Otros Invocan Dragones, Yo Invoco Caballeros Legendarios - Capítulo 273
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Capítulo 273: Reencuentro / La mirada de muerte de la esposa
Unas horas más tarde, Godfrey y Victoria caminaban por la calle hacia la casa de él cuando vieron a Ronald.
Estaba de pie fuera, mirando en la otra dirección. Era obvio que Ronald había estado esperando el regreso de su hijo.
Cuando se giró hacia ellos, Victoria se rio entre dientes. —A papi le preocupa que vuelvas tarde.
Godfrey le lanzó una mirada de reojo, pero su expresión no cambió. Por desgracia, Victoria lo llevó a otro nivel.
—Es adorable —dijo ella con una sonrisa radiante, y aceleró el paso hacia Ronald—. Veo que te lo está poniendo difícil. —Le susurró al oído y se dirigió a la puerta.
—Quiero que hablemos —le dijo Ronald a Godfrey, que pasó a su lado y en ese momento subía la escalera, directo hacia la puerta.
Godfrey se detuvo.
Un suspiro escapó de los labios de Ronald. —… ¿Te gustaría hablar? Si no quieres, podemos hacerlo en otro momento.
—Si tienes algo que decir, es mejor que lo digas ahora. —Godfrey se sentó en la escalera, de cara a su padre.
Ronald se sentó a su lado, parpadeó y lo miró por el rabillo del ojo derecho. —He oído que tenías los ojos azules —le dijo a Godfrey mientras observaba aquellos ojos antinaturales que le devolvían la mirada.
—¿Es eso lo que querías decir?
—Sé que estás molesto, pero por lo que he oído de tu madre, siento que no te resistes a quién soy, sino que te resistes porque podría ser un impostor.
Godfrey entrecerró los ojos ante las palabras de Ronald.
—Lo entiendo. Con todo lo que han pasado, sería extraño que no sospecharan; deben de tener cicatrices muy profundas. Y, sin embargo, aun así quieres aceptarme, necesitas razones de las que no se pueda dudar. ¿No es así?
Padre e hijo se miraron.
Ronald miró al cielo, lleno de incontables estrellas pero sin luna. —¿Sabes lo grande que es este universo? Hay incontables razas ahí fuera, incluso la de las hormigas, y por encima de estas razas se alzan seres llamados dioses Titulados, entidades que están en la cima. A través de múltiples mundos con billones y billones de existencias, solo hay unos pocos miles de ellos. Tuve la suerte de conocer a una, la Tejedora del Destino Dorado.
Se giró hacia Godfrey. —Una diosa elfa, y me dijo que mi futuro sería tejido por mis manos porque el original se había ido…, lo que significa que yo había muerto, mi historia había terminado, ya no había necesidad de un Ronald Daniels.
Godfrey frunció el ceño.
—Vi mi verdadero destino. Morí el día que naciste, sacrificando mi vida para hacer retroceder a esos orcos, y entonces vi el nuevo. Esta vez, había un hombre a punto de dárselo de comer a su invocación. Acababas de nacer, esa parte la has visto.
Ronald sonrió con dulzura. —Aunque lo detuve, ese día perdí el valor. Me acobardé por el miedo de que alguien fuera a por ti, lo que resultó en la pérdida de mi brazo, pero sobreviví. Era mejor ser un cobarde y vivir para protegerlos a ti y a tu madre.
—Es extraño, pero fue gracias a ti que estoy vivo, porque el destino original era que perdieras a tu viejo el día en que naciste. Se supone que no debías tener un padre. —Ronald se giró hacia Godfrey y parpadeó al ver la expresión de asombro de su hijo.
«Oh, siempre me lo he preguntado. ¿Cómo te encargaste del prisionero que las autoridades liberaron para matarte? Era su última opción, así que ¿cómo derrotaste a alguien que podía teletransportarse a tu pasado y matar a una versión más débil de ti?».
Recordó una pregunta que Snow le había hecho en los pocos días que estuvieron juntos. Podía recordar claramente que, después de derrotar al rastreador, se quedó mirando aquel edificio derruido.
Se suponía que alguien debía estar allí, alguien estaba con el domador, pero esa persona se había desvanecido sin dejar rastro ese día.
Realmente no le había dado mucha importancia, pero pensar que lo que debería haber sido su muerte acabó cambiando el destino de su padre y trayéndolo de vuelta…
—¿Dudas de mí? Sé que no lo viste en la resonancia de memoria dorada, pero es porque no puede captar momentos con un dios Titulado. Fue ella quien me dio esa habilidad y también fortaleció mis habilidades.
Los hombros de Ronald se hundieron. —Tuve que hacerlo. Tuve que convertirme en un seguidor, o no habría sido capaz de alcanzar mi fuerza actual. ¡Eso no significa…!
Ronald se sorprendió al ver sonreír a Godfrey. Era una sonrisa radiante y llena de alivio.
—Deberíamos entrar. —Se puso en pie y le tendió la mano a su padre. Su tono era ligero, su rostro brillante, incluso cuando sus ojos permanecían en Apagón.
«Supongo que ni siquiera Caín esperaba este giro».
Ronald sonrió, tomó la mano de su hijo y se levantó.
Ambos hombres oyeron un chillido procedente de la ventana.
Ronald se aclaró la garganta mientras Godfrey abría la puerta, observando a su madre y a Victoria, que estaban sentadas en sofás separados fingiendo no haber estado escuchando su conversación a escondidas.
—Papá dijo que conoció a una hermosa diosa elfa —anunció Godfrey.
—¡¿Qué?! —Valentina giró bruscamente la cabeza hacia Ronald, que estaba conmocionado por el repentino golpe verbal.
—¡Tsk! —Victoria chasqueó la lengua.
—Solo estaba bromeando —sonrió Godfrey—. Mamá, papá, necesito presentarles oficialmente a alguien.
Godfrey invocó a Isolde. Se abrió un portal y ella apareció.
Normalmente, la mente de un invocador estaba conectada a la invocación, razón por la cual podían aparecer reaccionando a la situación, pero Isolde era diferente. Estaba muerta antes de ser revivida y su mente ya estaba conectada con miles de dragones, una raza entera.
Su título de Madre de Dragones era el de un progenitor, lo que la convertía en un ser completamente único que había jurado lealtad a la Orden Dorada.
Y por eso, Isolde apareció con un camisón blanco y una bata de encaje por encima. Se estaba frotando los labios con un brillo de labios en la mano derecha.
Al ver a los padres de Godfrey, el brillo de labios se le cayó de la mano. Su corazón dio un vuelco mientras sus ojos dracónicos localizaban con una mirada asesina al hombre responsable de esto.
Quería matarlo.
Isolde acababa de probarse diferentes tipos de picardías que había encargado. Según los estándares de la Tierra actual, se encontraba entre la clase de las modelos en términos de belleza. Era consciente de su aspecto, pero aun así quería hacer otro esfuerzo intencionado para volver loco a Godfrey, de ahí los sensuales picardías.
Pero acababa de cambiarse y se estaba examinando el rostro cuando esto ocurrió.
¡Santo cielo!
Godfrey sonrió con torpeza, y sus ojos volvieron a ser de un azul oceánico.
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