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OSHIKURA - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Un jabalí confundido
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14: Un jabalí confundido 14: Un jabalí confundido La anciana llegó aplaudiendo, como si todo este desastre fuera una ceremonia suya.

El sonido seco me cortó la respiración y dejé de forcejear por puro instinto.

Todos alrededor también se detuvieron.

Esa mujer tenía autoridad incluso cuando te miraba como si fueras barro húmedo.

—Si tanto deseabas irte —dijo— pues te puedes marchar, jovencita.

Tu rebeldía no es algo que tolere.

Los que me sujetaban me soltaron al instante.

Me incorporé de golpe.

Sentía el pulso reventándome en los oídos.

Caminé hacia la anciana, directo al rostro, sin miedo, sin filtro.

—No sé qué está pasando… pero no dudaré en matar si intentan lastimarme.

Créeme que ya he matado gente, anciana.

No pestañeó.

Ni una sola vez.

—Haz lo que quieras.

Extendió la mano.

Pensé que intentaría defenderse, pero no: me estaba entregando algo.

Una daga.

Pequeña, vieja, pero afilada.

La sostuvo como si no le importara que le cortara la palma.

Me quedé mirándola, sin entender.

—Si nos quieres matar, hazlo.

No espero nada de una huérfana de guerra.

Ese golpe sí me dolió.

Me atravesó como un dardo.

No por la palabra “huérfana”, sino por el modo exacto en que lo dijo.

Como si me hubiera leído por dentro.

Le agarré las muñecas de golpe, fuerte, como si así pudiera arrancarle la explicación.

—Cómo rayos sabes eso.

La anciana me sostuvo la mirada.

Ni temor, ni enfado.

Solo una seguridad insoportable.

—Por tu forma de actuar.

Te comportas como un jabalí confundido.

No sabes dónde estás y crees que todo es una amenaza mortal.

Hasta mis nietas.

¿No es así?

Solté sus muñecas de un tirón, casi con rabia.

No porque estuviera equivocada… sino porque estaba demasiado cerca de la verdad.

Retrocedí un paso.

No quería seguir ahí.

No quería que nadie más dijera nada que pudiera desnudarme más de lo que ya estaba.

La anciana me observó unos segundos.

Luego, simplemente chasqueó la lengua y ordenó a todos volver a sus labores, como si aquello hubiese sido una interrupción tonta en su rutina.

Solo cuando se dio la vuelta vi cómo frotaba sus muñecas.

El rojo marcado.

Yo había apretado demasiado fuerte.

Y aun así, ni un gesto de dolor.

Solo calma.

Calma irritante.

Calma peligrosa.

** ** La lluvia no dejaba de caer, como si quisiera aplastarme contra la tierra.

Caminaba sin rumbo, sin idea alguna de dónde estaba.

Cada árbol se veía igual, cada sendero empapado parecía el mismo.

Me ardía la cabeza por el cansancio, y aun así seguía avanzando.

No quería sentir nada.

No quería pensar.

Tropecé con algo duro en el lodo.

Era una piedra incrustada.

La pateé con toda la fuerza que me quedaba.

Me dolió el pie, obvio, porque estaba descalza, pero la piedra salió volando como si la hubiese empujado un demonio.

Escuché un golpe seco allá adelante.

La lluvia no me dejaba ver bien, pero algo pequeño cayó junto al río.

Me acerqué.

Era un pájaro.

Apenas movía una ala.

Tenía los ojos abiertos, pero sin vida en ellos.

Respiré hondo.

Tenía hambre.

Dolorosa, profunda, como una mano cerrándose en mi estómago.

Pero ni así pude hacerlo.

Solo mirarlo me revolvió las entrañas.

No quería comer eso.

No quería comer nada que pareciera vivo hace un segundo.

Me aparté, dejando al ave en la orilla.

Seguí caminando sin saber hacia dónde.

Vi ardillas en los árboles, corriendo entre las ramas húmedas.

Por un momento pensé en Rikuya.

En cómo me corregía la postura con sus manos tibias, en su voz tranquila diciéndome que volviera a intentarlo.

Me sonrojé sola, incluso ahora, empapada, perdida y temblando.

Es ridículo, pero solo recordarlo me bajó un poco el pulso.

Duró poco.

Cuando volví a notar mi alrededor, ya no estaba en el bosque.

Estaba en un pueblo.

Casas de madera, humo saliendo de algunos techos, caminos de tierra convertidos en barro.

No tenía idea de cómo llegué ahí.

Me quedé quieta.

Las palabras de la anciana me resonaron… “jabalí confundido”.

Me molestaba admitirlo, pero no estaba tan lejos de eso.

Una puerta se abrió frente a mí.

Una mujer salió cargando un barril.

La reconocí al instante.

Era la madre de las niñas.

Nos quedamos mirándonos unos segundos.

—¿No eres tú la muchacha que encontraron en el río?

—preguntó.

No dije nada.

El corazón se me fue al cuello.

Yo había caminado durante horas.

Evité el camino del que había salido.

Era imposible volver al mismo punto.

Imposible.

Pero ahí estaba.

—¿Quieres pasar?

Te ves… No terminó la frase.

Yo pestañeé.

Una sola vez.

Y cuando abrí los ojos estaba sentada dentro de su casa con un plato de comida frente a mí y ropa limpia encima.

La madera crujía suavemente por el viento.

Olía a arroz recién hecho y a sopa de verduras.

Algo estaba mal.

Esto tiene que ser una trampa… Algo quieren de mí.

Me negué a aceptar otra explicación.

La mujer comía tranquila, como si tener una desconocida armada y paranoica en su mesa fuera lo más normal del mundo.

—¿No tienes hambre?

—preguntó.

Yo la miré fijamente.

—¿Por qué estoy en este lugar?

Se llevó un grano de arroz a la boca, sin apuro.

—Estabas inconsciente en el río.

—¿Quiénes son ustedes?

—Aunque no parezca, somos un clan.

El clan entero vive en esta isla.

A veces otros clanes pasan cerca, pero no nos atacan.

No sé por qué.

Supongo que tenemos suerte.

La miré aún más fuerte.

—¿Por qué me tratan así…?

Dejé inconsciente a uno de los suyos.

¿Acaso no les importa su gente?

Antes de que respondiera, la puerta se abrió.

Las niñas entraron riendo, pero al verme se quedaron mudas.

La más pequeña agarró la ropa de su madre, como si necesitara protección.

La mujer suspiró, dejó la comida y fue hacia ellas.

Les habló suave, como si intentara que mis oídos no escucharan.

—No tienen que temerle.

Solo es una mujer confundida.

Debió pasar por mucho antes de llegar aquí.

Escuchar eso me punzó el pecho.

No sabía por qué.

Volvimos a la mesa.

Las niñas se sentaron también, aunque rígidas, como si estuvieran listas para salir corriendo.

Yo repetí: —Quiero saber dónde estoy.

Quiénes son.

Todo.

La mujer dejó los palillos en el cuenco.

—Antes de nada… ¿podrías decirnos tu nombre?

No respondí.

No quería entregarle nada.

—Llámame como quieras.

La mujer pensó unos segundos, pero antes de que pudiera proponer algo, Hiyori habló con esa voz dulce que tenía hasta cuando temblaba.

—¡Rengetsu!

La madre rió, acariciándole el cabello.

Hiyori rió también, feliz solo por haber hecho reír a su madre.

Yo las miré.

No pude evitarlo.

Me recordaron… algo.

O alguien.

Mi madre.

Pero no exactamente.

Kaede nunca fue así conmigo.

Cuando era pequeña y buscaba su mano, apenas levantaba la mirada.

Cuando intentaba abrazarla, me empujaba diciendo que no era momento.

El primer día que entrené, me dijo que no había tiempo para tonterías.

Solo cuando se supo que iba a comprometerme con Isamu cambió.

De repente era cariñosa.

De repente le importaba.

La risa de la mujer me dolió como si me hubieran abierto el pecho.

No entendía por qué.

Sentí las lágrimas antes de sentir la respiración.

Me limpié rápido con la manga, pero caían más.

Incontrolables.

Las dejé caer apretando los dientes.

No lloraba por mi madre.

Nunca la amé como madre.

Lloraba por lo que no tuve, por lo que debería haber sentido y no sentí, por lo que estas niñas tenían sin esforzarse.

Lloraba por la parte de mí que todavía esperaba que alguien, en algún momento, me mirara como esa mujer miraba a sus hijas.

Pero…

No se si el estara vivo o no, pero si alguna vez lo veo…

Quisiera estar a su lado por siempre y ser igual que esta mujer…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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