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PAKNEY - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 El primer paso a un Universo desconocido
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1: El primer paso a un Universo desconocido 1: El primer paso a un Universo desconocido En una habitación cuyo techo parecía un pedazo del cielo estrellado, una hilera de muñecos descansaba en una repisa: héroes de videojuegos, criaturas de juegos y figuras que contaban historias silenciosas.

Frente a la pantalla, una chica de cabello negro y ojos marrón claro jugaba concentrada, con un trozo de pan mordido en la mano.

—A ver, a ver…

si te metes en mi guarida, no respondo por tu seguridad —murmuró mientras tecleaba con rapidez.

El juego en su pantalla mostraba a su avatar rodeado de enemigos.

Era Runger, un juego de rol que la tenía atrapada desde hacía años.

—¡Ah, con que esas tenemos, ¿eh?!

¡Bien, voy por ti!

—exclamó, inclinándose hacia el monitor con una sonrisa.

Una voz la sacó de su batalla.

—¡Elizabeth!

¿¡Ya fuiste por lo que te pedí!?

—gritó su madre desde la cocina.

—¡Ay, se me olvidó!

¡Ya voy!

Cerró el juego a toda prisa, se puso unas sandalias, agarro del perchero un bolso, bajando las escaleras, tomó el dinero de la mesa.

—Exhala —murmuró su madre con resignación—.

Esta niña, por Dios…

Salió al calor de la tarde caleña.

El sol se reflejaba en los techos, y el aire olía a mango verde y gasolina.

Caminó distraída hasta que su celular vibró.

—¡Elizabeth!

—la voz de Mia casi le perforó el oído—.

¡Te he mandado mensajes y no contestas!

—Perdón, estaba jugando.

Hasta olvidé ir al supermercado, jaja…

—No importa —replicó Mia, bajando el tono—.

Mañana saldremos con Yury y Amelia.

Quiero visitar ese restaurante nuevo del sur.

¡Muero por probarlo!

—¿En serio?

No tenía idea —dijo Elizabeth, algo sorprendida.

A diferencia de Mia, ella casi no salía—.

Me apunto.

¿A qué hora?

—A las 9:30 a.m., en el Cosmo, entrada 2.

¡No llegues tarde!

—Sí, sí, tranquila.

Nos vemos, bye bye.

Guardó el celular en el bolsillo y suspiró.

(Justo voy para allá…

tal vez busque el local, aunque ni sé el número).

Dentro del supermercado, caminó entre los pasillos hasta hallar lo que buscaba.

—Queso tajado…

listo.

—Levantó el paquete, revisó la fecha y sonrió—.

No estás vencido, perfecto.

El celular volvió a vibrar.

Mia, otra vez.

—¡Elizabeth!

Espero contestes esta vez .-.

—decía el mensaje.

—Disculpa, ya los vi ‘:) —respondió rápido.

—Recuerda, mañana 9:30 a.m.

—Sí, sí, ya lo tengo anotado.

Voy a pagar, hablamos luego.

Pagó, pero antes de irse, un estante lleno de chocolates la tentó.

—Mmm…

está bien, uno no hace daño.

—Tomó uno y rió.

Al salir del centro comercial, una señora la detuvo.

—¿Niña, estás perdida?

—¿Eh?

No, solo estoy caminando un poco, pero gracias.

—Ah, disculpa, creí que…

bueno.

—La mujer se alejó algo apenada.

Elizabeth suspiró.

(Otra vez…

lo malo de parecer más joven de lo que soy).

Se sentó en una banca frente a la calle.

El cielo empezaba a dorarse con el atardecer.

Sacó un libro del bolso y comenzó a leer, mientras la ciudad seguía su rutina.

—Como me encanta este libro…

—murmuró Elizabeth, pasando la última página.

Alzó la vista y miró el celular—.

¿Ah?…

¡¿Qué?!

¡Ya está tarde!

Guardó el libro apresurada y comenzó a correr.

Las luces del vecindario titilaban, y las sombras de los árboles se alargaban bajo los faroles.

Cuando llegó frente a su casa, abrió la puerta con cuidado, intentando no hacer ruido.

No funcionó.

—¡Elizabeth!

¿Por qué te tardaste tanto?

¡Me tenías preocupada!

—la voz de su madre resonó desde el comedor, con esa mezcla entre enojo y alivio.

Elizabeth tragó saliva.

—Ah… sí, madre.

Perdón.

Me quedé leyendo un libro y…

se me pasó el tiempo.

Su mirada se detuvo en la chancla que reposaba, amenazante, sobre la mesa.

—¿Qué voy a hacer contigo…?

—suspiró Marisol, cruzándose de brazos—.

Es la segunda vez que te quedas leyendo en la calle.

Espero que no vuelva a pasar.

Tomó la chancla, la levantó con firmeza y la dejó caer al suelo con un golpe seco.

—La próxima vez, al menos llama antes de desaparecer.

Y por favor, que no se repita.

—Está bien, madre.

Lo intentaré…

—dijo Elizabeth, con una sonrisa nerviosa—.

O bueno, trataré de no leer tanto afuera.

—Eso espero —respondió Marisol, suavizando la voz—.

Ah, tu hermano te estaba esperando para jugar un rato.

Ve a ver si todavía quiere.

—Entendido.

Elizabeth subió las escaleras.

La casa estaba en silencio, salvo por el zumbido del ventilador y el eco de sus pasos.

Empujó la puerta del cuarto de su hermano.

La habitación estaba casi a oscuras, iluminada solo por el resplandor azul del monitor.

—Te estaba esperando, hermana…

—dijo una voz grave, mientras el sillón giraba lentamente.

Elizabeth arqueó una ceja.

—¿Qué se supone que haces?

Rengy sonrió con dramatismo.

—Intentaba añadir un poco de suspenso a tu llegada.

Ambos rieron.

La tensión se disolvió en segundos.

—Olvida eso —dijo él, moviéndose a la cama—.

¿Por qué tardaste tanto?

Mamá estaba a punto de salir a buscarte.

—¿En serio?

—respondió, sentándose frente al escritorio—.

Lo noté cuando entré… —Aunque no lo creas, estaba furiosa.

Si no fuera porque papá la calmó, probablemente no estarías viva ahora —bromeó.

—Ay, ya…

—dijo ella, dejando caer el libro sobre la cama—.

Es que me quedé leyendo esto.

—¿Otra vez el libro que te dio papá?

Si no me equivoco, ya vas por la cuarta lectura.

—Y no me arrepiento —respondió con orgullo—.

Leerlo es disfrutable; cada vez encuentro algo nuevo que antes no vi.

Rengy asintió, observando la portada.

—Ese libro tiene algo…

te deja con la sensación de que todo es posible.

Es casi mágico.

Elizabeth sonrió.

—¿Verdad que sí?

—Oye, cambiando de tema —dijo él, enderezándose—, necesito ayuda con mi reino animal en Runger.

—¿Te están atacando?

—Sí.

Un grupo de aventureros entró a mis tierras.

Están cazando sin piedad, destruyendo el bosque…

—dijo con una gravedad fingida.

—Ya veo.

Espera, enciendo la computadora.

Pasaron las horas entre risas y clics de ratón.

—¡Eso, huyan cobardes!

—gritó Elizabeth triunfante.

—No pensé que resistieran tanto…

pero al final huyeron —comentó Rengy, mirando su celular.

—Los dejé escapar a propósito —replicó ella con una sonrisa pícara.

—Si mamá nos ve despiertos a esta hora, la bronca que nos espera… —dijo él, poniéndose de pie.

—En unos minutos voy a dormir.

—Está bien, hermanita.

No te quedes hasta tarde —le dijo, saliendo del cuarto—.

Descansa.

—Descansa tú también.

Elizabeth apagó la computadora, se cambió y se metió en la cama.

Por costumbre, miró hacia el techo, donde las estrellas pintadas aún brillaban débilmente bajo la luz nocturna.

—¿Cómo sería viajar por el espacio?

—susurró—.

Me gustaría ver qué hay más allá…

Lástima que, en este universo, no se pueda salir del planeta.

Cerró los ojos.

El reflejo de la luna se filtró por la ventana, bañando su rostro con una luz pálida.

Durante unos segundos, el silencio fue perfecto.

Y así, entre pensamientos de galaxias imposibles, se durmió profundamente.

Pero, mientras su respiración se volvía más lenta, algo comenzó a cambiar.

El aire pareció hacerse más pesado.

Las estrellas del techo titilaron una vez…

luego otra, más fuerte.

Y entonces, la habitación dejó de ser solo su habitación.

— —¿Tanta luz…?

¿Ya amaneció tan rápido?

—murmuró entre sueños, llevándose una mano al rostro.

Parpadeó.

Todo era blanco.

No había techo, ni paredes, solo un espacio infinito, suave y silencioso.

—¿Un cuarto…

en blanco?

—se incorporó lentamente, confundida—.

Ah, claro, debo estar soñando.

Intentó dar un salto, esperando flotar como solía hacerlo en sus sueños.

Pero cayó torpemente al suelo.

—Vaya… debería poder volar.

Entonces escuchó una risa, tenue, casi como una melodía.

—Aquí no vas a poder volar a tu antojo —dijo una voz femenina, cálida y serena—, aunque… podría hacer que lo hicieras.

Elizabeth giró con sobresalto.

A unos metros, una mujer descansaba en una silla que no recordaba haber visto antes.

Su vestido largo, de un blanco azulado, parecía brillar por sí mismo.

Sus ojos, mezcla de amarillo y turquesa, tenían una profundidad que daba vértigo.

Sus orejas puntiagudas completaban una presencia imposible de ignorar.

—¿Quién eres…?

—preguntó Elizabeth, incapaz de ocultar su asombro—.

(Jamás había tenido un sueño tan claro).

—penso mientras veía a su alrededor.

La mujer sonrió con dulzura.

—Me llamo Binad.

Podría decirse que soy un ángel… o casi un dios.

—Su voz sonaba como un eco en el aire, ligera y firme a la vez.

—¿Un ángel?

—repitió Elizabeth, frunciendo el ceño—.

Ese nombre…

es de uno de los cuerpos… Binad rió suavemente.

—Sé lo que estás pensando, pero no pertenezco a este universo.

El lugar del que vengo está más allá de todo lo que conoces.

Elizabeth la observó en silencio.

El suelo blanco reflejaba sus pies descalzos como si flotaran sobre una nube sólida.

—Entonces…

¿por qué estás aquí?

—preguntó con un tono que mezclaba curiosidad y temor.

Binad cerró los ojos un momento, y su voz se volvió más grave, más real.

—Elizabeth Dalia Mora Arias…

—dijo, pronunciando cada palabra con una calma solemne—.

Has sido elegida para ir a nuestro universo.

El silencio se hizo más denso, como si el aire mismo esperara su respuesta.

—Necesitamos tu ayuda —dijo el ángel con voz suave, pero cargada de una gravedad que atravesaba el silencio—.

Nuestro universo está al borde del colapso.

Te pedimos el favor de ayudarnos a salvarlo.

—Se inclinó con respeto.

Elizabeth parpadeó, dudando si responder o reír.

—(Todavía no me he despertado… y el sueño no ha cambiado.

Supongo que no pasa nada si le sigo el juego…) —Pensó, antes de decir con voz insegura—.

Bien, digamos que digo que sí… Se cruzó de brazos, algo escéptica.

—Primero que todo… si voy a otro universo, ¿tendría algún cambio?

¿Como mi cuerpo?

¿Y si muero allá, ya no volvería al mío?

¿Y el tiempo?

¿Cómo se manejaría eso?

Binad la observó con una expresión entre curiosa y divertida.

—Eres la segunda que pregunta tanto —respondió riendo suavemente—.

La mayoría suele preguntar si tendrán superpoderes o simplemente dicen que sí sin pensar.

Elizabeth enrojeció un poco.

—Bueno… hay que tener claros los términos, ¿no?

—Si decides ayudarnos —continuó Binad, con tono más serio—, podrías experimentar cambios físicos menores: tono de piel, color de cabello o estatura.

En caso de morir… regresarás a tu universo, aunque sin posibilidad de repetir.

—Como un videojuego con una sola vida —murmuró Eli, medio para sí misma.

—Ah… y el tiempo —añadió el ángel—.

No debes preocuparte.

En nuestro universo el tiempo pasa más rápido.

Podrías pasar mil años allá y, en tu mundo, no habría pasado ni una milésima de segundo.

Elizabeth abrió los ojos, impresionada.

—Eso suena… interesante.

—Luego bajó la mirada, pensativa—.

Si esto fuera real… tendría que pensarlo bien.

¿Y si acepto?

¿Qué tendría que hacer para ayudar?

—Nuestro universo —explicó Binad, su voz adquiriendo un tono solemne— está siendo consumido por una corrupción que afecta el alma.

Es la maldad de los seres pensantes, creciendo hasta volverse tangible.

Ha alcanzado los planetas y contamina también a los animales.

Elizabeth alzó una ceja.

—Suena grave… pero tú eres un ángel.

¿No podrían resolverlo ustedes?

—Nuestros habitantes se han perdido en los placeres del mundo.

No escuchan nuestros llamados —respondió con tristeza—.

Los pocos que aún pueden ayudarnos no logran superar las pruebas de los templos Evoluty.

Por eso buscamos a personas de otros universos.

—¿Templos Evoluty?

—repitió Eli, interesada—.

¿Y qué tengo yo que otras personas no?

—Los templos te otorgarán el poder de enfrentar la corrupción, con habilidades parecidas a las mías.

Aún no sabemos cómo afectará a alguien de otro universo, pero… —la miró fijamente— si estoy aquí, es porque has sido elegida por nuestro Señor.

—¿Elegida?

—pensó con ironía—.

Ja… sí, claro, seguro he visto demasiadas series últimamente.

—Luego dijo en voz alta—.

¿Y qué tengo que hacer en el templo?

—Pasarás pruebas únicas para tu alma.

No puedo decirte cuáles, pero tus logros determinarán el poder que recibirás.

—¿Y tú me enviarás allá?

—Solo te teletransportaré cerca.

Te guiaré, pero de forma sutil.

—(Bueno… no parece de fiar, pero si esto fuera real, no pierdo nada con decir que sí…) —suspiró—.

Bueno, si muero, ¿me devuelves, no?

Binad llevó una mano al pecho y levantó la otra.

—Palabra de ángel.

Elizabeth sonrió.

—Muy bien, acepto.

—¡Gracias!

—respondió Binad, irradiando una luz suave—.

Te estaré teletransportando en unas horas… o quizá tarde un poco más.

—Solo que no sea en el día —pidió Eli, medio en broma.

—Lo tendré en cuenta —dijo Binad, sonriendo.

La escena comenzó a desvanecerse, como si el aire se derritiera en luz.

—(¿Cómo que <<lo tendré en cuenta>>?

Nah… qué importa…) —pensó Eli, mientras todo se volvía blanco.

— La mañana siguiente…

El canto de los pájaros la despertó.

El sol entraba por la ventana con una calidez familiar.

Elizabeth se estiró y frotó los ojos.

—Ah… siento que soñé algo importante… pero ¿qué era?

—murmuró.

Frunció el ceño, intentando recordar—.

¡Ah!

No me acuerdo… Al ver el reloj, saltó de la cama.

—¡¿Qué?!

¡Las 9:32!

Agarró el celular: decenas de mensajes de Mia.

—¡Elizabeth!

—decía uno— ¿Dónde estás?

Ya llegamos.

Ella respondió de inmediato: —¡Me quedé dormida, voy corriendo!

Se duchó a toda prisa, bajó las escaleras y gritó: —¡Voy a salir, vuelvo tarde!

—Cuídate y presta atención —respondió su padre sin despegar la vista del celular.

—Desayuna al menos —dijo su madre, colocando un plato sobre la mesa.

—No tengo tiempo, ¡llego tarde!

La mirada de su madre bastó para detenerla.

—Está bien… comeré rápido.

Minutos después, salió rumbo al centro comercial, aún ajustándose la chaqueta.

Luego de unos minutos…

Llega al centro comercial —¿Adónde era que quedaba ese local?

A ver, miro el celular.

Hmm, ¡soy muy mala ubicándome!

(Ahora que lo pienso, tal vez por eso…) —¿Niña, necesita ayuda?

—Dice un guardia de seguridad —(Vaya…

¡pero la otra vez si sabía dónde iba!) ¿Sabes de casualidad donde está el local 12?

—Sigue derecho por este pasillo y luego gira a la derecha —Gracias —Dándole una sonrisa, para luego irse.

Llega con sus amigas.

La reciben con reproches por su tardanza.

Mia, en un gesto, le tira de la oreja mientras Yury y Amelia no pueden evitar reírse.

Después de un paseo lleno de risas y conversaciones, visitan el local donde Elizabeth había visto unos zapatos.

Exploran, hacen compras y comparten una tarde agradable.

Cuando anochece, se despiden.

—¡Adiós, chicas!

Estuvo súper el día —Exclamó con el entusiasmo aún fresco en la voz.

Amelia se acercó con ese tono suave que siempre usaba cuando hablaba de cosas especiales.

—Cuídate, Eli.

Luego te recomendaré un libro del espacio.

Pensé en ti, ya sabes que esos temas te encantan.

—Estaré esperándolo —Respondió, devolviéndole la sonrisa como quien guarda un pequeño secreto en el pecho.

Mia, con su humor siempre listo, levantó las cejas y bromeó: —Yo también la pasé bien.

Aunque la próxima vez, intenta despertar más temprano… y que las cobijas no te tomen como rehén, ¿eh?

Todos rieron.

Incluso Yury, que se mantenía más callada, se acercó y dijo con sinceridad: —Adiós, Eli.

Yo también disfruté mucho… Espero que me ayudes con Runger.

—Claro, mañana me conecto y te explico —Algo divertida ya que se me olvidó… —¡Bien!

Nos estamos hablando.

Las observó con atención mientras se alejaban, como si quisiera guardar cada detalle de sus risas en la memoria.

Al cruzar la calle, de pronto, un auto pasó peligrosamente cerca.

El corazón de Eli dio un vuelco, y sus amigas reaccionaron al instante.

—¡Nos vamos contigo!

—Dijeron, tomándola del brazo entre risas nerviosas.

Ya en la casa… —Jaja, gracias por acompañar… —Murmuró Eli, sabiendo lo que posiblemente podría pasar si… —Casi la atropella un carro, por eso la traemos —bromeó Mia desde la puerta, dirigiéndose a los padres de Eli —¡Adiós, cuídenla!

Eli suspiró, un poco avergonzada.

Pensó para sí, con una sonrisa resignada: >>Ya sospechaba que esto pasaría.

Supongo que me lo merezco por ser tan distraída…<< Luego giró hacia la entrada, tímida, y dijo: —Am… ¿puedo pasar?

—Hija… —Dijo su madre con la voz cargada de un suspiro que parecía venir desde días pasados —Te lo hemos dicho una y otra vez, pero ya no sé qué más hacer o decirte.

Por favor, pon más cuidado, ¿sí?

Ven, entra… Ella asintió sin responder, sus pasos la llevaron directo a la cocina, donde su padre se ajustaba el cuello de la camisa, preparándose para otra reunión.

—No diré lo que ya sabes —Añadió él con tono seco, pero sin dureza —Espero que esto te sirva de experiencia —Viéndola por un momento para luego salir de la cocina.

—Sí… la verdad que sí —Respondió mientras abría la nevera, como si el agua pudiera apagar la tensión que aún le recorría el cuerpo.

Desde el segundo piso, se escucharon pasos apresurados.

Su hermano bajó las escaleras con energía, y apenas cruzó el umbral de la cocina, preguntó: —¿Hermana, qué fue lo que pasó?

Ella bebió un sorbo antes de responder con naturalidad: —En resumen… casi me atropella un carro.

—Oh… por suerte estás bien.

—La mirada de su hermano se tornó irónica —Presta más atención, o tendré que llevarte de la mano como cuando tenías siete años.

Ella soltó una risa breve, sincera.

—Ja, ja… y sabes que odiaba eso.

—Ponías unas caras horribles —Bromeó, cruzando los brazos —Así que ponle ganas a estar más alerta, o volverán esos días oscuros.

—Ajá… En tus sueños, hermanito —Dijo dejando el vaso cuidadosamente en la alacena —Voy a mi cuarto a descansar un rato.

—Bueno, descansa —Respondió él mientras ella se alejaba, ya con el ritmo más tranquilo en sus pasos.

Subió los escalones uno a uno, sintiendo cómo el silencio volvía a instalarse.

Al pasar junto al altar, el cual estaba al fondo del pasillo, sus ojos se posaron un instante sobre la imagen del arcángel Miguel.

Algo dentro de ella se estremeció.

Esa figura serena, firme, le trajo recuerdos distantes, fragmentos confusos de un sueño que parecía haber dejado huellas… Acelerando el paso para ya entrara a su cuarto y decir: —(Ese sueño…

fue muy claro.

Y la forma en que hablamos no fue normal…

¿Será que realmente…?

¡Ah!

¡Solo tengo algunos recuerdos!

Sé que me llevará en cualquier momento…

No sé si hoy pueda dormir…

¿En qué me metí?) Se acuesta en la cama.

Tratando se recordar lo que pacto con aquel ser…

—¿Le pregunté por el tiempo?

Solo recuerdo algo de templos…

pruebas…

¿Qué universo será?

¿Habrá magia?

Bueno, aquí también la hay, pero es complicado…

Quiero ayudar, pero ¿podré hacerlo de verdad?

¿En qué estoy pensando?

¿Ya me lo tomé en serio?

Falta que no pase nada y yo aquí, como una loquita…

—Sonrió cerrando los ojos —Sería muy gracioso —Susurró.

Mientras Elizabeth dormía, el silencio en la base arcana era casi sagrado.

En una sala contigua, Binad terminaba de ajustar los últimos vectores de energía alrededor del portal dimensional.

La superficie del círculo brillaba con una calma vibrante, como si respirara.

Netzach, exhausto por haber canalizado el círculo mágico durante horas, se acercó con pasos lentos.

—Escúchame bien, Binad… debes teletransportarla al templo.

Céntrate.

Ningún otro pensamiento debe interferir.

Binad alzó el rostro con una sonrisa decidida.

—Yes, tranquilo Netzach.

Lo tengo bajo control.

Me encargo.

—Si no estuviera tan drenado, lo haría yo mismo —murmuró el maestro, masajeándose la frente—.

El círculo ya tiene suficiente energía para activarse.

—Perfecto.

Entonces… aquí voy.

—Estaré descansando en la sala de recuperación —Añadió Netzach antes de desaparecer tras una puerta de piedra, bostezando con pesadez.

En el cuarto de Elizabeth, la atmósfera comenzó a cambiar.

Desde debajo de su cama, una línea de luz se trazó en el aire como un pincel de fuego, dando forma a un círculo mágico pulsante.

Signos arcanos emergieron, girando sobre sí mismos como constelaciones en movimiento.

Mientras ella seguía dormida, su cuerpo comenzó a descomponerse en fragmentos de luz.

Cada parte, desde sus dedos hasta sus pestañas, se transformaba en puntos luminosos que danzaban sobre la sábana.

El proceso culminó en un destello final: un estallido suave de copos brillantes, desapareciendo entre brumas etéricas.

Binad, observando los indicadores, suspiró satisfecha.

—Listo.

Ya debería estar cerca del templo.

Abrió una pequeña grieta dimensional, esperando ver el entorno sagrado… pero el espacio frente a ella mostraba solamente aire vacío.

—Bien… bien… no hay por qué alarmarse —Se dijo a sí misma, aunque su voz temblaba —A Netzach le pasó algo parecido.

Es mi primera vez, solo debo pensar qué imagen proyecté exactamente… Frunció el ceño.

—El templo… claro… pero… oh no… ¿pensé en Ogan?

¿En serio?…

(Esa vez que fui por comida… hace años… ¿pero por qué ahora?) La grieta se estremeció.

Netzach reapareció con el ceño fruncido.

—¿Binad?

Tu energía fluctúa.

Algo ha salido mal.

—Tal vez… quizá… accidentalmente teletransporté a Elizabeth a Ogan.

Netzach la miró en silencio por unos segundos que parecieron eternos.

—¿Ogan…?

Sabes que ese planeta está lejos de ser seguro.

¿Por qué… Ogan?

—No lo sé.

La imagen simplemente… apareció.

Netzach suspiró con resignación, sin levantar la voz.

—No voy a regañarte.

Es tu primera vez, y… bueno, yo también cometí errores.

Solo que nunca mandé a nadie a un planeta poblado.

Ahora debemos confiar en que Elizabeth podrá manejarlo.

Binad vuelve abrir la abertura, pero esta vez en Ogan.

La encuentra a las afueras de una ciudad y la hace despertar con una suave brisa —(Pero que frio está haciendo…

¿y por qué hay tanta luz?

Además, que me duele todo el cuerpo…

¿estoy en una superficie carroñosa muy dura?) —Tantea el suelo.

Abriendo sus ojos, se pone de pie.

Descubre con asombro que ha estado acostada sobre una inmensa roca rectangular.

Al dirigir la mirada hacia el horizonte, observa una ciudad que se extiende a lo lejos —Eh, pero…

¿dónde estoy?…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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