PAKNEY - Capítulo 13
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13: El cliente 13: El cliente Dos semanas después… En el almacén, Elizabeth dejó pasar la última caja con un suspiro de alivio.
—¡Ah, ya terminé!
Carla la observó desde unos metros más allá, alzando uno de sus tentáculos con aprobación.
—Has mejorado mucho desde que llegaste, Eli.
Ya haces seiscientas cajas por día.
—No es nada comparado contigo, Carla.
—Bueno… —Alzando todos sus tentáculos —Eso es porque tengo ayudita extra.
Elizabeth soltó una risa.
—Tienes razón.
Bien, me despido.
Cuídate, ¿sí?
—Tú también, Eli.
¡Saludos a Alis!
—¡Claro!
Salió del edificio con una gran sonrisa.
Mientras se dirigía a recepción para reclamar su pago, pensó: —(Ya han pasado dos semanas desde que fui a comer con Miur y los demás).
Con el sobre de su paga en mano, comenzó el trayecto de vuelta a casa.
—(He memorizado algunas rutas para ir al departamento… no está tan lejos del trabajo).
Mentira.
Sí estaba lejos.
Pero le gustaba caminar.
Durante el trayecto, sus pensamientos flotaban alrededor de un único objeto: —(Estuve viendo locales donde venden las Zuwtazu… esas tabletas rectangulares que liberan nanobots al encenderse… ¡y forman una pantalla táctil flotante!
Son súper interesantes… Lo malo es que solo puedo ir a uno de los locales que las venden).
En su mente repasó el mapa urbano.
Había tres zonas que debía evitar: barrios peligrosos dominados por distintos bandos.
El local más cercano estaba en Minri, justo al borde de los portales intersistemas.
—(Alis me dijo que mejor me mantenga lejos de los portales… pero… quiero ver esa tienda.
Hmm… lo dejo para otro día).
No se sentía lista para ir sola.
Después de la larga caminata, llegó al departamento.
—¡Alis, ya llegué!
—Buenas noches, señorita.
¿Cómo le fue?
—Bien, bien.
Me pasé por la tienda de mascotas.
Vi unos gusanitos muy bonitos.
—Espero que… —¡No, claro que no!
¿Cómo crees que me voy a traer un animalito aquí?
—Bueno… hace cuatro días trajiste un Cocra.
Desde entonces, te tengo bajo vigilancia… —¡Ah!
Pero estaba en la calle, el pobre… El Cocra: una especie de sapo de colores pastel, con pelaje suave como algodón.
—Tanto así que lo escondiste en tu cuarto sin decirme nada.
—(Si no fuera por las cámaras… no se habría enterado).
Pensé que lo tirarías a la calle por ser salvaje… —Ajá.
En las grabaciones parecías más feliz que el Cocra llevándolo al cuarto.
Si no te hablaba, seguiría ahí.
—Hasta que encontrara un buen lugar para él —Murmuró.
—Sí, claro…
Por otro lado, el postre que te prometí ayer está casi listo.
Te vas a chupar los dedos —Sonrió.
—¿¡En serio!?
¡Ya quiero probarlo!
—Los ojos de Eli brillaron como estrellas.
—Déjalo enfriar unos minutos.
—Gracias, Alis —Dijo, mirando el postre con entusiasmo —(Se ve delicioso…) Alis se quitó el delantal.
—Eli, ¿recuerdas lo que te dije sobre irme si recibía una misión fuera de Ogan?
—Sí… ¿te vas?
—Sí.
Me ofrecieron una solicitud en el planeta Rekwen.
Está en otro sistema solar, así que me iré por unas semanas.
—No te preocupes.
Estaré bien.
Te mandaré mensajes.
—Gracias.
Pero igual, hablé con Petra y vendrá a quedarse unos días.
No estarás sola.
—¡Qué bien!
Hace tiempo que no hablo con ella.
—Llega hoy.
Yo ya debo irme; la nave 3zor sale esta noche.
Va directo al sistema Car.
Fue a su cuarto, y al regresar, llevaba un maletín.
—(Espero que todo le salga bien… aunque… ahora tendré más tiempo para navegar en la red Uny —Sonríe con malicia.
—Espera —Le dijo, y fue a su habitación.
Regresó con una cajita roja con un moño en su centro azul.
—¿Qué es esto?
—Preguntó Alis tomándola con cuidado.
—Unos aretes que vi en un local.
Un pequeño regalo por ayudarme tanto.
Y un dibujo tuyo que hice, está en el fondo.
—¡Oh, gracias!
—La abrazó fuerte y guardó el regalo —Hmm…
Y no pienses que porque no estoy aquí no estaré vigilando tu tiempo en la computadora.
Ya programé la PC para que solo funcione cinco horas al día.
—(¡Rayos…!
Ni por el regalito cedió) —Y nada de traer más criaturas.
Ya le dije a Petra que te vigile.
—Está bien, está bien… igual no pensaba hacerlo… —Petra ya llegó a la estación.
Quería saludarla, pero si me quedo, pierdo la nave.
Dale mis saludos —Se inclinó y la abrazó —Cuídate mucho, Eli.
—Tú también… La puerta se cerró, y Elizabeth quedó sola.
—(Quién diría que me estoy acostumbrando a tener compañía… después de tanto tiempo sin este sentimiento…) —Sonrió con melancolía.
…
En otro punto de la ciudad, dentro de un lujoso automóvil, las luces de Ecer se reflejaban sobre el vidrio tintado.
Una figura robusta, apenas visible entre las sombras, hablaba por teléfono.
—Sí.
En la mañana.
Cuatro cajas como acordamos.
En el Cid Down.
Te paso el resto por Zr.
Colgó.
….
—¡Es hora de… comer este delicioso postre—Dijo Eli, con el tenedor listo.
Pero se detuvo —(¿Y si espero a Petra…?
¡Ahh!).
Se recostó sobre la mesa.
—(Ya puedo comprar una Zuwtazu de calidad media.
Le diré a Petra si puede ir conmigo mañana.
Aunque… Alis me tiene que enseñar a usarla… casi no entendí nada).
Mientras tanto, se dirigió a la computadora.
Veinte minutos después, se escuchó la puerta abrirse.
—¡Hola Elizabeth!
Ya estoy… Comiendo el postre.
Respondió Eli con la boca llena —Hola, Petra… —Nomás te faltan orejas y cola.
Ya serías una Miur dos —Sonrió burlona.
—¡No digas eso!
—Le ofreció el plato —Mira, te dejé una parte.
—Gracias, pero no puedo.
Me hace daño el postre de Boui.
—¿Ah?
—Tiene cocus.
Es un hongo dulce que no tolero.
Alis lo hacía seguido… creo que lo disfrutaba más cuando yo no podía comerlo.
—¡Qué mala!
Elizabeth notó una pestaña en la pantalla.
—(¡Volvió a salir la página del cofre negro!
¿Petra sabrá si es segura?) Oye, Petra, ¿puedes venir un momento?
—Ahora voy, dejo estas cajas en el cuarto de Alis.
—(¿Qué traerá en esas cajas…?
Se ven pesadas…).
¿Te ayudo?
—No, no, yo puedo.
Además, tienes las manos con dulce mejor no.
—Hmm…
Si tu lo dices.
Mientras tanto, seguía investigando.
—(Los Screins no tienen planeta.
Viven en naves nodrizas, y hay un evento exclusivo de sus productos.
Pero… hay que pagar para saber dónde.
Igual pasa con los Desolladores.
Mejor cierro estas páginas… Alis me advirtió que algunas rastrean tu actividad).
Petra volvió.
—¿Qué necesitas?
—¿Sabes qué es esta página del cofre negro?
—Ah, esas tienen información certificada.
De todo tipo.
Pero casi siempre cuesta.
¿Cuánto viste?
—Una valía 500A.
Sobre cazadores, asesinos, etc.
—Debe ser buena.
—Oh, ya veo…
—¿Ya comiste?
—Todavía no.
Te esperé.
(Menos por el postre claro…) —Perfecto.
Traje guisos del planeta Guiri —Dijo, abriendo un maletín cibernético.
El vapor se elevó en espirales —Son compatibles con todos los seres vivos.
O eso dicen.
—¿¡En serio!?
¡Qué tecnología tan genial!
—Toma, este es para ti.
Elizabeth Olio el plato y sin pensarlo dos veces comenzó a comer sin esperar.
—¡Elizabeth!
—Dijo Petra, escaneándola con un dispositivo —¡Tenías que hacerte la prueba de compatibilidad primero!
—¿Lo vomito?
—¡No!
Ya está —Se río —Salió verde.
Todo bien.
—Menos mal.
Está delicioso.
—Por cierto… ¿esas son orejas de gato?
—¡Eh!?
(Ahora que lo pienso…
Dijo gato, acaso serán iguales a los de mi mundo?) —Jajaja, ya, ya.
Come tranquila.
Y dime… ¿Cómo te ha ido con Alis?
—Bastante bien.
Ya me acostumbré un poco a la ciudad.
Aunque Miur me hizo subir al último piso solo por molestarme… —¿Venganza por el ser mejor degustadora?
—¡Obvio!
Pero esta semana me dijo que me invitará a un restaurante.
Ahí me desquito.
—¡Quiero verlo!
—Puedes venir, si Miur acepta.
—Dile que me invite.
—Lo haré.
Oye, Petra… —Dijo mientras movía su comida.
—¿Sí?
—¿Mañana puedes acompañarme a comprar una Zuwtazu?
—Claro.
Pero en la tarde.
En la mañana necesito tu ayuda con un cliente.
—¡Gracias!
¿A dónde vamos?
—Al Hotel Central Ecer.
Solo dejamos unas cajas… y recogemos el dinero.
—Entiendo, está bien —Mientras por dentro no podía evitar sorprenderse —(¿¡El Hotel Central Ecer!?
Carla me habló de ese lugar… uno de los más lujosos de la ciudad.
Su estructura usa tecnología dimensional, permitiéndole sobresalir del edificio sin interferir con el tráfico aéreo.
El cliente debe ser alguien con mucho dinero).
—Te despierto cuando sea la hora.
No es necesario que hables, yo me encargo —dijo Petra con tranquilidad.
—Entendido.
Gracias por la comida, estuvo deliciosa.
—No hay de qué.
Sé que te gusta probar cosas nuevas —Sonrió, mientras se levantaba de la mesa—Bien, me voy a dormir.
Tú también deberías descansar; saldremos temprano.
—Ya voy.
Solo apagaré la PC.
Elizabeth terminó su comida, se levantó y, con algo de somnolencia, se dirigió a la cocina.
Lavó los cubiertos, botó la basura y, antes de retirarse a su cuarto, se detuvo un momento frente al sofá donde Petra se acomodaba con una manta.
—Petra, ¿por qué duermes en el sofá si puedes usar el cuarto de Alis?
—¿No has visto cómo está ese cuarto?
Está lleno de cosas por todos lados.
Aquí hay más espacio y se respira mejor… Además, este sofá es un paraíso comparado con otros sitios donde he dormido.
—Ya veo… si tú lo dices.
Que descanses, y ten lindos sueños —Con una ligera sonrisa.
(¿Cómo habrá sido su vida antes de conocer a Alis?
ojala mañana podamos hablar más) —Tú también —Acomodando su cabeza en la almohada.
Ya en su cuarto, Elizabeth apagó las luces y se acostó.
Las horas pasaron, y pronto llegó la mañana.
—¡Elizabeth!
—La voz de Petra golpeó con fuerza, tanto como la puerta.
—¡Ah!
¡Voy!
—Respondió sobresaltada, con el corazón acelerado.
—(¡Qué susto!) —Salimos en 30 minutos —Anunció Petra desde fuera.
Luego de alistarse, Elizabeth salió del cuarto con su clásica chamarra marrón y pantalones negros.
—Ya estoy lista.
—No olvides la gorra.
Ven, desayuna.
—Aquí la tengo —Respondió, sentándose a la mesa y sacando la gorra del bolsillo para cubrir su cabello debajo de esta.
Desayunaron rápido y salieron.
Un vehículo las dejó cerca del lugar.
Al caminar unos metros, se detuvieron frente al imponente Hotel Central Ecer.
Su fachada curva y su altura desafiaban toda lógica arquitectónica.
—Espera aquí, voy a preguntar si hay problema con las gafas y la gorra —Dijo Petra.
—Está bien —Respondió Elizabeth, posando la mirada en las cajas que llevaban —(¿Qué tendrán estas cajas?
Pesan bastante…) Petra entró al hotel mientras Elizabeth se sentó en una de las bancas del lugar, rodeada de portales activos y seres de todas las formas y tamaños.
—(No dejo de mirar a otros seres distintos a mí.
Es tan raro… tan fascinante.
Aún no me acostumbro.) —Pensó, viendo la gran actividad cerca de los portales.
De pronto, Petra regresó.
—Ya está.
Ven.
Cada una tomó dos cajas y caminaron hasta la gran entrada de puertas dobles, que se abrieron revelando la magnitud del lugar.
Un techo de diez pisos de altura se alzaba sobre ellas, con luces flotantes y paredes cristalinas que cambiaban de tono según la hora del día.
—(¡Qué inmenso es esto!) Avanzaron hacia el fondo, donde había varias cabinas con símbolos en el suelo.
Algunas eran tan grandes que parecían cámaras de carga.
Entraron en una más pequeña.
Petra pulsó dos botones, y en segundos aparecieron en el piso 3923E.
La cabina emitió un leve sonido al llegar.
—Bien, Eli, necesito que me esperes un momento.
Ven.
Caminaron hasta unas sillas cercanas.
—Cuida las cajas mientras llego.
No demoraré.
—Ve tranquila, aquí te espero —Respondió Elizabeth, algo nerviosa.
—(¿Y si estas cajas tienen algo ilegal?
No, no… Petra no me involucraría en algo así… ¿verdad?) Unos minutos después, alguien se sentó cerca.
Elizabeth lo miró de reojo.
—(¡Qué extraño es!
Debería estar acostumbrada a ver seres diferentes, pero hay algunos que son realmente raros.) El ser tenía la piel arrugada, una nariz larguísima y ojos en espiral.
Vestía un sombrero antiguo y una túnica hasta los tobillos.
La miró brevemente.
—(¡Espero que no me hable!) Por suerte, una voz lo llamó desde la recepción.
Se levantó y se marchó.
—(Uf, menos mal… ya iba a empezar a sudar.) Petra regresó poco después.
—Vamos, Eli.
Ambas tomaron nuevamente las cajas y caminaron por un pasillo hasta encontrarse con dos guardias vestidos de negro frente a una puerta.
Tras revisar el contenido, les permitieron entrar.
La sala del apartamento era lujosa, con un enorme sofá café claro decorado con bordes esmeralda.
Una mesa de centro de vidrio negro se posaba sobre una alfombra dorada, y sobre esta, un cenicero de plata con un tabaco apagado.
—Vengan, tomen asiento si gustan —Invitó el cliente con una sonrisa.
Elizabeth lo reconoció como un Closa.
Su rostro irradiaba una calma cálida, casi paternal.
Vestía ropa formal, con zapatos negros.
Sobre salía su barriga un poco, aquella raza no suele tener cabello en la cabeza.
—(¡Oh!
Es de esa raza… parece amigable.) Dos guardias de unos dos metros, tomaron las cajas.
Elizabeth se sentó, pero Petra se mantuvo de pie un momento, luego se sentó, observando con seriedad.
—Todo está en orden.
Se nota la calidad del producto.
¿Ya vienen tratados?
—Sí, señor —Respondió Petra.
—Entiendo —Dijo, mirándola de reojo —Sabes, tengo curiosidad… ¿por qué me miras así?
—(¡Lo sabía!
Algo no anda bien…) —Disculpe, no estoy en mis mejores días.
Hoy era la cita y no podía faltar, pero si fuera por mí, me habría quedado en casa.
—Hmm… Ya veo, ya veo —Rió suavemente —Sí, mi esposa también lo pasa mal en esos días.
Bueno, el dinero está en este maletín.
—Ah… —(Entendió mal…) —Ah… —(Creo que no hablaba de eso…) —Puedes contarlo en la otra habitación, tengo un sistema automático.
—Gracias.
Eli, ven.
—Espera —Interrumpió el Closa —¿Podría quedarse la señorita Humanitos un momento?
Me gustaría hablar con ella, si no es molestia.
—¿Tú qué dices?
—No hay problema —Respondió Elizabeth, algo forzada.
—(¡No me pongas a decidir eso!) Petra y los guardias salieron.
Elizabeth quedó sola con el misterioso cliente.
—Me llamo Xiangustipa.
¿Y tú?
—Elizabeth, señor.
—Relájate.
Quería hablar contigo porque me recordaste a mi hija menor —Dijo, sacando una Zuwtazu —Ven, siéntate conmigo.
Elizabeth obedeció con recelo.
—¿Cuántos años tiene?
—Cumplirá 602.
—(¿¡Y es la menor!?) Le mostró fotos.
Su hija tenía orejas puntiagudas y una sonrisa encantadora.
Cabello corto abundante de color rosa, casi tirando a rojo.
—Es bonita.
¿Todas las mujeres Closa son así?
(Sus orejas son puntiagudas, pero de resto sería una humana normal.
O sea que entre otras razas se puede tener hijos) —No, su madre es de otra raza.
Mostró entonces a sus seis hijos, de su primera esposa, una Closa.
—¿Y qué pasó con ella?
—La vida me llevó por caminos lejanos.
Ella quería algo distinto.
Un día me dijo que no podía seguir así… y nos separamos.
—Vaya… lo siento.
¿Y con su nueva esposa es feliz?
—Sí.
Me dio una hija maravillosa, Runa.
Ella manejará el negocio cuando me retire.
Es lista, muy capaz.
—¿Ya está comprometida?
—No, no…
Aún no aparece el afortunado.
—Se nota que la consiente mucho.
Tiene los mismos ojos que yo… —Exacto.
Por eso me recordaste a ella —Dijo, entregándole la Zuwtazu —Cambia las imágenes, aquí tengo más.
Elizabeth intentó hacerlo sin éxito.
—Así no —Dijo Xiangustipa, mostrándole cómo con un simple gesto de la mano.
—Ah, con razón.
No sabía que se manejaban así… No tengo una, pero hoy pensaba comprarme una.
—Hmm… entiendo.
—El cliente queda pensativo un momento.
—Se ve adorable aquí… ¡dan ganas de abrazarla!
—Sí, en esa estaba enojada porque no quería comer.
¡Qué carácter!
Luego de unos minutos, Petra regresó con el maletín.
—¿Está completo?
—Sí.
Gracias por prestarme el sistema.
—No hay de qué.
Que te mejores.
—Vamos, Eli.
Elizabeth intentó devolver la Zuwtazu, pero Xiangustipa se negó.
—Quédatela.
Solo déjame borrarle algunos archivos.
—Está bien —Devolvió el dispositivo.
Unos minutos después.
—Listo.
Toma —Le entregó la Zuwtazu con una calcomanía brillante.
—¡Gracias!
La cuidaré mucho —Dijo, abrazándola contra su pecho.
—Ve con cuidado —Sonrió con una emoción que no sabía expresar con sus palabras.
Mientras caminaban por el pasillo, Elizabeth no podía dejar de mirar su nueva Zuwtazu.
—(¡No puedo creer que me la diera!) —Pensaba con ojos brillantes.
—Guárdala —Le susurró Petra —Esa marca cuesta más de 50 mil oz.
—Oh… no lo sabía —Respondió, alarmada —(¡¿Tanto por una simple tabla?!
¿Quién era realmente ese señor?) —No sé cómo apagarla… —Déjame… —Intentó Petra sin éxito —Mejor escóndela debajo de la camisa.
Al llegar a la salida, una figura bloqueó el paso.
Elizabeth, nerviosa, alzó su Zuwtazu.
El guardia la vio, reconoció la calcomanía, y les permitió seguir.
Ya fuera del hotel, Petra se detuvo en seco.
—Ve tú primero.
Tengo que atender algo… importante.
—¿Qué cosa?
—No te preocupes, nos vemos en casa —Dijo antes de desaparecer con prisa.
Elizabeth la miró alejarse, sintiendo un extraño nudo en el estómago.
Algo no encajaba del todo… y aunque no lo sabía aún, esa Zuwtazu iba a cambiar su vida para siempre.
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