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OSHIKURA - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 El precio de querer ser util
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6: El precio de querer ser util.

(1/6) 6: El precio de querer ser util.

(1/6) La mañana empezó pesada.

Hiroto tenía esa barba corta que le crecía cuando llevaba varios días entrenando.

El cabello lo llevaba más corto que antes.

Yo tenía el mío tan largo que me rozaba la cintura, liso y suave, aunque eso no me hacía sentir más bonita ni más digna.

Kaede se movía por la habitación con una energía que me incomodaba.

Antes había querido servir yo, pero me apartó sin dudar, casi empujándome.

Decía que ahora le gustaba hacerlo.

Desde que mi boda con Isamu estaba cerca, ya no sufría como antes por Ren.

O eso aparentaba.

Colocó el plato frente a mí.

Hiroto empezó a comer de inmediato, disfrutando cada bocado, pero yo no sentí nada.

La comida era una masa tibia que solo me revolvía el estómago.

Tenía el sabor del vacío.

Masticaba despacio mientras el sonido del mundo se colaba por cada hueco de la casa.

Los pájaros cantaban demasiado fuerte.

Hina y Rika recogían agua, y sus voces, aunque maduras, sonaban como si estuvieran dentro de mi cabeza.

El ganado golpeaba el suelo.

Las gotas de agua caían sobre el techo con un ritmo que me taladraba.

Guerreros regresaban a caballo, el metal chocando, las telas rozando.

Cada ruido se mezclaba con el otro y me apretaba el pecho.

Intenté seguir comiendo, pero el ruido ya no era ruido.

Era todo al mismo tiempo.

Era demasiado.

La cuchara se me cayó de la mano.

Golpeó la bandeja con un estruendo que hizo a Kaede girar la cabeza.

Me puse de pie e hice una inclinación torpe.

—Tengo que ver el ganado —dije, sin aire.

Hiroto me miró como si fuera a levantarse.

Kaede frunció el ceño.

No esperé respuesta.

Salí.

En el patio trasero, el olor del ganado me golpeó más fuerte de lo normal.

Sentí un retorcijón y me incliné.

Vomité sin poder contenerme.

El estómago se me vació, pero la presión en la cabeza no bajó.

Me dolía como si alguien me estuviera apretando desde adentro.

Respiré hondo, intentando no llorar.

No quería hacerlo.

No ahí.

Me acerqué al cubo de agua y me enjuagué la boca.

Cuando levanté la vista vi mi reflejo: una cara apagada, sin brillo, con los ojos vacíos.

Intenté sonreír.

Lo intenté de verdad.

Pero la sonrisa fue tan forzada que me dio asco de mí misma.

Me vi ridícula.

Volví adentro.

Hiroto ya no estaba.

Kaede sí.

Estaba sola en la mesa, mirando por la ventana, como si la lluvia le interesara más que yo.

—¿No te agradó la comida?

—preguntó sin girarse.

—Sí —respondí.

—Entonces por qué saliste a vomitar.

No respondí.

No podía.

Kaede cerró un poco la ventana y se volvió hacia mí.

Su rostro estaba más suave que antes, pero eso no lo hacía más fácil de mirar.

—Ayame, ¿no eres feliz?

—Sí —mentí, porque era más fácil que enfrentar lo que realmente sentía.

—Si lo fueras, no pondrías esa cara todos los días.

Tu expresión es tan sombría que me incomoda.

Seguramente a Isamu también.

Me quedé quieta.

El kimono entre mis dedos se arrugó sin que me diera cuenta.

Las lágrimas cayeron antes de que pudiera detenerlas.

—¿Eso es lo único que te preocupa…?

—pregunté, con la voz rota—.

¿Mi cara?

Kaede no respondió.

Miraba la ventana otra vez, como si ahí estuviera la excusa.

Las lágrimas me quemaban.

—Respóndeme… —pedí, casi suplicando.

Finalmente habló.

—Sí.

Porque tu futuro y tus metas me importan.

El estómago se me apretó.

—¿Desde cuándo te importaron mis metas?

—grité sin pensarlo.

Kaede abrió los ojos sorprendida, como si no esperara que yo explotara.

—¿Acaso te importó cuando te dije que quería ser una guerrera?

—seguí, con la voz temblando—.

¿No notaste que nunca quise casarme con él?

¿No te das cuenta de que soy infeliz?

—Ayame, bájame el tono de voz —respondió con dureza.

Apreté los dientes.

La garganta me ardía.

Miré hacia la puerta.

La abrí y la cerré de golpe mientras salía.

Afuera pasaban caballos con guerreros montados.

Los ignoré.

No sabía ni a dónde iba.

Solo corrí.

El aire frío me cortaba la cara, pero seguí hasta que el bosque se abrió y la colina apareció frente a mí.

La colina de los rumores.

La que decía mamá.

La que siempre quise ver.

Subí despacio.

Me dejé caer sobre la hierba húmeda.

Me abracé a mí misma.

No dije nada.

Solo lloré en silencio, sin intentar detenerme.

Como si por fin algo dentro de mí se hubiera roto del todo.

Como si por primera vez en mucho tiempo pudiera sentir algo, aunque fuera dolor.

** ** Cuando dejé de llorar me dolía la cabeza, pero al menos ya no sentía ese nudo que me estaba estrangulando desde que salí de casa.

Me abracé un segundo más, respiré hondo y solté el aire como si eso bastara para volver a ser humana.

No tenía tiempo.

Seguro ya me andaban buscando, y cuando Kaede se asusta, todo el clan se mueve.

Me puse en pie dentro de la colina.

La cueva natural no era pequeña; tenía espacio suficiente para caminar sin doblar la espalda, y desde adentro podía ver los tonos claros del día filtrándose entre las hojas que tapaban la entrada.

Quité con cuidado las ramas y en cuanto puse un pie afuera, me choqué de frente con un hombre.

Literalmente de frente.

Sentí el golpe seco en la frente y vi estrellas.

Él solo retrocedió un paso.

Yo caí de culo en la tierra.

Me apuré a inclinar la cabeza.

—Perdón, iba distraída.

El hombre me miró demasiado rato.

Mucho más del que un desconocido suele tomarse para evaluar a alguien sucio, despeinado y hecha un desastre.

—No hace falta que te disculpes —respondió él, como si fuera lo más normal encontrar mujeres saliendo de agujeros en las colinas—.

La culpa fue mía.

Antes de decir algo más, escuché voces.

—¡Capitán!

Nos movemos.

—Voy.

Se giró.

Dejó de mirarme como si hubiera despertado de un sueño.

Y se fue.

Yo solo parpadeé, confundida.

No tenía idea de quién era, y tampoco era momento de averiguarlo.

**OTRA PERSPECTIVA** Incluso cabalgando al frente del escuadrón, no podía sacarme de la cabeza a la mujer de antes.

No por su cara.

Sino por lo absurda que era la escena: una mujer tan atractiva, tan… viva, cubierta de tierra como si hubiera peleado contra el monte mismo.

Y sí, claro, yo no era quién para juzgar suciedad ajena.

He dormido entre cadáveres y he marchado con barro hasta el cuello.

Pero había algo extraño en ella.

Algo que no tenía nombre.

Frené el caballo frente a la casa de Kaede.

Mis hombres se quedaron fuera.

Yo respiré hondo.

Me preparé.

Creí que me recibiría llorando.

Diecisiete años sin verme dan para eso.

La puerta se abrió.

Kaede me vio.

Y su primer gesto no fue alegría.

Fue pánico.

—Por favor, Rikuya-hime, Ayame.

Ayame se escapó de casa.

Esa muchacha es una rebelde.

¡Te lo pido de favor encuéntrala!

Me reí porque honestamente ya nada me sorprende en esta vida.

—Madre, pero… jamás vi la cara de Ayame.

¿Puedo saber cómo es?

Ella la describió.

Rasgos, estatura, cabello, expresión.

Cada palabra coincidía con la mujer de la colina.

Mandé a mis hombres a buscar a una joven con esas características.

Yo tomé otra ruta.

Algo en mi pecho me estaba exigiendo confirmar la sospecha.

Volví a la colina.

Aparté las plantas con un movimiento rápido.

Y ahí estaba.

La misma mujer.

Sus ojos se abrieron al verme entrar.

**PERSPECTIVA DE AYAME** El hombre apareció otra vez.

No sé cómo encontró la entrada tan rápido, pero algo en su postura decía que sabía exactamente qué buscaba.

—¿Qué quieres?

—pregunté, sin sentirme con ánimo para modales.

El soltó una risa leve.

—Vaya forma de hablarme… Hizo una pausa.

—¿Puedo sentarme?

Me abracé las piernas.

Asentí hacia el suelo, a mi lado.

—¿No sabes lo que dicen los mitos?

—solté, casi por provocar.

El frunció el ceño.

—¿Qué mitos?

Negué con la cabeza.

Ese no era el punto.

—¿Por qué..?

¿me miras tanto?

—Porque tienes la mirada de mi difunto padre.

Sentí un golpe en el pecho.

Me ofendí por instinto.

—¿Tengo cara de muerto?

—No, no.

Me refiero a la determinación en los ojos.

Me quedé callada.

No sabía si quería procesarlo o ignorarlo.

—Hay algo que te molesta —dijo él—.

Si tengo un don, es ese.

Saber leer a las personas por la mirada.

Lo miré sin decidir si era un loco o alguien demasiado perceptivo para mi gusto.

—¿Cómo lo haces?

—He visto morir a mucha gente.

He visto ojos apagarse.

Y con el tiempo… entendí cosas que no se explican.

Yo creo que mis dioses me lo dieron para seguir vivo.

Reí por lo bajo.

—¿También crees en dioses?

Arqueó una ceja.

—Claro.

Les debo mi vida.

Sigo mirando el paisaje hermoso que nos rodea, de la nada…

Empieza a salir el sol.

—Yo no creo en dioses —contesté—.

Siempre quise algo, pero en mi familia me reprendían por desear lo que una mujer no debería.

Él me miró con seriedad total.

—Dímelo.

Te lo daré hoy.

Por alguna razón le creí.

—Ser samurái.

—¿Eh?

¿Solo es eso?

Asentí.

Él bajó la mirada al suelo, levantó un palo y me lanzó otro.

Lo agarré como pude.

—Soy general.

Esto será un entrenamiento.

El estómago me dio un vuelco.

No de miedo.

De emoción.

**RIKUYA** La postura de Ayame era un desastre.

Bueno, no sé cómo referirme a ella realmente, pero bastaba con ver su postura; piernas tensas, brazos rígidos, hombros demasiado altos.

Me acerqué y la corregí con las manos como quien acomoda piezas de armadura.

—Más bajo el centro.

No ataques con los hombros.

El golpe nace del suelo.

Respira por la nariz.

Mira al frente.

No a mí.

Al enemigo.

Ella asentía con una mezcla rara de torpeza, orgullo y hambre.

Una buena señal.

Después de unos minutos, ya podía sostener el palo sin parecer que peleaba con él.

—Va de nuevo —le dije—.

Imagíname como alguien que amenaza a tu familia.

Ataca de verdad.

Ayame cargó contra mí.

Rápida.

Impulsiva.

Pero sin dirección.

Bloqueé su palo con un giro de muñeca.

Se lo quité en un parpadeo.

La hice retroceder con un toque suave en la frente.

Otra vez.

Y otra.

Y otra.

Se levantaba siempre.

No se rendía.

Y cada vez aprendía más rápido.

En siete minutos ya no era la niña sucia que encontré.

Era otra cosa.

**Ayame** No sabía quién era este hombre.

Ni su nombre, ni su historia.

Pero algo dentro de mí encendía una chispa que llevaba siete años apagada.

Una chispa que creí muerta.

Mis brazos temblaban.

Mis piernas dolían.

Pero no importaba.

Cada vez que él me corregía, sentía que algo dentro de mí encajaba donde siempre debió estar.

No me trataba como a una niña.

No me trataba como a una carga.

Me trataba como si realmente pudiera lograrlo.

No quería que ese momento terminara.

Este entrenamiento… era la primera vez en años que no me sentía…

**atrapada.**

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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