OSHIKURA - Capítulo 4
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4: ¿Es esta mi vida?
(4/5) 4: ¿Es esta mi vida?
(4/5) Así pasaron varias horas.
Al principio me movía con torpeza, sin saber muy bien qué estaba haciendo allí, pero poco a poco mis manos terminaron cubiertas de tierra y mis pies llenos de polvo.
No era un juego de combate como imaginé.
No había golpes, ni guardias, ni forma alguna de medir fuerzas.
Solo carreras, giros, risas, saltar charcos y tocarse con palos como si fueran varitas.
Aun así… sentía algo cálido en el pecho.
Algo que me costaba reconocer pero que no era desagradable.
Mientras recuperaba el aliento, levanté la vista.
Allá arriba, descendiendo por la loma, apareció la figura de Hiroto.
Lo reconocí al instante por la forma en que apoyaba los pies, firme, sin apresurarse.
Me quedé inmóvil sin pensarlo.
Hina y Rika siguieron mi mirada.
Noté cómo se tensaban.
—¿Te agrada ese joven?
—murmuró Hina.
Fruncí el ceño.
—No.
Es mi hermano.
Solo… —bajé la vista hacia mi ropa sucia— me inquieta que me vea así.
Rika abrió los ojos con sorpresa.
—¿Te regaña si te ensucias?
—No.
Nada de eso.
Solo debo lavar mi ropa después —respondí.
Me pareció extraño que no entendieran algo tan simple.
Ambas se miraron, como si acabaran de oír un rumor inesperado.
—No sabíamos que eras hija de Kaede-dono —dijo Hina con cautela.
—Casi no salgo de casa —murmuré—.
Y cuando lo hago, prefiero que nadie me vea.
Para entonces, Hiroto ya estaba cerca.
Se detuvo un instante, mirándome como si no estuviera seguro de que fuera yo.
Yo, cubierta de tierra, con un palo en la mano y dos niñas observándolo como si fuera alguien importante.
—¿Ayame…?
—pronunció mi nombre con duda.
Incliné la cabeza para saludar, intentando mantener la compostura a pesar del estado de mi ropa.
—¿Madre te permitió jugar?
—preguntó.
Asentí.
Él soltó un leve suspiro, saludó a las niñas con cortesía —ellas parecían contener la respiración— y se dirigió hacia la casa.
Cuando desapareció en el umbral, sentí a ambas niñas acercarse a mis lados, casi sin dejarme espacio.
—Tu hermano es muy hábil.
Se nota en su postura —susurró Rika.
—Hiroto entrena en el dojo del clan Shibata —expliqué.
No entendía por qué les sorprendía tanto.
—¿Cuántos años tiene?
—preguntó Hina, casi temblando de emoción.
—Dieciséis.
Ambas dejaron escapar un leve suspiro, como si hubieran escuchado algo admirable.
Yo solo parpadeé, sin comprender cuál era la razón de tanto entusiasmo.
—¿Y ustedes?
—pregunté, algo confundida.
—Hina tiene once —respondió Rika—.
Yo tengo diez.
Asentí despacio.
—Comprendo.
Las dos sonrieron, todavía mirando hacia la casa de donde Hiroto había entrado, como si esperaran que volviera a salir.
Yo apreté el palo entre las manos.
Por primera vez, sentía que el mundo fuera de mi casa no era tan silencioso como creía.
No alcanzamos a jugar mucho más.
De pronto, alguien llamó desde una puerta cercana: —Hina.
Rika.
Las dos se dieron la vuelta de inmediato.
Su madre estaba en el umbral, con el cuerpo recto y los brazos cruzados.
No habló fuerte, pero su tono dejaba claro que no era una invitación.
Ellas me miraron, hicieron una pequeña reverencia y se despidieron con una sonrisa corta antes de correr hacia su casa.
Yo las seguí con la mirada hasta que ambas cruzaron el umbral.
La madre de ellas me observó un instante.
Incliné la cabeza para saludarla.
Ella respondió del mismo modo y cerró la puerta.
Me quedé sola.
Miré a mi alrededor.
La colonia estaba tranquila, como siempre: casas de madera, cercas bajas, humo suave saliendo de los techos.
Mi vista se fue inevitablemente a la colina.
Recordé los rumores que había escuchado… Solté una risa corta, entre dientes, avergonzada.
Hoy había jugado.
Me había ensuciado.
Había hablado con otras niñas.
Mientras pensaba en todo eso, la gente que pasaba me miraba con expresión curiosa.
Tal vez nunca me habían visto mi cara.
Salí de mi nube y, con una pequeña sonrisa que no pude evitar, entré a casa.
Solo eran unos pasos; habíamos jugado prácticamente frente a la puerta.
Kaede estaba frente al fogón.
Me miró… y se quedó quieta un segundo.
Sonreía.
De verdad.
No lo había visto en dos años.
—Parece que el día te ha sido favorable —dijo ella, como lo diría cualquier madre al ver a su hija regresar contenta.
Yo asentí, algo tímida.
Me bañé rápido, me puse ropa limpia y, ya fresca, salí de mi habitación.
El olor a comida llenaba la sala.
Hiroto estaba sentado en seiza, recto como siempre.
Frente a Kaede había un hombre con el armor ligero, los brazaletes oscuros del clan y un mon bordado en el pecho.
Un mensajero.
Al verme, siguió hablando, pero su mirada se deslizó hacia mí… y se detuvo.
Su silencio fue tan brusco que Kaede y Hiroto levantaron la vista al mismo tiempo.
—¿Ella es la hija de Ren-dono?
—preguntó con cautela, girándose hacia mi madre.
Mi corazón dio un salto al escuchar el nombre de mi padre.
Me incliné de inmediato.
—Buenas tardes.
Mi nombre es Ayame.
Ayame Shibata.
Hiroto dejó escapar una sonrisa mínima que no supe interpretar.
Kaede habló por mí: —Tiene diez años.
El mensajero abrió los ojos apenas un poco.
Supongo que mi altura lo confundió.
Inspiró hondo y se presentó con formalidad.
—Rineki Tsiba.
Traigo los informes para las familias de los guerreros en campaña.
No sé en qué estaba pensando… tal vez simplemente quería oír una respuesta clara.
Antes de que pudiera detenerme, las palabras salieron solas: —¿Mi padre fue encontrado?
Rineki me miró con un gesto extraño.
Estaba por preguntar algo, pero Kaede movió la cabeza apenas un instante.
Un gesto pequeño.
Pero en esta casa, todos sabíamos lo que significaba.
Rineki guardó silencio y negó.
Bajé la cabeza.
No lloré.
Solo… asimilé lo que ya sospechaba.
Pero entonces, sin darme tiempo a acomodar mis pensamientos, él continuó: —El señor ha reconocido a Rikuya-dono como general y principal estratega del clan Shibata.
Su línea será la delantera.
Se le ha otorgado permiso para formar su propio pelotón.
Sentí que el aire se movía alrededor de Kaede.
—Para tener apenas diecisiete años —siguió el mensajero— Rikuya-dono ha logrado lo que pocos consiguen en toda una vida.
Kaede, sin sorpresa alguna, preguntó con voz firme: —¿Cuándo podría regresar Rikuya-hime?
Rineki asintió y abrió un pequeño estuche lacado.
Sacó un papel cuidadosamente doblado.
—Este mensaje fue escrito por él.
Dijo que debía entregarlo solo a usted.
Kaede lo tomó con las dos manos, inclinando la cabeza.
Hiroto se quedó inmóvil.
Yo también.
El nombre de mi padre en mi mente.
La mirada de Hiroto.
La carta de Rikuya.
El mundo parecía cambiar mientras nos quedábamos en silencio.
Kaede terminó de leer la carta sin decir palabra.
La sostuvo un momento más entre los dedos, como si aún pudiera sacar algo de ella, y luego la dobló con cuidado.
—¿No hay más noticias?
—preguntó al mensajero.
Rineki inclinó la cabeza.
—Solo un asunto adicional, Kaede-dono.
Para sostener los gastos del ejército y mantener nuestra fuerza, el clan llegó a un acuerdo con los Kamisaka.
Un préstamo y una alianza menor.
Gracias a ello se han reforzado los puestos de guardia.
Mi madre asintió apenas.
Yo observaba quieta, intentando adivinar si esa leve tensión en su cuello era preocupación.
—Eso es todo lo que puedo informar —dijo Rineki mientras acomodaba la armadura ligera para marcharse—.
Agradezco su hospitalidad.
—Rineki-san, ¿por qué no cena con nosotros?
—ofreció mi madre.
Él negó enseguida.
—No quisiera causar molestias.
Además, ya he… Su estómago rugió.
Fuerte.
Casi pude sentir la vibración en el piso tatami.
Me quedé con los ojos abiertos, sorprendida.
Rineki toseó, se ruborizó.
—Quizá… un poco, Kaede-san.
Nos sentamos todos.
Juntamos las manos.
—Itadakimasu.
Mientras comíamos, no pude evitar observarlo.
Su cabello recogido con prisa, el lazo flojo, las cicatrices en el rostro.
Había una, larga, que descendía desde la frente hasta cerca de la mandíbula.
Quise mirar hacia otro lado, pero mi curiosidad me ganó.
—Rineki-san… ¿cómo obtuvo esa cicatriz?
En cuanto escuché mi propia voz, quise tragármela.
Mi madre me clavó una mirada capaz de cortar bambú.
Rineki se llevó la mano a la cicatriz.
—¿Esta?
Me la hizo tu padre, Ayame-dono.
Me confundió con un infiltrado durante una emboscada.
Si hubiera movido el cuello medio paso, no estaría sentado aquí.
Soltó una risa tranquila.
—Cuando me quité la máscara, casi deja caer la espada del susto.
Sin saber dónde meter las manos, bajé la cabeza.
Después de cenar, lo acompañamos hasta la entrada.
Se inclinó, montó su caballo y se alejó por el camino oscuro.
La puerta todavía no terminaba de cerrarse cuando mi madre se volvió hacia mí.
—No vuelvas a preguntar algo así —me dijo, sin elevar la voz, pero dejando claro cada palabra—.
Algunos hombres consideran sus heridas asuntos privados.
Podrías haberlo ofendido.
Asentí en silencio.
—A mí me cayó bien —comentó Hiroto, cruzándose de brazos—.
Y aunque Rikuya-nii ya sea general… cuando vuelva, lo voy a vencer.
No pude evitar mirarlo con una pequeña sonrisa.
—Haz todo lo que puedas —le dije—.
Sería bueno verlo.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que ese pensamiento no me apretaba el pecho.
**哀** Estaba barriendo el suelo del pasillo, tratando de no hacer ruido.
Kaede llevaba un buen rato sentada frente a la mesa, leyendo en silencio la carta que Rikuya había enviado.
Su expresión estaba tan inmóvil que me daba más miedo que cualquier regaño.
Mientras pasaba la escoba, el aire dentro de la casa empezó a sentirse extraño.
Como si el ambiente se tensara alrededor de nosotras.
No era algo que pudiera explicar.
Era esa incomodidad que se mete debajo de la piel y te avisa que algo está a punto de romperse.
El sonido de la escoba se volvió demasiado fuerte.
Mi respiración también.
Cada vez que levantaba la mirada, veía a Kaede inmóvil sobre el papel, como una estatua.
Y la sensación en mi pecho crecía, más y más, como un peso que se acumulaba sin permiso.
De pronto, Kaede levantó la vista y me llamó.
—Ayame.
Me giré con la escoba aún en las manos.
Mi estómago se apretó.
—¿Qué sucede, madre?
Ella no respondió.
Solo extendió la carta sobre la mesa.
Me acerqué despacio.
La mala sensación se volvió un temblor suave en mis dedos.
Tomé la carta y la miré, luego miré a Kaede sin saber si debía abrirla o esperar.
—Léela —dijo.
Obedecí.
Rompí el sello y mis ojos comenzaron a recorrer las líneas.
Rikuya contaba sus campañas, las lluvias interminables, el barro que hacía imposible avanzar, las noches en que pensó morir congelado.
Hablaba del favorismo del señor Shibata, de los soldados que lo miraban con respeto, de decisiones que le pesaban en el corazón.
Sus palabras tenían la calidez de siempre, pero la inquietud dentro de mí no bajaba.
Seguí leyendo con el pecho apretado.
Entonces llegué al tercer párrafo.
«He escuchado al señor hablar de una alianza entre nuestra casa y el clan Yamada.» Mi mano tembló.
Tragué saliva.
Ya sabía que venía algo sobre mí.
No sabía cómo, pero lo sabía.
«Esta alianza traerá fuerza, estabilidad y protección.
Pero, para sellarla… cuando Ayame crezca, deberá convertirse en esposa del hijo del señor Yamada.» Sentí un latido doloroso en el estómago.
Como una aguja.
«A los 16 se planea la boda.
Y a los 18 deberá darle herederos a su esposo.» La vista se me nubló.
El papel se movió aunque mis manos estaban quietas.
Era como si el suelo se inclinara bajo mis pies.
Miré a Kaede con los ojos llenos de agua, buscando algo, cualquier cosa, pero ella dijo: —Sigue leyendo.
Me obligué a continuar.
Cada línea me mareaba más.
Al final estaban las huellas tintadas: la del señor Yamada, la del hijo, y la de Kaede.
Solo faltaba la mía.
Me quedé sin aire.
Kaede habló con calma.
—No tienes que decidir ahora.
Te queda mucho tiempo para pensarlo.
Mi voz apenas salió.
—No quiero casarme… y menos tener hijos.
Me… me da miedo.
No quiero eso.
Kaede mantuvo su postura, firme.
—Hablas sin pensar.
A tu edad deberías ser más responsable.
Eres alta, tu cuerpo ya muestra desarrollo, y eres hermosa.
Era cuestión de tiempo antes de que llegara una propuesta así.
Las lágrimas me corrían sin que pudiera detenerlas.
—Pero nadie me mira… ningún hombre.
Solo Hiroto, y es porque es mi hermano.
—No te miran porque sería inútil —respondió Kaede—.
Todos saben que tu belleza no será para alguien común.
Siempre se entendió que acabarías unida a un clan grande.
La garganta se me cerró.
Me dejé caer en seiza frente a ella, incliné la cabeza.
—Perdóname madre… No soy buena hija… me ensucio, no aprendo rápido… prometo mejorar, pero por favor… no quiero hacer esto… Kaede se levantó, se inclinó y me tomó de los brazos.
Su agarre fue firme, casi severo.
Me incorporó, arregló mi kimono, limpió mis lágrimas con sus pulgares y acomodó mi cabello.
Luego me abrazó unos segundos.
Apenas un instante, pero lo suficiente para que yo sintiera el calor que trataba de esconder.
Después se separó y dio dos palmadas suaves en mi espalda.
—Una hija del clan no se derrumba así.
Puedes tener miedo.
Pero debes aprender a sostenerte.
Me quedé quieta, respirando con dificultad, mientras ella regresaba a la mesa y dejaba la carta allí.
El peso en el aire seguía igual.
Quizá peor.
Porque ya sabía la razón.
Y la razón me aterraba.
Me aterraba ser la mujer de un desconocido.
Me aterraba ser madre.
Me aterraba la carta.
Me aterraba que ni yo soy dueña de mis decisiones…
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