OSHIKURA - Capítulo 9
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
9: El precio de querer ser util (4/6) 9: El precio de querer ser util (4/6) Camino lento.
Cada paso que doy hace que la punta de mi katana raspe la tierra.
El sonido es áspero, irregular, casi como si la hoja también estuviera cansada.
La tierra sigue temblando por los ecos de la batalla, aunque los hombres ya dejaron de gritar.
Todo está quieto.
Todo menos mi respiración.
Las voces de antes todavía golpean mis oídos, el choque de las katanas se repite en mi cabeza como campanas rotas.
Mis manos están rojas, cubiertas de sangre que no es mía.
Un hilo seco baja del nudillo hasta la muñeca.
Me arde el ojo izquierdo; está hinchado.
Todavía veo borroso por ese lado.
Murmuro sin parar, con los dientes apretados: —Tengo miedo… tengo miedo… tengo miedo… Lo repito no porque quiero, sino porque no sé cómo detenerlo.
Atrás de mí hay más cuerpos de los que puedo contar.
Soldados adultos.
Jóvenes que tenían mi edad hace dos horas, antes de que la guerra los envejeciera para siempre.
Ellos ya no respiran.
Yo sí.
No sé si es un premio o un castigo.
Tengo catorce años.
Mi primera campaña.
Y acabé con centenas de hombres.
Ni siquiera sé en qué momento dejé de sentir los cortes en mis brazos.
Me rasco el antebrazo izquierdo, justo donde sostengo la katana.
La piel me arde, pero no me detengo.
Me rasco más fuerte.
Siento que algo se desprende.
La sangre empieza a bajar por el codo.
No me importa.
Si dejo de rascar, voy a temblar.
Mis compañeros de guerra me miran.
Bueno, los que quedan vivos.
Unos pocos moribundos.
Me siguen con los ojos hundidos, sin entender por qué camina un niño entre los muertos.
No tienen fuerzas para hablarme.
Ni para juzgarme.
Sus miradas dicen suficiente.
Sigo murmurando.
Más rápido.
Más fuerte.
—Tengo… tengo miedo… tengo miedo… Hasta que choco con algo.
O con alguien.
Caigo sentado, golpeándome la espalda contra el suelo.
La katana casi se me escapa.
Al levantar la cabeza veo una sombra.
Alta.
Inmóvil.
El aire alrededor de esa persona pesa más que el humo de la batalla.
Ren Hiyawa.
El hombre que incluso entre soldados se mueve como si no temiera nada.
Me empujo con una mano y me pongo de pie.
Estoy llorando, pero mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
Levanto la katana.
No tiembla.
No sé cómo.
Él me observa como si estuviera evaluando un objeto que no esperaba encontrar.
—¿Tú mataste a todos esos hombres?
—pregunta sin asombro ni enfado, solo curiosidad.
Lo miro fijamente.
Esta vez no desde el miedo, sino desde una extraña rabia que me hierve en el pecho.
—Soy Rikuya Tsuba —respondo con la voz ronca—.
Perteneciente al clan Tsuba.
Ren baja levemente la cabeza.
Luego adopta su postura.
Su cuerpo queda de lado, casi ofreciéndome un blanco que sé perfectamente que no lo es.
Sus pies se alinean.
La mano izquierda protege el centro.
La derecha sostiene la katana elevada, la punta dirigida exactamente hacia mi frente.
Sus ojos, clavados en los míos, ni parpadean.
—Ren Hiyawa —dice—, del clan Shibata.
No tengo tiempo de pensar.
Él se adelanta un paso como si fuera a atacar, pero sé que es un engaño.
Agacho el cuerpo y meto la mano en la tierra.
Puñado firme.
Lo lanzo directo.
La dirección es perfecta.
Pero Ren ya no está ahí.
Izquierda.
Giro apenas a tiempo.
Ren aparece como si hubiera nacido ahí mismo.
Su tajo viene rápido, demasiado para mis catorce años.
Levanto la katana para bloquear, y lo hago, pero el impacto me adormece el brazo.
Antes de recuperar el aliento, su pierna entra directo en mi abdomen.
No siento dolor al principio.
Solo vuelo.
Caigo rodando.
Levanto polvo.
Pero no me quedo quieto.
Otro puñado de tierra.
Lo lanzo sin mirar.
Esta vez sí le cae en la cara.
Ren cierra un ojo.
Agita la cabeza.
Eso me da un segundo.
Recojo una daga que aún está en la mano abierta de un compañero muerto.
La lanzo con todas mis fuerzas.
Ren la desvía como si fuera una rama cayendo del viento y suelta una risa baja.
—Vaya habilidad tienes, niño.
Corro hacia él.
Golpeo.
Tajo.
Estocada.
Tajo.
Giro.
Ren bloquea todo sin retroceder.
No ataca con la katana.
No todavía.
Me empuja, me da golpes con el puño, con el hombro, con la pierna.
Me hace perder ritmo.
Respeto.
Control.
Mis ataques se vuelven torpes.
Mis manos sudan.
Mi respiración se corta.
Empiezo a sentir ese miedo viejo y podrido.
Ren me patea en el costado.
Vuelo otra vez.
La katana sale despedida y cae lejos.
Antes de que pueda arrastrarme hacia ella, siento la punta fría de la suya rozándome el cuello.
Una gota de sangre baja por mi garganta.
Me congelo.
—Si quieres vivir, no te muevas —dice Ren.
Obedezco apretando los dientes.
—¿Por qué luchas?
No respondo.
—¿Cuántos hombres tiene tu señor protegiéndolo?
Sigo en silencio.
Ren baja su katana.
La guarda con un clic que suena más fuerte que toda la batalla.
—Tus padres están muertos, ¿verdad?
Mi mandíbula se tensa.
Mis ojos lo confirman sin querer.
Ren me mira un segundo más.
Luego me golpea fuerte en la sien.
Todo queda negro.
Abro los ojos.
Me toma un momento entender dónde estoy.
El aire huele a hierba recién movida por el viento.
No hay cadáveres.
No hay gritos.
No hay sangre.
Es la colina.
Es de tarde.
Mi respiración baja sola.
Ayame está a mi lado… dormida.
Su cabeza inclinada hacia mí.
Respira lento.
Su cabello negro cae sobre su rostro.
Una mechita le roza la mejilla.
La observo sin moverme.
Mis manos… mis manos ya no están llenas de sangre.
El temblor sigue, pero es leve, como el resto de un recuerdo que aún no termina de soltarse.
Llevo una mano a su cabello.
Lo acomodo detrás de su oreja.
Es suave.
Por un instante veo otra cara.
Más pequeña.
Más alegre.
La de mi hermana, la que perdí en aquella campaña donde Ren me tomó.
Un punzón en el cráneo me obliga a cerrar los ojos.
Recuerdos vuelven en embestidas: Ren disciplinándome, enseñándome a no temblar, a no huir.
Cómo el odio que le tenía se convirtió lento en respeto.
Cómo el respeto se volvió obediencia.
Cómo, sin darme cuenta, aprendí a admirarlo.
Me viene también la carta de hoy.
Tensiones con el clan Kamisaka.
Dicen que el matrimonio entre Ayame y otro clan despertó rumores de traición, de desequilibrio.
Que vendrán movimientos.
Y sangre.
Ayame se mueve un poco.
Su brazo, sin querer, se enrolla en mi pierna.
Aprieta suave, como quien busca calor en sueños.
Susurra: —Rihiren… La escucho.
Y sonrío sin querer.
Ella no sabe lo que arrastro.
Ella tampoco sabe cuánto me importa mantenerla fuera de esto.
La miro otra vez.
Tan cerca.
Tan tranquila.
Le acomodo un mechón.
Y murmuro con voz baja, firme: —Te protegeré con mi vida, Ayame.
No porque sea mi deber.
Porque quiero hacerlo.
El camino se sentía más largo de lo normal.
La noche estaba fría, pero mis pasos seguían firmes.
A mi lado, Ayame avanzaba casi tambaleándose, medio dormida, con la cabeza inclinándose cada tanto como si luchara contra el cansancio.
—Rikuya-dono… —su voz salió arrastrada, blanda— ¿alguna vez te has enamorado?
No detuve el paso.
Solo la miré de reojo.
—Algo parecido —dije—.
Desde que llegué aquí.
Ella respondió con un simple: —Ya veo… Sonó triste, como si no pretendiera que yo notara ese matiz.
Siguió caminando, mirando el suelo.
Pero a los pocos pasos se detuvo y, de golpe, pareció despertar de verdad.
Se tocó las mejillas con ambas manos, como si hubiera escuchado sus propias palabras recién ahí.
Una sonrisa torpe se asomó, apenas, pero suficiente para encenderle el rostro.
Yo desvié la mirada.
No por vergüenza.
Por memoria.
Mi mano se posó sobre un punto exacto de mi armadura, donde guardaba algo pequeño, rígido y envuelto en tela para que no se deteriorara.
La estrella de hilo.
Aquella que Hinaka me había dado.
El recuerdo se abrió solo.
Yo estaba entrenando en el patio del clan, sudando y tratando de seguir el ritmo de mi padre.
Hinaka apareció corriendo, escondiendo algo detrás de ella.
Tenía esa sonrisa que siempre usaba cuando estaba orgullosa de entregar cariño.
—Hermanito, adivina qué tengo aquí —dijo, asomándose con entusiasmo.
Ni levanté la cabeza.
—No me interesa, Hinaka.
Ella se quedó quieta unos segundos.
Luego sonrió igual, como si mis palabras nunca dolieran.
Así era ella.
Cuando me veía cansado o con el ánimo por el suelo, siempre intentaba abrazarme, siempre insistía en hacerme sentir acompañado.
Y yo… yo solo sabía apartarla.
El recuerdo cambió de golpe.
El campo de batalla.
El humo.
Los gritos.
La invasión fallida contra el clan Shibata.
Mi vista atrapada en un instante que nunca pude borrar: Hinaka cayendo.
La sangre.
Sus manos temblando.
Su sonrisa rota.
La impotencia me devoró, tanto que terminé matando a cualquiera que se cruzara frente a mí.
Y a mi propio padre… porque no fue capaz de protegerla.
Ni a ella ni a mí.
Mis dedos apretaron la estrella bajo mi armadura.
Caminar junto a Ayame me revolvía todo eso.
No porque se pareciera realmente a Hinaka.
No en su forma de hablar, ni en su manera de mirar el mundo.
Pero su rostro… su rostro tenía esos rasgos que no podía olvidar.
La primera vez que la vi, sentí que el pasado me había golpeado sin aviso.
Y ahora, con ella medio dormida, sonriendo sin darse cuenta del peso de mis palabras, entendí algo que llevaba tiempo evitando: tal vez tenía una oportunidad.
No de reemplazar a Hinaka.
Sino de dejar de seguir matando a la gente como si quisieran arrancarme lo poco que me quedaba.
Ayame dio un pequeño tropezón y me miró, aún con la sonrisa tímida.
—No… no sé por qué reaccioné así —balbuceó.
Seguí caminando.
—Estás cansada —respondí.
—Eso también —murmuró, siguiéndome.
No dije nada más.
Ni ella.
Pero el silencio no pesó como siempre.
Fue… distinto.
No cálido, ni tierno, ni esas tonterías.
Solo… posible.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com