OSHIKURA - Capítulo 16
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16: ¿Existe la posiblidad?
16: ¿Existe la posiblidad?
Dos semanas después, el polvo de la guerra se asentó sobre lo que antes fue el territorio Shibata.
No quedaba nadie.
Ni un campesino, ni un soldado escondido bajo tablones, ni un niño llorando entre las ruinas.
El clan Kamisaka había completado la anexión con la precisión fría de una guillotina.
El señor del clan Shibata permanecía en seiza, ya sin poder levantar la mirada más allá del pergamino donde escribía sus últimas palabras.
Frente a él, el enmascarado del arma sostenía su katana con la quietud de una estatua, su sombra alargándose como un presagio.
Detrás, el señor del clan Kamisaka observaba con calma de quien ya sabe el final de la historia.
El pincel raspó por última vez el papel.
El viejo señor levantó la cabeza.
Un corte.
No hubo sonido más allá del leve golpe de algo cayendo sobre tatami.
La cabeza rodó un palmo, y su expresión final no alcanzó a preguntarse nada.
—Es una lástima —dijo el señor Kamisaka, con voz suave.
—Una verdadera lástima —respondió el hombre del arma, limpiando la hoja.
Se inclinó, después de una charla.
El hombre cruzó el umbral seguido de sus subordinados.
Afuera lo recibió una brisa que arrastraba olor a madera quemada y sake viejo.
—Señor —preguntó uno de los hombres—, ¿qué deberíamos hacer ahora?
—¿Tomaron todas las pertenencias útiles del clan Shibata?
—Sí, señor.
—Entonces buen trabajo.
Váyanse a beber, despejen la cabeza.
Los subordinados hicieron una reverencia y se dispersaron por las calles de piedra lisa del territorio Kamisaka, un clan que ya no parecía un clan sino una pequeña ciudad fortificada.
Las casas, alineadas con disciplina marcial, tenían techos impecables y muros recién reparados.
Mercaderes caminaban con pasos rápidos; mujeres cargaban baldes de agua; niños se apartaban en silencio al ver al enmascarado avanzar.
No necesitaban hablar.
Todos lo conocían.
Todos sabían lo que significaba su presencia.
Avanzó sin desvíos, sin obstáculos, sin interrupciones.
Nadie se atrevía a cruzarse en su camino.
El cielo estaba enrojecido por el atardecer, como si aún siguiera ardiendo un recuerdo de batalla sobre el horizonte.
Cada paso resonaba con un ritmo casi ritual.
A medida que avanzaba por las calles bien pavimentadas, la vida cotidiana del clan fluía alrededor como un río que evitaba chocar contra una roca demasiado peligrosa.
Pasó frente a herreros apagando hornos, campesinos llegando con sacos de arroz, guardias conversando bajito.
Escuchó cuchicheos detrás de puertas corridas apenas unos centímetros.
Reconocimiento.
Temor.
Un tipo de respeto que ningún templo enseñaba, pero que la guerra imponía con crudeza.
Su destino era claro.
Y él mismo lo murmuró para sí, como si fuera una verdad universal: “La mejor manera de bajar el estrés es haciendo el amor con prostitutas.” O, al menos, eso creía.
Se llevó una mano al mentón y tarareó una melodía extranjera, una canción antigua que había escuchado años atrás en las rutas comerciales.
Un fragmento de canto germano, rígido y marcial como un desfile militar.
No recordaba la letra completa, así que dejó que su voz recitara lo que la memoria retenía: “En tierras frías mi sombra va, la noche llama, no vuelve atrás.
Acero canta, la muerte va, y el hombre sigue sin mirar.” La melodía quedó flotando mientras doblaba la última esquina.
El burdel apareció ante él como un oasis disfrazado de templo profano.
Linternas rojas iluminaban la entrada.
Cortinas gruesas colgaban sobre el pasillo, ocultando risas, murmullos, voces y música de shamisen.
Dos mujeres jóvenes se encontraban en la entrada, inclinándose con un movimiento perfectamente coordinado al verlo acercarse.
Nadie preguntó su nombre.
No hacía falta.
El guardia del burdel se apartó de inmediato, agachando la cabeza, y desplazó la puerta corrediza para abrirle paso.
El olor a perfume de cerezo y tabaco inundó el aire.
El hombre cruzó el umbral con pasos tranquilos, sin apuro y sin pausa.
La madera crujió bajo su peso, y las luces cálidas pintaron su silueta como si entrara a otro mundo.
La cortina cayó detrás de él.
Y la ciudad, al otro lado, siguió funcionando como si la guerra nunca hubiera pasado… aunque todos sabían que sí había pasado, y que volvería a pasar.
(Cambio de perspectiva) *Rengetsu* El sol de la tarde me pega directo en la nuca.
El camino de tierra está tan caliente que parece querer tragarse mis sandalias.
Cargar agua nunca es divertido, pero al menos hoy no estoy sola.
Hiyori va a mi lado, intentando no derramar la mitad del balde que lleva.
La pobre respira como si el aire pesara tanto como el agua.
—Oye Hiyori —digo mientras cambio el balde de mano—, ¿tú quisieras ser guerrera o qué?
Ella me mira con esos ojos suaves que siempre tiene, incluso cuando está cansada.
—Hmmmm…
La verdad, hermana.
Preferiría ser madre.
Y cuidar la casa.
Eso.
Sumisas.
Esa es la imagen que tengo de la mayoría de mujeres del clan Seiko.
Tranquilas, obedientes, con sueños chiquitos.
Mujeres que aceptan la vida sin intentar moldearla.
No puedo culparlas.
Así crecieron.
A diferencia de los clanes del continente, aquí permiten que las mujeres entren al ejército si muestran disciplina de guerrero.
Pero aun así…
casi ninguna entra.
Y a veces siento que eso las tranquiliza.
Como si tener permiso no significara tener valor.
Seguimos caminando hasta la casa.
Cuando llegamos, Shike aparece en la entrada antes de que podamos decir nada.
Primero ayuda a Hiyori a cargar su balde.
Luego me mira y sonríe, como si vernos volver fuera algún tipo de bendición.
—Dejen eso aquí, yo lo acomodo —dice.
Entre las dos llenamos el pozo hasta el borde.
El reflejo del agua brilla tan fuerte que me obliga a entornar los ojos.
Shike nos agradece con una inclinación pequeña, casi tímida.
Me rasco el brazo sin pensarlo.
Ese gesto me delata cada vez que no sé qué hacer con tanta atención encima.
—Voy a salir un momento —digo.
—Está bien —responde Shike, sin preguntar.
Salgo de la casa y el aire caliente me envuelve otra vez.
Algunos me saludan.
Otros solo me miran con amabilidad mientras siguen con sus labores.
Ya no me observan con desconfianza como antes.
A veces eso me calma…
y otras veces me inquieta más.
Camino hacia el sur del clan.
El paso es largo, unos veintitrés minutos a pie, pero estoy acostumbrada.
El paisaje cambia poco a poco.
Más guardias, más estructura, más silencio disciplinado.
Esta parte del clan es completamente militarizada.
Aquí fue donde me encontraron, medio muerta, arrastrándome como podía.
Me llevaron al centro del clan, donde la anciana Seikuo me curó con esa mezcla de sabiduría y severidad que solo ella puede usar sin que la odien.
Recuerdo todo eso con cada paso.
Y también recuerdo por qué nunca volví a intentar escapar.
La isla es enorme.
Tan grande que el horizonte se vuelve un círculo de mar interminable.
Y el mar…
el mar aquí es traicionero.
Tormentas eléctricas repetidas, vientos que pueden arrancar techos, olas que parecen paredes.
Salir sin barco es un suicidio.
Y aunque tuviera uno, no sé usarlo.
Tampoco sé navegar.
Apenas sé nadar lo suficiente para no morir en un río.
Y luego está el mundo exterior.
Si llego a algún lado, seguro me matan.
O me usan.
O me venden.
La gente del continente ve a una mujer sola como oportunidad o amenaza, nunca como persona.
Así que sí, soy afortunada de estar varada en un clan hospitalario.
Eso me cuesta admitirlo, pero es la verdad.
Pero eso no significa que me quedaré tranquila.
Tengo un plan.
No lo digo en voz alta porque sonarían como delirios, pero lo pienso cada día.
El clan Seiko quiere crecer.
Quiere ser grande.
Quiere ser respetado.
Si yo me convierto en la guerrera más fuerte del clan, si soy crucial para su fuerza militar, tarde o temprano las noticias viajarán.
Y cuando viajen, llegarán a oídos de Rikuya.
Él buscará.
Lo sé.
Así como sé que yo también lo haría si fuese él.
Y cuando llegue ese día…
cualquiera que se parezca a la forma en que lo describo tendrá permiso de entrar al clan.
Aunque sea solo por seguridad.
Aunque sea solo para verificar si soy yo.
Ese pensamiento me enciende por dentro.
No de manera peligrosa.
Sino de esa forma rara en que una idea te levanta el pulso y te obliga a caminar más rápido.
Al llegar al dojo, me detengo en la entrada.
El sonido de los golpes, los gritos de esfuerzo y el choque de los bokkens contra el suelo se mezclan con la luz del sol que entra cortada por los pilares.
Veo filas de hombres practicando.
Dos grupos corren.
Otros dos entrenan agarres.
Y allá, al fondo, algunas mujeres entrenan también.
Puedo contarlas con una mano.
Cinco.
Solo cinco guerreras en todo el clan.
Las respeto.
Las admiro.
Pero no puedo evitar pensar que yo podría superarlas algún día.
Mi ego se sube solo.
Y es culpa de él.
Rikuya.
Con su voz dura.
Con su paciencia.
Con su forma de corregir cada error sin dejarme respirar.
Él me hizo fuerte.
No me entrenó como a una chica.
Me entrenó como a alguien que quería sobrevivir en serio.
Pido permiso para pasar un poco más adelante.
—Puedes mirar, Rengetsu —dice uno de los instructores.
Y paso.
En el círculo central hay un chico peleando.
Lo reconozco aunque no sé su nombre.
El cabello corto, castaño claro, casi dorado con el sol.
Me miro un mechón del mío: negro intenso, como tinta recién molida.
No podría ser más distinto a él.
Me encojo de hombros y sigo observando.
Él se mueve con elegancia, sí.
Tiene técnica, postura correcta, buena respiración.
Pero subestima tanto a su oponente que casi da vergüenza.
El otro está concentrado, serio, comprometido con el combate.
Mientras tanto, el castaño claro sonríe como si estuviera en un festival.
Ni siquiera usa bokken.
Esquiva fácil.
Casi insultante.
Se aparta del golpe, se agacha, gira la muñeca del rival y le golpea la cara sin esfuerzo.
El oponente cae de rodillas.
El instructor levanta la mano para detener la pelea.
—¿Es válido golpear así de fuerte, sensei?
—pregunto.
El instructor ni siquiera se sorprende por la pregunta.
—Sí.
Mientras no se exceda.
—Ah.
Pues bueno.
Me cruzo de brazos y sigo observando.
No porque me interese él, sino porque quiero aprender.
Quiero entender cómo pelean aquí, qué valoran, qué castigan, qué premian.
Quiero encajar.
Pero también quiero sobresalir.
El sudor me resbala por la sien.
El sol cae a plomo sobre el dojo abierto.
Y aun así, me quedo ahí.
Mirando.
Calculando.
Planeando.
Un día estaré en ese círculo.
Y un día el clan entero dirá mi nombre.
Rengetsu.
La guerrera que transformó un clan perdido en una tormenta de acero.
Y cuando eso pase, él escuchará.
Y vendrá.
Porque ese es el único destino que acepto.
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