OSHIKURA - Capítulo 11
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11: El precio de querer ser util…
(6/6) 11: El precio de querer ser util…
(6/6) “Manten la cabeza fría.” Me lo repito tres veces.
Otra vez.
Y otra.
No siento las piernas, solo avanzo.
El claro se abre entre los árboles y el dojo aparece a la distancia.
Casi me convence de que todo está bien, pero entonces la veo.
La catapulta.
El impacto me deja clavada en el sitio.
Todo alrededor huele a sangre.
La tierra está manchada hasta donde alcanza la vista, rojiza, pegajosa.
Los cuervos chillan por todos lados, como si hubieran estado esperando este festín.
Ni siquiera existían aquí hace dos días.
Una explosión rompe lo poco que quedaba en pie.
Me cubro la cabeza por impulso.
Me gustaría retroceder, pero sigo hacia el dojo.
No tengo otra opción.
Ni siquiera sé si Hiroto sigue con vida… y viendo esta escena, lo dudo.
Camino.
Entro.
El olor golpea más fuerte aquí dentro.
El maestro del dojo está tirado en la entrada, muerto, junto a cuatro soldados enemigos.
Paso por al lado sin detenerme.
No tengo tiempo para mirarles la cara.
En la sala principal del dojo el desastre es peor.
Sangre por las paredes.
Los aprendices… mutilados, torturados, tirados como basura.
Me arde el estómago y por un momento creo que voy a caerme, pero sigo.
Tengo que seguir.
Al fondo, en una sala oscura, veo un kimono que conozco demasiado bien.
Mi respiración se corta.
Mis manos tiemblan.
Me acerco.
Lo doy la vuelta.
Hiroto.
Muerto.
La katana se me cae de las manos.
El sonido retumba en la sala.
El sol del atardecer entra por las grietas del techo, pero no ilumina nada bonito.
Solo resalta la escena como si se burlara de mí.
Me dejo caer en seiza.
Lo miro.
Y lo abrazo por primera vez.
Lloró más de lo que debería, pero no me importa.
Nadie está aquí para verlo.
Cuando por fin se me secan las lágrimas, sigo aferrada a él… hasta que escucho un paso.
El piso del dojo cruje.
Luego otro.
Y otro.
Recojo la katana como puedo y me pongo de pie.
Ahí está.
Un akazonae.
Armadura roja.
Postura recta.
La katana ya desenvainada.
Respira como si viniera a hacer su trabajo, no como si hubiera luchado.
Aprieto los dientes.
Nos quedamos inmóviles un buen rato.
Él esperando que yo haga el primer movimiento.
Yo intentando no desmoronarme más.
Me pongo en postura.
La misma que Rikuya me enseñó.
Brazos relajados.
Mirada clavada en sus ojos.
Pie derecho atrás, peso centrado, lista para avanzar o retroceder sin perder equilibrio.
El akazonae suelta una risa corta.
—Aprendiz de Tsuba.
Ya veo.
Se coloca en guardia también.
Pero su postura es otra: torso inclinado ligeramente hacia adelante, katana arriba, lista para bajar con fuerza.
Todo en él dice que va a atacar primero.
Que quiere quebrarme.
Voy yo.
Ataco.
Bloquea sin esfuerzo.
“Usa tu entorno siempre.” Es la voz de Rikuya en mi cabeza.
Miro alrededor.
Nada útil.
Solo una bandeja caída.
La tomo igual y se la lanzo.
Golpea la armadura y se hace pedazos.
Inútil.
El tajo que viene después lo bloqueo por pura suerte.
El impacto me deja los brazos entumecidos y me tira al piso.
Trago saliva para no gritar.
Otro corte baja hacia mí.
Ruedo a un lado.
Siento cómo me cortan mechones del cabello.
Si hubiera sido un poco más lenta ya estaría partida en dos.
Me levanto y voy por su espalda.
Mi katana golpea la armadura y vibra tanto que casi la suelto.
No puedo pelear cuerpo a cuerpo con él sin un plan.
Y antes de pensar algo, una patada me hunde en el estómago y salgo volando.
Choco contra la pared y me falta el aire.
Mis ojos parpadean como si no quisieran abrirse.
Cuando por fin lo logro, veo su hoja bajando directo hacia mí.
No tengo fuerza.
No tengo respiro.
No tengo nada.
Pienso en alguien.
En el único que podría salvarme.
—Rikuya… Un sonido metálico corta el aire.
La hoja del akazonae se detiene.
Rikuya la bloqueó.
Lo veo avanzar con un golpe de pie directo al pecho del enemigo, obligándolo a retroceder.
Está lleno de sangre que no es suya.
Respirando fuerte, pero firme.
Sus ojos me buscan.
Y se le ablanda el gesto al verme viva.
—Esta vez llegué a tiempo.
Nunca voy a olvidar el sonido.
Ese crujido hueco cuando el akazonae bajó la espada y Rikuya la detuvo con su acero como si le pesara el alma.
La fuerza del impacto me golpeó el pecho aunque yo estuviera metros atrás.
Ese monstruo llegaba con el torso erguido, como si la armadura no le costara nada.
Ni un temblor.
Ni un maldito gesto.
Solo esa máscara demoníaca inmóvil.
Yo ya sabía que esto estaba mal.
Que él no debía estar peleando así, agotado, respirando como si hubiese corrido desde la montaña hasta aquí.
Pero aun así lo hacía.
Se plantaba.
Y resistía.
Otro choque.
El aire vibró.
—Ayame.
Vete —soltó él entre dientes mientras bloqueaba un corte que casi le abre el hombro.
Tragué saliva.
No podía.
No quería.
Mis piernas temblaban, pero seguían ahí, clavadas en el piso, negándose a moverse.
El akazonae avanzó un paso y el piso crujió bajo su peso.
—No voy a dejarte así —respondí.
Ni siquiera me reconocí la voz.
Rasposa.
Estirada.
Él desvió un tajo que reventó las tablas del dojo y volvió a mirarme.
Esa mirada… cansada, sí, pero firme.
Como si me estuviera sosteniendo a mí y no al revés.
—Ayame.
Escúchame.
—Otra embestida.
Otro choque que lo hizo retroceder medio paso—.
Voy a salir vivo de esto.
Te lo juro.
Solo vete.
Huye lejos.
Yo te encontraré.
Las palabras me atravesaron peor que cualquier hoja.
Sentí que todo dentro de mí quería desgarrarse.
No quería moverme.
No quería dejarlo.
Pero esas últimas tres palabras… “yo te encontraré”.
Fueron una orden envuelta en promesa.
Respiré hondo.
Me mordí la lengua para no llorar.
Y aunque mi cuerpo doliera por todos lados, lo obligué a girarse.
Lo obligué a caminar.
Cada paso hacia la salida era una traición.
Cuando crucé la puerta, lo último que escuché fue otro choque de acero.
Y el gruñido del akazonae.
No sonaba humano.
Seguí corriendo, tome un arco caido en el piso y flechas.
Me escondí entre la sombra de los pilares y tensé mi arco.
Rikuya me mataría por esto, pero al carajo.
No lo iba a dejar morir solo.
Nunca debí dejar que Ayame viera esto.
Pero tampoco podía permitir que se quedara.
Ese akazonae no era como los otros.
Su peso no coincidía con sus pasos.
La armadura debería frenarlo, pero se movía como si llevara ropa ligera.
Ya había matado a uno de estos antes, pero jamás a uno así.
Y yo estaba cansado.
Demasiado.
Touka había sido un combate duro, sí, pero no para dejarme en este estado.
Algo no encajaba.
No estaba peleando en condiciones decentes, ni cerca.
Y aun así no podía retroceder.
No después de hacerle esa promesa a Ayame.
El akazonae atacó de nuevo, diagonal, buscando mi cuello.
Lo bloqueé, pero sentí el brazo entumecerse.
Si seguía esquivando en el mismo punto, en algún momento fallaría y ahí quedaría.
No tenía margen.
No tenía nada que usar a mi favor.
El dojo estaba vacío de armas, objetos, cualquier maldita cosa que pudiera servirme.
Así que mi única opción era acercarme a la salida.
Vivo, aunque fuera a rastras.
Moví mis pies con cuidado, milímetro tras milímetro, mientras mantenía el choque de espadas.
Una falsa apertura aquí.
Un retroceso controlado allá.
El akazonae cayó en el ritmo sin pensarlo.
Atacaba por potencia, no por técnica.
Un tajo lateral.
Lo esquivé.
Otro vertical.
Lo bloqueé de pura suerte.
Mi guardia bajó medio instante, suficiente para que él me arrojara al suelo con un empujón brutal.
La respiración se me cortó.
Abrí los ojos justo cuando el akazonae alzaba su espada para terminar el trabajo.
Pensé en Ayame y en la promesa que le acababa de hacer.
Qué estúpido sería romperla tan rápido.
Moví la katana, pero no a tiempo.
Su hoja bajó y mi mano fue la que lo detuvo.
La atravesó como si fuera manteca.
El dolor explotó como fuego líquido.
Apreté los dientes tan fuerte que sentí un chasquido.
El akazonae se agachó, acercando esa máscara espantosa a la mía.
Podía oler el metal oxidado.
No pestañeé.
No le iba a dar esa satisfacción.
Y entonces escuché su voz.
—¡RIKUYA!
Ayame.
No.
Mierda, no.
La flecha silbó y golpeó al akazonae en la parte alta de la armadura.
No lo atravesó.
Solo hizo que girara la cabeza hacia ella.
Ese fue el regalo.
Aproveché el segundo en que dejó de mirarme y tiré de la katana.
El filo salió apenas, raspando hueso.
Sangre caliente me corría por el antebrazo.
El akazonae apretó la hoja con más fuerza, hundiéndola más en mi mano, pero yo ya estaba moviéndome.
Con la mano libre saqué la daga corta de la armadura y la clavé en la axila del akazonae, justo donde la placa dejaba un hueco.
Sentí el metal atravesar la armadura.
No hubo grito.
No hubo reacción humana.
Solo un giro mecánico de cabeza, como si finalmente me estuviera prestando atención.
La daga no llegó a la piel.
Esa cosa tenía otra capa debajo.
Una más dura.
El akazonae levantó su espada para rematarme, pero mi cuerpo ya se había movido.
Traté de ponerme en pie, pero la fuerza no me respondió.
La sangre de mi mano brotaba demasiado rápido.
Y entonces la escuché otra vez.
No con palabras, sino con pasos veloces.
Ayame corrió hacia mí antes de que pudiera detenerla.
Y aunque era un error enorme, aunque cualquier maestro me mataría por siquiera tolerarlo, su presencia me devolvió algo.
No fuerza.
No precisión.
Algo más animal: ganas de seguir respirando.
El akazonae giró el cuerpo hacia Ayame.
Ella ya había recargado otra flecha.
Sus manos temblaban, pero aun así tensaba la cuerda.
Yo no podía dejar que se acercara más.
Apoyé el codo en el piso e intenté empujar mi cuerpo hacia arriba.
El mundo giró.
Mi mano herida ardía como si me estuvieran quemando desde dentro.
La katana seguía clavada a través de la palma, estorbando cada movimiento.
Ayame disparó.
La flecha chocó contra la hombrera del akazonae y rebotó.
Ese monstruo empezó a caminar hacia ella.
No.
Con la mano sana me agarré al borde de una tabla rota.
Forcé mis piernas.
Aunque el dolor me nublara la vista, aunque la sangre me resbalara por el antebrazo, me obligué a ponerme de pie.
Mis rodillas temblaron.
Mi visión se estrechó a un túnel.
El akazonae levantó su espada hacia Ayame.
Di un paso.
Sentí el hueso de mi mano protestar.
Otro paso.
Ayame me miró de reojo.
No fue miedo.
Fue una mezcla rara de enojo y desesperación.
Como si gritara “no te atrevas a caer ahora”.
Eso me sostuvo.
Cuando estuve lo suficientemente cerca, tomé la katana con ambas manos.
El dolor casi me derribó, pero tiré igual.
La hoja salió de mi palma con un chasquido viscoso.
La sangre brotó al instante y me empapó los dedos, pero el arma volvió a ser mía.
Respiré hondo.
El akazonae giró hacia mí.
Ya no corría.
Ya no bloqueaba a medias.
Ya no estaba a la defensiva.
No tenía margen.
No tenía fuerza.
No tenía nada.
Solo la promesa que acababa de hacerle a ella.
A veces eso es suficiente.
Ignora mis pasos.
Ignora mi respiración.
Ignora mi existencia.
Va por Ayame.
La veo correr hacia ese maldito sector del bosque donde el terreno se vuelve incómodo, el que siempre odié entrenar.
No sé si lo hace consciente o solo corre por instinto, pero lo arrastra hacia allí como si fuera una trampa improvisada.
Salta un tronco caído.
El akazonae no.
Tiene que rodearlo.
Un segundo de retraso.
Justo uno.
Ayame suelta una flecha.
Perfecta, directa al centro de la cabeza del monstruo.
Rebota como piedra en metal.
No sirvió.
Yo lo entiendo de inmediato: Esa armadura no le permite saltar.
Pierde movilidad en los pies.
Pesado.
Torpe en terreno irregular.
Ayame no está luchando.
No está intentando sobrevivir.
Lo está alejando de mí.
Corro hacia ella, empuñando la katana con la mano buena, la izquierda, mientras mi muñeca derecha late como un tambor.
No importa.
No importa nada ahora.
Cuando llego al claro, ella está desarmada.
Sin flechas.
Con los pulmones al límite.
El akazonae se lanza sobre ella.
Lo intercepto antes de que llegue.
Mi golpe va recto al cuello, pero él lo desvía como si nada.
Su contragolpe roza mi hombro.
No golpeo sus puntos débiles.
No todavía.
Tengo que leerlo, tengo que entenderlo, tengo que sobrevivir tres segundos más para aprender cómo se mueve.
La katana de ese hombre baja hacia mis rodillas.
Bloqueo.
El impacto sube por mi brazo como un rayo, pero mis pies se mantienen firmes.
En cuanto tengo una grieta mínima, clavo una daga en la unión izquierda de su armadura.
Siento el metal ceder.
Sangre.
La saco.
La hundo de nuevo.
El akazonae reacciona golpeándome el brazo con el mango de su katana.
Me aturde, pero levanto la mía justo a tiempo para desviar su tajo.
Una piedra vuela desde atrás y golpea su casco.
Ayame.
Maldita sea.
Se convierte en un estorbo.
No para de moverse.
De distraerse.
De distraerme.
No puedo decirle nada.
No tengo tiempo ni para respirar.
Cada vez que ella aparece en mi visión periférica, mis pies fallan medio centímetro.
Medio centímetro en esta pelea es una tumba.
Quiero gritarle que se vaya, pero abrir la boca es perder un ritmo, una guardia, una vida.
Hasta que pasa lo peor: El akazonae gira sobre sí mismo, agarra impulso y se lanza directo hacia su cuello.
No llego con la katana.
Lo sé en medio segundo, y medio segundo es suficiente para elegir.
Cambio la katana de mano, llevándola a la izquierda.
Extiendo la derecha hacia Ayame.
El filo enemigo cae.
Yo alcanzo su cuello primero.
Siento un estallido en mi muñeca.
No siento dolor.
Siento vacío.
Miro de reojo: mi muñeca izquierda… ya no está.
Mi mano habil.
La que sostuvo toda mi vida.
No importa.
Golpeo a Ayame con el mango en la cadera.
No midiendo fuerza.
Solo con la finalidad de sacarla de la trayectoria.
La mando al suelo.
Escucho el sonido seco de su caída.
Su mueca de dolor.
Me mira.
Yo sí tengo aire para gritar.
—¡Lárgate.
Deja de ser una niña irresponsable e indisciplinada y lárgate de una vez!
La veo romperse por dentro.
Y me duele más que la muñeca que ya no tengo.
Pero sigo.
Porque si se queda, muere.
Los pasos en el bosque retumban.
Ella los oye.
Yo también.
No sé si vienen más.
No sé cuántos.
No sé nada.
—Corre..
Mi voz sale áspera, rota.
—Cumple tu sueño.
Ese que me contaste.
Hazte samurái.
Sigue tu propio camino.
Ayame esta vez corre.
De verdad se va.
Me quedo con el akazonae.
Empieza una pelea sucia, rápida, sin espacio para pensar.
Cada movimiento es puro instinto.
Cada bloqueo me sacude el hueso.
Cada golpe suyo me recuerda que estoy sangrando, que estoy incompleto, que estoy más lento.
Pero sigo.
En medio del choque de acero, mi mente trae imágenes que no pedí: El rostro de Hinaka.
La voz de mi madre llamándome desde la cocina.
Ren corriendo por el patio.
Y Ayame… Ayame sonriendo como si nada en el mundo pudiera romperla.
Ese recuerdo me quiebra.
Y acepto en silencio que voy a morir.
El combate se vuelve tan rápido que ni veo mis propias manos.
Giro, entro, bloqueo, retrocedo, esquivo, corto.
El aire es hierro caliente en mis pulmones.
La sangre me resbala por la frente.
Cada segundo es una eternidad y a la vez un parpadeo.
Me aferro a todo: A las risas con Ren.
A la voz cansada de mi madre.
A la mirada de Ayame cuando dijo que quería ser samurái.
Y avanzo.
En un impulso final, desato un golpe diagonal desde abajo.
La katana del akazonae sale volando.
Se queda paralizado, sorprendido por primera vez.
Yo no dudo.
Clavo mi katana en la axila, entre placas, sintiendo el metal entrar y la sangre brotar.
Pero él no retrocede.
Agarra mi brazo.
Aprieta.
Impide que saque el arma.
Tengo que soltarla si no quiero que me quiebre el codo.
Voy por la daga.
Un sonido seco.
Mi mano resbala.
La daga cae.
Algo está mal en mi garganta.
Siento un calor repentino bajando por el pecho.
Miro hacia abajo.
La daga del akazonae está enterrada en mi cuello.
La sangre me sube a la boca y se derrama sin control.
No puedo respirar.
No puedo sostenerme.
Caigo de rodillas.
Luego al suelo.
El bosque me da vueltas.
Mi visión se llena de luz y luego de sombra.
Pienso en una sola cosa: La protegí.
Ayame está viva.
Y aunque me hubiera gustado cumplir mi promesa… Al menos pude remendarme un poco antes del final.
Mi último pensamiento es su rostro frágil.
Y entonces todo se apaga.
El bosque se movía demasiado rápido.
O quizá era yo.
Mis piernas solo corrían, corriendo más de lo que podía pensar.
Tenía la garganta cerrada, los ojos ardiendo, y aun así las lágrimas me seguían cayendo como si no hubiera mañana.
Escuché un disparo.
Un sonido seco, imposible de confundir.
Luego otro.
Sentí que algo se me rompía dentro del pecho.
No lo dije en voz alta.
Apenas si podía respirar.
Pero el dolor me atravesó como un tajo limpio.
Seguí corriendo.
No quería escuchar nada más.
No quería pensar en Rikuya tirado en alguna parte.
No quería imaginarlo.
Pero mi mente es cruel y lo hacía igual.
Estaba llorando tan fuerte por dentro que ni noté la trampa de osos.
Mi pie la pisó y el metal se cerró, pero no llegó a morderme.
Me hizo tropezar.
Salí volando, rodé, grité ahogada.
Y de pronto se acabó el suelo.
El vacío.
Y el mar abajo.
Caí como si el cielo me hubiera escupido.
El agua me golpeó tan duro que el mundo se apagó.
El mar se volvió rojo.
Y yo dejé de sentir.
Todo se volvió silencio.
Infinito.
Pesado.
Oscuro.
El claro quedó quieto, cubierto de humo y aliento de muerte.
Entre los árboles, un aplauso lento cortó la oscuridad.
Las palmas resonaron como si alguien disfrutara del espectáculo.
El akazonae levantó la mirada.
Exhausto.
Temblando.
Con la respiración rota.
Desde las sombras salió un hombre, elegante como si viniera de un banquete en lugar de un campo de batalla.
—Bravó, bravo —dijo, como si felicitara a un actor.
El akazonae se arrodilló.
—Comandante… El comandante se detuvo frente al cuerpo de Rikuya.
Todavía respiraba, apenas un hilo, una vida sostenida por puro instinto.
El hombre sacó un arma extranjera de su cinturón.
Brilló un segundo bajo la luna, ajena a toda la tradición de esa tierra.
Se inclinó.
Puso el cañón en la frente de Rikuya.
Y disparó.
Su sangre esparciéndose en la tierra.
El aire del bosque se tensó como si hubiera perdido algo importante.
—¿Y la chica?
—preguntó el comandante sin emoción.
—Escap… —intentó responder el akazonae.
Otro disparo.
El casco cayó rodando.
El cuerpo se desplomó.
El comandante suspiró.
—No puede ser que no puedan hacer nada bien.
Malditos japoneses.
Desde atrás aparecieron más hombres, también japoneses, con los uniformes manchados y los ojos cargados de silencios incómodos.
—¿Qué miran?
—lanzó el comandante.
Uno tragó saliva antes de hablar: —El general Mitaka… El hombre se pasó una mano por el cabello, irritado.
—En serio… me miran como si fuera el villano.
Soy quien hizo posible esta anexión.
El señor de este clan siguió mis órdenes para salvar su vida.
Desvió tropas.
Si no fuera por mí, los Shibata los habrían hecho polvo.
Se giró hacia el akazonae muerto.
—Solo maté a un inútil.
A dos, supongo.
Empujó a uno de los soldados para abrirse paso.
Todos se apartaron.
Miraron por última vez los cuerpos.
Uno con el casco abierto.
El otro, Rikuya, tirado como un guerrero que lo dio todo sin hacer ruido.
Y siguieron al hombre, tragándose sus dudas junto con la sangre que habían dejado atrás.
El claro volvió al silencio.
Ese silencio que cae cuando la historia acaba de quebrarse en pedazos.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Nael_Dalap La verdad, esto era solo el primer episodio de Oshikura pero decidí dividirla por partes.
todo este episodio 1 me tardó un total de un mes, estoy orgulloso de este trabajo sinceramente diría que es mejor episodio de todo Oshikura.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com