OSHIKURA - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 El precio de querer ser util 56
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10: El precio de querer ser util (5/6) 10: El precio de querer ser util (5/6) Ayame caminaba a mi lado, aún más despierta que antes, aunque el color en sus mejillas la dejaba ver como si hubiese bebido sake de más.
No dejaba de sobarse la cara con las dos manos, dándose palmaditas cortas, desesperadas, como si el calor se le fuera a escapar por algún lado.
Intentaba disimular, pero cada dos o tres pasos sentía su mirada clavarse en mí.
Esas miradas que uno finge no notar, rápidas, torpes, con la cabeza girando apenas unos grados para que pareciera casual.
Si hubiese estado atento, quizá me habría dado cuenta.
Pero tenía la cabeza en otro lugar.
La neblina comenzaba a volverse más densa a medida que avanzábamos, y ese tipo de clima nunca significaba nada bueno en estas tierras.
El aire olía distinto.
Silencio demasiado limpio.
Ni grillos.
Ni ramas crujiendo.
La clase de calma que aparecía justo antes de que la desgracia tomara forma.
Recordé lo que mi señor me había dicho días atrás: tensiones con el clan Kamisaka, informantes desaparecidos, un rumor de movilización cerca del río.
Y que todo el clan se preparara.
Eso siempre significaba una cosa: el tiempo de la paz estaba a punto de romperse.
Pensé en el lugar que ocupaba yo en todo esto.
No era un señor.
Ni un consejero.
Era la espada que cargaban al frente del conflicto cuando ya no quedaba nada más que usar.
Las vibraciones que sentía ahora tenían demasiado sentido.
La tranquilidad reciente.
La extraña calma que había tenido estos días.
Ayame… apareciendo como un recordatorio de que aún podía remendar algo antes de morir.
Todo encajaba de una manera que me perturbaba.
Entonces, sin razón aparente, una sola imagen se coló entre mis pensamientos.
Hiroto.
—Ayame —dije, sin girarme—, ¿dónde está Hiroto ahora?
Ella parpadeó, confundida por el cambio brusco de tema.
—En el dojo.
Lo vi hace un rato —respondió.
—Ya veo… Seguimos caminando, pero mis pasos comenzaron a frenarse solos.
La neblina se hacía más espesa a cada segundo, como si quisiera tragarse el camino.
Y fue ahí donde lo noté.
No en mi vista.
No en un sonido.
Sino en el cuerpo.
Un estremecimiento que me recorrió desde la nuca hasta los talones.
Peligro.
Me detuve de golpe y extendí el brazo, impidiendo que Ayame siguiera avanzando.
—Rikuya-dono… —preguntó ella, frunciendo el ceño— ¿por qué te detuviste?
Te pusiste muy pálido.
No supe qué expresión llevaba, pero debía de ser una que rara vez mostraba.
Tragué saliva.
—Ayame… quiero que vuelvas a casa —dije, sin suavidad alguna—.
Si no regreso al instante, buscas a Hiroto.
Y no te separas de él bajo ningún motivo.
—¿Qué estás diciendo?
Rikuya, ¿qué pasa?
Me incliné un poco hacia ella, sin mirarla directamente.
—Haz lo que te dije, Ayame-san.
Sus labios temblaron, pero asintió.
No intentó discutir.
No hoy.
Retrocedió unos pasos y luego empezó a correr en dirección al poblado.
Cuando desapareció entre la neblina, avancé yo.
Unos metros adelante, emergieron figuras borrosas.
Cuatro soldados de mi clan, nerviosos, las manos en las empuñaduras.
—¿Rikuya-dono?
—dijo uno, sorprendido al verme— También lo sintió, ¿cierto?
—Sí.
La tierra misma lo siente.
Los hombres intercambiaron miradas.
No tuve tiempo para calmarlos.
—Vamos.
Quiero ver a nuestro señor de inmediato.
Es una orden de Rikuya Tsuba.
Las palabras hicieron efecto al instante.
Enderezaron la espalda.
Nadie que me conociera se atrevería a cuestionar esa orden.
Todos montamos los caballos y partimos al galope.
La neblina nos envolvió de tal forma que apenas distinguíamos los árboles alrededor.
Pasaron minutos y el aire comenzó a vibrar.
No era imaginación.
El suelo retumbaba débilmente, como si algo pesado avanzara en la distancia.
Levanté la mano.
—Alto.
Los caballos frenaron.
El silencio volvió… pero esta vez era un silencio que hablaba demasiado.
—No son mis hombres —murmuré—.
Ellos deberían estar cuidando del señor.
Desenvainé un poco mi katana, apenas unos centímetros.
—No hace falta ocultarse en la neblina… invasor.
Un crujido de ramas respondió.
Luego, el sonido inconfundible de un caballo siendo guiado hacia nosotros.
De la neblina emergió un solo jinete.
Mi cuerpo entero se tensó.
El hombre llevaba una sonrisa larga, torcida, casi orgullosa de sí misma.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó la mano en un saludo burlón.
—Qué basura de terreno —dijo, mirándome como si estuviéramos compartiendo un sake—.
¿No crees, Rikuya-dono?
Los otros jinetes aparecieron detrás de él, uno a uno, sombras envueltas por la neblina.
Mi mandíbula se apretó.
—Touka Yarada.
—Ese mismo —respondió, inclinando la cabeza—.
Me alegra que aún recuerdes mi nombre.
Su caballo bufó.
La neblina se movió entre nosotros como si respirara.
Y su sonrisa no se borró.
Ese hombre… al que nunca pude mirar con ojos de aliado.
El psicópata que mis propios compañeros trataban como estrella del clan Kamisaka El hombre que cortaba narices como si coleccionara flores.
Mi corazón latía como si quisiera pelear antes que yo.
Y, por primera vez en años, sentí que todo lo que temía estaba justo frente a mí.
No era el clan Kamisaka.
No era una patrulla enemiga.
Era él.
Yarada.
El presagio de la desgracia.
Y la neblina seguía creciendo.
Como si quisiera tragarnos a todos.
—¿Dónde están mis hombres?
—pregunté sin rodeos.
Touka Yarada no respondió con palabras.
Solo levantó dos dedos y chasqueó la lengua, como si llamara a un perro.
Sus jinetes movieron las riendas y, desde los costados, levantaron algo que al principio no distinguí.
La neblina lo hacía parecer borroso, deformado… pero cuando avanzaron un paso, el horror tomó forma.
Cabezas.
Las cabezas de mis hombres.
Recién cortadas.
La sangre aún goteaba, tibia, cayendo al suelo como si cada gota quisiera recordarme que todavía estaban vivos hace unos minutos.
Abrí la boca sin decir nada.
No por debilidad, sino por la rabia que me golpeó de improviso.
Hasta mis propios soldados, los cuatro que habían venido conmigo, retrocedieron horrorizados.
Uno soltó un quejido corto, el tipo de sonido que un guerrero nunca quiere que salga de su garganta.
Apreté los dientes hasta sentir dolor.
Recordé las últimas sonrisas de esos hombres cuando partimos.
La confianza.
La tranquilidad.
La certeza de que sobrevivirían un día más.
Desenvainé la katana.
Los cuatro que me acompañaban hicieron lo mismo.
Touka no se movió.
No retrocedió.
No preparó un ataque.
Solo ladeó el rostro… y su expresión cambió a una sonrisa pervertida, una que solo alguien como él podía mostrar frente a la muerte de otros.
—Desde hoy —dije,— los desconozco.
Kamisakas.
Mi cuerpo respondió por sí solo, tensándose como un arco a punto de romperse.
Pero antes de que pudiera dar la orden de atacar, la visión se cortó como un hilo.
— Un golpe seco resonó en el salón principal del clan Shibata.
Una mesa enorme, de madera oscura, tembló ante el impacto.
El señor del clan, gordo y sudoroso, respiraba como si acabara de correr un kilómetro.
Tenía los ojos rojos, mareados, casi sin enfoque.
Aun así, gritaba.
Sus hombres lo rodeaban tratando de calmarlo mientras él señalaba una carta abierta sobre la mesa.
—¡Traición!
¡Traición del clan Kamisaka!
—escupía palabras como si fuesen veneno— ¡Romper su alianza sin motivo alguno!
¡Escúchenme bien!
¡Han traicionado nuestro pacto!
Los alfiles intentaron razonar con él.
Él no escuchaba.
Siguió mascando el aire con furia, quizá por los nervios o quizá por la presión de ver cómo su mundo se desmoronaba.
Incluso llegó a morderse las uñas, desesperado.
—Todo… todo es por ese maldito matrimonio entre Ayame y el joven Isamu… —murmuró, temblando—.
Maldita unión.
Malditos arreglos.
Ya pedimos refuerzos al clan Yamada pero… tardarán un mes… Se cubrió el rostro.
Su respiración era un lamento.
—¡Llamen a Rikuya!
¡Lo quiero aquí ya!
Pensaba que si sacaba a su mejor hombre al campo, si lo enviaba a preparar defensas, quizás resistiría.
Pero en sus sueños, noche tras noche, veía el mismo desastre: invasión por el este, por el oeste, por el sur.
Rodeado.
Quemado.
Traicionado.
Ya no distinguía visión de realidad.
Y justo cuando los hombres intentaban calmarlo… uno de ellos se giró.
Y sacó un arma.
Un arma extranjera.
El disparo retumbó dentro del salón.
Uno cayó.
Después otro.
Después todos.
Excepto el señor.
El arma volvió a apuntarlo.
El hombre se acercó, tranquilo, como si hubiera matado mosquitos.
Colocó el cañón frío sobre la frente del señor, quien apretó los ojos con terror.
—Ahora mismo vas a dar una orden —dijo el asesino, con voz calmada, casi aburrida—.
Le dirás a Rikuya que el clan Kamisaka los atacará.
Solo eso.
Y lo separarás de sus hombres.
Si quieres vivir, lo harás.
Dejó el arma sobre la mesa.
Parecía dispuesto a marcharse, pero entonces el señor, tembloroso, intentó aprovechar ese instante.
Agarró el arma y apretó el gatillo.
Solo salió humo.
Balas falsas.
El asesino soltó una carcajada oscura, tan desagradable que el señor sintió cómo se le enfriaba el estómago.
—Escúchame bien… —susurró inclinándose— Si investigas esta basura de territorio o a tus campesinos, la próxima vez te dispararé en el trasero.
Y no fallaré.
Se giró para irse, pero se detuvo en la puerta.
—Si hablas de lo que pasó aquí… tu hija morirá igual que tu mujer.
Puedes decir que estos hombres son traidores.
Y se marchó.
Todo lo que vino después fue una cadena de decisiones desesperadas: Mensajeros desaparecidos.
Información manipulada.
Órdenes mal dirigidas.
Y yo, apartado de mis hombres por una mentira cuidadosamente sembrada.
Y ahora… la invasión había comenzado.
— Ayame.
Narrar lo que vi en ese instante aún me hace temblar.
Corría como si el aire fuera fuego.
Gritos.
Llamas.
Hombres cayendo.
Mujeres arrastradas fuera de sus casas.
Niños llorando.
El pueblo estaba ardiendo.
Literalmente.
Vi cuerpos… demasiados cuerpos.
Vi flechas clavadas en paredes.
El humo quemaba mis ojos.
Las piernas me temblaban.
—Hina… —susurré.
Hina… estaba tirada a unos metros.
No respiraba.
Me llevé la mano a la boca.
Rika no estaba.
Kaede tampoco.
Su casa estaba abierta, la puerta rota, como si alguien la hubiese arrancado.
Todo era caos.
Neblina y humo mezclados.
Fuego en los tejados.
Disparos que me perforaban los oídos.
Y entonces recordé las palabras de Rikuya.
“Si no regreso, buscas a Hiroto.
Y no te separas.” El camino al dojo estaba bloqueado por humo y derrumbes.
No podía cruzar.
Así que seguí mi instinto.
Entré al bosque.
Los pasos detrás de mí aparecieron apenas crucé el primer árbol.
Ligeros.
Rápidos.
Buscando.
Me detuve, temblando, y recogí una piedra del suelo.
Afilada en un borde.
Mi mano sudaba.
Mi corazón golpeaba como un tambor.
Y recordé su voz.
Su consejo de aquella semana de entrenamiento.
Traigo sus palabras ahora tal como las aprendí: “Si un enemigo te sigue entre árboles y no sabes dónde está, no busques al enemigo.
Busca la sombra que rompe el ritmo del viento.
Escucha dónde no hay sonido.
Y cuando estés segura, no esperes.
Golpea primero.
Golpea con todo.
No hay segundas oportunidades.” Me aferré a la piedra.
Respiré.
Conté los latidos.
Uno.
Dos.
Tres.
La sombra se movió.
Y lancé.
Lancé con toda la fuerza que tenía, como si mi vida dependiera de ese movimiento.
La piedra cortó el aire y un sonido seco la siguió.
El cuerpo cayó.
Corrí hacia él.
Me arrodillé.
La piedra estaba incrustada en su frente, hundida, como si hubiese atravesado hueso blando.
Mis manos temblaron.
Mi visión se nubló.
El olor a sangre era tan fuerte que me revolvió el estómago.
Vomité.
Me limpié la boca con la manga.
Respiré temblando.
Yo… yo había matado a alguien.
Tragué saliva, cerré los ojos y me incliné para recoger la katana del hombre muerto.
No era una espada hermosa.
No era ligera.
Pero era acero.
Y ahora… la necesitaba más que nunca.
Me puse de pie.
Y seguí corriendo entre los árboles, con la katana temblando en mis manos y la certeza de que este día… jamás se borraría de mi memoria.
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