OSHIKURA - Capítulo 7
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7: El precio de querer ser util (2/6) 7: El precio de querer ser util (2/6) Rikuya me mira cuando sonrío.
No sé por qué sonrío.
Solo sé que el cuerpo me arde, los brazos me tiemblan por el entrenamiento y aun así… me siento viva.
Él aparta la mirada, un leve color le sube a las mejillas.
Apenas lo noto.
—Ya nos tenemos que ir a casa.
El sol se está ocultando.
Asiento, hasta que entiendo lo que dijo.
—¿Nos?
Él arquea una ceja, como si mi pregunta fuera ridícula.
—Pues claro.
Tengo que dejarte donde nuestra madre.
Mi corazón se sacude tan fuerte que pensé que se me notaría.
Sigo sus pasos sin decir nada.
Él baja por la loma con la seguridad de alguien que nació con un arma en la mano.
Yo solo lo observo.
Cada movimiento suyo.
Cada respiración.
Ya sé quién es.
Nunca me dijo su nombre, pero lo sé.
Cuando el pueblo aparece, la garganta se me cierra.
Y cuando llegamos a casa, la puerta se abre con un golpe.
Mi madre está ahí.
Su mirada corta más que cualquier filo.
No grita.
No llora.
No me abraza.
Se queda rígida, como si mi sola presencia la lastimara.
—Ayame.
Mi nombre suena como un reclamo.
No respondo.
Rikuya da un paso al frente, poniéndose entre ambas.
—Madre.
Ayame está a salvo.
Yo la encontré.
Ella me toma del brazo y me revisa, como si buscara señales de que fallé en algo más.
—Deja de escaparte.
¿Qué intentas?
¿Quieres que te encuentren hombres que no te respeten?
¿Quieres que el clan piense que no sé controlar a mi propia hija?
No levanto la cabeza.
No quiero disparar más leña al fuego.
Siento la vergüenza clavada en la piel.
Rikuya toca el hombro de mi madre.
—Ya está aquí.
Eso basta.
Ella respira hondo.
Casi parece perder fuerza.
Después nos deja pasar.
Esa noche duermo sin cerrar bien los ojos.
Cada vez que parpadeo, veo a Rikuya moviendo la espada de madera.
Su voz.
Su pausa antes de explicarme la postura.
Su forma de mirarme como si yo tuviera algo que él no lograba descifrar.
Cuando finalmente amanece… ya estoy despierta.
No sé qué me ocurre.
El pecho me pesa pero no por tristeza.
Es otra cosa.
Me siento ligera.
Como si hubiese encontrado una parte de mí que no sabía que existía.
Me levanto.
Salgo al pasillo.
Rikuya acaba de incorporarse en su futón.
Sus ojos se encuentran con los míos.
“Buenos días, Ayame.” La voz me tiembla un poco.
—Buenos días.
Él se lava la boca como si nada en el mundo pudiera sacarlo de su calma.
Yo preparo la comida antes de que cualquiera respire.
Pico las verduras.
Hierbo el arroz.
Cuento mis movimientos para no pensar demasiado.
En veinte minutos está lista.
Mi madre sale, aún medio dormida.
Su tono siempre es afilado por las mañanas.
—Apenas amanece… —Quise hacer la comida yo.
Por la visita de Rikuya.
No me mira mal, pero sí con esa expresión que nunca logro descifrar.
Rikuya se sienta primero, agradece el plato sin hacer preguntas.
Hiroto aparece abriendo la puerta, como si nada en este mundo fuera urgente.
Apenas ve a Rikuya sus ojos se abren como bandejas.
—¿¡Y tu quien eres!?
—dijo, sorprendido.
—¿Quien soy?
Pues soy Tsuba.
¿No me recuerdas?
—¿De verdad eres Rikuya?
Rikuya ríe bajo, y después de que todo se aclare.
Comemos en silencio.
Pero no es un silencio duro.
Es un silencio que… no sé.
Se siente distinto.
Quizá porque, por primera vez desde que era niña, desperté sin sentir que mi vida era una cadena.
Quizá porque ayer, entre golpes de palo y posturas perfectas que aún no domino… mis ojos dejaron de estar apagados.
Y no sé qué pasará hoy.
Ni mañana.
Pero por primera vez, tengo ganas de averiguarlo..
**咲** Rikuya estaba allí otra vez, justo en el borde de la entrada de la casa.
Ese marco de madera que todos cruzaban sin pensar… él lo miraba como si escondiera un secreto.
La luz tenue de la mañana golpeaba su perfil y parecía más concentrado que de costumbre.
Me sequé las manos en mi kimono, tratando de no verme tan desordenada.
Alisé mi cabello con los dedos, respiré hondo y caminé hacia él con pasos lentos, las manos escondidas detrás.
—Buenos días —murmuré.
Él respondió con un asentimiento apenas visible, sin apartar los ojos del camino.
—¿Qué miras tanto?
—pregunté.
Su respuesta salió simple, casi distraída.
—A la gente.
Fruncí el ceño sin querer.
No entendía.
Él percibió mi silencio y agregó: —Siempre me gustó ver a mi gente reír.
Me hace feliz saber que mi trabajo… les da un día más tranquilo.
Sentí un pulso en el pecho.
Me senté a su lado.
Por un instante nos quedamos mirándonos, sin palabras, solo escuchando las pisadas lejanas, el crujido suave de la madera bajo nosotros y una brisa que movía las hojas.
Hina pasó de pronto por el pasillo y nos saludó.
Yo devolví el saludo con una sonrisa.
Rikuya simplemente se quedó quieto, como una estatua demasiado consciente de sí misma.
Después él levantó la mirada al cielo.
—Además de ser guerrero… siempre quise ser escritor —dijo.
Hizo una pausa breve, como si la palabra le pesara—.
Pero las expectativas de mi padre fueron más fuertes que ese sueño.
Así que pulí el talento que él quería.
Me reconocí en esa frase.
Mil cosas cruzaron mi mente, todas demasiado profundas para decirlas.
Y aun así, lo que salió de mi boca fue: —Eso suena… muy… mm… artístico.
Rikuya parpadeó.
Luego dejó escapar una risa corta, sincera.
Me quemé por dentro.
—Eso no era lo que quería decir… —susurré, avergonzada.
Él se levantó.
El sol formó una sombra larga detrás de él.
—Vamos —dijo—.
Hagamos lo mismo de ayer.
Asentí antes de pensarlo.
Bajamos al claro donde habíamos practicado.
El pasto estaba fresco; cada paso hacía un pequeño susurro.
El aire olía a tierra y a hojas recién agitadas.
Rikuya me corrigió postura tras postura.
Su voz baja, su respiración acompasada, el roce mínimo de su ropa cuando se movía… todo se sentía más cercano que ayer.
En uno de los movimientos, su mano llegó a mi cintura solo para acomodarme.
Un toque leve, casi inexistente, pero suficiente para que mi cuerpo entero se tensara.
Él lo notó.
Alcé la vista y lo vi levantar una ceja, como si se preguntara qué demonios me pasaba.
Me recompuse torpemente.
Seguimos.
Espadas de madera chocando, aire cortado con ritmo, mis pasos intentando seguir el suyo.
Era agotador y, aun así, algo dentro de mí quería que no terminara.
Cuando por fin hicimos una pausa, el viento me pegó en las mejillas.
Él respiraba tranquilo; yo parecía recién salida de una carrera.
Y aun así, quería seguir.
Nos quedamos sentados contra la pared de piedra que bordeaba el claro.
La superficie fría se sentía deliciosa después de tanto movimiento.
Rikuya estaba a mi lado, no demasiado cerca, pero lo suficiente para que escuchara su respiración calmada.
La mía, en cambio, parecía la de alguien que había huido de un incendio.
Solté un suspiro que casi pareció un lamento.
—Creo que he muerto tres veces en ese último giro —dije—.
Y en todas fui una guerrera valiente, por supuesto.
Escuché un resoplido muy suave.
No un “te creo”, más bien un “por favor”.
—Si hubieras muerto tres veces ya me hubiera dado cuenta —respondió—.
Haces más ruido que un jabalí atrapado en una cerca.
Me reí sola, golpeando suavemente la cabeza contra la piedra.
—Bueno… al menos soy un jabalí valiente.
Rikuya desvió la mirada hacia el monte, como si el aire del bosque necesitara su supervisión.
Luego, sin mirarme: —Los jabalíes no son valientes.
Son torpes.
—Entonces soy torpe.
Pero torpe con estilo.
—No existe tal cosa.
—Para ti no.
Su labio se levantó apenas, lo suficiente para saber que estaba conteniendo una sonrisa.
Yo me dejé caer un poco más contra la piedra, estirando las piernas.
Las hojas se movían con pequeños crujidos, acompañando el momento.
—Sabes —dije—, si no fuera por ti seguiría creyendo que empuñar una espada es solo cosa de balance y fuerza.
Pero no… resulta que también tengo que recordar dónde están mis pies, mis codos, mis pulmones.
Esa vez sí rió.
Una risa contenida, baja, que casi no se le escapa nunca.
—Al menos sabes dónde están tus pies.
Ya es un avance.
—Oye.
—Es un cumplido.
—Suena como un insulto.
—Porque lo es.
Nos quedamos un rato así, intercambiando pequeñas pullas ridículas.
Yo inventé que cuando era niña traté de imitar a un samurái y termine cayéndome de espaldas.
Me quedé mirándolo un segundo más de la cuenta.
Él se dio cuenta, carraspeó y miró hacia otro lado.
La plática siguió creciendo, suave, ligera, entre bromas y comentarios tontos.
Hasta que, sin darnos cuenta, todo empezó a moverse hacia un territorio más callado.
Rikuya bajó la mirada.
Sus manos descansaban sobre sus rodillas, tensas.
—¿Sabes?
—murmuró—.
Cuando era más joven siempre quise hacer lo correcto.
Mi padre tenía… un modo particular de verlo.
Todo era deber.
Todo era disciplina.
Todo era “más”.
Más rápido.
Más fuerte.
Más obediente.
Yo… nunca supe si quería ser un guerrero porque me gustaba o porque él no me dio alternativas.
Pero aveces, llorar es lo unico que sana una herida.
Ayame.
Su tono había cambiado.
El bosque parecía contener la respiración.
Yo acerqué mis manos a las piernas, evitando moverlas demasiado.
—Mi vida tampoco fue precisamente… ordenada —dije, intentando sonar casual aunque por dentro me temblaba algo—.
Mi madre quería que yo fuera perfecta.
Mi clan solo me miro al enterarse del matrimonio.
Así que crecí siendo lo que ellos esperaban.
Y ni siquiera sé si eso era yo.
Rikuya me miró de reojo.
—Lo dices como si no te afectara.
—Si lo hace…
—admití, con una media sonrisa triste.
Hice una pausa.
Mis dedos se entrelazaron solos.
—Cuando mi madre decidió que yo estaba lista para ese matrimonio… ni siquiera sentí rabia.
Sentí vacío.
Como si una parte de mí ya supiera que eso iba a pasar desde siempre.
Rikuya permaneció en silencio.
Su expresión había perdido toda dureza.
No había juicio.
No había distancia.
Me humedecí los labios, respiré y seguí: —Y cuando Rihiren murió… —tragué saliva—, pensé que tal vez… mi vida también debía terminar ahí.
No por él.
No por amor.
Era… yo.
Desde que él murió todo se volvió más pequeño, más cerrado.
Y yo… pensé que ya no tenía espacio en ninguna parte.
La brisa movió mi fleco.
Oí como si el bosque mismo se hubiera agachado para escuchar.
Rikuya bajó la cabeza.
Le tembló un poco la mandíbula.
—Cuando era niño —comenzó, serio, lento—, me entrenaban tanto que apenas recordaba cómo era jugar.
Cada día era una batalla contra alguien… mi padre decía que si usaba palabras suaves, mi espada se volvería suave.
Si mostraba miedo, mi camino sería débil.
Todo eso marcó cosas en mi mente que… todavía no logro limpiar.
Sus dedos se apretaron.
—La primera vez que fui enviado a una guerra tenía catorce.
Catorce años.
A esa edad… todavía no puedes entender por qué un hombre tiene que matar a otro.
Solo lo haces.
Y luego… lo recuerdas.
Por demasiado tiempo.
Yo no respiraba.
—Y todos esos “momentos” —prosiguió—, esas imágenes, esas decisiones… se quedaron.
En las noches.
En los sueños.
En el silencio.
No lo llamo trauma porque un guerrero no debe tenerlo.
Pero sí… hay partes de mí que todavía tiemblan.
Aunque no se note.
Sus palabras pesaban, pero a la vez eran suaves.
Como algo que había guardado demasiado tiempo.
Junté mis manos para que no se notara que me sudaban.
—Rikuya… —susurré.
Él giró un poco la cabeza hacia mí.
No dije nada más.
No necesitaba hacerlo.
Mi mirada lo dijo por mí.
Y la suya… la suya tenía una vulnerabilidad que jamás imaginé verlo mostrar.
Respiró profundo.
Usó esa respiración para enderezarse, pero no para alejarse.
—Supongo —dijo con la voz apenas ronca—, que todos tenemos partes que intentamos esconder.
Y algunas… terminan saliendo cuando menos lo esperas.
Yo me atreví a acercar mis manos al suelo, apenas unos centímetros más cerca de él.
—Supongo que… está bien si salen —contesté—.
No siempre.
Pero a veces… sí.
Él asintió.
Poco.
Lento.
Y aunque no estábamos tocándonos, sentí como si esa distancia mínima hubiera empezado a estrecharse.
No físicamente.
De otra manera.
Una más silenciosa.
Más real.
El viento nos envolvió un momento.
El bosque volvió a moverse, suave, como si nos diera permiso de seguir respirando.
No hablamos por un rato.
No hacía falta.
Algo había cambiado.
Y los dos lo sabíamos.
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