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OSHIKURA - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 ¿Es esta mi vida
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3: ¿Es esta mi vida?

(3/5) 3: ¿Es esta mi vida?

(3/5) ** ** La caminata de regreso se me hizo eterna.

No porque estuviera lejos… sino porque la cabeza no se me callaba.

Las palabras del maestro seguían clavadas como astillas detrás de los ojos.

Cuando llegué a la entrada, empujé la puerta con el hombro.

El olor a madera húmeda y humo de leña me recibió.

Ayame estaba sentada en el pequeño banco del patio, pelando rábano daikon con un cuchillo corto.

No estaba en la cocina.

No estaba moviéndose.

Estaba ahí.

Quietecita.

—Tadaima —murmuré.

Ella alzó la vista un segundo.

—Okaeri, nii-san.

Y siguió.

El raspado del cuchillo sobre el rábano era suave y repetitivo, casi calmante.

Me dejé caer a su lado.

Mi bokken sonó contra la madera al apoyarla.

—Te ves cansado —dijo sin mirarme, pero obvio que me estaba mirando.

—Lo estoy.

—Maestro otra vez.

No preguntó.

Adivinó.

Porque claro.

Tomé la jarra de agua que estaba junto a ella; era parte de lo que ya estaba usando, así que no inventé nada.

Me lavé las manos.

El agua fría picó donde tenía los moretones.

—¿Dónde está Haha-ue?

—pregunté.

—En la habitación.

Te escuchó llegar, seguro sale después —respondió.

Asentí.

Me quedé viendo el rábano blanco tornarse liso bajo las manos de Ayame.

Su postura era firme, precisa, casi seria.

—Hoy habló de padre —dije.

Ella detuvo el cuchillo un segundo.

Solo un segundo.

—Mm.

—Dijo que… él no era fuerte por la velocidad.

Sino porque sabía por qué debía cortar.

Ayame levantó la mirada hacia mí, sin expresión, pero con sentido.

—Entonces encuentra tu razón —dijo.

—O solo te estás moviendo por ruido.

Exactamente lo mismo que el maestro.

La misma simpleza que te atraviesa sin gritar.

El viento bajó frío por la colina.

La tarde ya casi era noche.

Yo no dije nada.

Ella tampoco.

Pero por primera vez en el día, no me sentí… vacío.

Solo cansado.

Y un poco entendido.

** ** Despierto cuando la luz entra por la rendija del shōji y me pega directo en los ojos.

Me quedo mirando el techo un momento, todavía medio dormida.

Froto los ojos con el antebrazo, estiro un poco las piernas y me siento en el borde del futón.

El piso está frío, como siempre a esta hora.

Me pongo las waraji con movimientos torpes.

El nudo de la cuerda me queda chueco, lo arreglo con una pequeña queja que se me escapa sin querer.

Luego recojo mi cabello y lo amarro en una coleta alta.

El lazo de tela ya está gastado, pero todavía sostiene.

Salgo al pasillo.

Apenas cruzo la puerta, veo a mi madre inclinada sobre la olla grande, moviendo el cucharón con calma.

El vapor le envuelve el rostro.

—Buenos días, madre —digo haciendo una pequeña reverencia.

—Buenos días, Ayame —responde sin dejar de remover, su voz tranquila como siempre.

Voy al patio.

El aire está fresco y la tierra todavía húmeda del rocío.

Las vacas mascando pasto me miran un segundo y siguen como si yo no existiera.

Me acerco al pozo y jalo un cubo de agua.

Me enjuago la cara con ambas manos.

El agua está helada y me despierta del todo.

Después tomo un poco entre las palmas y me limpio la boca, como me enseñó mi madre: rápido, sin desperdiciar, escupiendo al costado.

Regreso a la casa con un par de bandejas de madera que estaban apoyadas en la pared exterior.

Las dejo junto a mi madre con cuidado de no golpear nada y me siento en seiza frente a ella, esperando.

Madre prueba la sopa con la punta del palillo.

Asiente, satisfecha.

Empieza a servir con precisión de rutina: primero el arroz, luego la sopa, después los encurtidos.

El aroma llena la habitación y me hace el estómago pesado de hambre.

Nos inclinamos juntas antes de empezar.

—Itadakimasu.

Comemos en silencio unos minutos.

Solo el sonido del caldo y el crujido del encurtido rompen la mañana tranquila.

De repente, mi madre deja los palillos sobre el borde del cuenco.

—Ayame… ¿cuántos años tienes ahora?

—pregunta sin mirarme.

—Diez —respondo, ladeando un poco la cabeza.

—Hm.

La miro, esperando alguna razón.

—¿Por qué lo pregunta, madre?

Madre cierra los ojos un instante antes de responder.

—No tiene importancia —dice, y vuelve a tomar los palillos.

Pero su ceja tembló un segundo.

Yo lo noté.

Y aunque sigo comiendo, ya no basta para callar la sensación rara que me dejó esa pregunta.

—Ayame.

¿Por qué no intentas salir?

Dejo los palillos en el cuenco y bajo la mirada.

—Me gusta limpiar —respondo bajito, como si pudiera esconderme detrás de la frase.

Mi madre se queda observándome con esa mezcla rara de paciencia y presión silenciosa que usa siempre.

—¿Ya viste a esas niñas jugar con palos?

—pregunta mientras sirve más caldo.

Miro hacia la puerta.

Se escuchan risas afuera.

Asomo la cabeza un momento.

Ellas dos están agitando unos palos como si fueran armas legendarias.

—¿Ese juego no es peligroso?

—pregunto, aunque la verdad… me intriga.

Mucho.

No entiendo por qué se ven tan felices.

Kaede suelta un pequeño suspiro.

—Cuando yo era niña jugaba con varias chicas del clan.

Saltábamos charcos, corríamos entre los árboles, buscábamos insectos, todo lo que tú nunca haces.

Solo sales cuando es para traer agua, comprar miso o recoger leña.

Nunca es para divertirte.

Me mira como si estuviera evaluando un jarrón que se está llenando de polvo.

—Vamos —dice al final—.

Aunque sea un rato.

Y ya está, ahora estoy afuera, sin jarra, sin cesta, sin tarea.

Solo yo… y la incomodidad de no tener un objetivo claro.

Las dos niñas dejan de jugar apenas me ven.

Se parecen tanto que parece que una es el reflejo de la otra.

Trago saliva.

Me inclino con torpeza.

—B… buenos días —digo, intentando sonar normal pero sonando todo menos normal.

Ellas devuelven la reverencia, igual de curiosas que si hubieran encontrado un ciervo hablando.

Me acerco unos pasos más hasta quedar frente a ellas.

—¿Por qué juegan con palos?

—pregunto—.

Y… ¿por qué se ríen tanto?

Las niñas se miran entre sí.

Una de ellas levanta una ceja, la otra frunce el ceño.

—¿Nunca has salido a divertirte?

—pregunta la que parece mayor.

Niego con la cabeza.

No necesito palabras, mi vergüenza habla sola.

Las dos sonríen como si hubieran encontrado un tesoro.

—Pues juega con nosotras —dice una.

—Sí, te enseñamos —agrega la otra.

Me explican las reglas.

Básicas, infantiles, improvisadas.

Yo escucho todo, rígida, pero con las orejas bien abiertas.

Cuando están a punto de empezar, una de ellas mira alrededor.

—Falta un palo.

Las dos se acercan y murmuran algo que no alcanzo a oír.

Entonces la menor sale corriendo hacia los árboles, rebusca entre las raíces y vuelve con un palo recto y firme, casi de mi altura.

Me lo ofrece.

Lo tomo con ambas manos.

Lo examino despacio.

Ligero, áspero, pero con cierta forma de arma.

De pronto, recuerdo ese pedazo de bambú que un día imaginé como un bokken perfecto.

Y se me escapa una sonrisa pequeña pero real.

Las dos niñas la notan.

—Oye, ¿cómo te llamas?

—pregunta la mayor.

—Ayame —respondo.

—Yo soy Hana —dice la mayor.

—Y yo, Rika —añade la pequeña.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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