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OSHIKURA - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 ¿Su entrenamiento fue normal
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17: ¿Su entrenamiento fue normal?

17: ¿Su entrenamiento fue normal?

Me quedé apoyada en la viga del dojo mientras el del pelo castaño claro se alejaba limpiándose la nariz, como si su victoria hubiese sido lo más normal del mundo.

El instructor dio un par de palmadas, calmando la energía del lugar.

Yo respiré hondo.

Quería ver más.

Necesitaba ver más.

Si quería aprender cómo se movía este clan, tenía que estudiarlos desde las entrañas.

El instructor señaló a dos hombres.

—A la arena.

Rond 2.

Me acerqué un poco.

Estos dos no tenían pinta de broma.

Uno era enorme, torso ancho, brazos gruesos.

El otro más delgado, pero con mirada afilada, como alguien que sabe exactamente dónde cortar para matar.

Empezaron.

El grande avanzó con potencia.

El flaco retrocedió solo dos pasos y ya estaba calculando la distancia, la respiración, la posición del pie.

Lo noté rápido.

Ese tipo no peleaba solo para ganar.

Peleaba para no desperdiciar energía.

Me hizo acordar a Rikuya.

Pero claro, solo un segundo.

Porque este tipo, comparado con él, era una sombra débil.

Rikuya lo habría partido en dos en menos de un minuto.

El grande lanzó un golpe con el bokken que retumbó en la arena.

El flaco lo esquivó, giró, golpeó en el costado, luego en la muñeca, y el bokken del grandote cayó.

La pelea duró treinta segundos.

El instructor cruzó los brazos.

—Le falta precisión.

Pierde la muñeca cuando decide atacar.

Podría ser mejor si trabajara la postura frontal.

—¿Ese?

—le dije señalando al flaco—.

Ese cae en menos de un minuto ante un guerrero real.

El instructor me lanzó una mirada rápida, sin molestarse.

—¿Comparándolo con quién, Rengetsu?

—Con alguien que sí sabía matar… —murmuré, tragándome el nombre de Rikuya.

No quería soltarlo.

No quería que nadie en esta isla supiera quién fue para mí, ni quién soy yo realmente.

El instructor asintió, como si entendiera más de lo que decía.

—La comparación siempre es un arma de doble filo.

Aunque te admitiré que ese joven aún está lejos de un guerrero completo.

Yo respiré hondo.

Primera pelea del día observada.

Dos más.

El instructor llamó a dos mujeres ahora.

Se notaba que eran parte de ese pequeño grupo de cinco guerreras contadas con los dedos.

Una tenía un corte recto de cabello y mirada seria.

La otra parecía más relajada, pero con un juego de pies sorprendentemente ágil.

Cuando iniciaron, la diferencia fue inmediata.

Una atacaba con fuerza, la otra con técnica.

Y ahí tuve que admitirlo: la de la técnica era buena.

Muy buena.

Movía el bokken como si fuera extensión de sus dedos.

Podía ver cada microajuste de su codo, cada puntada en su respiración.

Durante un momento la envidié.

No porque fuese mejor que yo.

Porque ella tenía algo que yo perdí hace mucho: tranquilidad.

Seguridad.

Ese lujo.

El instructor hablaba mientras yo observaba.

—Seiko Mai domina la técnica, pero evita el contacto frontal porque teme perder.

Todavía no cruza esa barrera.

—¿Teme?

—pregunté.

—Todos temen.

Incluso tú.

Solté una risa seca.

—Yo no le temo a nada.

Él negó lentamente.

—Sí temes.

Le temes a perder algo que crees que amas si no, ¿Por qué estarías aquí?

Sentí un pinchazo en la boca del estómago.

Rikuya.

Idiota hermoso.

Guerrero perfecto.

Cara de demonio.

Postura inconfundible.

No hay ni habrá nadie como él.

Y no, nadie en este dojo podría durar un minuto con él porque él era un monstruo hecho a mano por la guerra misma.

La pelea terminó.

Ganó la técnica, como debía ser.

—Dos semanas más —dijo el instructor mirándome de reojo— y podrías entrar al entrenamiento formal.

—No me interesa aún —respondí—.

Estoy observando.

—Eso dicen todos los que temen comprometerse.

Me mordí la lengua, porque si abría la boca le tiraba el techo encima.

Tercera pelea.

El instructor llamó a dos jóvenes, casi de mi edad.

Estos eran veloces.

Como perros de caza.

Se movían tan rápido que al principio me costó distinguir quién atacaba a quién.

Era como ver dos sombras chocando en la arena.

Pero pronto lo noté: uno era impulsivo.

Demasiado rápido para su propio bien.

El otro era un maldito muro.

No importaba qué patadas o golpes recibiera, se mantenía firme, plantado, con la respiración estable.

El impulsivo saltó, rodó, atacó alto, bajo, giró el bokken como una hélice.

Los espectadores aplaudían.

A mí me daba risa.

Rikuya lo habría noqueado con una sola patada.

Lo habría dejado llorando en el piso.

Y después le habría dicho con esa voz segura suya que “nunca ataques sin pensar, Ayame, porque morirás antes de darte cuenta”.

Ese pensamiento me perforó el pecho.

El muro aguantó, aguantó, aguantó… Y aprovechó un error mínimo.

Un paso mal puesto.

Una respiración acelerada.

Un giro exagerado.

Y ¡pam!

Golpe seco en el estómago.

Otro en la clavícula.

El impulsivo cayó.

El instructor respiró admirado.

—Ese chico… Kazuto… será un defensor excepcional.

—Le falta corazón —dije.

—¿Corazón?

—No lucha por nada.

Lucha porque tiene que hacerlo.

Alguien así no sirve para guerra real.

El instructor se giró hacia mí.

—¿Y tú?

¿Por qué luchas?

Lo miré fijo, tratando de no mostrar lo que sentí trepando desde dentro.

Por Rikuya.

Para que él me encuentre.

Para que me vea fuerte.

Para que sepa que no morí como una inútil.

Para que reconozca que todavía estoy respirando.

Para que… Me obligué a cerrar la mandíbula.

—Por mí —respondí al fin—.

Lucho por mí.

El instructor sonrió como si no creyera nada.

—Entonces observa bien.

Todos aquí luchan por razones distintas.

Y tú todavía estás decidiendo cuál es la tuya, Rengetsu.

Traté de ignorarlo.

Seguí mirando la arena.

Kazuto levantó al impulsivo del suelo como si fuese costumbre.

A mi alrededor la luz bajaba.

El sol pegaba directo y calentaba la madera del dojo.

El aire olía a sudor, arena, determinación.

Yo aspiré hondo.

Me sentía viva.

Cargada.

Lista.

Mi plan era claro: Crecer aquí.

Volverme indispensable.

Volverme peligrosa.

Volverme una sombra temida.

Y entonces, cuando los rumores viajen entre clanes, cuando digan que una mujer llamada Rengetsu pelea como un demonio… Rikuya oirá mi nombre.

Y vendrá.

Y yo estaré lista.

El instructor me observó como si pudiera oír mis pensamientos.

—Mañana habrá entrenamiento al amanecer.

Si quieres venir, ven.

—No hago promesas.

—Entonces sorpréndeme.

Me di la vuelta.

El viento movió mi cabello negro, ese contraste absoluto con el marrón claro del idiota soberbio que peleó al inicio.

Mi sombra se estiró en la arena.

Yo también me estiré por dentro.

Y seguí caminando.

Porque esto recién comenzaba.

Llegué a casa con las piernas pesadas y la cabeza llena del eco de tantos golpes imaginarios.

Apenas deslicé la puerta, el olor a pan tostado y sopa me golpeó de frente.

Hiyori me vio primero.

Tenía un pedazo de pan entre los dientes, las mejillas infladas como un hámster, y aun así intentó sonreírme con ternura mientras masticaba.

—¡Re… Rengetsu!

—balbuceó, apenas entendible.

Chiyo fue la siguiente.

Me miró con esa mezcla suya entre cautela y respeto, como si yo pudiera explotar en cualquier momento.

—Buenas noches —dijo, midiendo cada palabra.

Shike levantó la vista desde la mesa.

Apenas una media sonrisa, casi imperceptible, pero estaba ahí.

Ese hombre no regalaba nada sin intención.

—Llegaste a tiempo.

—Deslizó un plato hacia mi asiento.

Me senté, junté las manos y todos dimos gracias por la comida.

El silencio duró lo suficiente para que me atreviera a hablar.

—Shike-san… el instructor Iyigae me invitó a un entrenamiento mañana en la mañana.

Chiyo dejó de mover los palillos.

Hiyori abrió los ojos como si le hubiera dicho que me iba a casar mañana.

Shike apenas ladeó la cabeza.

—¿Y quieres eso?

—preguntó sin ninguna emoción en la voz.

Jugué con un palillo.

Un movimiento pequeño, casi infantil, pero no pude evitarlo.

—Lo deseo —respondí con la voz más firme que pude reunir.

Shike asintió con tranquilidad.

—Entonces lo apruebo.

Su sonrisa ligera apareció un segundo, pero los labios fruncidos la traicionaron.

Lo noté de inmediato y casi se me detuvo el corazón.

Kaede jamás lo habría permitido.

Kaede jamás me habría dado esa oportunidad.

De hecho… Kaede jamás me habría dejado llegar ni cerca del dojo.

Esa noche no dormí.

Ni un minuto.

La mente no me dejaba en paz: ¿Quién será mi próximo rival?

¿Me pondrán alguien débil para subestimarme, o alguien fuerte por insistir tanto?

Una cosa era segura: perder no era una opción Al amanecer Caminé hacia el sur con la cabeza ardiendo de dudas.

Llegué al dojo.

Cerrado.

Me senté en el escalón, pensando que tal vez había llegado demasiado temprano.

El sonido de pasos llegó detrás de mí.

Iyigae apareció con expresión de sueño.

—¿Tan rápido llegaste?

Asentí varias veces, más rápido de lo que pretendía.

Él abrió las puertas y me señaló para que entrara.

Me senté en silencio.

Veinte minutos pasaron.

Uno tras otro, comenzaron a llegar los demás aprendices.

Hombres, mujeres, rostros conocidos por haberlos visto entrenar todos los días mientras yo solo observaba.

Miré al instructor, ansiosa.

Él negó con calma.

—No desespere, Rengetsu.

No va a ir de primera.

Su duelo será después de este.

Señaló a dos muchachos: el del cabello castaño claro, Kishibe, y el otro, rígido como una estatua.

Sabía quién iba a ganar.

La pelea empezó y confirmé lo que ya intuía: el clan tenía gente fuerte, sí… pero eran demasiado amables.

Nadie los rompía.

Nadie los empujaba al límite.

Esa suavidad los hacía débiles o, peor, engreídos.

Kishibe ganó sin sorpresa.

Iyigae lo detuvo.

Iyigae me miro Supe que me llamaría —Rengetsu.

El corazón se me detuvo por un instante.

Tragué saliva y caminé hacia el círculo.

El murmullo general se elevó.

Todos me conocían como la espectadora eterna, la sombra en el rincón.

Ahora, por fin, iba a pelear.

Y todos creían que Kishibe ganaría.

Me incliné en señal de respeto.

Kishibe solo puso una mueca de fastidio.

El instructor ofreció bokken.

Kishibe la rechazó.

—No la necesito.

La actitud me incomodó.

Así que hice lo mismo.

—La rechazaré también.

Quiero una pelea justa.

Más murmullos.

Todos creyeron que estaba loca.

Kishibe rió.

—Solo eres una cara bonita, niña.

Mejor usa la bokken, créeme.

La vas a necesitar.

Negué.

—Mi nombre es Rengetsu.

Él sonrió de lado.

—Admiro tu ignorancia.

Iyigae dio inicio.

Kishibe avanzó como un depredador confiado.

Sus pasos eran rítmicos, casi elegantes.

Yo retrocedí, observando cada músculo, cada giro de hombro, cada movimiento de cadera.

Él atacó con fuerza, y apenas pude desviar el primer golpe.

Sentí el aire cortarme la mejilla.

Los presentes contuvieron la respiración.

La pelea se volvió un intercambio rápido, explosivo.

Kishibe golpeaba.

Yo esquivaba.

Él presionaba.

Yo aprendía.

Su respiración se volvió pesada.

Yo empezaba a anticipar sus movimientos, como si ya los hubiera visto antes.

Recordé a Rikuya.

Ese ritmo… era lento comparado al suyo.

Esa fuerza… apenas la mitad.

Ese estilo… demasiado predecible.

Detrás de mí, dos mujeres murmuraban: —¿Quién crees que gane…?

Está durando más de lo normal.

—Kishibe, supongo.

Pero… ¿viste la mirada de Rengetsu?

No pelea en serio.

Está aprendiendo de él.

Cuando entienda su patrón… va a ganar.

Yo ya lo había entendido.

En un solo instante, el aire cambió.

Kishibe lanzó un golpe más.

Lo esquivé.

Tomé su brazo, giré mi cuerpo, lo forcé hacia abajo.

Mi rodilla presionó su columna mientras mi brazo rodeaba su cuello.

Una llave limpia.

Un estrangulamiento perfecto.

El dojo se quedó en silencio.

Kishibe pataleó.

Intentó soltarse.

Falló.

Por primera vez entendió que estaba en peligro real.

Su respiración se rompió en jadeos desesperados.

Iyigae intervino.

—¡Suficiente!

Solté.

Kishibe cayó al piso, tosiendo, humillado.

Me quedé quieta un segundo.

El entrenamiento de Rikuya… No era normal.

Ni tampoco lo era Rikuya.

¿Mi rival era débil?

¿O Rikuya simplemente estaba en otro nivel?

Kishibe se puso de pie, rojo de furia.

—¡HICIERON ALGO!

¡ESTOY SEGURO!

—¿Por qué gritas?

—pregunté, genuinamente confundida.

Él avanzó de nuevo.

Preparo el puño.

Un golpe rozó mi mejilla.

El siguiente lo esquivé sin esfuerzo.

Mi puño salió sin pensar.

Impactó directo en su nariz.

Kishibe se desplomó.

Y no se levantó.

Silencio absoluto.

Todos me miraron con una mezcla de miedo, sorpresa y respeto nuevo.

Yo les sonrio a todos.

Por qué..

Rengetsu ya no era la espectadora del rincón.

Si no.

Era una amenaza real.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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