OSHIKURA - Capítulo 8
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: El precio de querer ser util (3/6) 8: El precio de querer ser util (3/6) Paso una semana después de eso.
Volvimos entrenar.
Me limpié el sudor de la nuca y, sin pensarlo demasiado, solté: —Nunca creí hablar tanto contigo, Rikuya-dono.
Pensé que eras alguien mimado… pero resulta que eres comprensivo.
Él volteó.
Directo.
Una mirada que no pestañeaba.
—¿Comprensivo?
—repitió.
Yo asentí.
Pero él no dijo nada enseguida.
Solo apoyó los antebrazos en las rodillas, mirando hacia el camino donde la gente pasaba.
Su postura cambió, más rígida.
Algo en su humor se volvió distinto, más serio que de costumbre.
—Asesiné a muchos hombres —dijo de repente—.
Escuché las últimas palabras de personas que no debí oír tan cerca.
Padres rogando.
Madres llorando por sus hijos.
Jóvenes… que ni barba tenían.
Todos con la misma mirada cuando entienden que no hay vuelta atrás.
Me quedé helada.
No por miedo, sino porque nadie hablaba así.
Y menos un general.
—Los maté por mi gente —continuó—.
Por mantener a salvo todo esto que ves.
Y aun así… no siempre duermo bien.
Yo lo observé sin respirar.
Estaba… siendo honesto.
Por completo.
—Vi a aliados cortar la nariz de las víctimas como trofeos —siguió, mascando la rabia—.
Las guardaban en bolsas como si fueran monedas.
Algunos hasta jugaban con ellas.
Nunca voy a poder mirar con ojos de amigo a Yarada.
Ese hombre es un psicópata de mierda.
Fruncí el ceño.
Ese nombre… ahí sí lo noté.
Lo había dicho con veneno puro.
—No recuerdo que hayas mencionado a Yarada en ninguna de tus cartas —dije.
—No.
Nunca lo mencioné.
Aunque lo raro es que los mensajeros no hayan compartido esa noticia.
Yarada no es precisamente discreto.
Intenté recordar.
Revisé mentalmente las visitas de Rineki-san, esas tardes donde llegaba empapado por la lluvia, dejando informes en la mesa.
Y ahí lo vi en la memoria: Touka Yarada.
Ese nombre imposible de olvidar.
La estrella del clan Yamada.
El clan con el que me van a comprometer.
Tragué saliva sin querer.
Todo el mundo me decía que el prometido era un “honor”, un futuro “provechoso”.
Quizás mi silencio se notó, porque Rikuya entrecerró los ojos.
—¿Lo conoces?
—preguntó.
—Rineki-san lo mencionó… —murmuré—.
Touka Yarada… el del clan Yamada.
—Ah.
—Su voz cayó seca—.
Sí.
Ese mismo.
El aire se puso extraño.
No incómodo, sino pesado.
No sabía qué decir.
Tampoco sabía si quería decir algo.
Respiré hondo.
No tenía caso esconder nada, no después de todo lo que él me acababa de contar.
—Cuando fijaron mi compromiso —empecé— sentí que… que me estaban enterrando viva.
No conocía al hombre, no sabía ni su cara, pero entendía bien lo que significaba.
No era una unión.
Era un trato.
Rikuya ladeó un poco la cabeza, escuchando.
No para juzgar.
Para entender.
Decidí, repetir todo, porque si el lo dijo con profundidad…
Porque no conte todo con detalles.
—Cuando murió Rihiren —seguí, con la garganta que me ardía más de lo normal— pensé que ya no valía la pena pelear nada.
Él era lo único que hacía que este lugar se sintiera… respirable.
Cuando lo vi ahí, quieto, sin moverse, sin abrir los ojos cuando lo llamé… —me froté la palma contra la rodilla— me quedé tan vacía que por semanas dormí con la idea de no querer despertar otra vez.
Rikuya no movió ni un dedo, pero su atención se volvió afilada.
—Ya me lo dijiste.
—dijo.
Asentí.
Porque era verdad.
—Todos me seguían diciendo “honor”, “deber”, “prestigio”, pero ninguna de esas palabras me salvó de sentir que mi vida estaba siendo usada como una tabla en el tablero de alguien más.
El viento sopló suave, levantando un poco de polvo.
Rikuya respiró hondo, como si mis palabras le hubieran movido algo.
Me dio una risa suave y triste a la vez.
—¿Por qué no te rebelaste nunca?
—pregunté.
—Rebelarme era poner en riesgo a toda mi casa.
No podía hacerlo.
—Se encogió de hombros con un gesto que era más cansado que resignado—.
Así que seguí.
Peleé.
Gané.
Y ahora todos me llaman “esperanza del clan”.
Yo solo… cumplo con lo que se espera.
—Eso suena solitario —dije sin pensarlo.
—Lo es.
Hubo un silencio que no dolió.
Era un silencio donde ambos pensábamos, no donde queríamos escapar.
—Rikuya-dono —murmuré, apoyando la espalda un poco más en la piedra—.
¿Siempre fue así?
¿Tu vida entera?
—Desde que tengo memoria.
Cuando vi mi primera batalla, era tan pequeño que hasta la armadura me quedaba grande.
Me hicieron mirar cómo moría un hombre en frente de todos.
“Para que entiendas lo que es proteger”, dijeron.
Lo único que entendí fue que el mundo era feo.
Y que la gente espera demasiado de los niños que no saben ni lo que quieren ser.
Me llevé una mano al pecho sin darme cuenta.
Esa escena… era tan fácil de imaginarlo.
—Supongo que por eso te gusta ver a la gente reír —dije bajo—.
Porque ya viste suficientes muertes.
Rikuya no respondió enseguida.
Luego afirmó, suave: —Sí.
Exactamente por eso.
Y hubo algo ahí.
No un acercamiento, no una intención rara.
Solo… reconocimiento.
Dos personas que entendían que el mundo había sido duro con ambos, cada uno a su manera.
Yo lo miré de reojo.
—No eres mimado —dije finalmente—.
Eres alguien que aprendió a vivir con demasiado peso.
Él soltó una exhalación que parecía mitad risa, mitad alivio.
—Y tú, Ayame… eres más fuerte de lo que crees.
Aunque sigas tropezándote en los entrenamientos.
—Podrías dejar de recordármelo —dije sin poder evitar sonreír.
—No pienso mentirte para hacerte sentir bien.
—Lo sé.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Nael_Dalap pronto lo acomodare, siento que falta algo jeje
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com