OSHIKURA - Capítulo 2
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2: ¿Es esta mi vida?
(2/5) 2: ¿Es esta mi vida?
(2/5) **Perspectiva: Hiroto** Después de la cena volvi a entrenar al dojo, Cuando terminó el entrenamiento.
La humedad todavía seguía pegada al suelo cuando terminé mi ronda de kata.
El aire olía a tierra mojada, y cada vez que respiraba sentía que el pecho se me volvía más pesado.
El patio estaba lleno de ruido: madera golpeando madera, pasos, respiraciones cortadas.
Pero yo estaba solo en mi línea, concentrado en el ritmo.
Escuché mi nombre.
—Hiroto.
No “muchacho”.
No “tú”.
Mi nombre.
Me giré.
El maestro estaba de pie al centro del dojo exterior, sosteniendo una bokken.
Su postura era tranquila, pero no había descanso en su mirada.
Algo en mi espalda se tensó.
Me acerqué.
—¿Me está desafiando a un duelo?
—pregunté.
No sonó valiente.
Sonó real.
El maestro inclinó apenas la cabeza.
Sí.
Tragué saliva y me incliné en una reverencia profunda.
Cuando levanté la vista, ya estaba en guardia.
Como si hubiera estado esperándome desde antes incluso de llamarme.
Tomé mi bokken.
Mis dedos estaban calientes, inquietos.
El primer movimiento fue mío.
Un corte diagonal.
Sentí el aire rendirse al paso de la madera.
No lo toqué.
No es que lo hubiera esquivado.
Parecía más bien que nunca estuvo donde yo creí que estaba.
Seguí.
Horizontal.
Vertical.
Ascendente.
Giro.
Mi respiración comenzó a hacerse audible.
La suya no.
Dos minutos.
Ni un solo golpe acertado.
Lo sentí mirarme.
No mi técnica, no mis pasos.
A mí.
Y eso dolió más que cualquier impacto.
Me lancé otra vez.
Y ahí reaccionó.
No con fuerza.
Con precisión.
Su mano tomó mi muñeca.
No pude evitarlo.
No pude resistirlo.
Mi propia fuerza se volvió en mi contra y la bokken se me escapó de la mano.
Apenas tuve tiempo de entender lo que había pasado antes de que su pie chocara contra mi estómago.
El aire se me fue.
Todo se volvió blanco por un segundo.
Caí en el barro y rodé, sintiendo la humedad mezclarse con mi ropa y mi piel.
Mi respiración salió rota, áspera.
—Levántate —dijo.
No gritó.
No necesitaba hacerlo.
Me obligué a ponerme en pie.
Temblaba.
No de miedo, sino de algo peor: de querer ser mejor de lo que era.
El maestro se acercó y puso la bokken en mi mano.
—Intenta usar la técnica de antes.
La de tu padre.
Mi corazón golpeó fuerte.
La técnica de él.
No pensé.
Solo la ejecuté.
Paso corto.
Giro.
Corte descendente rápido.
Sentí el impulso, la velocidad, la imagen de él detrás de mí, guiándome.
Pero cuando mi golpe cayó, no había nadie allí.
La bokken del maestro estaba en mi garganta antes de que pudiera reaccionar.
Ni un segundo de duda.
Él habló junto a mi oído, su voz firme, clara, innegociable.
—No vuelvas a usar la técnica de tu padre si no entiendes su esencia.
Me quedé helado.
Sentí algo en el pecho quebrarse un poco.
—Creí que… —dije, apenas un hilo de voz.
—Creíste mal.
La velocidad sin intención es solo ruido.
Me dio su bokken.
Esta vez supe que era mi peso, no el de mi padre, lo que estaba sosteniendo.
Se puso frente a mí y me miró directo.
No había dureza.
Solo verdad.
—Tu padre no era fuerte porque cortaba rápido.
Era fuerte porque sabía por qué debía cortar.
Mi mano se cerró un poco más alrededor del arma.
—Tu hermana tiene la misma mirada cuando desea algo.
No la subestimes solo porque nació mujer.
La lluvia comenzó a caer.
No me moví.
No dije nada.
Pero dentro de mí algo dejó de correr sin dirección.
Algo se alineó.
No fuerza.
No orgullo.
Propósito.
La lluvia me corría por la cara, pero no parpadeé.
Las palabras del maestro se quedaron flotando, clavadas donde dolían.
“Tu padre no era fuerte porque cortaba rápido.
Era fuerte porque sabía por qué debía cortar.” Mi mano se tensó sobre la bokken.
Y ahí fue cuando el recuerdo volvió.
No como memoria suave.
Sino como una herida que nunca cerró del todo.
**念** Yo era pequeño.
Quizá ocho años.
El bosque estaba igual de húmedo que hoy, y la niebla cubría los árboles como si ocultara algo antiguo.
Mi padre estaba sentado sobre una piedra, afilando su katana.
No hablaba.
No hacía ruido.
Solo el sonido del metal rozando la piedra.
Shrr… shrr… Su espalda parecía inmensa.
Yo estaba frente a él, con una bokken demasiado larga para mis brazos.
Intentaba imitar sus movimientos, pero cada golpe que daba sonaba hueco, débil, torpe.
Me frustré.
Sentí las lágrimas picar.
Y él habló sin siquiera levantar la vista: —No llores.
No fue una orden.
Fue una verdad.
Como si llorar no tuviera sentido.
Intenté de nuevo.
Golpe, respirar, mover los pies, girar… Pero todo estaba desordenado.
Un caos.
Mi padre dejó la katana a un lado.
Se puso de pie.
Su sombra cubrió la mía.
No dijo mi nombre.
No me llamó hijo.
Solo se colocó a mi espalda.
Tomó mi brazo, mi muñeca, mi respiración.
—No cortes rápido —dijo—.
Corta claro.
Su voz era grave.
Rugosa.
Como piedras chocando bajo el agua.
—¿Qué significa claro…?
—logré preguntar.
Él me hizo detener.
Su mano se posó sobre mi pecho.
—Cuando cortas rápido, huyes de algo.
Cuando cortas claro, vas hacia algo.
Mi respiración tembló.
Él lo sintió.
—El que teme se mueve para no sentir el miedo.
El que entiende se mueve para terminarlo.
Su mano bajó a la mía, y me ayudó a levantar la bokken.
—La espada no existe para mostrar habilidad, Hiroto.
Existe para decidir.
Guardó silencio un momento.
La lluvia empezaba a caer igual que ahora, suave, inevitable.
—Cuando llegue el día… Y tengas que cortar… Sabrás por qué.
Lo miré.
No había orgullo en su rostro.
Tampoco dureza.
Solo certeza absoluta.
Un hombre que ya había vivido el peso de sus decisiones.
Un hombre que no corría de nada.
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