OSHIKURA - Capítulo 23
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23: Camino a la arena 2/2 23: Camino a la arena 2/2 Amanecer frío Me visto rápido.
El kimono aún conserva el olor del jabón barato, ese que se queda impregnado incluso después de días.
Ajusto el obi con cuidado.
Demasiado cuidado.
Es una forma torpe de calmarme.
Shike tenía la comida preparada, Chiyo y Hiyori estaban despiertas antes que yo.
Damos las gracias antes de comer.
Yo me apresuro.
Salgo al exterior.
La madrugada es cruel, pero honesta.
No mata el sol.
Eso es lo que me gusta de llegar temprano al dojo.
Nadie lo entiende.
Todos se quejan del frío, del aire que corta la piel, del silencio incómodo que no deja esconderse detrás del ruido.
Para mí, en cambio, es el único momento del día en el que el mundo no intenta vencerte a golpes.
La tarde abrasa.
La mañana te prueba.
Camino adelante.
Detrás de mí, Hiyori va agarrada de la mano de Shike, y de la otra mano de Chiyo.
Parece una cadena frágil, una que podría romperse con solo mirarla mal.
Me da vergüenza.
No por ellas.
Por mí.
Si no las traigo, no puedo ir a la arena.
El código del clan es extraño.
Demasiado amable para un mundo que vive de romper cosas.
Pero es así.
Los combatientes menores no pueden asistir solos.
Necesitan testigos.
Familia.
Tradición.
Costumbre.
Algo que se niega a morir.
Siento el peso en la espalda.
No físico.
Mental.
Avanzo unos pasos más rápido, como si eso pudiera separarme de la incomodidad.
El frío muerde.
La primera en resentirlo es Hiyori.
Lo noto sin que diga nada.
Su mandíbula empieza a temblar apenas, casi imperceptible.
Chiyo la observa de reojo, sin decir palabra.
Shike también lo nota, pero decide ignorarlo.
No por crueldad.
Por costumbre.
No se detiene el mundo porque alguien tenga frío.
—¿Ya sabes tu puesto en la pelea?
—pregunta Shike de pronto.
Niego con la cabeza sin girarme.
—La verdad el instructor lo estaba por decir, pero me fui porque era tarde.
Shike alza las cejas, sorprendida.
—Bueno… No termina la frase.
No hace falta.
—Llegamos —digo.
El dojo aparece a unos pasos.
La madera oscura contrasta con la luz pálida del amanecer.
Más allá, a lo lejos, se distingue la arena.
Incluso desde aquí se siente distinta.
Como si el aire se volviera más denso en su dirección.
Hay gente.
Mujeres sobre todo.
Padres.
Madres.
Familias completas.
Voces bajas, murmullos, pasos contenidos.
Nadie grita todavía.
Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Menos mal… Entonces lo noto.
En mi espalda.
Una presencia que no empuja, no pesa, pero existe.
Me giro apenas y la veo.
Akari.
Llega con pasos cortos, medidos, casi silenciosos.
No la acompaña nadie.
No hay padre, ni madre, ni figura que reclame su lugar.
Solo ella.
Sola incluso entre la multitud.
No la saludo.
No porque no quiera.
Porque algo me lo impide.
Ella tampoco me nota.
O finge no hacerlo.
Su mirada va fija al frente, como si el camino fuera lo único real.
Es extraño.
Ríhoyu aparece y me saluda con la mano.
Le devuelvo el gesto.
—¿Y el instructor?
—pregunto.
Ríhoyu frunce el ceño, intentando recordar.
—Dentro del dojo.
Antes de que pueda decir algo más, una niña pequeña se le cuelga de la espalda, abrazándolo con fuerza, como si temiera que alguien se lo robara.
Ríhoyu se queda quieto un segundo, luego sonríe y acaricia su cabeza con suavidad.
Hiyori hace lo mismo conmigo.
Me abraza por detrás, sin aviso.
No me aparto.
Ambos sonreímos.
No por lo mismo, pero basta.
El momento dura poco.
Iyigae sale del dojo con el ceño fruncido.
El ruido se apaga casi de inmediato.
Se sienta frente a nosotros.
Todos atentos.
—Primeramente, buenas madrugadas con todos, y gracias por su asistencia —dice—.
Como sabrán, este año fue inesperado para mí.
También sabrán que hoy es el primer combate del dojo y, casualmente, nos toca una batalla con el rival de nuestro dojo.
Alzo ambas cejas.
¿No será…?
—Por eso me gustaría orientarlos.
Pase adelante, Ríhoyu Seiko.
Ríhoyu avanza.
Se detiene al lado del instructor y se gira con formalidad.
—Akari Alifs.
Akari da un paso.
Solo uno.
Y aun así, todas las miradas se clavan en ella.
En su cabello blanco.
En su piel.
En lo distinta que es incluso sin moverse.
Se coloca a la derecha del instructor, imitando la postura de Ríhoyu.
—Rengetsu Seiko.
¿Seiko?
Ese no es mi apellido… da igual.
Avanzo y me coloco al centro.
Cruzo miradas con Shike, orgullosa.
Chiyo, sorprendida.
Hiyori… fascinada.
—Por favor, los padres de estos tres den un paso al frente.
Obedecen.
Iyigae observa a Akari por un segundo más de lo necesario.
Frunce el ceño.
Decide no decir nada.
—Ahora bien.
El orden en el que los llamé será el orden de sus combates.
Los suplentes, atrás de los titulares.
Seiji se coloca detrás de Ríhoyu.
Masotora detrás de Akari.
Hyoro se pone detrás de mí, tímido, casi escondiéndose.
Los demás observan.
Nadie protesta.
Iyigae da media vuelta y empieza a caminar hacia la arena.
Todos lo seguimos.
—Entonces tu combate será el tercero, Rengetsu-hime —dice Shike.
—Pues parece que sí.
—¡Mi hermana es fabulosa!
—grita Hiyori.
Akari escucha eso.
No lo evita.
Mira a Hiyori.
Su expresión no cambia… pero algo en su mirada se suaviza.
Apenas.
Un segundo.
Luego vuelve al frente.
Ríhoyu habla con su padre y su hermana.
Seiji socializa con todos como si esto fuera una fiesta.
Yo camino en silencio.
Las trompetas suenan.
Los gritos de apoyo también.
Los guardias detienen a Iyigae, revisan documentos, asienten y nos dejan pasar.
La luz al entrar es cegadora.
La arena se abre ante nosotros.
Un campo de césped cubierto de arena media.
Árboles enormes incrustados en el terreno.
Posiciones elevadas para arqueros.
Una simulación brutal de combate real.
Una reja gigantesca separa el campo central de las gradas.
Nos sentamos.
Y lo veo.
Dos contra uno.
—Perdón por la pregunta —le digo a la chica a mi lado—, ¿eso no es trampa?
Ella arquea una ceja por mi atrevimiento, pero responde.
—Si un titular o suplente noquea a su rival, puede ayudar a su compañero.
Terminan dos contra uno.
—No tenía idea… Miro de nuevo.
El que pelea solo es Kishibe.
Su expresión de egoísmo habitual ha desaparecido.
Aun así, intenta lucirse.
Arriba, en el mejor ángulo, el fundador observa.
Sentado.
Inmóvil.
Kishibe bloquea un tajo.
El otro rival intenta atacarlo por la espalda.
Un grito.
Un error.
Kishibe patea directo a los genitales al que salió por detrás.
Cae al suelo, retorciéndose.
El público estalla.
Con el tiempo ganado, Kishibe presiona al otro.
Su mano derecha empuña la katana.
La izquierda queda libre.
Se mueve distinto.
Errático.
Casi como Akari.
Pero más torpe.
Miro a Akari.
Ella ignora todo.
Guardia alta.
Silencio.
Kishibe desarma a su rival, lanza su propia katana lejos, lo toma de la cabeza, expone la nuca y golpea con brutal precisión.
Noqueado.
El otro intenta levantarse.
Una patada.
Silencio.
Las trompetas suenan.
Voces celebran.
Kishibe recoge a su compañero.
Por un instante, nuestras miradas se cruzan.
Él la evita de inmediato.
Y en ese gesto, entiendo que hoy… no será un día cualquiera.
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