OSHIKURA - Capítulo 13
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
13: Clan…
¿Seiko?
13: Clan…
¿Seiko?
El olor a incienso me raspa la nariz antes siquiera de entender dónde estoy.
Abro los ojos de golpe.
El techo es extraño, demasiado bajo, demasiado limpio.
Mi corazón se clava en mis costillas.
Estoy en peligro.
Lo siento en los huesos.
Miro alrededor.
Un tubo oxidado apoyado contra la pared.
Único objeto que podría servir.
Lo agarro como puedo e intento pararme.
Mis piernas no reaccionan.
El piso me recibe de lleno.
Un golpe seco.
Escucho a dos niñas soltar un chillido ahogado y esconderse.
Las otras mujeres retroceden como si yo fuera una bestia herida.
La chamana entra rápido y patea el tubo lejos.
Yo solo alcanzo a mirar mis pies.
Están ahí.
Pero no obedecen.
—Rikuya… —me sale sin fuerza.
Ese nombre me enciende por dentro.
Intento arrastrarme, recuperar el tubo, algo, pero la chamana lo recoge antes y lo deja en la camilla.
La miro como si fuera un enemigo más.
—No te haremos daño, niña —dice tranquila, como si mis latidos no estuvieran colapsando.
Las pequeñas asoman medio rostro desde el biombo.
Escucho sus voces temblar.
—A… abuela… La chamana intenta calmarlas, diciendo que solo desperté desesperada.
No sé si me habla a mí o a ellas.
Apenas puedo mover la lengua.
—¿Qui… én… eres…?
—logro decir, aunque la voz me tiembla.
Y todo se apaga otra vez.
— Despierto.
El techo sigue ahí.
El incienso también, más fuerte.
No hay nada a mi alcance, ningún arma.
Intento mover los pies y un dolor sordo sube por mis piernas, pero no las siento realmente.
Mi garganta arde.
Mis oídos zumban.
Al bajar la vista bajo la sábana, me doy cuenta de que estoy desnuda del torso, cubierta solo por vendas mal puestas y la tela enredada en mis caderas.
Heridas cicatrizando.
Mi cuerpo expuesto.
Mi pecho se aprieta.
Aprieto también los puños, dispuesta a golpear a quien sea si se acerca.
Intento levantarme, pero al deslizarme por el borde de la camilla, caigo de lado otra vez.
La puerta se abre.
Una de las niñas entra, cargando un vaso de agua que tiembla tanto como ella.
La miro.
No disimulo el filo en mis ojos.
Ella se paraliza.
—Yo… yo solo quería d-darle agua, s-señorita… —¿Quién eres?
¿Dónde estoy?
—mi voz sale rasposa, quebrada.
—S-soy… soy una joven del clan Seiko —dice, tragando saliva—.
M-mi abuela la trajo.
El agua se derrama por su mano.
Retrocede como si yo fuera a morderla.
Me cubro con la sábana, tensa, lista para moverme aunque mis piernas no obedezcan.
—Necesito irme.
Aparta.
La niña obedece al instante, cerrando los ojos como si esperara un golpe.
Me apoyo en la pared.
Intento levantarme.
Mis piernas tiemblan, pero no suben.
Apenas un movimiento torpe.
—P-por lo que sé… sus piernas no responden, señorita —dice ella, reuniendo un poco de valor—.
Mi abuelita cree que c-caíste de muy alto.
Por suerte no se rompieron… “Por suerte.” Qué palabra tan inútil.
—¿Qué me hicieron?
—pregunto.
—N-no lo sé… mi abuela solo intentaba… revivirla… Revivirme.
Mi corazón se hunde.
Entra la otra niña, la que escuché antes.
—Hiyori, ¿qué estás…?
Se queda helada al verme en el piso, sudando y temblando, agarrada a la pared como un animal acorralado.
Arrastra a Hiyori fuera casi de inmediato.
La puerta se abre otra vez y la chamana entra al fin.
Me mira unos segundos.
—Solo traía un cambio de ropa… mira lo que haces —gruño, con la garganta seca.
Veo a Hiyori asomarse por la entrada, tímida, como un cervatillo.
La otra niña ni se acerca.
La chamana me lanza la ropa y yo la miro igual que miraría a un enemigo con una daga escondida.
—Estabas desnuda desde el torso.
Tu ropa estaba llena de sangre y apestaba —responde ella sin inmutarse.
—¿Qué es eso que dijo la pequeña… “revivirme”?
—pregunto mientras tomo la tela llena de arrugas.
—Se refería a sanarte —dice, como si yo fuera idiota.
—¿Por qué estoy aquí?
¿Qué hicieron con mis piernas?
La anciana se rasca la nuca, estresada.
Buena señal.
Que tiemble ella, no yo.
—Estaba recogiendo agua en el río.
Te vi a lo lejos, dejándote llevar por la corriente como si estuvieras renunciando a todo.
Te recogí.
Vi tu estado… y quise curarte.
—Mis piernas —insisto, con la voz tan dura que podría partir madera.
—Están entumecidas.
No intenté ayudarte con ellas porque… si realmente pudieras ponerte de pie… mis nietas no estarían a salvo.
Eso me desarma un poco.
No del todo, solo un poco.
Intento vestirme con la prenda que me dio, pero mis pechos no pasan ni queriendo.
La tiro a un lado sin paciencia.
Ella suspira y me acerca un kimono distinto.
Este sí me entra.
Me queda perfecto, como si alguien allá afuera quisiera que al menos eso saliera bien.
—Necesito regresar a mi clan —digo apenas termino de ajustarlo.
—No puedes.
Frunzo el ceño.
Ese “no” me arde más que mis heridas.
—¿Cómo que no?
—Tus piernas.
—Entonces hágalas responder —gruño, con veneno en cada sílaba.
La chamana deja un plato de comida en el suelo, toma el cántaro de manos de Hiyori, lo acomoda y antes de salir me dedica una última mirada.
No puedo leerla.
Ni quiero.
Cierra la puerta.
Yo… pierdo el control.
Grito.
Golpeo la pared con mis manos débiles.
Y cuando no queda fuerza ni para eso, me deslizo hasta el suelo.
Me muerdo los labios para no soltar un sollozo, pero igual se escapa.
El silencio me traga y me ahoga.
Rikuya.
Mi único apoyo.
Mi único hogar.
Y no está.
Agarro esas palabras que me dejó el día que nos separamos.
Esa promesa absurda pero real.
“Te voy a encontrar.” Me aferro a eso como si fuera la última cuerda que me queda.
Los días pasan.
O semanas.
No sé.
Hiyori y su hermana entran por turnos, dejan comida y agua, salen rápido.
Yo sobrevivo a puro rencor, ganas de volver a casa y esa promesa que no suelto.
Hasta que… una mañana… siento algo en las piernas.
Un cosquilleo.
Un hilo de vida.
Luego otro.
Me obligo a moverlas.
Se niegan.
Lo intento por semanas.
Responden.
Temblorosas, torpes, débiles… pero mías.
Me pongo de pie por primera vez.
Y entiendo que cuando salga de esta choza, temblará quien tenga que temblar.
No recuerdo muy bien todo, pero si el día en el que salí de ahí.
Ese día Hiyori entró, temblorosa, y dejó la comida en el suelo como si fuera una ofrenda que teme romper.
Se queda ahí parada un momento, sin saber qué hacer.
Yo tengo el brazo en la frente, mirando el techo, pero aun así la siento mirándome.
—Qué miras —digo, sin ganas.
—N-nada.
No respondo.
Ella tampoco respira muy fuerte.
Parece que cada movimiento le pesa, como si yo fuera un animal salvaje que podría morderla si hace ruido.
Hiyori da un paso hacia atrás, pero no se va.
Sigue parada, clavada en el piso, retorciéndose los dedos entre sí.
Me mira de reojo, baja la mirada, vuelve a levantarla y al final junta fuerzas.
—¿Puedo hacerle u-una pregunta?
No digo que sí.
Tampoco digo que no.
Solo sigo ahí, quieta, esperando.
Ella traga saliva.
—¿Por qué al llegar s-sangraba tanto?
La pregunta rebota en mi cabeza.
No contesto.
Mi respiración se vuelve más pesada.
Hiyori lo nota porque da otro paso atrás, como si hubiera tocado algo prohibido.
Me quedo mirando el techo, pero en realidad ya no lo veo.
Me trago las emociones que suben de golpe, ásperas, quemándome por dentro.
Hiroto, muerto.
Rikuya… no sé si vive.
Mi madre desaparecida.
Mi clan destrozado.
Todo lo que era mío desapareciendo como humo.
Hiyori baja la cabeza, como si se arrepintiera de haber preguntado algo que no le corresponde.
Juega con la tela de su manga, intenta decir algo más, pero se muerde el labio y decide huir antes de romper a llorar ella también.
Da media vuelta.
Sale de la habitación.
Cierra la puerta con cuidado, como si temiera que el sonido pudiera quebrarme aún más.
El sonido del pestillo todavía resuena cuando me cubro la boca con la mano para no hacer ruido.
Es estúpido, nadie vendría a decirme nada por llorar, pero igual lo hago.
Me arde la garganta, como si hubiera gritado, aunque no he dicho más de dos palabras desde que desperté aquí.
Me quedo quieta un rato largo.
No sé cuánto.
Podrían ser minutos o una hora.
No puedo confiar en mi percepción tiempo; todo me parece raro desde que abrí los ojos por primera vez en esta camilla.
Intento tragar saliva, pero la boca me duele.
Cada herida que pensé que ya no estaba empieza a sentirse otra vez.
Giro la cabeza despacio.
La manta se desliza un poco y se me eriza la piel.
No hay ningún ruido afuera.
Ni pasos.
Ni voces.
Nada.
A veces, la ausencia de sonido pesa más que un grito.
Respiro hondo.
Mala idea.
El pecho tira, como si la piel se estuviera rompiendo de nuevo.
Aprieto los dientes, espero a que pase.
Entierro la cara en la almohada y dejo que salgan más lágrimas, despacio, sin moverme demasiado.
No me atrevo a tocar mis piernas todavía.
No quiero confirmar que siguen igual de inútiles.
Pienso en Hiroto.
En el instante exacto en el que entendí que estaba muerto.
Aún veo su mano soltarse, aunque cierre los ojos con fuerza.
Siento culpa, aunque sé que no podía hacer más.
Me odio por haber corrido tan tarde.
Luego pienso en mi madre.
La imagen de ella alejándose, su espalda, el sonido de algo rompiéndose, y después nada.
Podría estar viva.
Podría estar muerta.
No tengo pruebas de nada.
Esa incertidumbre me consume más que el dolor físico.
Y Rikuya… No sé qué pensar.
No sé si lo dejaron tirado.
Si logró huir.
Si está buscando ayuda.
Si me dio por muerta.
No saber es lo que más me rompe.
Suelto un suspiro largo.
Paso el antebrazo por mis ojos y trato de recomponerme mínimamente.
Me siento ridícula llorando como una niña, pero al mismo tiempo no tengo fuerza para hacer otra cosa.
Intento mover un pie.
Se mueve un poco.
Temblor.
Nada útil.
Intento el otro.
Igual.
Me dan ganas de golpear la cama, pero no lo hago porque sé que el cuerpo entero se quejaría.
Afuera escucho algo, tal vez pasos.
No logro identificar si son de las niñas o de la anciana.
Me quedo en silencio, esperando, como si fuera importante no delatar que estoy despierta.
Pero los pasos se alejan.
Silencio otra vez.
Respiro.
Abro los ojos.
Miro el techo sin ganas.
Todo se ve igual de desconocido.
Me siento atrapada, aunque no haya cadenas.
Dependo de gente que no conozco, en una casa que no entiendo, en un territorio que podría ser enemigo.
No tengo armas.
No tengo información.
No tengo movilidad.
Es lo peor que me puede pasar.
Me limpio la cara con las manos.
La piel está seca en algunos lugares, húmeda en otros.
Me siento agotada.
Como si el llanto hubiera drenado lo poco que quedaba de mí.
Intento mover de nuevo las piernas.
Nada.
Solo un hormigueo desagradable que no sirve de nada.
Me dejo caer de espaldas otra vez.
Cierro los ojos.
Ya no lloro, pero tampoco me siento mejor.
Solo estoy vacía.
Eso es lo que queda después del dolor: un hueco.
Escucho la madera de la casa crujiendo.
Un viento pasa por alguna grieta.
Imagino que afuera hay árboles, tierra, algo parecido a un hogar normal.
No debería importarme, pero en parte me calma imaginarlo.
Me da pánico pensar en el día que pueda caminar de nuevo.
Porque cuando pueda, tendré que enfrentar todo lo que no quiero enfrentar.
Buscar mi clan.
Ver si queda algo.
Ver si alguien sigue vivo.
Encontrar a Rikuya.
Saber si… no, ni quiero terminar esa frase.
Pero también sé que no puedo quedarme tirada para siempre.
Lo sé.
Me lo repito una y otra vez hasta que deja de sonar convincente.
Respiro despacio.
Abro los ojos.
La habitación sigue igual.
La puerta sigue cerrada.
Y yo sigo aquí.
Rota, cansada, pero despierta.
— La chamana entró sin tocar, como siempre, con ese olor a hierbas quemadas que anunciaba su presencia antes de que hablara.
Yo estaba acostada, piernas estiradas, mirada perdida en el techo, fingiendo ser un mueble averiado.
—¿Cómo sigues?
—preguntó.
—Necesito ir al baño —respondí sin rodeos.
Ella entrecerró los ojos, sospechosa.
No la culpaba.
Llevaba dos días haciendo el mismo teatro.
—No puedo estar llevándote cada rato.
Quédate aquí.
—Necesito ir al baño —repetí, esta vez más seca—.
No puedo mover las piernas.
La chamana soltó un soplido de fastidio, se acercó y me tocó las piernas como si fueran troncos húmedos.
Yo dejé que cayeran pesadas, dóciles, casi muertas.
Por dentro, mis músculos ardían de ganas de levantarse.
Había recuperado la movilidad hace dos días, pero jamás iba a mostrarlo frente a ella.
La chamana hizo un gesto brusco hacia uno de los suyos.
—Tú.
Acompáñala.
No la pierdas de vista.
El hombre vino rápido, se agachó y me levantó cargándome.
Yo dejé mi cuerpo caer como un peso muerto.
La chamana lo siguió unos pasos y luego habló sin mirarme: —La dejas justo afuera.
Te quedas guardando la puerta.
Si intenta salir sin ti, gritas.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba.
El baño del recinto estaba lejos, al final de un pasillo estrecho.
El hombre me dejó en el suelo con cuidado, sin brusquedad, asegurándose de que pudiera arrastrarme hacia adentro.
—Te espero aquí —dijo, apoyándose en la pared.
Asentí como si estuviera derrotada.
Cerré la puerta.
El espacio era pequeño, con un balde, y una vasija.
Me quedé en silencio un momento, escuchando el murmullo apagado del guardia afuera.
Luego, inhalé y me puse de pie.
El alivio fue instantáneo, casi delicioso.
Dos días reprimiendo cada impulso por volver a moverme.
—Ahora.
Caminé hacia la puerta.
Toqué tres veces, suave.
—¿Necesita algo?
—preguntó él del otro lado.
La puerta se abrió apenas un palmo.
Suficiente.
Cuando me vio de pie, su expresión se congeló, como si la realidad hubiera cometido un error.
Yo no le di tiempo de entender.
Mi puño cruzó el espacio directo contra su cara.
Sentí el crujido suave de su mandíbula, el golpe seco de su cuerpo cayendo al suelo.
Inconsciente de inmediato.
Me agaché a revisarlo.
Ni una daga.
Ni un palo.
Ni siquiera unas tijeras.
Solo un tabaco.
Lo tomé, lo observé un segundo y lo tiré.
—¿Quién demonios pone a un guardia sin armas?—dije bajo.
No tenía tiempo para pensar.
Caminé por el pasillo intentando parecer una sombra.
Varias personas me vieron, sí, pero sus reacciones no fueron las que esperaba.
No hubo alarma.
No hubo gritos.
No hubo espadas desenvainadas.
Solo murmuros leves, como si comentaran algo extraño pero no urgente.
—Esa chica..
—¿Quien es?
—Nunca la he visto dentro de este clan.
¿No?
Fuera de eso, nada.
Nadie vino a detenerme.
Era perturbador.
Seguí avanzando, cada paso con la tensión lista para pelear.
Necesitaba encontrar la salida y volver con mi gente.
No podía perder más tiempo.
Al doblar la esquina, me topé con tres hombres en la entrada lateral.
No tenían postura agresiva.
Ni una gota de hostilidad.
Solo estaban ahí, como parte de su rutina.
—Tengo que salir —dije, avanzando sin pedir permiso.
Uno levantó la mano apenas, como indicando que esperara, pero ya era tarde.
Le tomé la muñeca, giré su codo y lo empujé al suelo.
No se defendió, solo gruñó sorprendido.
El segundo retrocedió un paso.
Error.
Lo derribé con un giro bajo.
El tercero abrió mucho los ojos, levantando las manos.
No en guardia.
En duda.
Esa duda lo dejó abierto.
Un empujón al pecho bastó para apartarlo.
Corrí por el pasillo.
Los pasos detrás de mí comenzaron a oírse.
No eran pasos de cazadores.
Eran pasos nerviosos.
Cautos.
—¡Hey!
Espera un momento —llamó una voz.
No respondí.
Aceleré.
Pero más gente empezó a aparecer.
No con armas, sino con manos extendidas, como si quisieran tranquilizarme.
Los primeros dos que me alcanzaron intentaron sujetarme por los brazos.
Reaccioné instintivamente.
Golpeé.
Me zafé.
Uno cayó al suelo sin aire.
El otro se chocó contra una columna.
Ellos no atacaban.
Solo recibían.
Como si no tuvieran permiso de lastimarme.
Esa idea me hirvió la sangre.
Una mujer intentó detenerme con el cuerpo.
La empujé.
No devolvió el golpe, solo me sostuvo los hombros, preocupada, como si yo fuera la herida peligrosa y no ellos.
—Oye, detente —murmuró—.
Vas a lastimarte… —¡Déjenme salir!
—grité, con la garganta ardiendo—.
¡Tengo que volver!
¡Mi clan me está esperando!
Intenté avanzar, pero otra persona me tomó de la cintura.
Otro me sujetó un brazo.
Otro más el otro lado.
Tres, cuatro, cinco personas, todas evadiendo golpearme, todas sujetándome con una delicadeza que me enfurecía.
—¡Suéltenme!
—volví a gritar—.
¡No pueden tenerme aquí!
Ninguno respondió con rabia.
Ninguno me insultó.
Ninguno buscó reducirme como enemiga.
Solo murmuraban entre ellos, desconcertados.
Como si no entendieran por qué me estaba comportando así.
—Nadie quiere hacerte daño… —susurró alguien detrás de mí.
Ese tono me rompió más que cualquier golpe.
Yo seguí luchando, pero sus manos eran suaves, pacientes, y esa paciencia me atrapó más que cualquier prisión.
Cuando finalmente mis piernas cedieron y caí de rodillas, supe que la pelea no era contra ellos.
Era contra lo que yo creía que ellos eran.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com