OSHIKURA - Capítulo 15
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15: ¿Quién es ese hombre?
15: ¿Quién es ese hombre?
La mujer se acerca con la calma de alguien que ya vivió demasiados líos como para espantarse por una extranjera paranoica.
No dice nada.
Solo toma un palillo, lo hunde en el arroz y lo levanta hacia mí, ofreciéndomelo como si yo fuera una niña perdida y no una asesina entrenada sin armas.
La miro, confundida.
La sonrisa en su cara es tan suave que me incomoda más que un grito.
Veo el palillo acercarse.
Mi cuerpo entero se tensa.
No… no voy a dejar que me den comida en la boca.
Me aparto un poco y tomo mi propio cuenco, comiendo sola.
La mujer no insiste.
Solo asiente, como si entendiera algo que yo misma no entiendo.
Mientras como, mi mente es humo.
Confusión, desconfianza, hambre.
Todo mezclado.
La lluvia azota el techo y las niñas juegan en otro cuarto.
Yo mastico en silencio, pensando en todo y en nada.
Me dio un cuerto aparte.
Dormí más de lo que debería y eso me aterra.
… Despierto al día siguiente con un sobresalto tan violento que casi tiro la cama.
El techo es distinto, el olor es distinto, la sensación es distinta.
Estoy demasiado… cómoda.
Bajo la guardia como una idiota.
Me incorporo rápidamente.
La cama es dura.
La habitación humilde.
No hay armas.
No hay nada.
La ansiedad me revienta en el pecho como una flecha tensa.
Empiezo a revisar todo.
Bajo la cama: vacío.
Estantes: nada que corte, nada que rompa.
Caja de madera: ropa.
No armas.
Rincón oscuro: ni una hoja afilada.
El pánico me sube por la garganta.
Me siento expuesta.
Desnuda.
Entonces escucho pasos detrás de mí.
Me giro rápido, lista para golpear con lo que sea.
Es la mujer.
—¿Qué buscas?
La pregunta cae como un martillazo.
No hay juicio, solo observación.
Aun así, siento que me ve a través de la piel.
—Nada —respondo, demasiado rápido.
Ella entrecierra los ojos.
Sabe que miento.
Sabe exactamente qué estaba buscando.
—¿Intentabas robar algo?
Niego con la cabeza con la desesperación de alguien que no tiene plan B.
Ella no discute.
Simplemente coloca una taza de té en la mesa.
—Esto es para ti.
Luego llama a sus hijas, que bajan medio dormidas, arrastrando los pies como dos gatitas recién despertadas.
Yo me siento, tensa, con el estómago apretado.
La mujer junta las manos, como si fuera una ceremonia.
—Creo que debemos presentarnos formalmente.
Soy Shike Seiko.
Las niñas se miran entre ellas antes de hablar.
—Chiyo Seiko… —murmura la mayor, tímida.
La otra sonríe con sueño.
—Hiyori Seiko.
Es un gusto, señorita Rengetsu.
Parpadeo.
Ayer esta niña temblaba cada vez que me veía.
Hoy me saluda como si fuera parte de su casa.
Shike me mira, esperando.
Mi nombre real está fuera de discusión.
Si lo digo, si menciono mi clan, mi sangre, todo se arruina.
No confío en ellas.
No confío en nadie.
No confío ni en mi sombra.
Pero tengo que responder.
—Rengetsu —digo finalmente.
Shike esboza una sonrisa que intenta esconder una risa pequeña.
—Pues bienvenida a la familia Rengetsu.
Mi corazón se detiene un segundo.
—¿Qué?
—Solo si así lo quieres —aclara Shike sin dramatizar nada.
Chiyo abre la boca en shock.
Hiyori sigue tomando té como si esto fuera totalmente normal.
Yo no tengo adónde ir.
No tengo clan.
No tengo armas.
No tengo nada.
—Puedo… vivir aquí por un tiempo.
Shike.
Ella asiente como si hubiera esperado esa respuesta desde el principio.
—Entonces esta casa es tu casa.
Y así, con ese simple intercambio, paso a vivir con ellas.
Yo, la ex heredera del clan Shibata, la fugitiva, la arma rota, ahora convertida en Rengetsu, una desconocida adoptada por un clan apartado que no me teme ni me odia.
No sé si es una bendición o una trampa.
Pero es lo único que tengo.
Respiro hondo.
Intento creer, solo un poco.
En otro lado.
Las tropas del clan Yamada fueron las primeras en cruzar los restos humeantes del territorio Shibata.
Aquellos que alguna vez fueron muros defensivos estaban ahora reducidos a escombros negros.
Las casas ardidas desprendían un olor dulce y amargo: muerte reciente.
Un pelotón entero avanzó entre cenizas y lodo, incrédulos ante la brutalidad del ataque.
Era imposible, inexplicable, que un clan menor hubiera aniquilado a los Shibata con semejante violencia.
El general ordenó dividirse.
Buscar supervivientes.
Buscarla a ella.
Pero no encontraron cuerpos vivos.
No encontraron resistencia.
Solo silencio.
Finalmente, el general llegó a la antigua casa de Ayame.
Empujó la puerta rota y avanzó con cautela.
En el suelo, encadenada a un poste, respirando apenas, estaba una joven.
Rika.
La última sobreviviente.
El general se apresuró hacia ella, cortando las cuerdas con manos temblorosas.
—Ya está… ya estás segura… —susurró, levantándola con cuidado.
Intentó llamar a uno de sus soldados.
—Oye, Garu, vente y ayúdame con e— Un estallido seco atravesó el aire.
La mitad del cráneo del general desapareció.
Su cuerpo cayó encima de Rika como un peso muerto.
Una voz entró riendo suavemente: —¿Garu?
No.
Ese no soy yo.
Un hombre joven, con paso firme y un arma eztranjera entre los dedos, cruzó el umbral como si llegara tarde a una cita que nunca quiso tener.
Se agachó junto al cadáver, metió un dedo en la sangre y lo probó, arrugando la nariz.
—Amarga.
Qué desagradable.
Otros soldados, no del clan Yamada, entraron detrás.
—Los recién llegados están muertos —informó uno, sin emoción—.
Y los otros también.
El hombre sonrió con una mueca torcida.
—Buen trabajo.
Pueden irse.
Los subordinados desaparecieron entre las ruinas sin hacer preguntas.
El hombre se sentó al lado de Rika, observando cómo apenas respiraba.
—Qué curioso —murmuró—.
El clan Yamada llegó demasiado rápido.
Demasiado conveniente.
Demasiado sospechoso.
Rika no respondió.
No podía.
El hombre soltó un suspiro vacío.
—Qué decepción.
Pensé que me divertiría más.
Y el viento, cargado de ceniza, fue lo único que contestó.
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