OSHIKURA - Capítulo 5
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5: ¿Es esta mi vida?
(5/5) 5: ¿Es esta mi vida?
(5/5) A veces, cuando intentaba dormir, lo único que encontraba era un hueco.
No un sueño.
No una imagen.
Solo un fondo negro que me tragaba por dentro.
Desde aquel día, desde aquella carta… algo se apagó.
Tenía diez años y no sabía explicar lo que era sentirse vacía, pero lo sentía.
Era como si me hubieran robado un pedazo del pecho.
Cada vez que cerraba los ojos, no veía mi vida como samurái ni veía a mi padre guiándome; solo veía sombras, la promesa de un futuro que no quería, la imagen borrosa de un esposo al que no conocería y de hijos que no quería tener.
Dormir se convirtió en un rincón frío donde no existía yo.
Cuando cumplí once, mi madre me llamó con una voz dulce que no solía usar conmigo.
Me senté frente a ella, y Kaede comenzó a trenzar mi cabello.
Sus dedos trabajaban con suavidad, pero yo conocía el significado del peinado.
El moño alto.
El pasador.
La forma de adulta.
Sabía lo que significaba.
Cuando salí a comprar tofu y verduras con ese peinado, todas las mujeres del clan lo notaron.
Sus ojos brillaron con reconocimiento.
Algunas ancianas se acercaron a felicitarme y me tocaron las mejillas; otras repetían lo hermosa que era, como si mis rasgos fueran una ofrenda para un hombre que ni siquiera conocía.
En cuestión de horas, todo el clan sabía que yo estaba lista para el compromiso.
Esa vez, por primera vez, sentí odio.
Odio por mi clan.
Por la tradición que me había arrancado el futuro antes de tener edad para escribir mi propio nombre con solvencia.
Hiroto lo notó antes que nadie.
Mi silencio cuando él hablaba.
Mi falta de entusiasmo al levantarme por la mañana.
Mi forma de evitarlo.
Un día me interceptó en el patio, cruzando los brazos con la seriedad de un adulto que intentaba entender a otro.
—Ayame, estás rara —me dijo—.
Y no digas que no lo estás.
Yo abrí la boca para mentir.
Para decir que estaba cansada, que solo era el entrenamiento, que el clima, que lo que fuera.
Pero la garganta se me cerró.
Aun así, asentí.
—Estoy bien, Ani-ue.
Él me miró como si pudiera leer lo que pensaba, pero no insistió.
Y yo, en un acto de rebeldía que jamás habría hecho meses atrás, simplemente lo ignoré.
Caminé de largo.
Ni siquiera me incliné.
Hiroto suspiró, pero no me detuvo.
Sabía que algo me estaba aplastando.
No quiso forzarme.
Rika y Hina vinieron a buscarme varios días después, con flores en el pelo y risas fáciles.
Traían juguetes improvisados, como siempre.
Mi madre también me insistió: —Ve con ellas, Ayame.
Te hace bien jugar.
Pero no podía.
No quería.
El juego me parecía una pérdida de tiempo.
El mundo ya había decidido por mí; yo debía encontrar una forma de escaparme de él, no entretenerme.
Cuando cumplí trece, el pensamiento de huir tomó forma.
Lo imaginé muchas veces: correr por la noche, cruzar el bosque, esconderme entre aldeas.
Pero también sabía la verdad.
Nadie escapa de un clan sin consecuencias que manchan generaciones.
Kaede comenzó a presionarme.
Cada dos semanas: —¿Ya tienes tu respuesta?
Mi respuesta era siempre la misma.
—Necesito tiempo.
Pero sabía que aunque gritara, llorara o me negara, firmaría igual.
Mi opinión no contaba.
Nunca había contado.
Un día, Rineki llegó con una noticia que iluminó al pueblo: la nueva campaña había sido ganada.
Rikuya había vuelto a lucirse ante el clan Kamisaka, ganándose el respeto del ejército aliado y generando una rivalidad amistosa con el general Touka Yarada.
Rineki, al verme después de tres años, abrió los ojos con sorpresa.
—Ayame… qué cambio tan increíble.
Eres igual de imponente que tu madre.
Kaede rió, halagada.
—Es mi hija.
Era cuestión de tiempo.
Yo bajé la cabeza en reverencia y abandoné la charla con una excusa: alimentar al ganado.
Ahí encontré al pequeño cerdo negro recién nacido.
Sus ojos eran brillantes, rebeldes, casi humanos.
Lo tomé en mis brazos y decidí que su nombre sería Rihiren, un nombre formado por quienes más admiraba: Ren, Hiroto y Rikuya.
Mi pequeño refugio.
Pero nada dura.
El día que cumplí quince, la presión se volvió insoportable.
Mi madre me llevó frente al altar menor de la casa.
Los ancianos estaban presentes.
Los testigos también.
Firmé.
La tinta ni siquiera se había secado cuando supe que había sido el peor día de mi vida.
Kaede se volvió repentinamente cariñosa.
Tomó mis manos, sonrió como nunca y me besó la mejilla.
—Qué feliz me haces, hija.
Isamu te querrá.
Es un buen muchacho.
Serás una excelente madre.
Hiroto también me felicitó, creyendo que me hacía bien.
Yo solo incliné la cabeza.
Mi madre envió una carta anunciando mi compromiso.
Dos semanas después llegó la respuesta de Rikuya.
La leímos juntas.
Decía que las campañas pronto terminarían y que volvería cuando yo cumpliera dieciséis.
Que deseaba ver a su hermana convertida en mujer.
Todos se alegraron.
Todos celebraron.
Menos yo.
Sentía que lo que quería ser había sido aplastado por lo que otros deseaban de mí.
Recordé cuando tenía tres años y le dije a mi padre que sería una guerrera.
Él me acarició la cabeza, sin contradecirme.
A los cinco, se lo dije a mi madre y se asustó.
A los ocho, se lo dije a Hiroto, y él me pidió que dejara ese sueño.
Ahora, quienes nunca me apoyaron, esperaban que yo apoyara su tradición.
Les guardé rencor.
A todos.
A mi clan.
A mi madre por doblegarme.
A mi padre por dejarme sola.
A Hiroto por poseer la vida que yo quería.
A los dieciséis, la boda se retrasó varias veces.
Salía más, caminaba más lejos.
Me preguntaba: “¿Es esta mi vida?” Rihiren murió ese mismo año.
Lo encontré sobre la paja, inmóvil.
Me arrodillé junto a él y lo sostuve con ambas manos.
Sentí que mi único refugio se rompía.
Pensé que siempre estaría sola.
Incluso él me había dejado antes del día en que más lo necesitaba.
Rikuya también se retrasó.
Tormentas.
Rutas cortadas.
Nada parecía alinearse.
A los diecisiete, el clan fijó la fecha final.
Dos semanas para mi boda.
Lo anunciaron al mundo entero.
Y así… regresamos al presente.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Nael_Dalap tarde 4 días en publicarlo, pero en realidad todo este cap me tardó un mes
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