OSHIKURA - Capítulo 12
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12: Prologo: Volumen 2 12: Prologo: Volumen 2 El arroyo corría tranquilo, un hilo de agua clara que brillaba bajo el sol.
El pasto estaba tan verde que parecía recién nacido, y la brisa movía los montes y las flores de colores como si el mundo estuviera respirando en paz por primera vez en siglos.
Ayame yacía allí, tirada sobre la hierba, la ropa rasgada, el cuerpo marcado por golpes y la caída.
Su respiración era débil, apenas un movimiento.
Entre los árboles apareció Rikuya.
Caminaba despacio, casi flotando, con una corona de rosas en la mano.
Su kimono ondeaba con el viento… hasta que se detuvo frente a ella, se lo quitó y la cubrió con él, como si el frío pudiera herirla más que la vida misma.
Luego se inclinó, le dio un beso en la frente, y se sentó a su lado sin apartar la vista de ella.
Ayame abrió los ojos lentamente.
La luz le pintó el mundo de blanco al inicio… hasta que el paisaje tomó forma.
Pasto, viento, flores, un cielo absurdo de azul.
Se incorporó de golpe, sobresaltada.
Pero algo dentro de ella la obligó a mantenerse tranquila.
Como si supiera que cualquier reacción brusca podría romper algo frágil.
—Veo que despertaste —dijo una voz.
Ayame abrió los ojos por completo.
Giró la cabeza.
Y lo vio.
Rikuya.
Ni un rasguño.
Ni un gesto de dolor.
Solo él… sentado junto a ella.
Ayame se lanzó hacia él sin pensar.
Lo abrazó con todas sus fuerzas, sin lágrimas, sin palabras, solo apoyando su cuerpo entero sobre él, como si quisiera asegurarse de que no era humo.
Rikuya la abrazó también, firme, cálido, tranquilo.
—¿Qué está pasando?
—preguntó él, bajito.
Ayame apretó más su abrazo.
—Pensé… pensé que nunca te volvería a ver.
Rikuya soltó una risa suave, casi nostálgica.
—Sabes, Ayame… tienes que seguir tu camino.
Tú aún estás con vida.
Ella cerró los ojos con fuerza.
Negó con la cabeza, hundiéndola en su pecho, como si quisiera esconderse ahí para siempre.
—Quiero quedarme a tu lado, Rikuya-dono.
Él le acarició la espalda lentamente.
—Ayame… si pudieras hacerme un favor… sería que cumplas mi última voluntad.
Ayame levantó la mirada.
Y en ese instante, vio el cuerpo muerto de Rikuya.
** ** Un destello blanco me rompió la vista en mil pedazos.
La luz… me quema.
Mis oídos zumban.
No sé dónde estoy.
Intento moverme, pero siento peso sobre mi abdomen.
Piedras.
Muchas piedras calientes.
Un murmullo repetitivo.
Parpadeo.
Y veo a una anciana bailando alrededor de mí.
Otras mujeres contando algo en un ritmo extraño.
Una chamana coloca más piedras sobre mi cuerpo, como si intentara reconstruirme.
Mi respiración se acelera.
¿Que pasa?
La chamana gira la cabeza y se queda viéndome con los ojos abiertos como platos.
—¡Abrió los ojos la mujercita!
—grita.
Las demás mujeres se detienen.
El canto corta el aire.
Dos niñas entran corriendo a la sala, descalzas, con flores en el cabello.
¿Donde estoy?
—Abuelita —dice una de ellas— ¿esa mujer qué tiene?
Me miran como si hubiera caído del cielo.
Y yo… yo solo siento el peso de mi propio corazón cayendo otra vez, recordando esa imagen de Rikuya.
A que se refería…
¿su última voluntad.?
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