atrevía a mirarlo a los ojos.
Quisiera ser como él.
Blandir su katana, sentir su fuerza.
Pero eso es imposible.
Tengo diez años y unas manos pequeñas que solo saben lavar arroz.
La neblina cubre el sendero mientras camino al mercado.
Mamá me dijo que compre sal y verduras.
Obedezco.
Aunque, cuando escucho los gritos del dojo cercano, mi paso se vuelve más lento.
** ** Llegué al mercado.
Todo estaba más ruidoso que de costumbre: los hombres gritaban precios, las mujeres discutían con los vendedores, y los niños corrían entre los puestos esquivando piernas.
El olor a pescado seco me picaba la nariz, y un perro flaco me siguió un rato hasta que le lancé una mirada seria.
Apreté la bolsita con monedas y caminé despacio, tratando de no tropezar con nadie.
Tenía que comprar sal y verduras, pero casi todos vendían carne o montones de hierbas colgando del techo.
Entonces vi un puesto más pequeño al fondo.
Una anciana con los ojos casi cerrados acomodaba montoncitos de arroz y rábanos.
Me acerqué despacito.
—¿Me puede dar sal y verduras?
—pregunté bajito, mirando las monedas en mi mano.
La anciana asintió sin decir nada.
Sus manos se movían lentas pero seguras.
Puso las verduras en una bolsa de papel, las entregó, y yo le di el dinero.
Me incliné un poco, como mamá me enseñó.
—¿Acaso eres hija de Kaede-san?
—preguntó de pronto, con una voz áspera pero curiosa.
Levanté la vista.
Tenía el ceño fruncido, como si tratara de recordar algo.
Me observó de pies a cabeza.
Era una pregunta normal, supongo.
Todos conocían a mamá por papá.
—Sí, soy su hija —respondí, sin saber si sonreír o no.
—Lo sabía.
Tienes el mismo rostro que ella —dijo, y su expresión cambió a una sonrisa suave—.
Conocí a tu madre cuando tenía unos treinta años.
Estaba rodeada de pretendientes, pero hubo uno que la dejó sin palabras.
Eso sí me hizo alzar las cejas.
—Era un soldado samurái de carácter fuerte y mirada seria… se llamaba Ren.
Muy apuesto.
Ya lo sé, pensé.
Mamá siempre lo dice.
Papá esto, papá lo otro.
Asentí con educación, aunque por dentro ya estaba aburrida.
La anciana seguía hablando, moviendo las manos como si aún viera aquella escena en su cabeza.
Yo solo miraba las verduras, pensando si el sol se pondría pronto.
Quería volver antes de que mamá se preocupara.
—Disculpe… tengo que irme —dije, inclinándome otra vez.
—Ah, sí, sí… ve con cuidado, pequeña Kaede —murmuró ella.
Me alejé rápido entre la multitud.
A mis espaldas, escuché cómo la anciana seguía murmurando algo, pero el bullicio del mercado la tragó enseguida.
Apreté la bolsa contra mi pecho.
El dojo estaba a unas calles, y otra vez los gritos de los practicantes hicieron que mis pies, sin darme cuenta, se detuvieran.
Los gritos del dojo se oían más fuertes ahora.
El sonido seco del bambú chocando, las voces marcando ritmo, el golpeteo de pies descalzos contra el suelo.
Me detuve sin querer.
Ese dojo… era el mismo.
El mismo de hace dos años, cuando Haha-ue me regañó por acercarme demasiado.
No sé por qué, pero los dedos de mi mano empezaron a temblar.
Quería entrar, aunque fuera solo para mirar un segundo.
Escuchar el silbido de las katanas.
Sentir el aire moverse.
Pero no lo hice.
Apreté más fuerte la bolsa con las verduras y seguí caminando.
Si demoraba más, madre pensaría que me distraje otra vez.
El camino de regreso estaba cubierto de hojas húmedas.
La neblina seguía pegada a las montañas como si no quisiera irse.
Cuando llegué, la puerta delantera estaba entreabierta.
Di un paso y escuché la voz de madre, seca como siempre.
—Demoraste.
Incliné la cabeza.
—Perdón, Haha-ue.
Ella no me miró.
Solo señaló el suelo frente a la cocina.
—Ahí.
Dejé la bolsa donde indicó y salí corriendo al patio.
Ya sabía lo que tocaba.
El olor del establo me dio una bofetada en la cara.
Tomé el cubo de agua y la pala, alimenté al ganado, barrí a medias la entrada de la sala de los animales.
Las gallinas chillaban por cualquier cosa.
Una de ellas me picó el tobillo y casi le lanzo la escoba.
—Listo —dije sonriendo, aunque sentí que esa sonrisa me sabía a barro.
Madre apareció en el marco de la puerta.
—¿Por qué tardaste tanto?
—Me encontré con una anciana… —dije bajando la voz—.
Dijo que conocía a Haha-ue.
Habló de cuando conoció a mi padre.
Madre se quedó quieta.
Sus ojos, fríos como agua de pozo, se clavaron en mí.
—No tienes que preocuparte por eso.
—Solo quería… saber más de él —murmuré.
—No.
—La palabra sonó tan firme que dolió—.
Ese mundo no es para ti, Ayame.
Es brusco.
Y cruel.
Bajé la cabeza.
—Sí… El silencio se quedó un rato, largo y pesado.
Luego, madre suspiró apenas y me ordenó ayudar con la mesa.
La cena estaba lista cuando el cielo ya se había vuelto morado.
Colocamos los platos y nos sentamos.
El tatami crujía con cada movimiento.
Unos minutos después, se oyó la puerta.
Era Hiroto.
Entró con una sonrisa cansada y un rasguño en la mejilla.
El dobladillo de su hakama estaba lleno de polvo.
—Tadaima —dijo alegre.
—Okaeri —respondimos al unísono.
Se sentó frente a mí y dejó su bokken apoyado contra la pared.
El aroma del miso llenó el aire.
—Hoy nos hicieron practicar hasta que el sol se escondió —dijo riendo mientras servía arroz—.
El sensei casi nos hace correr descalzos por el río.
—Eso te pasa por hablar demasiado —respondió madre sin levantar la mirada.
Hiroto se rió.
—Pero gané en el combate final.
Usé la técnica de papá.
Yo dejé de mover los palillos.
—¿La de papá?
—Sí.
El iaigiri.
No me salió perfecto, pero el maestro dijo que tenía buena postura.
Sentí un cosquilleo en el pecho.
Podía imaginarlo: el movimiento rápido, el brillo de la hoja.
Quise preguntar cómo era, pero madre golpeó suavemente el borde del cuenco con sus palillos.
—Come antes de que se enfríe, Ayame.
Asentí.
Pero apenas sentía el sabor del arroz.
Mi mirada se quedó pegada en la mano de Hiroto, en cómo la movía al describir el golpe, en el leve temblor del tatami bajo sus pies.
Y sin entender por qué, sentí un nudo en el estómago.
No de hambre.
De ganas.
La cena seguía en silencio, salvo por el leve chasquido de los palillos y el viento golpeando las persianas.
Hiroto sirvió más arroz y, entre bocado y bocado, empezó a hablar con entusiasmo: —Hoy en el dojo, el maestro contó que el clan Shibata ganó una campaña importante.
Dicen que fue gracias a Rikuya.
Levanté la mirada.
Ese nombre lo había escuchado antes.
Rikuya… Un huérfano de guerra.
Papá lo había adoptado cuando tenía casi cinco años.
Desde entonces, entrenaba sin descanso, y ahora era un general, incluso más respetado que muchos adultos.
Un niño que había crecido con espada en mano.
—Dicen que su presencia cambió todo el rumbo de la batalla —continuó Hiroto, animado—.
Su estrategia fue tan rápida que los enemigos ni siquiera alcanzaron a reagruparse.
Yo lo escuchaba sin parpadear.
No por el clan, ni por la victoria.
Sino por cómo lo contaba Hiroto.
Era el mundo del que siempre hablaban los hombres, el mundo al que yo no pertenecía.
Pero al escucharlo, sentía que mi corazón se movía como si sí estuviera allá.
—Rikuya… —repitió Haha-ue, con un tono más frío que curioso—.
¿Sabes cuándo volverá?
—No, Haha-ue.
El maestro no dijo nada.
Pero si lo veo, pienso desafiarlo a un duelo —respondió Hiroto con una sonrisa confiada—.
Esta vez le ganaré.
Madre dejó los palillos y lo miró por un segundo.
—Te romperá el orgullo antes de tocarte la espada —murmuró.
Hiroto rió, pero yo no.
Mi sonrisa fue distinta.
Una pequeña, escondida entre los labios, como si tuviera que guardarla solo para mí.
Un duelo entre Hiroto y Rikuya… Solo imaginarlo me hacía apretar las manos sobre el regazo.
El choque, la velocidad, el sonido de las hojas cortando el aire.
Cómo quisiera verlo.
Cómo quisiera estar ahí.
Pero no dije nada.
Seguí comiendo en silencio, dejando que mi arroz se enfriara mientras mi cabeza se llenaba de batallas que jamás vería.
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